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1919 - 2005
Hijo de Angelo y de Rosa Sgotti, nació en Mazzano (Bs) el 21.04.1919. En 1940 ingresó en el Instituto proveniente del seminario de Brescia; en 1941 se consagró a Dios con la profesión religiosa y en el ’44 fue ordenado sacerdote. En 1946 llegó a Brasil y, tras un breve periodo de labor pastoral en São Paulo, en 1948 fue destinado a Boa Vista, en la entonces Prelatura de Rio Branco, donde se encargó de los viajes hacia el interior. En el ’49 fundó la misión de Surumú, a la que se dedicó hasta el ’53. Luego prosiguió organizando y acompañando numerosos viajes misioneros hacia las comunidades indígenas del interior hasta 1962. Probado en su físico por el pesado estilo de vida soportado, a causa de viajes largos y extenuantes en un clima ecuatorial, enfermó de artrosis cervical. Sometido a operación quirúrgica, la operación fracasó y tuvo graves dificultades para andar. Se vio así obligado a trabajar en Brasil dedicándose a la pastoral como vice-párroco o encargado de las capillas dispersas en la sabana en Botucatú, Três de Maio, Paraná, São Paulo, Rio do Oeste e Imirim. De 1982 a 1986 fue párroco de la parroquia de Jardim Peri, en São Paulo. Luego volvió a ser vice-párroco hasta 1994, año en que se retiró, por motivos de salud, a Alpignano. El 28 de abril del 2005, tras diez largos años de sufrimiento y oración, terminaba su calvario y volvía a la Casa del Padre. Tenía 86 años de edad, 64 de profesión y 61 de sacerdocio. El sábado 30 de abril se celebró la misa de exequias, presidida por mons. Aldo Mongiano, asistido por el párroco de Ciliverghe y por el P. Antonio Merigo. En la homilía el presidente puso de relieve el carácter fuerte, a veces rudo, pero también la bondad de corazón del P. Lonati. Formó parte de la primera expedición a Rio Branco y abrió el camino a la futura obra de evangelización de las poblaciones indígenas Macuxi. En la misa funeral estaba presente su hermana, sor Dorina, con otras religiosas de Venaria, varios sobrinos y misioneros de Rivoli y Turín. Después de la misa, sus restos mortales fueron llevados a Ciliverghe (Brescia) para ser allí sepultados. Le acompañaba el P. Antonio Merigo. P. Giuseppe Villa
TESTIMONIOS
Homilía de mons. Aldo Mongiano El P. Marco Lonati vivió sus últimos años en el silencio y la penumbra que caracterizaron toda su vida. Ahora el Padre lo ha llamado para darle un premio merecido. Jesús dijo al despedirse de los apóstoles: «Voy a prepararos un lugar, luego volveré y os tomaré conmigo para que estéis donde yo estoy». El P. Marco ha ido allá donde se encuentra el Señor y los que han sido salvador por Él. El P. Lonati era un hombre de carácter fuerte. A veces parecía brusco y hacía recordar a los hermanos Boanerges de los que habla el evangelio. Pero era también capaz de ternura y cordial amistad. Le guiaban pocos y sencillos principios a los que siempre fue fiel. Fui compañero suyo en los años de formación; luego nos separaron los diferentes destinos durante largo tiempo. Cuando en 1975, obedeciendo al Papa, fui a Roraima, me di cuenta en seguida que había trabajado allí como misionero el P. Lonati, juntamente con mons. Nepote y otros misioneros. Algunas personas hablaban todavía de él y lo recordaban como un amigo. Efectivamente, había formado parte del primer grupo de misioneros que el 14 de junio de 1948 había llegado a Roraima, entonces llamada Rio Branco. Aquella región era totalmente desconocida a los misioneros y al propio Instituto. Era una región por descubrir. En la primera división del trabajo, hecha entre las pocas personas del grupo, al P. Lonati se le asignó el cometido de misionero itinerante en la región ocupada por los indios Macuxi, en el extremo noroeste del territorio y muy lejos de la capital, Boa Vista. Debía dar continuidad al trabajo de los padres Benedictinos, por más que desconociera la cultura indígena. Mons. Nepote mismo venía de las misiones de África Oriental y la experiencia africana era diferente y ciertamente no adecuada a la realidad latinoamericana. Era una empresa ardua. El P. Lonati recorría enormes distancias a caballo por caminos y senderos apenas visibles, bajo un sol ecuatorial abrasador, con alimentos muchas veces inadecuados. Visitaba los poblados, distantes entre sí decenas de kilómetros, donde administraba los sacramentos a los Macuxi que habían sido evangelizados por los Benedictinos. Tuvo también el cometido de abrir la primera misión en la localidad de Surumú. En la región existían ya algunas “fazendas” y muchas otras, poco a poco, estaban surgiendo en los poblados indígenas. Habían llegado también las Hermanas Misioneras de la Consolata, que colaboraban generosamente y con competencia en los sectores de la pastoral y de la salud. El P. Lonati se prodigó durante muchos años en Roraima. Luego, por problemas en las vértebras cervicales, que le impedían caminar normalmente, tuvo que trasladarse al sur de Brasil –a São Paulo–, donde el trabajo pastoral no le exigía caminar tanto. Colaboró en abrir los primeros surcos en aquella región que poco a poco los misioneros y las misioneras conocerían mejor y diagnosticarían los problemas en toda su globalidad y amplitud. Los primeros pasos de acercamiento los dio el P. Lonati. Aunque no podía comprender el problema en toda su complejidad, dichos pasos no fueron en vano. Que él interceda desde el cielo por la comunidad indígena que vive su vida cristiana y sufre lo negativo del pasado y del presente. «No os llamo siervos, sino amigos». El Señor confía en sus misioneros, aunque sean frágiles. Se sirve de ellos, de sus límites, para difundir su Reino. Amén.
Misionero generoso y heroico La noticia de la muerte del querido P. Marco Lonati me entristeció y al mismo tiempo alegró mi espíritu. Me entristeció porque la muerte de un gran amigo siempre es penosa, y me alegró profundamente al pensar que se encontraba en el cielo después de haber padecido durante muchos años una enfermedad tan opuesta a su carácter dinámico, de trabajador infatigable en la viña del Señor. Nos conocimos en Turín. Él procedía del seminario de Brescia, donde había terminado los estudios filosóficos, y yo volvía de Varallo Sesia, donde acababa de concluir mi noviciado. Compañeros de banco, lo descubrí en seguida como un joven decidido, nada proclive a discusiones, y aunque aún no era profeso, era evidente su amor al Instituto y a las misiones. Sabía como nadie afrontar los sacrificios, aparecía habitualmente jovial, era generoso y abierto con los misioneros, quienes estimaban su compañía y su forma de ser. La guerra, que tantos desastres causó en Italia y en nuestro propio Instituto, nos obligó a apresurarnos, a suspender los exámenes y marchar a Uviglie (Rosignano Monferrato). Aquí conocimos la dureza del trabajo del campo y todos nos dedicamos con espíritu de colaboración y sacrificio a segar las mieses y realizar diversos trabajos agrícolas. Lonati, persona de pocas palabras, no se arredraba ante el trabajo nunca, ni siquiera cuando debíamos mantenernos a causa de los ladrones que visitaban continuamente nuestra finca. Varallo Sesia necesitaba algunos asistentes para el pequeño seminario. Yo fui destinado a desempeñar este cometido, por lo que tuve que separarme de él. Volví a ver a Lonati el día de su ordenación sacerdotal. Juntos hicimos posteriormente el viaje que nos llevaría a Brasil en el mismo barco, el “Argentina”. Destinado a “Rio Branco”, hoy Roraima, acompañó a mons. Nepote, dedicándose a un duro y complicado apostolado al que se dedicó con celo y entusiasmo ejemplares. Aceptó la situación colaborando plenamente con mons. Nepote. Persona de pocas palabras, no perdía el tiempo en zarandajas y se contentaba con un descanso breve. Viajaba a caballo, en canoa, en bicicleta, en motocicleta y últimamente en un coche que solía averiarse a menudo. Era un tipo malhumorado, pero de un malhumor benéfico, siempre entregado al trabajo y la evangelización de los indios y los semi-civilizados. No se quejaba nunca de los sacrificios que debía afrontar ni de las molestias físicas que le aquejaban. Todo lo aceptaba calladamente, armado con una sonrisa leve y perenne, y muy a menudo con el cigarrillo en los labios. Al amanecer del primer día de enero de 1963, sintiéndome yo indispuesto y teniendo que celebrar la misa de las 5.30, tras haber participado en la de medianoche, celebrada por mons. Nepote, me acerqué como pude hasta la habitación del P. Lonati para pedirle el favor de sustituirme en la celebración de aquella misa. Él, que acababa de llegar de un largo viaje a caballo procedente de la selva amazónica, y que por consiguiente debía de estar muy cansado, aceptó sin más. Yo dije misa más tarde y a continuación me llevaron al hospital de la misión, donde me operaron con urgencia. El P. Lonati quiso estar presente durante la operación hasta el momento de despertarme de la anestesia siete horas más tarde. Cuando murió el P. Riccardo Silvestri le sustituyó en la parroquia de Mucajai. Aquí su celo con los emigrantes norteños fue total. La caridad, las instrucciones religiosas, la bendición de las bodas y los innumerables bautizos, acompañados del trabajo material en favor de la iglesia, le valieron el afecto y la estima de todos. Este durísimo trabajo, los viajes agotadores y una alimentación poco adecuada le ocasionaron continuas y graves dolencias en la columna vertebral, especialmente en la zona cervical. Se vio obligado a abandonar Roraima y dirigirse a São Paulo, donde fue sometido a una difícil intervención quirúrgica. Por un error de los médicos, la operación no fue muy feliz y el padre, tras abandonar el hospital, se vio obligado a usar un bastón para caminar y mantenerse de pie. A pesar de ello, se puso a disposición de los superiores y trabajó en la medida de sus posibilidades en la parroquia de la Consolata de São Paulo. Necesitado de descanso y atenciones sanitarias especiales, se le trasladó a Italia, a la casa de Alpignano. Comprendiendo su situación, aceptó mansamente la voluntad de Dios. En Italia lo visité varias veces. Pensaba mucho en Brasil y sufría por su enfermedad. Un día lo encontré triste. Me dijo llorando: «Mire, P. Zintu, hemos trabajado juntos en Roraima, usted sigue haciéndolo y yo me veo reducido a ser un estorbo, un necesitado de los servicios de los demás, un pingajo del que desprenderse». Traté de consolarlo con el recuerdo del espíritu de nuestro Fundador, quien consideraba a los enfermos “los incensarios de la comunidad”, y hablándole de santa Teresita, quien desde el monasterio de Lisieux vivía el ideal misionero hasta el punto de ser considerada y proclamada “patrona de las misiones”. El padre se sintió aliviado con estas palabras, pero se atrevió a expresar una vez más su disgusto porque se veía como una carga pesada para la comunidad. El 28 de abril el Señor se lo llevó consigo para concederle el premio del apóstol y del martirio. La Consolata y el Padre Fundador habrán sin duda acogido gozosamente a este hijo generoso y heroico que perseveró hasta el final, fiel siempre a su vocación. Requiescat in pace! P. Giuseppe Zintu
Tenía un corazón tierno Una nueva estrella brilla en el cielo. Una nueva flor se ha añadido al jardín de Dios. Conocí al P. Lonati en Alpignano, al comienzo de su camino misionero cuando, ya enfermo, tuvo que pasar del bastón a la silla de ruedas. Creo que el P. Marco forma parte de esos grandes hombres que, provistos de un gran corazón, han sido burlados por la naturaleza, porque primeramente les dota de un carácter no muy dulce y luego les exige otra cosa. Sus dificultades intestinales no le ayudaron, evidentemente, a estar siempre disponible y sereno. Una cosa es segura: detrás de su corteza aparentemente ruda se escondía un corazón tierno y deseoso de entrega. En los tres años que pasamos en Alpignano, por encima de cierto malhumor ritual, recuerdo su paciencia y resignación, que sería más exacto llamar “aceptación” de su situación de enfermo y su interés y amor a la Consolata y el desarrollo de las misiones. Cuando, antes de partir, fui a saludarlo, se sintió conmovido y me dijo: «Ánimo, la Consolata está siempre a nuestro lado, ten paciencia y verás que también las dificultades se disipan». Gracias, P. Marco, por haberme apoyado y demostrado la verdad de este principio: “Los sueños no terminan al alba”. Estoy seguro de que seguirás orientándonos, aunque sea con alguna brusquedad, pero siempre con el afecto y el amor de un padre. Gracias por todo. Fr. Maurizio Emanueli
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