| Inicio |
| Links |
| Buscar |
| Contáctenos |
| Mapa del sitio |
| Créditos |
| Introducción |
|
|
| Escrito por Consolata.org | |
| 22.02.2006 | |
|
(Primera parte) 3 de diciembre de 2000 Memoria de San Francisco Javier En el gran árbol de la misión aparecen siempre nuevas ramas. Nacen de la perenne creatividad del Espíritu, quien determina sus ámbitos, contenidos y métodos siempre nuevos, los cuales desafían nuestra capacidad de comprensión y de respuesta. Son la misión de hoy, expresión de tantas realidades que nacen y toman forma en la experiencia eclesial de los diversos Continentes y piden luego verificación en el servicio de los Misioneros. No terminaremos nunca de hablar de la misión, pues es "vida" que el Espíritu del Señor resucitado recrea constantemente en la Iglesia. Es misión incluso la respuesta que cada discípulo busca y concreta en el deseo de ser fiel a su Maestro, quien constantemente deja oír su voz: "ven a mí..., ve a todo el mundo...". También en la historia reciente de nuestro Instituto encontramos una significativa expresión de esta vitalidad de reflexión y de búsqueda de caminos. El IX Capítulo General, celebrado en 1993, por ejemplo, deteniéndose en la figura del Misionero, quiso interrogarse tanto sobre la cualidad de su vida como sobre sus debilidades, así como sobre la significación de su trabajo confrontándolo con los múltiples desafíos de la misión actual. Se preguntaba si la comunidad misionera caminaba al paso de las nuevas exigencias de la misión y era capaz de una eficaz programación de vida y de apostolado. Puntos de referencia eran siempre el Beato Allamano y su carisma, que deben vivirse en el presente de la misión con fidelidad y creatividad. La asamblea capitular sugería entonces al Instituto que se comprometiera en la profundización de los temas fundamentales para nosotros: la vida consagrada y la misión ad gentes. Siguieron dos bienios de una reflexión que resultó especialmente rica tanto para cada uno de los Misioneros como para las comunidades. Mediante la profundización de nuestra consagración religiosa nos hemos esforzado en volver a decirnos con insistencia las cosas que constituyen los elementos fundantes de nuestra vida y misión: Dios que llama y envía, nuestra respuesta generosa y constante, el carisma de Allamano que sigue alimentándonos, los vínculos que nos convierten en familia misionera, los votos religiosos que expresan radicalidad de compromiso, la necesidad de unificar santidad y misión en un único proyecto. El X Capítulo General eligió como tema la profundización en nuestra misión ad gentes. Partiendo de la secular y siempre fructífera experiencia misionera del Instituto, trató de redefinir nuestro compromiso en los ámbitos que pueden ser definidos como las "fronteras" de nuestra misión: el primer anuncio del evangelio, las pobrezas urbanas y el compromiso en favor de las minorías étnicas, los servicios cualificados a las Iglesias locales y la dimensión de la justicia y de la paz. Tales expresiones, antiguas y nuevas, apelan a una recuperación fuerte de la espiritualidad misionera, que ponen de relieve para nosotros que la misión es en primer lugar anuncio de Cristo salvador y liberador, opción de vida y trabajo en medio de los pobres, capacidad de colaborar con todas las fuerzas misioneras y con las diversas iglesias locales, esfuerzo en no descuidar la exigencia de inculturar el Evangelio en todos los lugares donde trabajamos. "En los vasos de barro de nuestra fragilidad -nos recuerdan las Actas capitulares de 1999- Dios ha puesto la mediación de una auténtica experiencia de su presencia salvífica" (55). Hemos sido constituidos cooperadores y ministros de la obra salvífica de Dios en favor de la humanidad. "Es nuestro primer ministerio", inculcaba ya con cierto vigor el Beato Allamano al alborear nuestro Instituto. Aunque confirmando el camino de reflexión misionera hecho en el sexenio, el reciente Capítulo General no ha dejado de señalar nuevas etapas de profundización en el significado de nuestra vocación. Especialmente ha puesto de relieve ante todos los Misioneros "la necesidad de profundizar y actualizar la dimensión teológica de la propia cooperación en la obra de la salvación" (55), tal vez temeroso de que también se deslizara "entre nosotros un menor aprecio de esta dimensión esencial de nuestra condición de misioneros" (Ibíd..). Se sugieren, por tanto, algunas pistas operativas: - Ante los notables avances de la reflexión conciliar y postconciliar sobre la salvación, el Misionero no puede permanecer distraído o rendirse ante los primeros escollos teológicos. Palabra, sacramentos, presencia del Espíritu, anuncio, celebración, promoción humana, diálogo con las religiones..., todos ellos son conceptos y realidades que los "ministros de la salvación" deben someter a un atento examen. - En cuanto a la celebración de los misterios de la salvación, el Capítulo pide que se haga con alegría y participación, con un empeño serio de comprensión y un constante esfuerzo para trasformarlos en vida mediante una serio camino de fe. Nuestra sensibilidad de pastores tendrá que madurar asumiendo actitudes de renovada atención hacia los misterios que celebramos, cuidando todo su desarrollo, desde la preparación hasta la implicación del pueblo cristiano. - Celebración y vida deben constantemente mezclarse entre sí y mirar a la transformación de las personas. Una misión que no contribuya a esta transformación corre el riesgo de ser sólo un balbuceo de palabras o un vano afán de actividades superfluas. La participación en el misterio de la salvación interpela a todos los Misioneros: a los jóvenes para que sepan convertirse en herederos hoy de aquella rica tradición que tiene sus raíces en las enseñanzas del Beato Fundador; a los que se encuentran en plena actividad para que encarnen en su ministerio todas las actitudes de Cristo Buen Pastor; a los ancianos y los enfermos para que participen íntimamente en el sacrificio de Cristo con el ofrecimiento de su inactividad y de su sufrimiento. Una escuela de vida Además de un momento intenso de reflexión, quisiéramos que fuera la reflexión bienal que ahora proponemos al Instituto. Los temas sobre los que deberemos detenernos son muy importantes para nosotros y para la misión como para relegarlos simplemente a algunos momentos de reflexión personal y comunitaria. Quisiéramos que cada uno oyera como pronunciadas para él las palabras que en el rito de la ordenación dirige el obispo a los diáconos: "Lo que lees, créelo; los que crees, enséñalo; los que enseñas, vívelo". El obispo entrega a los diáconos el Evangelio de Cristo. También nosotros quisiéramos entregaros algunos textos que, juntamente con el recuerdo constante de la Palabra de Dios y la enseñanza que proviene del Padre Fundador y de la tradición del Instituto, reflejan la enseñanza de la Iglesia y las instancias que nos llegan del mundo misionero. Las propuestas de reflexión llegarán en primer lugar a través de la carta de la Dirección General que, dividida en tres partes, aparecerá cada ocho meses. Y tendrá el siguiente contenido: La primera parte, constituida por el texto de la presente, tiene especialmente un carácter introductorio, de invitación a sintonizar con el tema de la salvación que exige una implicación tanto personal como comunitaria. Nos detendremos en la lectura de la historia de la salvación en las Iglesias y en los Continentes donde nuestros Misioneros trabajan. Dios nos invita a ser dispensadores de la salvación en situaciones concretas, insertados en la historia de los pueblos a los que hemos sido enviados. Esta primera parte tiene el objetivo de conducirnos a tomar conciencia de la presencia y la acción de Dios en la historia de la humanidad hoy y del caminar que la Iglesia está intentando con el esfuerzo de ser fiel a su vocación de mediadora de la salvación. La segunda parte llegará a las manos de los Misioneros en septiembre del 2001 y tratará el problema de la salvación desde un punto de vista teológico y misionológico. En ella abordaremos algunas cuestiones hoy especialmente debatidas en ámbito misionero, como la relación entre evangelización y diálogo con las religiones, salvación en las religiones no cristianas, Jesucristo salvador y mediador entre Dios y los hombres, las dimensiones de la salvación predicada por Cristo... Esta segunda parte quizá pueda exigirnos un esfuerzo especial, dado su carácter más técnico, pero si se la afronta con empeño podrá abrir horizontes nuevos e inimaginables para nuestra vida y trabajo misionero. Finalmente, la tercera parte será distribuida en torno a la Pascua de 2002 y tendrá una intención más formativa y pedagógica. Afrontará algunos temas emergidos en el X Capítulo General y propios de nuestro carisma IMC, así como otros exigidos por nuestra vocación misionera: - la salvación en el carisma IMC; - el diálogo interreligioso; - el anuncio de Cristo salvador; - el testimonio del Misionero; - la celebración de los misterios de la salvación. Se entregará asimismo a cada uno de los Misioneros el libro que contiene las Actas de la Reunión de Estudio que tuvo lugar en Roma en el mes de septiembre de 2000. Fue el punto de partida de nuestra reflexión sobre la salvación y ha recogido una variedad de materiales sobre este tema tan nuestro, que podrá ser usado multiformemente en las reflexiones personales y comunitarias. Finalmente, una Comisión específica ofrecerá subsidios periódicamente sobre el tema de la salvación para encuentros de oración y retiros mensuales. Confiamos todo este material especialmente a los Superiores de Circunscripción y a los locales para que, a través de su mediación, todos se sientan interpelados y cada comunidad pueda sentirse implicada de forma activa. El éxito de este proyecto dependerá mucho de su trabajo de animación y de su creatividad. Apelamos finalmente al empeño de cada uno de los Misioneros. De nada valen iniciativas, propuestas y subsidios sin la disponibilidad de ánimo de cada cual a dejarse conducir por Aquel que es el viviente en nuestra vida y que, llamándonos a seguirle, nos encamina hacia la renovación profunda de nuestro ser. Quien acepta por la fe a Cristo se somete, disponible a la voluntad de Dios, con actitud de humildad y sencillez, y dócil al Espíritu, a superar toda cerrazón en los propios criterios a fin de verlo y juzgarlo todo a la luz de Dios. Se verificará de este modo en la persona el proceso de conversión que lo purifica, sublima y transforma todo. Reconciliados con Dios y con nosotros mismos, nos convertiremos entonces en colaboradores eficaces y válidos del Señor en la salvación de la humanidad y en la construcción de un mundo nuevo. |
| Quiénes somos... |
| El beato G. Allamano |
| Castelnuovo Don Bosco |
| La Consolata |
| Novena Beato Allamano |
| Santidad |
| Boletín |
| Documentación |
| Nuestras revistas |