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CARTA DEL SUPERIOR GENERAL PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Piero Trabucco, IMC   
22.02.2006

21 de enero de 2001

 150º aniversario del nacimiento del B. Allamano

 

 Con corazón agradecido...

 

Queridos Misioneros:

 

 Cuando me dispongo a escribiros esta carta faltan pocos días para el 29 de enero, fecha en que se cumple el primer siglo de vida del Instituto, nuestra Familia. Estoy seguro de que en este tiempo, todos —Misioneros, comunidades y circunscripciones— nos prepararemos con esmero a esa circunstancia, tratando asimismo de dar voz a nuestros sentimientos de gozosa contemplación del don de Dios, de acción de gracias a Aquel que es el origen de todo carisma, y de compromiso renovado de fidelidad a nuestra vocación misionera.

 Además de tantas reflexiones como en estos días y meses se expresarán de múltiples maneras, siento en este momento la necesidad de añadir por mi parte algunas que brotan del corazón más que de la mente. Es lícito y hasta obligado, en efecto, dejar que hable el corazón en estas ocasiones. Sin duda es el corazón el intérprete más auténtico de los sentimientos de gratitud de hijos hacia el Padre y de comunión de hermanos entre sí.

 

 

Despertar el carisma

 

 El apóstol Pablo, encadenado en la ciudad de Roma, escribe a su joven discípulo en la ciudad de Éfeso para animarle y apoyarle en su servicio a la causa del Evangelio. Problemas y dificultades incontables pesan sobre los hombros de los dos misioneros. Las jóvenes comunidades cristianas se sienten asediadas por falsos maestros. Timoteo se encuentra solo e inexperto para hacer frente a una batalla muy desigual, mientras que Pablo, anciano y encarcelado, ha sido abandonado por todos y tiene un futuro incierto ante sí. Escribe esta carta como si fuera un testamento para su joven discípulo. Le exhorta a ser valiente, fuerte y tener buen sentido, a no ceder nunca a la pusilanimidad. Le recuerda que no debe sonrojarse nunca al dar testimonio del evangelio de Cristo ni avergonzarse de las cadenas de su maestro. Su ministerio le impone por otra parte que ha de estar vigilante ante las intemperancias de los falsos maestros y que debe predicar por todas partes con celo el evangelio de Jesús, sin que le distraigan otras incumbencias. Del mismo modo que un buen atleta debe competir teniendo en cuenta las reglas del juego, y un agricultor las suyas para trabajar seriamen­te si quiere conseguir los frutos esperados.

 ¿Cuál será el secreto del éxito en esta comprometida misión? Se lo sugiere Pablo: "Te recuerdo que despiertes el don de Dios que hay en ti..." (2Tim 1,6). El Dios que ha llamado a Timoteo para la misión le acompaña constantemente con el don de su presencia y su gracia. Le corresponde al discípulo la tarea de despertar, de revitalizar ese don, es decir, de mantenerlo vivo. Es un don antiguo pero siempre activo y capaz de dar fuerza para hacer frente al presente y para proyectarse hacia el futuro.

 Esa misma tarea nos compete a nosotros cien años después del nacimiento de nuestra Familia misionera, para evitar que el don de Dios (carisma) se fosilice y pierda mordiente y vigor. Como en los tiempos de Pablo, también hoy problemas y desafíos sin cuento hacen duro nuestro camino misionero y comprometida nuestra misión. Las perspectivas son inciertas, cargado de incógnitas el futuro, y cada vez más nos parecen extraños al Evangelio la sociedad y el mundo donde vivimos.

 Acojamos hoy como dirigida a nosotros la exhortación paulina de "despertar el carisma de Dios...". Seremos capaces de hacerlo si sabemos:

 

 • Vivir constantemente al ritmo del Espíritu y de la historia. No es simple perseverancia lo que nos lleva a actuar, sino un ejercicio continuo de vida. Ciertamente, no será la manía de la novedad lo que dé fuerza a nuestra acción, sino el Espíritu, que permite que leamos nuestra vida y el mundo que nos rodea con los ojos de Aquel que se ha introducido en la historia humana indicando caminos siempre nuevos de salvación.

 • Actuar, con lucidez y paciencia, según los valores perennes de nuestra vocación. De estos valores, convertidos en formas concretas de vida, brotará una acción eficaz, persuasiva y auténtica. La renovación de nuestra vida y del carisma de Allamano y del Instituto necesita, más que teoría, signos elocuentes que emergen de una vida dedicada a los demás, del gozo contagioso, de la cruz abrazada con amor, de obras explícitas de caridad y fe cristianas y de la alegría contagiosa de quien está verdaderamente anclado en el Señor.

 • Cuidarnos a nosotros mismos, la calidad de nuestra vida, de nuestro camino espiritual, de la fuerza del testimonio de nuestra acción apostólica. Sólo si partimos de estas premisas seremos capaces de crear en nuestro Instituto una renovación auténtica. Nada —ni técnicas de grupo ni dinámi­cas comunitarias— podrá suplir esta atención a la persona del misionero.

 • Saber vivir la crisis de forma positiva. La crisis constituye un factor normal tanto del individuo como de la renovación de la vida. Debemos aprender a afrontar los momentos problemáticos y difíciles como oportunidades que se nos ofrecen para renovar nuestras opciones y para conseguir superarlo todo.

 

 Al compromiso de realizar esta renovación carismática apela la propia Vita consecrata cuando dice: "En la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos los demás aspectos, como en una síntesis que requiere una reflexión continua sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica como la ascética y la mística. Esto exige de cada miembro el estudio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece, de su historia y su misión, con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria" (71).

 

 

"Santos de forma superlativa"

 

 Las expediciones misioneras a lo largo de los primeros años del Instituto se producían a un ritmo que hoy sorprende e impresio­na. Eran sacerdotes diocesanos, religiosas y laicos aquellos pioneros que casi todos los años, en número creciente, iban a Kenya. No era la manía de conquistar nuevas bases en África ni el fácil entusiasmo por la causa misionera lo que empujaba a José Allamano a forzar el ritmo de las expediciones de misioneros, tras pocos meses de preparación específica. Era sólo el deseo de que el Instituto echara pronto raíces en un terreno que, por carisma, le era propio y natural: la misión. Los biógrafos dicen del beato Allamano que todo parecía desarrollarse en aquellos primeros años bajo el impulso de una cierta "urgencia": era necesario dar credibilidad al neonato Instituto. Pero pasada la emergencia de los primeros años, José Allamano puso enseguida remedio a aquellas expediciones apresuradas con la apertura de la Consola­tina y luego del "Collegio" (Seminario San Paolo).

 No obstante la urgencia de nuevos envíos de personal a África, José Allamano no descuidó la preparación de sus misioneros con la profunda convicción de que la misión se lleva a cabo sobre todo con el testimonio de la propia vida y que el primado corresponde a la búsqueda de la santidad. Estas son algunas de sus expresiones más significativas, repetidas insistentemente desde los primeros años del Instituto:

 

 - No hay que dejar la piedad, no hay que descuidar la unión con Dios, no hay que sacrificar la propia santificación para atender a los demás.

 - Hay personas que se inutilizan para sí y para los demás porque no se cuidan ellas mismas.

 - Condición absolutamente necesaria para todos y en todo tiempo es el deseo, la voluntad de santificarse.

 - Esto exige tener hambre y sed de santidad, desearla por tanto con la misma intensidad con que un hambriento desea comer y un sediento una fuente de agua fresca...

 - Así pues, primero santos y luego misioneros.

 

 ¿Qué mejor manera de celebrar, por tanto, el cumpleaños del Instituto que volver a esta enseñanza del Beato Allamano y ser dueños totalmente de su íntima convicción de que no puede haber misión si se la separa de una fuerte tensión por la santidad? Para que sea aún más honda nuestra convicción, podemos echar mano también de los recientes textos del magisterio de la Iglesia, que expresan vigorosamente esta inquietud de Allamano, es decir, que "el verdadero misionero es el santo" (Cf. RM, 90).

 Santidad es para Allamano una realidad multiforme que da relieve al primado de Dios en la vida del misionero, a la centralidad de la Eucaristía, a una oración continua que se identifica con la vida y se convierte en algo único con la acción misionera, al amor fraterno que sabe crear familia y solidarizar­se con toda persona necesitada, a una atención tierna a María Consolata convertida en modelo de vida y de compromiso misionero.

 La santidad, en fin, según el Fundador, tiene en cuenta muchos otros matices, propios de las cosas bellas, como la actividad silenciosa, la austeridad de vida, el empeño en lo cotidiano, la caridad fuerte y sólida y el respeto a los demás.

 

 

"¡Se necesita fuego para ser apóstoles!"

 

 La Biblia y los Padres de la Iglesia usan mucho la palabra fuego como simbología, en dos sentidos: por una parte el fuego ilumina y calienta, y por otra destruye y derriba. En el Antiguo Testamento es una de las imágenes preferidas para expresar el ser y la acción de Dios. Dios utiliza el fuego para abrir el camino de la salvación al pueblo de Israel (Ex 13,21), cuando revela a Moisés su ley (Ex 19,18), para manifestarse al profeta en la visión nocturna (Ez. 1,4), cuando revela su gloria divina (Dn. 7,9). El fuego es también expresión de la ira divina (Sal 18,9), expresa el celo del Señor que quiere purificar a la humanidad del mal (Dt. 32,22; Sir 2,5).

 También en el Nuevo Testamento se relaciona el fuego con la acción del Espíritu Santo, es imagen de purificación y de vida (Mt. 3,11). Especialmente significativa es una expresión de Lucas: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que arda!" (12,49), porque manifiesta claramente el anhelo de Jesús de cumplir su misión. Expresa su deseo ardiente de cumplir la voluntad del Padre en relación con la salvación de la humanidad. Es el fuego del amor del Padre que, a través del Hijo, se derrama en el corazón de los discípulos, para que ellos mismos, ardiendo con el mismo celo, dediquen su vida al anuncio de la salvación a los pueblos.

 El uso que el Beato Allamano hace del término fuego refleja este trasfondo bíblico, especialmente el neotestamentario. Fuego es celo por la salvación del mundo, es el amor del Padre que arde en el corazón de los discípulos, es el Espíritu de Pentecostés que invita a los Apóstoles a ir a todo el mundo, es pasión y celo por el Reino de Dios.

 Leamos algunas expresiones que, salidas del corazón del Fundador, nos han llegado para que puedan convertirse en regla de vida de todos los Misioneros:

 

 - "Se necesita fuego para ser apóstoles. Si no se es ni fríos ni calientes, es decir, tibios, nunca se conseguirá nada. El hombre vive en la medida que es activo por amor de Dios. Se puede estar en unión íntima con Dios y actuar al mismo tiempo. Si hay amor, hay celo, y el celo hará que no nos reservemos o que nos paralicemos en la entrega de nosotros mismos por la salvación de las almas. Lo que se puede hacer hoy no hay que dejarlo para mañana. ¡Nunca será misionero quien no arda con este fuego divino!" (VS 460-461).

 - "San Bernardo dice que el celo ha de estar inflamado por la caridad [...]. Inflamado por un deseo de hacer que se conozca a Nuestro Señor, que se le ame. El verdadero celo persigue el honor de la persona a la que se ama, mientras que el celo falso se busca a sí mismo, procede de la soberbia y de la envidia. He venido a traer fuego a la tierra y, ¡cuánto deseo que arda! (VS 460).

 - "No solamente nuestro celo ha de estar inflamado por el amor hacia Dios, sino también por el amor hacia el prójimo. Debemos tener tanta caridad que seamos capaces de dar la vida. Los misione­ros nos dedicamos a dar la vida por la salvación de las almas. [...] Cuando hagáis los votos y cuando los renovéis recordad que se entiende también esto" (VS 461).

 - "Sí, creedlo, qui non ardet, non incendit! Quien no tiene el fuego de la caridad, no puede comunicarlo. No penséis pues que se pueda sacrificar el espíritu o dejar lo espiri­tual por lo material (salvo la obediencia). ¡No, no! No hay que dejar la piedad, no hay que descuidar la unión con Dios, no hay que sacrificar la propia santificación por atender a los demás" (VS 113).

 - "Despertar en nosotros un ardiente amor a Dios sobre todo con la oración bien hecha y con la meditación cotidiana, que es el fuego donde el alma se calienta: Te aconsejo que me compres a mí el oro pasado y purificado con el fuego para que te enriquezca" (VS 144).

 - "El amor a Dios lo necesitamos sobre todo nosotros que hemos recibido la vocación y la misión de comunicarlo a los demás: He venido a traer fuego a la tierra y, ¡cuánto deseo que arda! ¿Cómo podríamos comunicar este sagrado fuego a las almas si antes no estamos nosotros llenos de él? Nuestro Señor, antes de confiar a San Pedro el pastoreo de las almas, le exigió tres afirmaciones de amor. [...] Sólo un grande amor nos dará un gran celo, nos hará soportar contentos los sacrificios de la vida apostólica y nos asegurará el fruto de nuestros trabajos" (VC 248,9).

 

 El X Capítulo General llamó a este fuego "el alma de la Misión" (Cf. pp. 75-76). Implorémoslo para todos los Misioneros de la Consolata, como en un nuevo Pentecostés, para que el Instituto encuentre la fuerza de la renovación en el espíritu de los orígenes y pueda expresar en el presente de su historia el auténtico dinamismo apostólico y el ardiente celo misionero que le son propios por la esencia misma de su carisma.

 

 

"Duc in altum! ¡Rema mar adentro!"

 

 Hace pocos días se hizo pública la carta apostólica de Juan Pablo II Novo Milennio Ineunte como conclusión del año del Jubileo. Partiendo del episodio evangélico de la pesca milagrosa, el Papa considera la invitación de Jesús a los Apóstoles a "remar mar adentro" para pescar (Cf. Lc 5,4), como una exhortación dirigida a la Iglesia de hoy para que confíe en Aquel que está siempre presente en la barca de Pedro, a fin de que su palabra encuentre la valentía de continuar su misión evangelizadora.

 Es interesante recordar que este mismo episodio de Lucas fue utilizado por el cardenal Agostino Richelmy para convencer a José Allamano a decidirse a fundar el Instituto. Y el Fundador, una vez conocida la voluntad de Dios, sólo supo responder con las mismas palabras que Simón Pedro: "Pues bien in verbo autem tuo laxabo retem. ¡Claro, claro, adelante" (Tubaldo, Giuseppe Allamano, II, p. 478).

 

 Me permito ahora tomar prestadas algunas expresiones de este documento de fecha 6 de enero de 2001 para que lo podamos leer como si estuviera dirigido a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades, y como si se tratara de un programa y una propuestas para este nuestro año centenario. 

 

 "Duc in altum! Palabras que suenan hoy para nosotros y nos invitan a hacer memoria agradecida del pasado, a vivir el presente con pasión, a abrirnos con confianza al futuro: 'Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será siempre' (Heb 13.8)" (1).

 

 José Allamano solía recomendar exactamente estas mismas actitudes para celebrar bien los aniversarios.

 - recordar con agradecimiento el pasado,

 - para vivir con pasión el presente,

 - y abrirnos con confianza al futuro.

 

 "Lo que ha acontecido ante nuestros ojos exige que lo consideremos de nuevo y en cierto modo que lo descifremos para escuchar lo que el Espíritu ha dicho a la Iglesia a lo largo de este año tan intenso (2).

 

 A lo largo de este año jubilar del Instituto, sabremos sin duda recordar nuestros orígenes, volveremos a recorrer las vicisitudes misioneras del siglo pasado y recordaremos a los misioneros protagonistas de las mismas. Pero todo eso no bastará sin un posterior esfuerzo por descifrar en el Espíritu esta realidad y escuchar el mensaje que de ella se desprende. ¡Leer la historia en el Espíritu para proyectar el futuro: esa es la tarea que no podemos dejar de hacer!

 

 "Ahora debemos mirar hacia adelante, debemos 'remar mar adentro', confiados en la palabra de Cristo: Duc in altum! Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de satisfacción y aún menos llevarnos a una actitud de descuido. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo" (15).

 

 "Rema mar adentro" significará para los Misioneros de la Consolata comenzar con renovado empeño el nuevo siglo, enriqueci­dos con la experiencia de cien años de misión, fortalecidos con la intercesión de tantos hermanos nuestros que "concluyeron su carrera" más sabios y experimentados por el trabajo de supera­ción, de suportar cruces y aceptar sufrimientos.

 

 "Hacer de la Iglesia una casa y una escuela de la comunión es para nosotros un reto ante el milenio que comienza si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las esperanzas profundas del mundo.

 ¿Qué significa esto concretamente? También aquí la respuesta podría ser la acción inmediata, pero sería equivocado ceder a ese impulso. Antes de programar iniciativas concretas es necesario promover una espiritualidad de comunión" (43).

 

 El Papa nos propone de nuevo la eterna dialéctica del ser y del hacer que el Beato Allamano resolvía a favor del ser. Si queremos un futuro mejor para el Instituto, apuntemos a los valores de la caridad y de la comunión, apostemos por la fuerza evangelizadora de comunidades fraternas, enraicémonos profunda­mente en la oración, huyamos de la tentación de programaciones fáciles sin una auténtica base de valores.

 

 

En recuerdo de nuestro Centenario

 

 Deseo proponer a todas las Circunscripciones que ofrezcan una aportación para la realización de dos "signos conmemorati­vos":

 

 1. Santuario ecuménico en Etiopía, dedicado a la Consolata, a realizarse en el 2001.

 Durante la reciente visita a la Región Etiopía, percibimos el deseo de la comunidad ortodoxa de poder realizar junto a nosotros esa iniciativa en la ciudad de Guder, utilizando la imagen en piedra de la Consolata de nuestra antigua misión, actualmente muy venerada por la población local y guardada en una capilla que tendrá que ser demolida. Su reconstrucción será un gesto ecuménico de devoción a la Madre común en la tierra que el Fundador soñó en los albores del Instituto como campo privile­giado de nuestro trabajo misionero.

 2. Recuerdo conmemorativo en Tuthu (Kenya), adonde el 29 de junio de 1902 llegaron nuestros misioneros y celebraron la primera misa en territorio kikuyu. Este lugar será una meta privilegiada de peregrinaciones en las celebraciones centenarias del 2002. Encomendamos a nuestros hermanos de Kenya la tarea de estudiar el proyecto y su ejecución, tratando de poner de relieve los elementos y los símbolos de las diversas culturas de los pueblos donde el Instituto está presente.

 Mientras agradezco a los hermanos de la Regiones su participación en la realización de los "dos gestos de solidari­dad" propuestos para el Año Santo (Cf. Boletín 87, pp. 14-15), confío en que también estas dos propuestas para el Jubileo del instituto sean acogidas por todos.

 

 Termino esta breve reflexión confiando este año jubilar del Instituto —que deseamos lleno de gracia y rico en acción de gracias y operatividad— a la intercesión del Beato Allamano, padre de nuestra familia misionera.

 Invocamos asimismo la protección de nuestra Madre Consolata, "fundadora" del Instituto y modelo de nuestra consagración misionera, sobre cada uno de los misioneros y sobre todas nuestras comunidades y obras.

 Que San Francisco de Sales, nuestro protector para el 2001, siga inspirando en todos nosotros propósitos de santidad y de celo apostólico.

 En nombre del Consejo General, saludo a todos y a todos deseo un santo año jubilar.

 Os saludo fraternalmente.

 

 P. Piero Trabucco, IMC

 Superior General