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IV. La esperanza, actitud misionera de salvación para Europa Imprimir E-mail
Escrito por Consolata.org   
22.02.2006

 En las Actas del X Capítulo General leemos: "El Capítulo considera que ha llegado el momento de mirar también a Europa y a América del Norte como a un espacio del ad gentes. Su realización será acordada en los criterios y en los modos con la Dirección General" (XCG, 44). Esta breve afirmación es capaz de revolucionar nuestra tradicional perspectiva misionera. Por eso nos acercamos con un interés especial al Sínodo especial para Europa, que habló ampliamente de la misión y el anuncio de salvación que debe realizarse en este Continente. Sin duda nos ayudará en nuestra reflexión e indicará pistas y caminos a las Circunscripciones que deberán discernir y decidir el ad gentes de Europa.

 La segunda Asamblea especial para Europa tuvo lugar del 1 al 23 de octubre de 1999 con el tema "Jesucristo, viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa". El análisis que hagamos de los temas de este Sínodo será limitado, pues la exhortación apostólica todavía no se ha publicado. Dividiremos nuestra reflexión en dos partes. La primera se propone leer los signos de los tiempos presentes en el Continente europeo y la segunda analizará las indicaciones sinodales en favor de un anuncio eficaz de la salvación para los pueblos de Europa.

 

 

Discernir los signos de los tiempos

 

 El instrumentum laboris (IL), queriendo leer la situación europea desde la óptica de la fe, propone el episodio de los dos discípulos de Emaús que, totalmente ensimismados en lo que había sucedido en Jerusalén, se dejan interpelar por la historia y tratan de comprender. Su ánimo está triste y desilusionado porque su fe en Jesús de Nazaret ha decaído, al igual que su esperanza. "De este modo, los dos discípulos son el símbolo de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo y de nuestra Europa -una Europa que por otra parte fue distinguida por la esperanza en el Señor y a la que el Señor no ha abandonado- que parecen descarriados, confundidos, inciertos, amenazados en su esperanza, y de no pocos cristianos que, además de compartir estos estados de ánimo, parecen haber perdido la fe" IL, 5).

 ¿De dónde procede esta desorientación y por qué esa confusión? Hace sólo algunos años, el I Sínodo Especial para Europa de 1991 celebraba con vivo entusiasmo y mucha esperanza la unidad renovada del Continente. Decía el Papa: "Algunos muros se han venido abajo. Algunas fronteras se han abierto. [...] Un mesianismo terreno se hunde y aparece en el mundo el deseo de una nueva justicia. Ha nacido una gran esperanza de libertad, de responsabilidad, de solidaridad, de espiritualidad. Todos piden una nueva civilización plenamente humana en esta hora singular que estamos viviendo. Esta inmensa esperanza de la humanidad no debe ser desoída" (L'Osservatore Romano, 13 de enero de 1990, p. 5). Pero luego Europa se ha visto amenazada en su misma unidad a causa del imprevisto estallido de luchas y guerras fratricidas.

 El "nosotros esperábamos" de los discípulos de Emaús parece reflejar fielmente el estado de ánimo actual de muchas personas en Europa. Hay desorientación e incertidumbre, e incluso desilusión. Los obispos centran su atención "en las concretas vicisitudes históricas que han caracterizado a Europa en los últimos años y en las líneas de orientación que caracterizan el presente. Se trata de una atención que se convierte en discernimiento y juicio crítico, capaz de clarificar tantos los aspectos positivos como los problemáticos y negativos, y de señalar los caminos que se deben recorrer para que el Continente europeo no traicione su identidad o no decaiga en sus responsabilidades, para poder así reencontrar la esperanza" (IL, 6). También nosotros pediremos al Espíritu, juntamente con los obispos sinodales, que nos revele cuál es nuestro sitio como Misioneros de la Consolata en este Continente, qué servicio misionero debemos ofrecer a esta sociedad que se transforma tan rápidamente y qué respuestas debemos dar a los incontables retos que nos presenta.

 

Los acontecimientos de 1989

 

 Constituyeron el final de los regímenes comunistas del Este de Europa y significaron un auténtico cambio de rumbo en su vida, y, por tanto, también de la Iglesia en este Continente. En el plano social, cultural y político debemos aludir sobre todo a un proceso, todavía no concluido, que llevó a varias naciones a rediseñar el orden estatal y la convivencia nacional, volviendo a un régimen de libertad y de democracia. Por otra parte, múltiples flujos migratorios del Este de Europa, de África y de Asia están transformando varias naciones del occidente europeo en sociedades más pluralistas. No puede olvidarse que en los últimos años el camino hacia la unificación europea se ha acelerado notablemente.

 Los acontecimientos de estos años, por tanto, han significado nuevos cambios también en la vida de las iglesias de Europa. Baste recordar la renovada libertad de acción para muchas iglesias que habían vivido decenios de cautividad bajo regímenes comunistas, la nueva vitalidad en numerosos sectores de la vida eclesial gracias a las pequeñas comunidades y a los movimientos eclesiales, la caída del flujo vocacional debida a diversos factores, la necesidad de establecer nuevas relaciones con la sociedad civil.

 

Motivos de esperanza

 

 Este fermento social, al tiempo que plantea nuevos retos a las Iglesias de Europa, ofrece también numerosas oportunidades como semillas de esperanza para el futuro. Recordemos algunas: mejor calidad de vida de la gente, fácil comunicación y mejor conocimiento entre todos los pueblos de Europa, mejores posibilidades de expresar relaciones de comunión y solidaridad entre las iglesias de Europa. En las Iglesias del Este se nota una importante recuperación de la actividad catequista, litúrgica, caritativa y cultural y un incremento de las vocaciones. En las Iglesias de occidente se advierte el despertar de una sensibilidad para acoger a los inmigrantes, un nuevo deseo de diálogo interreligioso y en algunas Iglesias se ha puesto en marcha la práctica del catecumenado.

 También en el ámbito social y cultural hay que reconocer la existencia de múltiples signos de esperanza: nuevas instancias remiten al deseo de construir una sociedad pluralista donde los derechos de todos, incluidos los de las minorías, sean tutelados; se desea un "pluralismo dialogante y de colaboración" en todos los niveles de la sociedad; el fenómeno imperante de la globalización presenta por su parte aspectos positivos y nuevas oportunidades; la unión monetaria europea podrá garantizar mayor estabilidad y desarrollo al Continente.

 

Desilusiones y preocupaciones

 

 Están apareciendo tras una primera impresión de optimismo. Se advierten todavía muchas situaciones de incertidumbre y fragilidad en el momento presente de la historia europea. La construcción de la "casa común europea" no termina de cuajar. En el Este, la desaparición de los pasados regímenes parece ser en muchos casos sólo de fachada y sin resultados concretos. Las leyes del mercado y de la globalización están creando desigualdades e injusticias que amenazan el estado social construido en los decenios pasados con mucho esfuerzo. En el plano cultural se abre paso un indiferentismo escéptico e individualista en el que símbolos e imágenes llevan a sectas de origen diverso. Es un dato verificable la progresiva descristianización o paganización del Continente. Es algo que puede deducirse también de la caída de la catequesis de la formación religiosa y del descenso numérico de las vocaciones.

 

Necesidad de un discernimiento crítico

 

 Europa necesita cada día más una evangelización renovada que se exprese en un compromiso común de colaboración entre todas las fuerzas vivas de la Iglesia y en una pastoral a la altura del hombre. Algunos aspectos merecen un discernimiento especial por parte de los obispos:

 - una separación entre progreso social y valores del espíritu puede tener sus causas en factores de vida cotidiana y de orden ideal: búsqueda a ultranza del bienestar, cerrarse en el propio mundo, invasión de los medios de comunicación;

 - la solidaridad parece manifestar signos de crisis en la Europa de hoy. Con frecuencia los ideales que se proponen por la sociedad parecen inspirarse sólo en el materialismo consumista y en el egoísmo del individuo. Pero se advierte al mismo tiempo otra tendencia en sentido opuesto: voluntariado, campañas de solidaridad, hermanamiento con países pobres...;

 - la libertad religiosa y la tolerancia parecen aceptarse de forma general en el continente europeo;

 - por otra parte, no resultan extrañas algunas formas de intolerancia religiosa, especialmente en relación con la fe católica o de la religión hebrea;

 - muchos creen que la raíz de esta situación de indiferencia religiosa generalizada, de relativismo y agnosticismo, debe buscarse en el "pensamiento débil" que caracteriza a la sociedad europea, preocupada del bien individual e inmediato y con escaso interés por los grandes ideales y el bien común;

 - en la creciente fractura que se advierte en Europa entre conciencia privada y valores públicos, la propia opción religiosa corre el riesgo de convertirse en un asunto de orden privado. Es lo que sucede también en relación con el comportamiento moral de las personas.

 

Anunciar el "evangelio de la esperanza" a Europa

 

 Es la llamada tantas veces repetida por el Papa cuando habla a los pueblos de Europa: "Por una parte emerge el vacío dejado por las ideologías y, por otra, se abre camino un despertar significativo de la memoria de las propias raíces y de las riquezas de un tiempo. Esta es la hora de la verdad para Europa. Los muros se han venido abajo, los telones de acero no existen, pero el reto sobre el sentido de la vida y el valor de la libertad es más fuerte que nunca en lo íntimo de las inteligencias y de las conciencias. ¿Y cómo no ver que el interrogante sobre Dios está en lo íntimo de este problema? [...] El clima actual de angustia y desconfianza en torno al sentido de la vida y la desorientación manifiesta de la cultura europea nos piden que miremos de forma nueva las relaciones entre cristianismo y cultura, entre fe y razón. Un diálogo renovado entre cultura y cristianismo ayudará a ambos, y quien saldrá ganando será indudablemente el hombre, deseoso de una existencia más auténtica y plena" (OT, 20-21 de mayo de 1996, p. 8).

 

Responder a la fe en Cristo resucitado

 

 "Esta vuelta a las raíces comunes significará en primer lugar, como para los discípulos de Emaús, dejarse evangelizar por el Resucitado y después, sólo después, partir para anunciar la salvación a los demás. No basta que las Iglesias de Europa vuelvan nostálgicamente al pasado o que emprendan con decisión una estrategia de evangelización. Sólo a través del encuentro con la persona y con el mensaje de Jesucristo decidirán sobre su presente y su futuro. Toda acción evangelizadora en favor de Europa nacerá de esta fe recuperada en Cristo y en su cruz redentora. Nada deberá ofuscar este claro acto de fe cristológica, elemento fundamental en favor de la reanudación de la evangelización de Europa.

 Ha llegado el momento de que la Iglesia de Europa haga un examen de conciencia y de proponerse un compromiso renovado de conversión para reducir la diferencia entre evangelio anunciado y vivido. En esta óptica debe proponerse una reanudación de solidaridad entre una Iglesia y otra, entre ricos y pobres, entre Iglesias de Europa y naciones pobres del mundo. Es este el momento de restituir a lo espiritual el primado que le corresponde por medio de un incesante recurso a la oración: "El encuentro con Dios en la oración deposita en los repliegues de la historia una fuerza misteriosa que afecta a los corazones, los induce a la conversión y a la renovación y se convierte así en una poderosa fuerza histórica de transformación de las estructuras sociales" (OT, 24, noviembre de 1995, p. 5).

 

Anuncio y testimonio del evangelio

 

 "Constituyen el mayor recurso para dar a Europa un alma, tan indispensable y recordada, capaz de convertir la economía en un servicio al bien común, la política en lugar de decisiones responsables y previsoras, la vida social en espacio para la promoción de las personas intermedias, desde la familia hasta las asociaciones, que son el tejido vivo de la nueva comunidad europea" (IL, 53).

 El anuncio del evangelio será de este modo una urgencia y una necesidad en un momento en que todo el Continente está afrontando un gran cambio histórico. La Iglesia no puede dejar de estar presente en este momento de la historia para dar a Europa lo más hermoso que tiene: el evangelio de Cristo.

 Tendrá que ser una nueva evangelización, de gran calado, atenta a las necesidades internas pero con un horizonte ad gentes, decidida a partir de lo que es indispensable y fundamental: la santidad. Diversos y múltiples tendrán que ser los ámbitos y recorridos a los que debe mirar esa evangelización del Continente: los jóvenes, los pobres y los abandonados, los laicos comprometidos en el campo social y político, los medios de comunicación social, el campo de la educación.

 

La celebración de los "santos misterios"

 

 La celebración de los santos misterios es para la Iglesia el momento más importante para comunicar salvación y dar esperanza a las comunidades cristianas. Fue esta la verdadera intención de la gran reforma litúrgica del Concilio Vaticano II y no sólo "el deseo de cambio que parece caracterizar a nuestra época o el legítimo deseo de adaptar la celebración de los sagrados misterios a la sensibilidad y a la cultura de nuestros días". Detrás de este fenómeno se esconde en realidad la aspiración de los creyentes a vivir y expresar su más profunda y auténtica identidad de discípulos reunidos alrededor de Cristo, presente en medio de ellos de manera incomparable mediante su Palabra y los sacramentos, especialmente la Eucaristía" (OT, 9 de julio de 1998, p. 7).

 Para que la celebración de los "santos misterios" consiga su finalidad, es necesario que toda la comunidad cristiana se sienta implicada activamente y pueda expresarse en sincera comunión con los hermanos. Por otra parte, los ministros deberán prepararse debidamente e iniciarse en el arte de celebrar.

 

Testimonio de la caridad

 

 Afirma el IL: "Para servir de veras al 'evangelio de la esperanza' el mejor camino es el de siempre. Consiste en el amor, que se convierte en testimonio auténtico de caridad y en construcción de comunión dentro y fuera de la Iglesia, en renovación y nuevo impulso de algunas atenciones y prioridades pastorales, en un compromiso en favor de la edificación de una nueva Europa. En una palabra, se trata de estar dentro de la historia de Europa con amor" (71).

 Para conseguir que este programa sea efectivo, la Iglesia de Europa tendrá que volver a inspirarse en los ejemplos sublimes de caridad y hacer de modo que los hombres y las mujeres de Europa puedan encontrarse nuevamente con el amor de Dios y de Cristo en el Espíritu Santo. Este amor deberá luego extenderse más allá de los límites de la comunidad eclesial para convertirse en factor de solidaridad en la sociedad civil, valorando todos los medios y todas las oportunidades. Situando a la persona humana en el centro del propio interés, la Iglesia deberá privilegiar la promoción de la cultura de la vida, la situación de las personas más necesitadas o expuestas a la miseria material y moral y a los abusos, el problema de la sanidad con todas las dificultades por las que hoy atraviesa, la defensa de los más débiles y la creación de un clima de acogida hacia los inmigrantes.

 En este variado panorama de necesidades en los que el Evangelio de la caridad y de la esperanza debe ser predicado, una atención especial debe concederse a la familia, a los jóvenes, a los medios de comunicación social y a la cultura.

 

Misión ad gentes

 

 El IL termina con una fuerte llamada a la misión para que sepa abrir los límites de Europa al mundo entero y se lo confía a los padres del Sínodo: "Si, como debe ser, la nueva Europa que hay que edificar es una Europa abierta a la solidaridad universal, las Iglesias europeas pueden y deben ofrecer su aportación formando una verdadera y universalista 'cultura de la solidaridad', dando nuevo vigor e impulso a la misión 'ad gentes', abriendo aún más sus horizontes y estableciendo contactos y acuerdos con las iglesias de otros Continentes" (87).

 

 

Pistas de reflexión

 

 Para los Misioneros que trabajan en Europa

 

 ¿Corresponde la problemática suscitada por el IL y por otras intervenciones sinodales a tu lectura y comprensión de la realidad europea?

 ¿Podrías indicar los elementos sugeridos por el Sínodo que interpelan a nuestro trabajo misionero en este Continente?

 ¿Puedes encontrar en los textos sinodales algunos criterios que ayuden a clarificar nuestro ad gentes en Europa?

 ¿Cómo se sitúa la animación misionera en este contexto europeo?

 

Para los Misioneros que viven fuera de Europa

 

 Muchos Misioneros IMC son de origen europeo. ¿Te ha permitido la reflexión de estos textos clarificar la nueva y compleja situación del Continente?

 En tus periódicas vueltas a Europa, ¿qué acción "misionera" tratas de promover? ¿Está en sintonía con las expectativas del Sínodo y de nuestros hermanos que trabajan en este Continente?

 ¿Qué “ad gentes” sugerirías a los hermanos europeos para ayudarlos en su discernimiento poscapitular?