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II. La nueva evangelización, respuesta de salvación para América Imprimir E-mail
Escrito por Consolata.org   
22.02.2006

 

 Hace ya más de 50 años que el Instituto trabaja tanto en el Sur como en el Norte del Continente americano, bien que cualificándose en diversos sectores de actividad: evangelización en América del Sur y animación misionera en América del Norte. El año pasado, por primera vez en la programación continental, el Norte y el Sur decidieron caminar unidos, con la intención de encontrar puntos de convergencia y elementos de colaboración para responder más eficazmente a las instancias de salvación de este Continente.

 Dos años antes, el Sínodo especial para América reunió a los obispos representantes de las iglesias de todo el Continente. Y en 1999 el VI Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA) acogió por vez primera a los representantes de América del Norte y tomó el nombre de Primer Congreso Americano Misionero (CAM).

 ¿Cómo ha sido posible hacer convergir en un único proyecto los anhelos y la esperanza, las situaciones y la problemática de las realidades multiculturales y multiétnicas tan variadas? Reflejando un sentimiento que es ya común en todo el Continente, los obispos sinodales respondieron así: "Existen intereses comunes a lo ancho y largo de toda la tierra americana" (33), y añadieron: "Además, nos necesitamos los unos a los otros recíprocamente" (35).

 

 Como Misioneros, leyendo las intervenciones sinodales, y de manera especial la exhortación apostólica Ecclesia in América (EIAM), nos damos cuenta inmediatamente de que el elemento que más ha contribuido a unir a todos los participantes en el Sínodo fue el esfuerzo común de dar un nuevo impulso a todas las comunidades cristianas mediante la nueva evangelización, como la expresión más genuina y el medio más eficaz de salvación presente y activo en todo el Continente.

 Sabemos que el término "nueva evangelización", hoy intensamente utilizado en la reflexión y la praxis pastoral de las comunidades cristianas de América, lo usó por vez primera Juan Pablo II en su discurso a la Asamblea del CELAM de marzo de 1983, cuando invitó a la Iglesia de América a emprender una evangelización del Continente que fuera nueva "en su fervor, en sus métodos, en su expresión".

 Desde entonces el concepto ha ido paulatinamente profundizándose y ampliándose, hasta conseguir una aceptación común en torno a algunas constantes:

 - Es nueva la evangelización que presenta a Jesucristo muerto y resucitado y la novedad del Evangelio en su totalidad y radicalidad. La persona del Hijo de Dios, en su estilo y en sus opciones, debe ser anunciada de manera que se convierta en norma de vida para todos.

 - Es nueva la evangelización que sabe unir al anuncio explícito el testimonio fuete y vivo de los evangelizadores. Este testimonio deberá provenir no sólo de los individuos, sino especialmente de las comunidades cristianas.

 - Es nueva la evangelización que, a ejemplo de Cristo (Cf. Lc 4,18), hace una clara opción preferencial en favor de los pobres, de los excluidos y de los marginados.

 - Es nueva la evangelización que prefiere los horizontes dilatados y quiere llegar al mayor número de personas con la levadura de Cristo. Esta evangelización da la precedencia a la cultura, la educación y la catequesis.

 - Es nueva la evangelización que sabe tocar a rebato e implicar a todas las fuerzas vivas de la Iglesia, con una llamada especial a los laicos, a las mujeres, a los religiosos y a los jóvenes.

 La nueva evangelización, comprometida en abrir nuevos caminos de salvación a los hombres y las mujeres del Continente, se lleva a cabo en una realidad humana y eclesial característica, forjada a lo largo de los siglos y que presenta hoy dos elementos distintivos.

 

 

El rostro cristiano

 

 Hace ahora cinco siglos, América se abría al cristianismo a través de las conquistas y las migraciones europeas. Dice al respecto el texto postsinodal EIAM: "El mayor don que América recibió del Señor es la fe, que ha forjado su identidad cristiana. Hace ya más de quinientos años que el nombre de Cristo fue anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización que acompañó los movimientos migratorios de Europa es la fisonomía religiosa americana, que se distingue por valores morales que, aunque no siempre vividos coherentemente y en algunos casos puestos en discusión, pueden cosiderarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América, incluso de quienes no se reconocen en ellos explícitamente" (14).

 Pueden recordarse, entre los rasgos más relevantes y característicos de este rostro cristiano del Continente, los siguientes:

 - La santidad de vida como la mejor expresión y más perfecta­mente realizada de la vida cristiana. Floreció desde el principio de la evangelización del Continente con figuras eminentes como Rosa de Lima, Pedro Claver, los Mártires Canadienses, Martín de Porres, Alfonso Rodríguez, Francisca S. Cabrini e innumerables otros santos y beatos. A estas personas que han sido reconocidas por la Iglesia por la eminencia de sus virtudes, hay que añadir la lista interminable de cristianos que en el curso de cinco siglos han convertido la fe cristiana en "sal" y "luz" de todo el Continente.

 - La piedad popular, descrita por el EIAM como "lugar de encuentro con Cristo para todos los que en espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios" (16), es una de las expresiones más características del cristianismo americano. Si se la acompaña debidamente y se la enriquece con una catequesis sólida, la piedad popular puede "conducir a un compromiso de conversión y a una experiencia concreta de caridad" (Ibíd..). Pero asume innumerables manifestaciones, especialmente entre las clases populares, y puede ser sabiamente utilizada para una inculturación mayor del cristianismo en el Continente.

 - La presencia de la Iglesia en el campo educativo y caritativo, así como en el de la defensa de los derechos humanos, es digna de mención por su peso específico y su significación. Especialmente las escuelas y universidades católicas de América del Norte han desempeñado, y siguen haciéndolo, un trabajo excelente de educación y formación cristiana. Institutos religiosos y organizaciones laicas se han tomado en serio la asistencia y la ayuda de los grupos más pobres de la sociedad, concretando el programa salvífico de Jesús de curar las llagas... y anunciar a los pobres la buena nueva... (Cf. Lc 4,18-19). La defensa de los derechos humanos adquirió en el pasado un notable relieve en las comunidades cristiana del Continente, especialmente cuando los regímenes totalitarios se comportaban de manera claramente lesiva de los derechos de las personas (falta de libertad, tortura, detenciones...). La Iglesia está ahora comprometida especialmente en la formación de los laicos para que puedan expresarse en el ámbito político con una conciencia recta, inspirada en los principios evangélicos y en la moral cristiana.

 

 

La modernidad desafía a la salvación

 

 Las más recientes asambleas episcopales, así como el Sínodo Especial para América, no han dejado de señalar el alcance de ciertos fenómenos característicos de la modernidad y las repercusiones que tienen en los pueblos y en el camino de las Iglesias.

 Globalización: es el proceso que nace de la aceleración de las comunicaciones y que, reduciendo las distancias, introduce nuevos comportamientos en el obrar humano. Las características morales de la globalización pueden ser negativas o positivas según el uso que se haga de ella. Son elementos positivos la capacidad de unir a la familia humana, una mayor producción de los bienes, la eliminación de muchas fronteras. Pero no faltan motivos de preocupación ante este fenómeno. Efectivamente, cada vez es más evidente la tendencia de los países ricos a crecer más y más en detrimento de los más pobres. El valor excesivo dado a la economía de mercado, el paro, la privatización de todos los servicios sociales y una competitividad a veces desleal en daño de los grupos más pobres son algunos de los aspectos negativos que la Iglesia considera con evidente preocupación.

 Neoliberalismo: es el sistema económico que impera en el Continente. EIAM lo describe como "sistema que, refiriéndose a una concepción económica del hombre, considera la ganancia y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de la persona y del pueblo. Este sistema se ha transformado algunas veces en justificación ideológica de algunas actitudes y modos de actuar en el campo social y político que son causa de la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y estructuras con frecuencia injustas" (56).

 La deuda exterior: aunque son múltiples los motivos que han llevado al incremento de la deuda exterior en muchos países pobres, no cabe duda que este fenómeno debe ser afrontado con sentido de la responsabilidad por todas las naciones. Las horrorosas consecuencias de esta situación se manifiestan en el hecho de que "el simple pago de los intereses constituye para la economía de las naciones pobres una carga que impide que las autoridades puedan destinar el dinero necesario para el desarrollo social, la educación, la sanidad y las instituciones de un fondo para crear trabajo" (Prop. 75).

 El narcotráfico: Los obispos sinodales han afirmado que este fenómeno "contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción de la vida familiar, a la destrucción física y emotiva de muchos individuos y comunidades, especialmente entre los jóvenes. Además, corroe la dimensión ética del trabajo y contribuye a aumentar el número de las personas en las cárceles; en una palabra, a la degradación de la persona creada a imagen de Dios" (Prop. 38). Los obispos sinodales consideran este fenómeno como uno de los males más nefastos para la vida del Continente e índice de una profunda crisis de valores a causa de la pérdida del sentido de Dios y de la ausencia de los principios morales.

 La ecología: todo el Continente se siente interpelado directamente por ella: "¡Cuántos abusos y daños ecológicos en muchas regiones americanas! Baste recordar la emisión incontrolada de gases nocivos o en el dramático fenómeno de los incendios forestales. Estas devastaciones pueden ocasionar una verdadera desertización en no pocas zonas de América, con las inevitables consecuencias de hambre y miseria" (25).

 

 

La conversión del corazón

 

 La conversión es, a un mismo tiempo, objetivo e itinerario que el Espíritu sugiere a la Iglesia en América a través de la asamblea del Sínodo. Utiliza tres medios, diferentes pero complementarios:

 

Un renovado empeño de comunión

 

 "Ante un mundo dividido y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y firmeza de fe que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, que llama a todos los hombres a participar en la misma comunión trinitaria" (33). Esta comunión trinitaria es para la Iglesia modelo, vocación y don. Los discípulos de Cristo, ciudadanos de este nuevo orden que se funda en el amor mutuo y en el servicio al otro, están llamados a vivir la comunión según el modelo de la Trinidad y a ejercitar el ministerio del servicio en una dimensión universal.

 La Iglesia funda en la Palabra y en el Sacramento su vocación a la comunión y al servicio fraterno. En la Palabra se siente convocada, nutrida y guiada, mientras que en el Sacramento, especialmente en la Eucaristía, encuentra la plenitud de su vida y de todos los demás dones. Convertida en una sola cosa en Cristo, la Iglesia será así capaz de abrir sus brazos al abrazo de todos sus hijos dispersos.

 

Crecimiento en la cultura de la solidaridad

 

 "La solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios uno y trino y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de los demás, especialmente de los más necesitados" (52).

 La Iglesia de Cristo en América, atenta y solidaria con los más necesitados, se afana para que se abra cada vez más el camino de una auténtica cultura de la solidaridad en las personas de todas las culturas, para que se favorezca la disponibilidad de todos a trabajar donde sea necesario, para que en todas partes se acoja a las personas que deben dejar sus tierras y sus pueblos a causa de la guerra o de la violencia, para que los organismos internacionales aseguren un orden económico atento a los grupos más pobres y se comprometan en una justa distribución de los bienes y en la promoción integral de los pueblos.

 Una de las prioridades de la Iglesia americana tendrá que ser la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia, con la que se favorecerá el crecimiento de una nueva conciencia en los pueblos del Continente, especialmente en lo concerniente a la lucha contra la corrupción, la defensa del derecho de toda persona a tener un trabajo digno y una atención especial a las masas que emigran de uno a otro país en busca de trabajo y de un porvenir más halagüeño.

 Para que estos objetivos y propósitos puedan convertirse en realidad, es necesario que los cristianos se esfuercen en favorecer y defender el principio fundamental de la dignidad de las personas, especialmente de las más débiles e indefensas, como son los extranjeros, las mujeres y los niños. Los padres sinodales recuerdan enérgicamente que "cualquier ofensa a la dignidad del hombre es una ofensa a Dios mismo, cuya imagen es" (57). El recuerdo de ciertos capítulos oscuros de América debe espolear a la Iglesia a renovar su clara opción preferencial por los pobres, sin sectarismos o exclusiones, para que la salvación de Cristo sea eficaz y universal.

 

Anunciar la salvación a todos

 

 La Iglesia debe buscar todos los caminos y maneras de anunciar a Cristo salvador a todos los hombres, tanto con la palabra como con opciones apropiadas. La Iglesia de América ha optado para la realización de todo esto por algunos medios claros y adecuados.

 En primer lugar en su interior, trata de evangelizar en profundidad y llevar a todos los creyentes a un contacto íntimo y personal con Jesucristo mediante una formación sólida, prolongada y que comprenda todos los aspectos de la vida cristiana. "Una Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y contemplativa y que se prodigue generosamente en el ejercicio de la caridad, será cada vez más elocuentemente testimonio creíble de Dios para los hombres y mujeres en busca de un sentido para su vida" (73). Se ha querido proponer nuevamente la evangelización de la cultura recordando unas palabras de Pablo VI: "la fractura entre Evangelio y cultura es sin duda el drama de nuestra época" (EN 19). Esto exigirá en el Continente americano también una atención a la inculturación del Evangelio y una presencia cristiana viva y operante en los centros educativos, especialmente en las universidades y en el mundo de la comunicación social.

 En el exterior, la Iglesia desea mantenerse especialmente atenta a los grupos étnicos minoritarios, que viven al margen de la sociedad y con frecuencia al margen de una evangelización significativa. Llevar la salvación a estas poblaciones significará acercarse con respeto a su cultura, conocer sus costumbres y aprender su lengua.

 Una nueva evangelización requiere también que se establezca una relación correcta con los fieles de otras religiones y sectas. Éstas se han multiplicado enormemente en los últimos decenios, a veces utilizando formas poco correcta de proselitismo. La Iglesia católica propone a todos los hermanos cristianos una relación de respeto, de conocimiento mutuo y de diálogo fraterno, sin recurrir a métodos que hieren la dignidad de la persona.

 Consciente del mandato de Jesús de evangelizar a todo el mundo, la Iglesia de América mira con interés el ad gentes más allá de las fronteras continentales. Con este fin, los padres sinodales se han comprometido en nombre de sus respectivas iglesias en "apoyar una cooperación mayor entre las Iglesias hermanas, en enviar misioneros (sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del Continente, en reforzar o crear institutos misioneros, en favorecer la dimensión misionera de la vida consagrada y contemplativa, en dar un mayor impulso a la animación, a la formación y a la organización misionera" (74).

 

 Los deseos y la oración que la Iglesia de América al concluir el Sínodo extraordinario ha querido expresar son significativos y abren a la esperanza de un futuro de salvación y liberación en el Continente:

 "Con confianza serena en el Señor de la historia, la Iglesia se dispone a atravesar el umbral del tercer milenio sin perjuicios ni pusilanimidades, sin egoísmo, sin temor y sin dudas, persuadida del servicio fundamental y primario que debe prestar como testimonio de fidelidad a Dios y a los hombres y mujeres del Continente" (75).

 

 

Pistas de reflexión

 

Para los Misioneros que trabajan en América

 

 ¿Te reconoces en la lectura de las realidades del Continente hecha por el Sínodo?

 Como misionero de la Consolata, ¿te identificas con las líneas pastorales y de evangelización proyectadas por el Sínodo? ¿Cuáles son las orientaciones que tú consideras prioritarias?

 ¿Qué orientaciones sinodales juzgas más significativas para tu trabajo?

 ¿Puedes encontrar una sintonía entre las orientaciones del Ecclesia in América y las Actas del X Capítulo General?

 ¿Qué animación misionera y vocacional conviene al Continente americano?

 La opción por los pobres, la justicia y la paz..., ¿qué peso tienen en tu cualidad de "dispensador de los misterios de la salvación?”

 

Para los Misioneros que trabajan fuera del Continente americano

 

 ¿Qué mensaje podría ofrecerte a ti y al trabajo misionero de tu Región el Sínodo americano?

 La "nueva evangelización", tal como se vive en la experiencia americana, ¿puede ser de inspiración también para ti o para tu Circunscripción?

 ¿Qué aportación pueden ofrecer los hermanos provenientes de América al proyecto misionero de tu Región? ¿Pides y valoras esa aportación?