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| H. FURLAN AMEDEO 1905-2000 |
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| Escrito por La Redacción del Da Casa Madre | |
| 22.02.2006 | |
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Hijo de Fortunato y de Maria Demaren, nació en Vedelago (TV) el 13 de julio de 1905. En 1926 entró en el Instituto en la casa de Turín y en 1928 hizo la primera profesión religiosa, que fue definitiva en 1931. Durante dos años trabajó en la Casa Madre como panadero y en otras mansiones de la casa, y en 1933 fue destinado a Kenya. Aquí trabajó en la granja de Manira del Kyambu hasta 1940, cuando fue internado en Suráfrica. Allí estuvo hasta 1943, para volver a Kenya. Desde 1958 ayudó como albañil en la construcción de la Consolata Church, ahora santuario nacional y durante cuarenta años fue un fiel guardián de la misma como sacristán, ceremoniero y factotum. En esa misma iglesia celebró en 1978 el jubileo de sus bodas de oro religiosas en presencia de monseñor Agostino Cacciavillan. Era entonces hombre de confianza del P. Giovanni Borello senior, el carismático hombre de las cosas de la tierra, pero con vistas al cielo. El H. Amedeo estaba orgulloso de contar con su confianza, que se traducía en un supertrabajo en la finca, en los almacenes, en los transportes. Cosas de... Far West, dirá alguien, pero también realidades que han construido nuestra historia y la historia de la Iglesia en Kenya. El H. Amedeo hablaba poco y lo hacía con calma y a gusto. Le gustaba más hacer que hablar. Hablar era para él, en la misión, perder el tiempo. Tenía una cosa fija en su mente: no volver nunca a Italia. Africa lo era todo para él y quería ser enterrado en ella. Se le decía después que estaría mejor en Alpignano para estar atendido y curado. Pero él no le daba importancia. Pero así fue el 15 de noviembre de 1998 tras 65 años de misión. Me dijo que cedía sólo por complacer al superior. En la casa del Beato José Allamano quise hacerle hablar de nuevo, y cuando lo hacía eran breves sus palabras. Su físico decaía, las fuerzas le faltaban, el primado de ser el más anciano del Instituto pesaba. Me di cuenta de su cariño a los sobrinos y familiares que de vez en cuando venían a verle. Manteniéndome a una respetuosa distancia, me pareció que lo profundo del H. Amedeo era Dios, Jesús, la Virgen María y la misión. Tenía modos imperceptibles de decir que esta última le ardía dentro. En los últimos meses estaba permanentemente en el lecho como si fuera una cruz, pero su rostro estaba sereno y serenaba, por lo que al P. Genta se le escapaban frases y palabras alegres, a lo que el hermano respondía con su sonrisa. Luego sufrió un ictus que lo dejó sin palabras. Era habitual que no pudiera tomar alimento y debía alimentarse con flebo. Pero no dejó de comulgar y algunas tardes recitaba el rosario con él. Me pregunté si no le cansaría, pero el P. Genta y la religiosa enfermera me dijeron que no. Cuando me alejaba le bendecía y él abría los ojos levemente. Así fue también la última vez. A las 20.45 del 25 de marzo de 2000, fiesta de la Anunciación, después de dirigir una mirada sonriente a cuantos le rodeaban, se fue para siempre. El funeral se celebró el día 28. Fueron muchos los presentes. El celebrante puso de relieve el hermoso testimonio del H. Amedeo en su vida de misionero. En la homilía el P. Mina Giuseppe elogió sus virtudes y compromiso apostólico. Sus restos mortales fueron depositados en el cementerio de Alpignano. Ahora el silencio es interrumpido por la fe que nos permite hablar con él, a quien gritamos: "No te calles, habla de nosotros que nos hemos quedado aquí al Señor y a la Madre Consolata...". P. Giuseppe Mina Amor filial hacia los superiores El H. Amedeo Furlan mantuvo una correspondencia constante con los diversos superiores generales que se sucedieron durante su larga vida. Contaba cosas sencillas: la fiesta de la Consolata, las primeras comuniones, las celebraciones de la semana santa, expresaba su alegría al ver que aumentaban los fieles en la iglesia y el número de comuniones. Manifestaba especialmente su amor filial y devoto a los superiores a quienes sentía como padres buenos y laboriosos para el bien del Instituto. Era un placer para él hablar bien de los hermanos y de su trabajo como queriendo dar alegría al superior de turno, y nunca dejaba de invitarle a visitar Kenya y sus misiones. Lo hacía con insistencia y afecto de hijo. En enero de 1958 el P. Domenico Fiorina debía visitar Kenya, pero al romperse una pierna en Brasil tuvo que posponerla. El H. Amedeo le escribió: "Con gran disgusto nos hemos enterado de la triste desgracia que le ha sobrevenido en América. Aquí le esperábamos ansiosos y estábamos ya contando las semanas. Su presencia nos habría hecho saborear mejor las fiestas pascuales. En cambio... Esperamos y oramos, no sólo yo sino todos, porque todos han lamentado la triste noticia. Le recordaré al Señor en la comunión. ...Venga apenas se cure, venga y ya verá que se alegra de venir. Venga y verá cuánta buena voluntad hay en todos nosotros para el bien del Instituto y para el bien común. Venga y se convencerá de los pasos dados en las misiones aquí en Nairobi. Venga a leer nuestros registros de buena conducta para premiarlos y corregirlos si están mal escritos. En una palabra, venga y verá y se alegrará. Su presencia nos da seguridad, nos alivia, nos endulza lo amargo que pueda estar el café, etc. en una palabra, le necesitamos". La Redacción del Da Casa Madre |
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