| Inicio |
| Links |
| Buscar |
| Contáctenos |
| Mapa del sitio |
| Créditos |
| "DIOS QUIERE QUE TODOS LOS HOMBRES SE SALVEN" |
|
|
| Escrito por Consolata.org | |
| 22.02.2006 | |
|
La parábola del profeta Jonás Antes de introducirnos en el tema de la salvación queremos invitar a cada uno a tomar en sus manos el libro del profeta Jonás y dedicarle algún tiempo de reflexión y de oración. Y es que creemos que este ejercicio puede ser para nosotros una oxigenación del espíritu que facilite luego una sintonía mayor con el único que "puede salvarnos" (He 4,12). Tratar de salvación significa, en efecto, partir en primer lugar de Dios, que es su fuente, después sumergirnos nosotros mismos en esta realidad y dejarnos implicar por ella, para finalmente dirigir la atención hacia quienes estamos invitados a ser enviados como dispensadores de los misterios de la salvación de Dios. El libro de Jonás puntualiza admirablemente tres elementos que son puntos de partida obligados para tratar este tema nuestro: Dios llama a cada una de sus criaturas a la salvación; está buscando continuamente a sus hijos más lejanos y ofrece a todos la posibilidad de la salvación. Dios pide a los que son enviados a ser mediadores de la salvación su misma magnanimidad, la disponibilidad para la acogida y la prontitud para el perdón. Dios pide a sus enviados la conversión personal como condición necesaria antes de entrar en el ministerio profético. Por consiguiente, podemos encontrar y establecer en tres principios la lección perenne que nos ofrece el libro del profeta Jonás. 1. La salvación de Dios es para todos los pueblos El Dios que creó el cielo y la tierra, que es padre de toda la familia humana, tiene entrañas de amor hacia todas las criaturas y quiere que todas se salven. El Señor no es indiferente a la suerte humana, sino que está muy interesado de las vicisitudes de cada uno de los pueblos y quiere que todos lleguen a su salvación. La elección de Israel por parte de Dios no pone al pueblo elegido en antagonismo con otras gentes, sino que le compromete para que sea signo y revelación de la promesa de la salvación para todos los pueblos (cf. Zac 8,32). La Iglesia, nuevo Israel, que recibe las enseñanzas de Jesús de Nazaret, ha afinado posteriormente su sintonía con el corazón de Dios. Consciente de ser sierva de una realidad (la salvación) que la supera infinitamente, tendrá que pedir constantemente a Dios que le "indique sus caminos, que le enseñe sus senderos..." (cf. Éx 33,13; Sal 16,11). La Iglesia siente la necesidad de profundizar en la palabra que salva, buscar y descubrir la voluntad de Dios, identificar la presencia de las semillas del Verbo en las culturas y la historia de cada pueblo. 2. En simbiosis con el corazón de Dios Así debe ser para todo el que ha sido "destinado" a realizar el servicio de dispensador de los misterios de la salvación. Sólo hay un camino que lleva a la salvación, el de Dios. Buscar otros caminos significaría intentar aplicar nuestros criterios para reglamentar los caminos de Dios y recorrer el mismo itinerario de Jonás. Trabajar por la salvación significará para nosotros aprender a mirar como mira Dios, como un padre mira a sus hijos, distinguiendo el bien del mal, lo que enriquece y lo que humilla, lo que da vida y lo que conduce a la muerte. El Dios de Jonás no se contenta con constatar la realidad en la que viven sus hijos, sino que va en busca de quien está perdido, a riesgo de oponerse a sus mismos propósitos. Se convertirá en portador de salvación quien sepa abandonar su tranquila seguridad para poner en el centro de todos sus planes y de su búsqueda al hermano necesitado, al pobre que pide ayuda, al olvidado que no tiene palabra para gritar su angustia o sus necesidades. 3. Atravesar la frontera Toda persona elegida por Dios para ser dispensador de la salvación a los hombres, debe ser capaz de salir de los límites de su realidad geográfica, cultural, histórica y religiosa, y acercarse positivamente a aquellos a los que es enviada. Deberá, por tanto, cultivar la voluntad y la capacidad de atravesar las fronteras que conducen del hábitat personal a la alteridad, de la seguridad a la incertidumbre, de lo familiar a lo desconocido. El ministro de la salvación encontrará la fuerza de recorrer este camino apoyándose en la misma Palabra bíblica que condujo al pueblo de Israel a confesar que su Dios era también el Dios de los demás. Y el Padre que Jesús reveló es el que ama a todos, sin distinción de raza, cultura, sexo o credo religioso. Y es justamente la encarnación del Hijo de Dios la que proclama que todos las personas son hermanos míos y mi familia, que en él no hay ya "judío ni griego" (Gál 3,28). Este paso de la frontera significa para los Misioneros la capacidad de anular ostracismos y exclusividades mediante el camino del diálogo y la lógica del grano de trigo que cae al suelo y muere para dar su fruto. Así experimentaremos una capacidad renovada de discernir los espacios que el Espíritu nos ofrece para crear nuevos ámbitos de comunión y de fraternidad, es decir, nuevos caminos de salvación. En la escuela de la salvación en los diversos Continentes Los Misioneros de la Consolata de la primera generación, formados por el Beato Allamano, no sólo estaban convencidos del imperativo de llevar la salvación a quienes todavía no habían estado en contacto con el Evangelio de Cristo, sino que intuyeron que para hacerlo así debían antes tener en cuenta las enseñanzas de aquellos a quienes se les enviaba. La razón de esto no hemos de buscarla sólo en el entusiasmo del primer impacto con un mundo nuevo que había que descubrir, o en el fácil optimismo de personas poco informadas. Por el contrario, tenía sus raíces en una visión no del todo negativa del mundo, entonces llamado "pagano", que, aunque con sus límites, defectos y debilidades, dejaba traslucir a sus ojos valores de indudable origen divino. Esta convicción se abrió camino cada vez con mayor claridad en la mente y en las actitudes de los Misioneros, hasta el punto de constituir las premisas de una nueva metodología misionera. Leemos, por ejemplo, en el diario del P. Rolfo G. Battista, llegado poco antes a Kenia: "He descubierto en mis enseñantes [Kiyuyu] paciencia y benignidad, no desprecio e irrisión de mi ignorancia... He venido, como mis hermanos, para instruir a esta pobre gente infiel, pero antes tengo que aprender de ellos a hablar y luego otras muchas cosas que sirven para formar el espíritu del misionero" (A. Trevisiol, Los primeros Misioneros de la Consolata en Kenia 1902-1905, Roma 1983, p. 298). Esta sensibilidad, expresada hace cien años por nuestros Misioneros, irá encontrando cada vez más adhesiones, hasta conseguir un desarrollo completo en la teología del Concilio Vaticano II y en la profundización actual del tema de la salvación. Son suficientes unas pocas alusiones: "La actividad misionera es, en última instancia, la manifestación del plan de Dios o epifanía y su realización en el mundo y en la historia, en la que Dios, por medio de la misión, perfecciona abiertamente la historia de la salvación. [...] Cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios, lo libera de contagios malignos y lo restituye a su autor, Cristo" (AG, 9). El mismo documento conciliar, tratando de la formación doctrinal y apostólica de los misioneros, añade: "El que ha de ir a un país extranjero, aprecie debidamente el patrimonio, las lenguas y las costumbres de éste [...] Los misioneros conozcan más ampliamente la historia, las estructuras sociales y las costumbres de los pueblos, y se enteren bien del orden moral y de los preceptos religiosos, así como de la mentalidad íntima que dichos pueblos han ido formándose de acuerdo con sus tradiciones sagradas, acerca de Dios, del mundo y de los hombres" (AG, 26). La Redemptoris Missio es más explícita en este tema. Al hablar del Espíritu Santo como protagonista de la misión, afirma que actúa y está presente en todo tiempo y lugar, derrama por todas partes las semillas del Verbo y permite que todos los pueblos puedan conocer a Dios (Cf. RM, 28-29). Seguidamente invita a los Misioneros a dilatar su mirada para comprobar que su acción está presente en todas partes y los exhorta a "escrutar los caminos misteriosos del Espíritu y a dejarse conducir por Él hasta la verdad completa" (87). Invitados por la tradición centenaria del Instituto y por la enseñanza de la Iglesia, y conscientes de que cada uno debe mantener siempre en la misión una actitud de discípulo, dirijamos ahora la mirada a los nuevos caminos de la salvación que el Espíritu está abriendo hoy entre los pueblos donde trabajamos y que la Iglesia y sus misioneros deben descubrir y recorrer. Esta primera etapa de nuestra reflexión bienal se propone conseguir que nuestros ojos estén más atentos a percibir los signos de la presencia salvadora de Dios en la realidad de los cuatro continentes en los que trabajamos. Servirá también para poner en sintonía nuestro corazón con el de Dios, que está siempre buscando a quien está perdido para ofrecer a todos el perdón, liberación y salvación. Sombras y luces se alternan así delante de nuestros ojos en esta reflexión planetaria sobre el presente de la historia de la salvación. Sería sin duda temerario proponernos un análisis de este tema sobre un frente tan amplio como es el del mundo de hoy. Por tanto, para hacer que resulte más fluido y fácil nuestro estudio y nuestro análisis, nos dejaremos acompañar por los obispos de la Iglesia católica que, especialmente con ocasión de los recientes Sínodos continentales como preparación al Gran Jubileo de la Redención, se pusieron a la escucha del Espíritu tratando de entrever los caminos de la salvación que Él tiene reservados para los pueblos de los diversos Continentes. Este ejercicio de lectura orada y meditada sobre la acción salvífica del Espíritu en el corazón de tantas Iglesias y en la historia de tantos pueblos, nos podrá abrir la puerta para que podamos entrar a contemplar la "casa común" donde el Padre espera y acoge a todos con amor y misericordia, porque quiere que todos se salven. Juntamente con la contemplación de las mirabilia Dei, tendremos que escuchar también el grito de tanta gente que se eleva por todas partes invocando ayuda, paz, justicia y liberación. Nuestra fe en el Dios de la liberación nos asegura que el grito de los pobres no dejará de ser escuchado. Dos criterios nos guiarán mientras escrutamos los caminos de la salvación con la reflexión de los contenidos de los Sínodos continentales: - tomaremos en consideración análisis y propuestas pastorales de los Sínodos sin pretender ni intentar ser exhaustivos, teniendo presente en la medida de lo posible nuestra óptica de la salvación; - en la línea de los diversos Sínodos, sugeriremos algunas pistas de reflexión. Éstas deberán ser integradas posiblemente con la lectura de los cuatro textos postsinodales. |
| Quiénes somos... |
| El beato G. Allamano |
| Castelnuovo Don Bosco |
| La Consolata |
| Novena Beato Allamano |
| Santidad |
| Boletín |
| Documentación |
| Nuestras revistas |