|
(Introducción) EL UNDÉCIMO CAPÍTULO GENERAL INSPIRA NUESTRO CAMINO
Hace poco comenzaba el nuevo milenio. También nosotros hemos comenzado un nuevo centenario, un nuevo sexenio, una nueva etapa… Pero el Espíritu sigue siendo el mismo, el del Padre, y nos pide que demos un nuevo impulso a nuestro Instituto.
El Instituto, nuestra familia, es el objeto de nuestro pensamiento, de nuestro amor y de nuestra acción. Al tiempo que lo imaginamos proyectado hacia el futuro, continuamos sintiendo la fuerza de las palabras del Padre Fundador: «La forma que debéis imprimir al Instituto es la que el Señor me inspiró y me inspira...» (VS 86, 88). Fijémonos en el tiempo del verbo: “me inspira...”: es presente de indicativo. Él es quien, todavía hoy, como siempre, nos guía como sabio maestro. La semilla por él arrojada en el campo de la Iglesia ha germinado y es fecunda.
Ese árbol secular está hoy en nuestras manos. A cada uno de nosotros le corresponde la tarea de seguir cuidándolo y hacerlo fructificar al ciento por ciento. Acogemos la novedad y la gracia que nos vienen del Capítulo y nos comprometemos creativamente en la Misión. Los desafíos no faltan, dentro y fuera del Instituto y de la Iglesia. Sabemos que la Misión misma es un desafío constante a nuestro ser y a nuestro hacer. Estamos llamados a obrar en consecuencia.
Durante el XI Capítulo hemos vivido una fuerte experiencia de comunión.
Una vez más hemos experimentado qué significa ser familia, es decir, Instituto-Familia. Confiamos en que ésta se convierta en una realidad constante en cada una de nuestras comunidades, en las que la comunión pueda ser considerada “de casa”
1. De los valores consolidados a una nueva creatividad El Señor, desde el momento en que comenzamos la preparación del XI Capítulo, se acercó a nosotros de mil maneras, como a los discípulos de Emaús (Lc 24) y nos ha acompañado hasta el día de hoy. Con su pedagogía nos ha ayudado a recordar y valorar la historia pasada, los procesos vividos y sus intervenciones en el Instituto. Nos ha ayudado a recorrer, mediante los documentos de nuestra familia misionera (el Fundador, las Constituciones, los Capítulos generales), el itinerario de nuestro ser y nuestro vivir como Misioneros de la Consolata. Nuestro diálogo con el Resucitado a lo largo del camino de la Misión es, en síntesis, nuestro estilo de vida y de acción. Somos misioneros al estilo de los Apóstoles, como nos quería el Allamano.
Somos dispensadores de los misterios de Dios. En nuestras manos han sido depositados incontables y ricos dones que debemos llevar hasta los últimos confines de la tierra en beneficio y para la salvación de todos. De ahí la necesidad de salir de nosotros mismos, de nuestros países, para toda la vida, y estar allí donde el Señor de la mies quiere que estemos.
Si nos confrontamos realmente con nosotros mismos, nos damos cuenta de que en algunos aspectos no somos plenamente coherentes con el ideal que queremos vivir. Para todos nosotros es este un momento propicio para comprometernos en hacer visibles los valores que el XI Capítulo ha señalado como válidos para nosotros hoy y que vemos testimoniados por tantos hermanos nuestros.
La certeza de que el Resucitado está en medio de nosotros nos anima, como a los discípulos de Emaús, a comenzar una nueva etapa, como Instituto al igual que como comunidad y personalmente. Comenzar con un nuevo entusiasmo, con una nueva creatividad para lograr la santidad de vida, viviendo como hermanos en comunidades siempre multiétnicas y pluriculturales, uniendo nuestras fuerzas a las de las Misioneras de la Consolata y a las de los demás colaboradores, en los nuevos areópagos, valorando cada día más los medios de comunicación social, incluidos los más modernos, que están a nuestra disposición para realizar con eficacia la Misión.
Que cada uno descubra los recursos que posee y sepa brindárselos a los demás. El intercambio de dones es la característica de la vida misionera en su ir y venir. ¿Quién de nosotros no los posee? Son muchos y proceden de Dios. También nosotros podemos decir, al igual que Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4.13). ¡Todo! Numerosos acontecimientos del pasado y del presente de nuestra historia misionera lo acreditan. Realizamos muchas cosas hermosas en el mundo, en la Iglesia, en el Instituto. Sin embargo, tenemos que admitir que la fuerza no proviene de nosotros, de nuestros títulos o habilidades naturales o intelectuales, sino de Él, que nos ha llamado y nos ha comprometido a trabajar en su viña. “Todo lo puedo...”: nada es imposible para Dios... Todo es posible a quien cree... “No es que sea capaz por mí mismo de hacer algo como cosa mía, pues mi capacidad viene de Dios, que me ha capacitado para ser ministro de la nueva alianza” (2 Cor 3, 5-6).
Los talentos recibidos gratuitamente fructificarán con la aportación de nuestro esfuerzo.
2. Una nueva llamada Como los discípulos de Emaús, también nosotros podemos sentir la tentación de volver a la vida que vivíamos antes del encuentro con el Señor. Y son muchas las veces que nos alejamos de “nuestra” Jerusalén.
Nosotros hoy, al afrontar el desafío de la renovación, respondemos al Señor que nos llama. Puntualmente Él se acerca a nosotros y nos dirige, como a Adán, esta pregunta: “¿Dónde estás”? (Gén 3, 9). Dios interpela al hombre en todo tiempo con preguntas parecidas a éstas: “¿Dónde estás en tu mundo? Los días y los años que te han sido asignados han transcurrido tal vez en abundancia: ¿A qué etapa de tu vida has llegado? ¿Dónde te encuentras?”. Dios quiere provocarnos. Debemos dejarnos provocar y dejar que sus preguntas repercutan en nuestro corazón.
Adán se esconde para no tener que rendir cuentas de su vida, para evadirse de sus responsabilidades. Es la conducta que adopta el hombre, cualquier “Adán” que se encuentra en una situación parecida. Lo mismo puede sucedernos a nosotros si nos evadimos de nuestras responsabilidades y nos escondemos. De este modo nuestra vida personal se hace cada día más problemática. Al huir de Dios, el hombre termina escondiéndose a sí mismo. Es fácil ahogar la voz de Dios. Si sucede así, la vida del hombre deja de ser camino. Solamente se camina cuando se escucha su voz, y cuando, como Adán, reconocemos que hemos caído y confesamos: “Me escondí”.
El retorno sobre sí mismos es el comienzo del camino humano. ¿Dónde nos encontramos? No solo en nuestra vida personal, sino también en la del Instituto, en la realización de sus proyectos... ¿dónde nos encontramos? Él puede sorprendernos con el hálito de su Espíritu, afianzándonos en los valores ya vividos o en la novedad de las inspiraciones divinas. Él nos llama a dar respuestas. Solamente quien está abierto a escuchar, preparado para el discernimiento, podrá percibir su llamada a una vida nueva.
Adán somos nosotros. Los discípulos de Emaús somos nosotros. En nuestro camino, a su manera, el Señor repite una vez más la llamada, como tantas veces ha hecho. Hoy, según el XI Capítulo General, se nos llama a la renovación, especialmente en las siguientes dimensiones de nuestra vida:
a) En nuestra persona La persona del misionero, como primer bien del Instituto, debe ser objeto de una atención especial para que su proceso de crecimiento no se detenga nunca. Uno puede encontrarse en el camino de Emaús tras haber dejado atrás Jerusalén con la desilusión de tantas promesas recibidas y nunca realizadas. Por eso va en busca de respuestas en otros sitios y no en la fe.
De la experiencia de nuestra acción cotidiana podemos llegar a la consideración siguiente: la fe, hoy, debe ofrecer respuestas cada vez más eficaces, como acontece en el mundo de la tecnología, de la ciencia. Los medios usados en estos campos deben ser de alta calidad si se quieren conseguir los objetivos. El mismo criterio vale en nuestro campo específico, el de los religiosos misioneros.
Comencemos por nosotros mismos. Nuestra persona, para desarrollar la Misión que el Señor nos ha confiado, debe funcionar correctamente en todas sus dimensiones: física, afectiva, psicológica, espiritual, carismática e institucional. Zonas de sombra pueden campar dentro de nosotros en algunas de esas áreas en cualquier fase de nuestra vida y hacer que nos sintamos a disgusto.
Si nos encontramos con Jesús resucitado, que un día nos conquistó con su amor, sabremos retornar gozosamente a Jerusalén para ser fortalecidos con el testimonio de la comunidad, para volver a encontrar inspiración en el carisma vivo y perenne del Padre Fundador y reanudar la marcha transformados para la Misión.
La oportunidad de una renovación nos viene del propio Capítulo, que nos pide cuidar especialmente nuestra madurez humana y espiritual, tendiendo a la santidad de vida, identificándonos cada vez más con nuestra vocación de misioneros de la consolación, eucarísticos y llenos de celo.
b) En nuestra comunidad Cuando Allamano pensó en sus misioneros quiso darles lo mejor. Fundó el Instituto y lo quiso como una comunidad, como una familia. Él, guía espiritual de muchas comunidades religiosas, conocía muy bien lo que significaba una vida dedicada a los demás, en el apostolado, y más aún en la Misión. Con el fin de ofrecer una ayuda eficaz a los misioneros, quiso que vivieran en comunidad como en una familia. Viviendo y trabajando en espíritu de comunión, también nosotros seremos capaces de realizar la vida trinitaria en la cotidianidad de nuestro vivir comunitario. Justamente para tener este espíritu y para vivirlo con mayor profundidad cada día queremos: - llegar en pocos años a tener al menos tres misioneros por comunidad; - afrontar los desafíos que nos llegan de la realidad multiétnica y multicultural de nuestras comunidades, viviéndolas como una riqueza y como un signo profético del Reino que estamos llamados a anunciar; - trabajar en comunión con las Misioneras de la Consolata, con los Laicos Misioneros de la Consolata y con la gente; - atraer con el testimonio de nuestra comunión a muchas personas a las que deseamos, como a nosotros, dar la vida por la Misión.
c) En nuestra Misión Nuestra renovación personal y comunitaria se trasformará en riqueza para la Misión. Ad gentes, para toda la vida, entre los pobres, son tres aspectos fundamentales que constantemente debemos hacer nuestros. Cada uno de nosotros está llamado a decir en lo más íntimo de sí mismo: “Esto es para mí, esto me afecta personalmente!”. Solo partiendo de este acto de fe será capaz el misionero de vivir y testimoniar una vida pobre, en estructuras sencillas, compartiendo con otros lo que posee. Es el paso ineludible que permite realizar después el anuncio.
Todos los ámbitos del ad gentes, que el Capítulo nos ha indicando, deben convertirse en lugar para demostrar nuestro celo, para despertar y renovar nuestro compromiso de llamados. Tomemos, por ejemplo, la AMV. Por nosotros es percibida como un servicio cualificado a nuestras iglesias. Si nos esforzamos en estar preparados hacia el exterior, también debemos estarlo en los servicios que realizamos dentro del Instituto. Si fallamos en esto, terminaremos por ser ineficaces también con la Iglesia y la Misión, porque faltarán misioneros. Subrayamos que “todo misionero debe convencerse cada vez más de que este servicio es parte integrante e irrenunciable de la Misión ad gentes y de la comunión entre las Iglesias”. Así se podrá proponer con valentía a los jóvenes de hoy la vocación del Misionero de la Consolata (sacerdote, hermano, laico) como camino de entrega a la Misión para toda la vida. ¡Se trata de un deber que inexcusablemente debemos cumplir!
Son los jóvenes quienes atraen nuestra mirada llena de esperanza. Hay muchos en las jóvenes Iglesias en las que trabajamos, pero parecen estar muy lejos de nosotros. Los vemos comprometerse en otros ideales, con otra gente u otras instituciones religiosas o profanas. Son entusiastas, llenos de vida y dispuestos a entregarse por ideales grandes y nobles. La Misión conseguiría llenar su vida si pudieran conocerla. Vivamos nuestra Misión con ellos, atraídos por la figura de Cristo, que es quien puede dar significado y dinamismo a la realización de todo proyecto de entrega.
Él es quien nos forma, quien nos renueva y nos empuja a las periferias del mundo, donde encontramos a los marginados, a los que no tienen esperanza, a los sin Dios que suplican nuestra “consolación”. Y Él nos dará también el optimismo, el entusiasmo, la confianza y la alegría para vivir en plenitud nuestra vocación y nuestra Misión. Del mismo modo que hizo con los discípulos de Emaús después de haberle visto resucitado al partir el pan.
d) La valentía de revisar La renovación y la recalificación van acompañadas de la revisión de las actividades y de las obras. Todos conocemos la mole de actividades confiadas al Instituto en los cuatro continentes donde trabajamos. Son excesivas las actividades a las que debemos responder con un número cada vez más exiguo de misioneros. Son también excesivas por el modo como las llevamos adelante, por los numerosos condicionamientos de la edad de las personas, o de las enfermedades psico-físicas, o de falta de la necesaria preparación.
Quizás tengamos demasiadas Circunscripciones, y de ahí que un buen número de misioneros esté llamado a trabajar por el mantenimiento de las obras, en la organización y en el servicio a la institución. Quizás llevamos muchos años presentes en Iglesias locales ya bien asentadas que podrían caminar solas, con sus propias fuerzas.
Tratemos de escuchar a Jesús, que nos dice: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, a predicar también allí, pues para eso he salido” (Mc 1,38). Podría ser esta su llamada para nosotros hoy, pues es indudable que muchos que todavía no han oído el anuncio del Evangelio nos están esperando. También la invitación del Allamano al “coraje” podemos oírla hoy nosotros como compromiso a mirar “más allá” de las fronteras familiares en medio de las cuales ya estamos trabajando.
4. Viviendo y obrando de modo nuevo El evangelista Juan nos habla de un mandamiento “nuevo”, que es la caridad y el amor. Viviendo el amor aprendemos a vivir de forma nueva la vocación, la consagración y la Misión. Ofrecemos algunos ejemplos sobre el modo como podemos realizar el proyecto de Dios en nuestra vida hoy:
- vivir la fraternidad-comunión con espíritu de familia que se traduce en corresponsabilidad, con respeto a la subsidiariedad a nivel de continente; - dialogar con amplio radio entre nosotros, con las MC, los LMC, las iglesias locales... y con las otras religiones; - testimoniar, incluso en las situaciones más difíciles y ante la dominante cultura del poder y del tener, que es posible una vida evangélica alternativa; - comunicar a todo el Instituto las maravillas que el Señor realiza a través de nosotros; - ser personas de esperanza y activas incluso en las situaciones más difíciles; - compartir con los pobres los bienes que el Señor pone en nuestras manos con tanta generosidad; - caminar con la mirada puesta en el futuro, con una seguridad en el corazón que nos permita ser perseverantes, flexibles, acogedores de lo nuevo y de lo mejor.
Conclusión Jesús, después de caminar con los discípulos de Emaús durante todo el día, “entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron”(Lc 24, 30-31). Y se convirtieron en testigos de la resurrección del Señor en la comunidad apostólica primeramente y entre el pueblo después.
También con nosotros camina el Resucitado en nuestras comunidades cada vez más internacionales y multiculturales, con miembros cada vez más diversos por la edad, el origen, la formación, la preparación y la competencia. Nos acompaña mientras trabajamos en un mundo cada día más globalizado, en continua transformación y dividido. Nos corresponde a nosotros la tarea de vivir y actuar de manera fraterna, ofreciendo al otro la propia riqueza, dondequiera que nos encontremos sirviendo a la Misión: en el apostolado, en la AMV, en la formación o en otras tareas. Queremos testimoniar que a todos es posible vivir y trabajar en comunión, valorando y armonizando entre los demás los elementos culturales y religiosos.
Como Dirección general, tomamos nota de nuestra composición internacional y multicultural y queremos ser los primeros que viven, trabajan y sirven con espíritu de comunión, en unidad de intentos, como nos quería nuestro Padre Fundador.
¡Que nuestra Madre la Consolata nos confirme en este camino!
P. Aquiléo Fiorentini, IMC Superior General
P. Stefano Camerlengo, IMC P. Francisco López Vázquez, IMC P. António Fernandes, IMC P. Matthew Ouma, IMC
|