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| "Dispensadores de los Misterios de la Salvación" |
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| Escrito por P. Piero Trabucco, IMC | |
| 22.02.2006 | |
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Tema bienal:
2001 San Francisco de Sales, Protector de nuestro año centenario 1 de noviembre de 2000, solemnidad de Todos los Santos El proyecto de un Instituto misionero en Turín, acariciado durante mucho tiempo y atentamente madurado por José Allamano a lo largo de la segunda mitad del año 1900, consigue finalmente el plácet de los obispos del Piamonte. El propio arzobispo de Turín, cardenal Richelmy, lo aprueba “como flor nueva a los pies de la Consolata” y esta decisión es noticia en los periódicos católicos. Sin embargo, la firma oficial del decreto no llega hasta el 29 de enero de 1901. Un año antes, justamente ese mismo día, la curación "milagrosa" de José Allamano llamaba la atención en Turín. Las Religiosas del Convento de la Visitación, cuyo padre espiritual era el rector de la Consolata, atribuían aquella curación a la intercesión de su santo fundador, Francisco de Sales. Todos los biógrafos de José Allamano resaltan unánimemente la coincidencia de la firma del decreto de fundación del Instituto Misiones Consolata con la fiesta de San Francisco de Sales, de quien el rector del santuario de la Consolata, la ciudad de Turín y todo el Piamonte eran especialmente devotos. El aniversario de la curación "milagrosa", en cambio, pareció pasar a un segundo lugar. El propio Allamano, leyendo aquellos acontecimientos que le afectaban muy de cerca, se detiene preferentemente en la ejemplaridad del santo obispo en lugar de en su curación. El 29 de enero de 1904, tres años después de la fundación del Instituto, se dirigía así a sus misioneros: "Hoy hace tres años que nuestro venerable Arzobispo se dignaba aprobar el Instituto y su reglamento [...]. Y esta fecha tan consoladora para nosotros coincide con la fiesta de San Francisco de Sales. No fue una casualidad, pues en las previsiones de la Divina Providencia y quizá en la mente de nuestro Arzobispo fue justamente en este día aprobado el Instituto para ponerlo bajo la protección de este gran santo apóstol de Chablais" (Conf. I, 62). Queriendo ahora organizar las celebraciones de nuestro Centenario, no podemos dejar de reflexionar sobre aquellas providenciales "previsiones" del Señor y sobre la intuición del cardenal Richelmy para que el Instituto naciera bajo el patrocinio del gran santo de Saboya. No dudemos en pensar que esa fue también la voluntad explícita del Fundador. Así, mientras que en los albores de nuestra Familia Misionera encontramos a un santo que es elegido como inspiración de vida y modelo para el Instituto, hoy, cien años después, queremos volver a experimentar la fascinación de su figura para poder hacer frente, afianzados en su enseñanza y fortalecidos por su testimonio de vida, a un nuevo siglo de vida y misión. "No fue por casualidad..." Recorriendo de nuevo, aunque sea sumariamente, la historia de la iglesia del Piamonte y la vida de las grandes personalidades que la enriquecen con la santidad de su vida y sus escritos, nos damos cuenta inmediatamente de la enorme influencia que el santo obispo de Ginebra ejerció sobre ellas. El Convictorio eclesiástico de Turín, impulsado por Lanteri y Guala a comienzos del siglo XIX, había sido dedicado a Francisco de Sales. También el seminario de Chieri fue consagrado a él. Estas dos instituciones se convertirán en un lugar de culto y de gran devoción al santo obispo. En esos mismos años funda Juan Bosco el Oratorio y más tarde la Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos) para atender a la juventud abandonada. La marquesa de Barolo piensa en una congregación religiosa que encarne en su apostolado el espíritu y el celo de Francisco de Sales. En diversos lugares de Italia, pero especialmente en el Piamonte, se fueron multiplicando los "cenáculos salesianos", asociaciones de devoción y de caridad en las que los miembros se alimentaban espiritualmente con lecturas de las obras de este santo. La irradiación de la espiritualidad de Francisco de Sales creció aún más cuando el 19 de julio de 1877 fue proclamado doctor de la Iglesia universal. Tras estas breves pinceladas, fácilmente podemos convenir con el Beato Allamano en que la elección del 29 de enero para el nacimiento "oficial" del Instituto no fue una casualidad. Se quiso y se decidió explícitamente esa fecha. Algunas notas biográficas Francisco de Sales nació el 21 de agosto de 1567 en el Ducado de Saboya, en el antiguo castillo de los Señores de Sales. Su madre, Francisca de Sionnaz, mujer de la nobleza y muy piadosa, educa a su hijo desde la infancia en la práctica fiel de las virtudes cristianas. Llegado el momento de realizar estudios superiores, el joven Francisco abandona Saboya y se dirige a París, donde recibe una formación humanista y filosófica en el Colegio Clermont, dirigido por los jesuitas. Una etapa posterior de formación le llevará a Padua, donde se titula "in utroque iure". No todo, sin embargo, discurre felizmente para el joven saboyano durante los años de su formación académica. Eran los tiempos turbulentos de finales del siglo XVI, cuando las ideas de la Reforma se extendían rápidamente y provocaban dolorosas fracturas en los cristianos más sensibles. También Francisco se encuentra en un determinado momento en medio de las discusiones académicas, muy enconadas entonces, acerca del significado de la predestinación. Un pesimismo denso y destructivo le embarga. Pero sabe recurrir a la oración y consigue superar la dolorosa crisis: "Si no puedo amar a Dios en la eternidad -se dijo-, por lo menos quiero amarle con todas mis fuerzas en esta tierra". Recobra la serenidad y se siente aún más atraídas por las cosas de Dios. Al final de sus estudios, su padre sueña para él en una carrera de abogado o de diplomático. El joven doctor, por el contrario, elige la vida eclesiástica y el 18 de diciembre de 1593 es ordenado sacerdote. Se pone al servicio de su obispo, quien bien pronto le confía la difícil misión de evangelizar la región de Chablais, conquistada aquellos años por las ideas calvinistas. Consigue un éxito arrollador y reconduce en poco más de cuatro años a toda la población a la práctica de la fe católica. A finales de 1598 parte hacia Roma para solucionar algunas cuestiones en nombre de su obispo. Allí conoce a San Felipe Neri y se siente fascinado por su espiritualidad. Mientras se encuentra en la Ciudad Eterna le llega la noticia de que ha sido nombrado obispo. Cuenta apenas treinta y dos años, pero tiene ya una idea muy clara de su futura misión episcopal. Escribirá sobre ese tiempo: "El día de mi consagración episcopal Dios me arrancó de mí mismo y me tomó para sí; luego me entregó al pueblo, que fue como la conversión de ser yo mismo para ser para ellos". Francisco de Sales despliega un ministerio episcopal intensísimo. Además de las incumbencias pastorales normales, caracterizadas especialmente por su cuidado del clero y las visitas a las parroquias, se dedica al ministerio de la dirección espiritual, escribe obras de carácter espiritual y pastoral (26 volúmenes) y funda el Instituto de la Visitación ayudado por Santa Francisca Juana de Chantal. El santo obispo concluye su paso por este mundo de viaje a París el 28 de diciembre de 1622. Treinta y tres años después de su muerte es proclamado santo. Su fiesta, celebrada durante siglos el 29 de enero, cae actualmente el 24 del mismo mes, fecha de la traslación de sus restos mortales a Annecy. José Allamano y Francisco de Sales Leemos en la Vida Espiritual (VS) de José Allamano: "Un Santo Doctor escribió que es necesario honrar a los Santos, y especialmente a los que estuvieron más cerca de nosotros, en medio de nosotros; a los que se santificaron en los mismos lugares donde nosotros vivimos. San Francisco de Sales es de los nuestros, pues vivió en Saboya, que estaba unida al Piamonte. Se le consideró siempre un Santo de Turín. Su madre vino muchas veces a Turín, y él mismo fue devoto de la SS. Consolata. Una vez se detuvo en la Consolata y se alojó allí durante tres meses. Es uno de nuestros protectores" (792). Lo que el Fundador no quiso nunca explicar explícitamente fue la profunda y benéfica influencia que el santo obispo tuvo en su formación sacerdotal y apostólica. Pero otros hablaron y escribieron sobre ello en abundancia. Como ejemplo, he aquí algunos testimonios espigados en diversas publicaciones: "Otro modelo espiritual ofrecido a los seminaristas [además de San Ignacio de Loyola] era San Francisco de Sales (1567-1622); su vida y su doctrina son luminosas; en Turín, y especialmente en el Seminario, se celebraba solemnemente su fiesta, precedida de novena; existían varias ediciones de las obras del santo; Allamano poseía los libros de las "Oeuvres complètes de Saint François de Sales", París 1833, y el "Espíritu de San Francisco de Sales", de monseñor Camus, Venecia 1741; en sus conferencias a los Misioneros, Allamano citará a San Francisco 167 veces" (Tubaldo, "Giusseppe Allamano", I, 61). El 26 de mayo de 1925, hablando a los diáconos que se preparaban a recibir la ordenación sacerdotal, Allamano confiesa: "Meditad, orad y no os dejéis distraer con el pensamiento de las fiestas que se hacen en el pueblo: eso son historias. [...] San Francisco de Sales quiso esperar varios meses antes de celebrar la primera misa. También yo, puesto que estábamos en septiembre y no podía permanecer en el seminario, fui a casa y me quedé toda la mañana en la iglesia, canté misa y luego rogué al párroco que me diera un poco de comida [...]" (Conf III, 725). Convertido en formador del Seminario de Turín, Allamano comunica todo lo que había madurado en los años de formación. Leemos en su biografía: "Allamano se detiene frecuentemente sobre la caridad. Al leer estas páginas se tiene la impresión de que consigue transformar el tema en recogimiento, en belleza y en dulzura. Aquí es evidente la inspiración de San Francisco de Sales, para quien 'la dulzura es la flor de la caridad'" (Tubaldo, I, 266). Garbo y amabilidad eran cualidades que Allamano hizo suyas a ejemplo de San Francisco de Sales: "Su misma severidad para exigir la fiel observancia de las Reglas y el exacto cumplimiento de las ceremonias estaba impregnada de una bondad y una dulzura que recordaban las de Francisco de Sales" (testimonio de L. Mollar, ibid., I, 273). Desde 1881 Allamano mantiene contactos con el monasterio de las Religiosas Visitadoras, primero como confesor y luego como superior, contactos que serán constantes hasta el final de su vida. Atestigua P. L. Sales que este ministerio entre las Religiosas Visitadoras, fundadas por San Francisco de Sales, "dejó una huella en su espíritu, al haber tenido que estudiar el Directorio y el Consuetudinario de Francisco de Sales, con lo que absorbió su espíritu, tan acorde con el suyo" (Ibíd., II, 355). Las referencias y las citas de San Francisco de Sales que Allamano hace en sus Conferencias a los Misioneros son numerosísimas. El biógrafo cuenta hasta 167 (Ibíd. , I, 61), que son superadas por las hechas a las Religiosas Misioneras: 187. Elementos de su espiritualidad Francisco de Sales fue un escritor prolífico y un doctor eximio en la doctrina espiritual. El valor de su enseñanza emerge especialmente de que todo él tiene que ver con su vida, y es la vida de un santo. Su doctrina espiritual se manifiesta asimismo en que es capaz de formar a otros muchos santos, desde Santa Francisca de Chantal, a la religiosa visitadora Santa María de Alacoque y a santos más recientes como San Juan Bosco y el Beato Allamano. Sería muy exigente y comprometido buscar las huellas de su espiritualidad de manera exhaustiva. Me limito a señalar las que aparentemente tienen un mayor reflejo en la vida y la enseñanza de nuestro Fundador. Volver sobre estos recorridos de santidad puede significar hoy para nosotros volver a recorrer los caminos de nuestro carisma y beber en las fuentes más genuinas de la doctrina del Beato Allamano. Por motivos de espacio, dejamos de citar junto a los textos del Fundador los de San Francisco de Sales, aunque sería muy rico y sugerente hacerlo. Llamada a la santidad Es un gran mérito de Francisco de Sales señalar el camino de la santidad ("la vida devota" o "devoción") a toda clase de personas. La llamada a la santidad es para todos los cristianos, para todos los creyentes, independientemente de la vocación personal de cada uno. Es célebre y bien conocida la disertación que hizo San Francisco en favor de esta "llamada universal a la santidad": "Es un error, e incluso una herejía, querer desterrar la vida devota de los cuarteles de los soldados, de los talleres de los artesanos, de la corte de los príncipes, de la casa de los esposos. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa, no puede ser practicada en esos estados de vida, pero es verdad también que, además de esas formas, hay otras que son aptas para perfeccionar a los laicos en los diferentes estados de vida" (Introducción a la vida devota, I, cap. III). Tratar de conseguir la perfección no puede ser un privilegio de pocos, sino que ha de convertirse en compromiso de todos: "Todos estamos obligados a aspirar a la perfección de la vida cristiana, que consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de nuestro buen Dios, que es la regla soberana y la ley de todas las acciones. Todos, aunque no sea del mismo modo, sea el que sea el lugar donde nos encontramos, podemos y debemos aspirar a la perfección" (Obras, XXVI, 185). Este camino que enseña Francisco no constituye un estado de vida particular, sino que se convierte en linfa vital que todo lo vivifica y anima. Parte de la consagración bautismal y se encamina a la plena unión con Dios. La atmósfera donde debe tratar de lograrse es de libertad espiritual y gozo íntimo, hasta el punto de aparecer amable a los ojos de la gente. Así exhortaba a Mme. Brulart: "No debéis ser devota sólo para vos sola y amar la devoción de ese modo, sino que debéis hacerla amable delante de todos, y esto lo conseguiréis si la hacéis útil y grata a los demás" (Carta del 3.5.1604). Francisco, por lo demás, no descuida señalar los modos para conseguir la perfección: no austeridad a toda costa sino uso de los medios comunes, cumplimiento fiel de los propios deberes y hacerlo todo con dulzura, mansedumbre y caridad. Por consiguiente, no cosas extraordinarias sino más bien lo extraordinario en el cumplimiento de las cosas ordinarias. Dejarse guiar por Dios tratando en todo momento de interpretar y discernir todas las cosas según el espíritu del Evangelio. Contemplación en la acción Francisco de Sales la llama "éxtasis de la vida" y constituye uno de los ejes de su doctrina espiritual. Si el empeño de una persona en el camino de la santidad es fuerte y sentido, todo lo que haga será para gloria de Dios. Su condición será entonces parecida a la de los místicos, y su camino hacia Dios se podrá llamar verdadero "éxtasis". Francisco lo explica así: "Querido Teótimo, los éxtasis son de tres clases: uno intelectivo, otro afectivo y el tercero operativo. El primero es luz, el segundo fervor y el tercero acción. El primero está hecho de amor, el segundo de devoción y el tercero de obras" (Tratado del amor de Dios, VII, 4). La predilección del santo obispo se inclina naturalmente hacia el tercer tipo de éxtasis: el de la acción, operativo, por ser más apto a quienes llevan una vida activa. Efectivamente, añade, "muchos santos que están en el cielo no fueron nunca favorecidos por éxtasis y arrebatos de contemplación. Pero te aseguro, Teótimo, que no existió santo alguno en la tierra que no tuviera el arrebato del éxtasis de la vida, es decir, de las obras, de la superación de sí mismo y de sus inclinaciones naturales" (Ibíd. , VII, 7). Vivir el éxtasis de la vida significa para el santo obispo elevar todas las acciones a oración continua, a "oración vital". Esta oración es capaz de vivificar nuestra acción y cada una de nuestras obras y de santificarlo todo. Modelo de los que quieren vivir la contemplación en la acción es San Juan Bautista, un hombre lleno de la presencia de Dios, testigo auténtico, valeroso y audaz en su acción. La centralidad del amor Amar a Dios que nos amó primero es para San Francisco de Sales el medio y el fin, punto de partida y punto de llegada de la vida cristiana. Leemos en la Introducción a la vida devota: "Dios no te puso en el mundo porque tuviera necesidad de ti, pues le eres totalmente inútil, sino únicamente con el fin de evidenciar su bondad, dándote su gracia y su gloria. Por eso te dio la inteligencia para conocerle, la memoria para recordarle, la voluntad para amarle, la imaginación para representarte sus beneficios, los ojos para ver sus maravillas, la lengua para alabarle" (cit. en V. Mercante, La mansuetudine in San Francesco di Sales, LDC, 2000, p. 26). Francisco amplía, por tanto, la descripción de los medios que hacen que el amor se convierta en el centro de la vida cristiana. Para llegar al amor no hay más camino que el amor mismo, del mismo modo que a estudiar se aprende estudiando... El modo verdadero de amar a Dios es amarle cada vez más: la medida del amor a Dios es amarle sin medida. Se comienza partiendo de uno mismo: amarse a sí mismo con el mismo amor con que Dios nos ama. En segundo lugar se pasa al amor al prójimo, evitando amar a los demás por el propio interés. Y finalmente se llega al amor de Dios: amar a Dios por sí mismo y a los demás y a nosotros mismos en Él. Este amor asume para nosotros el colorido de la amistad verdadera, recíproca y cálida. Si tal es el amor en la vida del cristiano, el grado de nuestro camino de santidad se mide por el grado de amor que poseemos. No es pues la cantidad o la magnitud de nuestras acciones lo que agrada a Dios, sino la intensidad de amor con que las hacemos. En lugar de insistir en la práctica de cada una de las virtudes, a Francisco le gusta partir inmediatamente del amor: "Amad, cultivad el amor, haced que nazca, dejad que se afirme y crezca" (Ibíd. , p. 29). Está pues convencido de que una acción o un acto de virtud cuenta poco por sí mismo, ya que adquiere su mérito por el grado de amor que le inspira. Una sonrisa, una mano tendida, un gesto amable, un acto fraternal como expresiones de amor "divinizan" lo ordinario y lo cotidiano de que está tejida la vida de una persona. Para Francisco este es el camino real de la santidad y el más accesible para cualquier persona. La mansedumbre Es el elemento más característico de la espiritualidad de Francisco de Sales. Con este término quiere señalar diversas actitudes o virtudes afectivas, como la benignidad, la serenidad, la paciencia, la dulzura, la gentileza, la generosidad, la amabilidad. La mansedumbre se convierte de este modo en un "estilo de vida" capaz de influir en todos los aspectos del comportamiento humano. Francisco de Sales define la benignidad como caridad en acto, pues estando íntimamente unida a Dios, se dirige al prójimo como expresión de la manera con que Dios ve y ama al hombre. De este modo esta virtud asume en la vida mil expresiones y matices difícilmente definibles. Para mejor inculcar a sus religiosas la virtud de la mansedumbre, Francisco acude a la Biblia y descubre en ella una clara semejanza en los conceptos de humildad y de bondad. Manso es quien acoge a Dios en su vida y se somete puntualmente a su voluntad. Por otra parte, vive la mansedumbre quien se abre a la ayuda del prójimo con prontitud, dulzura y bondad. El discurso de la mansedumbre se profundiza especialmente en la Introducción a la vida devota. Su práctica encuentra en Jesús el modelo más perfecto: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29). Las raíces de esta virtud deben arraigar en lo más profundo del corazón humano para que pueda manifestarse en todas sus expresiones, como tratando de constituir una sinfonía de caridad. Francisco resume su presentación con estas expresiones admirables: "La dulzura es superior a todas las cosas, destaca entre las virtudes por ser la flor de la caridad y alcanza la perfección no sólo cuando es paciente, sino también dulce y buenaza (debonnaire)" (Introduc., III, cap. VIII). La mansedumbre asume también la expresión de la dulzura, especialmente en las relaciones que se establecen a través del servicio de la autoridad. Debe practicarla especialmente el superior cuando ha de corregir y reconvenir. La dulzura, que no debe confundirse con la timidez o la pusilanimidad, añade al servicio del superior autoridad competente, equilibrio y eficacia. Visión optimista del hombre La centralidad de la mansedumbre en el proyecto espiritual de San Francisco de Sales desemboca espontáneamente en una visión optimista del hombre. Vuelve constantemente en todos sus escritos al recuerdo del Dios providencia y Padre, a la abundancia de los medios de salvación, a los dones y a las cualidades humanas, que Dios no deja faltar a nadie. Francisco no llegó a esta convicción optimista de manera espontánea. A los 18 años pasa a través de un crisol de dudas, escrúpulos y casi desesperación. Le salvan la oración y la convicción de que merece la pena poner el amor de Dios por encima de todo. Afianzará aún más esta convicción cuando, durante sus estudios de teología, decide abandonarse completamente, en todo y con plena confianza, en Dios. He ahí su credo, que no abandonará jamás y que se convierte en convicción cordial y generadora de infinita energía espiritual: "Considera el amor eterno de Dios por ti. Aún antes de que el Señor sufriera, su divina Majestad te amó con predilección y su soberana bondad te amó de manera intensa. Pero ¿cuándo comenzó a amarte? Cuando comenzó a ser Dios. ¿Y cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, porque no tuvo principio ni tiene fin. Por tanto, te amó desde la eternidad. Y te preparó las gracias y favores que luego te concedió" (en Mercante, o. c., pp. 24-25). “O mon me, tu es capable de Dieu”, “Alma mía, eres capaz de Dios”, y si eres capaz de Dios, tu dignidad es inmensa y puedes realizar cosas maravillosas. La bondad de Dios juntamente con la grandeza y la bondad natural del hombre son los elementos que dan solidez a toda su espiritualidad, al tiempo que despliegan infinitos recursos espirituales y apostólicos. Un camino... en compañía Francisco es consciente de que todo itinerario hacia la santidad puede hacerse únicamente si la persona se abre al don del Espíritu Santo y se deja acompañar por Él. Efectivamente, es el Espíritu quien busca a la persona, quien da calor a su corazón, quien la sostiene en el camino hacia metas cada vez más exigentes. Escribe a Mme de Chantal: "...Cuán cordialmente os deseo este gracioso viento que viene del mediodía del amor divino, este Espíritu Santo que nos da la gracia de aspirar a Él y de respirar por Él... Que el fuego sagrado que todo lo transforma en sí mismo transforme nuestro corazón de tal modo que sea más que amor" (Carta del 22 de mayo de 1611). Además de la "compañía" del Espíritu Santo, Francisco tiene en gran estima y valora de forma destacada la dirección espiritual. Durante toda su vida ejerció de múltiples maneras este ministerio. Podemos comprender su estilo y su método a través de sus cartas. La dirección espiritual sólo puede hacerse en un clima de confianza mutua y de amistad fraterna y debe basarse en la sinceridad y el respeto mutuo. Trata de conseguir la pacificación de quien está atormentado por problemas o por sus defectos, respeta el ritmo de cada persona y lleva a caminar hacia el descubrimiento de la voluntad de Dios con serenidad y gozo. Un breve escrito a Juana de Chantal es suficiente para cualificar su estilo de dirigir a las personas: "En el caso de que descuidarais alguna cosa de las que os he dicho, no tengáis escrúpulos por ello, pues ahí tienes la regla de nuestra obediencia escrita en letras bien grandes: es preciso hacerlo todo por amor y nada por temor. Es preciso amar la obediencia más de lo que se teme la desobediencia. Os dejo el espíritu de libertad (...). Quiero que cuando se os presente alguna ocasión de tener que dejar de cumplir vuestros ejercicios de piedad por motivos de justicia o de caridad lo hagáis como por obediencia y supláis con el amor la práctica que habéis dejado de hacer" (en A. Ravier, "Francisco de Sales", Jaca Book, 1994, p. 125). Otro elemento que valora Francisco de Sales al acompañar a las personas por el camino de la perfección es la amistad. Es convicción de este santo obispo que "la perfección no consiste en no tener amistades, sino en tenerla solamente buenas, sanas y sagradas" (Introducción, III, cap. XIX). La amistad favorece la profundidad de las relaciones, ayuda a la confidencia y la apertura del alma, vence el temor ante los peligros que siempre pueden acechar en las relaciones con las personas: el amor propio, la envidia, la discordia, los celos... Francisco "misionero" "[San Francisco de Sales] fue un verdadero misionero y será siempre un protector del Instituto. Pedidle este espíritu de abnegación, de sacrificio y de celo por la gloria de Dios( (VS 795). Nombrado muy pronto preboste de los canónigos de Ginebra, la vida de Francisco parecía ya destinada a discurrir por el cauce de una laboriosidad normal, muy lejos de los sobresaltos de un apostolado exigente o de los peligros de la misión. Por el contrario, a ruegos del duque de Saboya, el obispo propone a Francisco la no fácil misión de reconducir a la población de la región de Chablais a la práctica de la religión católica. Es una misión que durará cuatro años en medio de dificultades incontables y con riesgo de su propia vida, animado siempre por un celo y un ardor apostólico vivísimos. Quizá en ningún otro período de su vida manifieste tan bien Francisco su temple del misionero. Lleva una vida itinerante ("a la apostólica", decía él), con muy pocos medios, unas veces acogido y otras repelido sin contemplaciones por el furor del pueblo. La aventura misionera en Chablais terminará en 1598 cuando Francisco, por orden de su obispo, parte hacia Roma. Las "cuarenta horas" en Thonon constituyen su epílogo. En pocos días, más de 2.300 personas vuelven a la fe católica. Está presente en aquella ocasión el propio legado del Papa, el cardenal Médici (el futuro León XI) en viaje de París a Roma. Otras tareas y nuevas e importantes responsabilidades pastorales esperan a Francisco, pero la experiencia de cuatro años en Chablais le marcará de por vida, mostrándole que el camino de su sacerdocio deberá siempre unir a un ardiente celo apostólico una profunda santidad de vida. Una metodología iluminada La evangelización entre la población de Chablais se estudia previamente con mucha atención y se lleva a cabo con esmero. Francisco comienza en compañía sólo de un sacerdote primo suyo, pero con el apoyo de una abundante oración de muchas personas. Lleva consigo la Biblia, unos pocos libros y una gran fe en Aquel que guía los acontecimientos de la historia y los suyos. Desde el comienzo dirige todas sus energías y esfuerzos sobre lo más rocoso de la doctrina calvinista. Es decir, comienza por la capital de Chablais, Thonon, donde en la catedral protestante dirige su primer sermón el domingo tras conseguir el permiso de las autoridades ciudadanas. Establece contacto con las familias más influyentes de la ciudad. La oposición calvinista no tarda en reaccionar. Escribe uno de sus biógrafos que se había convertido en objeto de "mil insultos y burlas..., le acusaban de magia y bujería, le tendían emboscadas" (A. Ravier, o. c., p. 59). Escribe el propio Francisco: "La oración, la limosna y el ayuno son los tres elementos que forman el cordón que difícilmente puede romper el enemigo; tratemos de sujetar con él y por medio de la gracia divina al adversario" (Idem). La gente advierte enseguida lo diferente que es el predicador católico y acude a escucharle. Ante una oposición cada vez más aguerrida, "Francisco tenía otras armas para defenderse: la calma, el desprecio de la muerte, la humildad, la 'dignidad' de su vida, la caridad incansable y el don de la amistad que le acompañará siempre. Al final todos le querían, por lo menos secretamente" (Ibíd.., 60). Cuando Francisco constató que aumentaba la simpatía hacia su evangelización, consideró que había llegado el momento de salir a la plaza. Lo hace los días de mercado para dirigirse a los pobres, a los burgueses y a todos los que nunca se habrían acercado a él en las iglesias. Pasan los meses y toma otra decisión importante: escribe sus sermones y sus catequesis sobre la fe católica, los expone en los lugares públicos y los introduce por debajo de las puertas. Trata así de llegar a todos de manera impensable, al tiempo que se esfuerza en preparar a otros colaboradores (predicadores itinerantes) que puedan ayudarle en su trabajo. El tiempo de las primeras cosechas no tarda en llegar, pero Francisco prefiere continuar la siembra que lleva adelante con determinación, fe e inteligencia. Añade su biógrafo: "Francisco prosigue su trabajo, lenta y pacientemente, esperando en Dios. Ora, ayuna, se mortifica; su gran capacidad de valentía es la misa cotidiana, celebrada al precio que sabemos. A los protestantes que le evitan, que tal vez le insultan o le agreden, los trata 'con respeto y caridad' y sobre todo los toma en serio. Estudia para ellos, escribe y predica, porque es necesario presentar y hacer accesibles en su pureza el Evangelio, la Escritura, la Iglesia. También con las palabras, naturalmente, pero especialmente con la vida y la fe; es preciso que el sacerdote revele a los hermanos separados el espíritu y el corazón de Cristo" (Ibíd.., p. 67). Una última nota para poner de relieve la actitud de Francisco ante los conflictos religiosos de su tiempo y que tanta parte tienen en su vida, es que está convencido de que más importante que cualquier discusión teológica es la exposición clara de la verdad, inspirada en el respeto de las personas y en la caridad. Afirma: "Además, siempre he dicho que quien predica con amor, predica suficientemente contra los herejes, aun sin decir ninguna palabra contra ellos..." (Ravier, o. c., p. 95). Su trabajo en Chablais y los largos años de ministerio episcopal tienen un solo fin: llevar a la gente a Cristo, convertir a la fe cristiana, "reformar" la comunidad cristiana. La "salus animarum" es siempre el criterio decisivo de su misión evangelizadora.
Conclusión "Es necesario corresponder enseguida, mucho y lo más apresuradamente que podamos. Esta es la meditación que yo quisiera que hicierais sobre San Francisco de Sales [...] Roguemos a este santo e imitémosle" (Conf. II 487).
¡Oh bienaventurado José Allamano!, tú que uniste el origen de nuestra Familia a San Francisco de Sales y la modelaste a ejemplo suyo y de su doctrina, te rogamos que en este año centenario de nuestra fundación nos obtengas del Señor: Santidad a toda prueba, buscada en nuestro vivir cotidiano y en la adhesión total a la voluntad de Dios, valorando todo momento y toda acción como oportunidades para construir el Reino, haciendo bien todas las cosas; Celo ardiente y espíritu misionero que nos lleven a donde mayores son las necesidades del primer anuncio de Cristo, de presencia de consuelo y servicio a los pobres. Que ningún obstáculo nos detenga, que ningún desafío nos asuste, pues está con nosotros el Espíritu; Bondad y dulzura, a ejemplo de Aquel que dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde corazón", y conscientes de que mansedumbre y humildad fortalecerán la eficacia de nuestra obra y darán valor a nuestro testimonio; Amor que nos empuje como un fuego a entregarnos sin descanso al servicio de los que han sido confiados a nuestro cuidado pastoral. Que no olvidemos nunca que sin caridad sólo seremos campanas que repican o platillos que resuenan (cf. 1 Cor, 13,1); Mirada optimista, capaz de ver el bien y lo bueno dondequiera que se encuentren y de descubrir entre los pliegues de la historia y de los acontecimientos humanos las huellas de Dios que actúa para salvar a todos los hombres. Queridos Misioneros: que la protección de nuestros santos protectores no deje que nos falte el "espíritu" que tiene que animar toda iniciativa que deba emprenderse en este nuestro año jubilar IMC. Que nuestra Madre Consolata nos bendiga y nos acompañe. Que esté especialmente próxima a nuestros jóvenes, a los ancianos y a los enfermos, a todos los que más sienten el peso y el cansancio de la misión. Al tiempo que saludo a todos afectuosamente, os deseo todo bien en nombre del Consejo General. Fraternalmente vuestro, P. Piero Trabucco, IMC (Padre General) |
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