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| P. SALA ANGELO 1915-2000 |
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| Escrito por Sor Cristiana Sestero, Mc | |
| 22.02.2006 | |
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Hijo de Paolo y Maria Perego, nació en Cernusco Montevecchia el 3-7-1915. Ingresó en el Instituto en 1926, en la casa de Turín. Profesión religiosa en 1933 y ordenación sacerdotal en 1938. Parte hacia Kenya, estudia la lengua en la parroquia de Gekondi, pero poco después, en 1940, debido a la guerra, es deportado a Suráfrica e internado en el campo de Kabete, donde permanecerá hasta 1944. Vuelto a Kenya, trabaja en la escuela de Gaicanjiro (1945) y en Yala (1946) como enseñante y en los años siguientes como headmaster. Son años en que se trabaja con intensidad animados de intensos ideales. En 1946 escribe al Superior General, P. Barlassina: "Hago todo lo posible para ser útil al máximo para nuestra familia religiosa... No me disgusta la enseñanza, donde veo un medio estupendo de hacer el bien. Nuestro éxito depende del número de escuelas que dirijamos... Esperamos que otros hermanos puedan venir pronto a echarnos una mano en este trabajo inmenso. La mies es mucha de veras y los obreros pocos, pero todos bien preparados e incansables". Entre 1952 y 53 hace un curso de escuela colonial en Londres. Vuelve a Kenya como supervisor de las escuelas de Fort Hall (1954-55) y como Principal TTC en Mugoiri en 1956. De 1957 a 1959 trabaja como párroco en Kiriani. Es su primera experiencia pastoral directa, un trabajo muy deseado que condiciona su vida hasta caer enfermo: "Desde el año pasado soy un misionero ambulante. Me encargo de dos inmensas locations, que darán el nombre a la misión de Kiriaini. No teniendo casa junto al rebaño, por la mañana parto de Kiangongy con la monja africana enfermera, y mientras ella hace su trabajo yo hago el mío, que solo es imposible terminar. Los cristianos son dos mis y los catecúmenos poco más de cuatro mil. Este ir y venir me ha causado algunas molestias de estómago y he tenido que ir al hospital de Nyeri durante tres semanas. Ahora estoy bien y he reanudado mi trabajo" (carta al p. Fiorina, superior general, el 22-3-2958). En 1959 la enfermedad de un hermano le obliga a volver a la escuela como enseñante en las magistrales de Mugoiri. Pero al año siguiente, como era su ardiente deseo, vuelve a la pastoral como párroco de Tetu-Ruchu, y desde 1961 como párroco de la catedral de Nyeri. De 1965 a 1971 desempeña esa misma misión en la parroquia de Kevote y de 1971 a 1977 en Iriamuri. Se le destina a Sagana y durante tres años trabaja en la administración, para pasar de 1982 al 84 a párroco de Ngandu. Son muchos los años y las batallas combatidas, por lo que el p. Sala en 1985, a sus setenta años, es vicepárroco en Gatanga primero, en Kitito después y, finalmente, de 1993 a 1998, es capellán del Nazareth Hospital. En 1998 se retira a la Casa José Allamano de Alpignano. El 16 de junio de 2000, a las 18.30 h., por parada cardiorrespiratoria, alcanza la Casa del Padre. Los funerales se celebraron el sábado 17 de junio. El p. Francesco Viotto, superior regional de Kenya, preside la misa funeral. En la homilía invita a los presentes a cantar el magníficat por todos los dones recibidos por el P. Angelo y por los que él transmitió a tanta gente, los fieles. Después de recordar los diversos campos en los que trabajó, el P. Viotto habla de las características del hermano fallecido: su gran serenidad y afabilidad, la preparación lingüística y cultural siempre actualizada, su sensibilidad y generosidad para resolver las dificultades de los que acudían a él, incluso después de volver a Italia. Participaron en la misa el P. Pasqualetti, superior regional de Italia, y numerosos hermanos y hermanas de las casas cercanas. Sus restos fueron trasladados a Montevecchia, en cuya parroquia se celebró una misa en las que participó toda la feligresía. La Redacción del Da Casa Madre Testimonios Grano que da fruto Había llegado a la Casa del Beato José Allamano en 1998 después de amar y servir en África durante más de 55 años. Sentía la necesidad ya de volver "para rezar más y prepararse a morir", como dijo al llegar. Le había conocido en África en 1959, en la misión de Kiangonyi. Era el coadjutor del p. Algo Cremasco. Cada mañana le veía partir con la religiosa africana enfermera. Cada día llegaba con su Land Rover a alguna de las aldeas que debía visitar, con niebla muchas veces y caminos intransitables. Era en tiempos inmediatos a los Mau Mau, pero nunca tuvo contratiempos. Me decía que no le molestaban porque hacía servicios a sus propias familias. Volvía hacia las 15, cansado y sereno. Comía un poco contando las vicisitudes de la jornada con entusiasmo. Reanudaba otras actividades. Encontraba tiempo para enseñarme un poco el kikuyu, que dominaba perfectamente. Pronto me orientó para que dijera mis a los prisioneros y en las capillas. Decía que aquella lengua se aprendía hablándola... Animaba siempre, por lo que pude seguidamente comenzar la Acción Católica en la diócesis de Nyeri. Cuando me contaba sus largos años de misión, lo hacía con aquel estilo suyo, amable y preciso. ¡Qué deseos de misión iluminaban sus palabras! Fue un excelente hermano para mí, un amigo al que podía contarle todo. Por eso fui feliz de tenerlo al lado. Cuando estaba ya en Alpignano un día vino a mi habitación a confesarse. Luego me dijo serio: "He vuelto para rezar más. Hay siempre tanto que hacer en la misión... Rezar y prepararme a morir, para eso he vuelto". Y rezaba realmente mucho. Por la mañana solía ser el primero en la capilla y se le veía inmóvil y con los ojos fijos en el sagrario. Decía luego varios rosarios, siempre en la capilla, pero lo que más llamaba la atención era su actitud orante. Su preparación a la muerte me parecía una broma, pues le veía fresco de rostro y joven a pesar de los años que tenía. Aceptaba las bromas y los chistes, se sentía en paz con todos y participaba en todo atentamente. Una cosa tenía consigo frecuentemente: la pobre petaca. En Kenya, si había africanos, les ofrecía su tabaco. Era muy aficionado a los suyos. Se sentía feliz cuando los presentaba. La última vez lo hizo presentándome a una hermana suya con su hijo. Estaba ya en silla de ruedas. Cuando todavía podía ir a su pueblo, a ver a sobrinos y otros parientes, estaba poco tiempo. Al volver me decía lo contento que se sentía de reanudar sus oraciones habituales. La celebración de despedida fue presidida por el p. Francesco Viotto. En la homilía trazó los rasgos del p. Angelo, pues le conocía bien. Ahora el p. Angelo ha vuelto a Montevecchia, donde había nacido, de donde había venido al IMC, donde "será un grano de trigo que, muerto, fructifica". P. Giuseppe Mina Algo rudo, pero de buen corazón En los dos primeros años de África tuve la suerte de estar muy cerca del P. Angelo Sala, él párroco de Kevote, en el Embu, y yo enseñante en la escuela secundaria y ayudante en la parroquia. Volviendo a Turín dos semanas después de haberle encontrado en Alpignano, me impresionó la noticia de su muerte, pues le había visto lleno de vitalidad y fuerza, interesado por todo lo que tenía que ver con Kenya. Tengo recuerdos del p. Sala que han quedado vivos en mi memoria treinta años después de que sucedieran y que considero significativos para comprender su personalidad, algo ruda pero inmensamente buena. El p. Sala había vivido sus primeros años de África durante el régimen colonial y no podía por tanto no respirar el aire propio del colonialismo y la mentalidad del tiempo, pues todos somos de alguna manera hijos de nuestro tiempo, excepto los profetas. Cuando fui a Kevote en 1970 me di cuenta enseguida de que el P. Sala contaba con determinadas características: un poco huraño, de mentalidad lago colonialista, pero de gran corazón, de una actividad extraordinaria y un profundo sentido de oración. Por eso no me extrañó decir a la gente más tarde: "El padre es algo colonialista en el modo de hacer, pero nos quiere mucho, se da enteramente a nosotros, así que se lo perdonamos todos". De ahí que no se escondiera. Conocía a todos, incluso a los ancianos, los más tradicionalistas e influyentes, se adaptaba a su mentalidad y modales. Y eso que la parroquia era muy grande. Y no hablemos de la lengua, que hablaba el kikuyu mejor que la gente y usaba todos los proverbios, lo que les encantaba a todos. Una humildad sin palabras Había otro elemento fruto de la misma sensibilidad, que yo había notado en él y me disgustaba, pero siendo nuevo en África, aunque tuviera cuarenta años, decidí callar y esperar. Hasta que un día me sentí bien enterado de todo aquello como para poder hablar. Con disgusto había visto que el padre acogía gustosamente en casa a los blancos, enseñantes o no, y que ningún africano podía entrar. Le dije: "A mí me parece que nosotros estamos aquí para los africanos, aunque no excluyamos a los demás. Me disgusta ver que ningún africano puede entrar en casa". Esperaba su reacción, pero no fue así, se calló. No dije más creyendo que podía haberle herido en lo profundo. Sorprendentemente, al día siguiente, al volver de la escuela le vi en casa tomando una taza de te con un catequista africano. Y desde entonces los africanos tenían entrada libre en casa. Me llamó la atención que a su edad tuviera aquella facilidad para cambiar. Amor algo ciego, pero verdadero La independencia política de Kenya como de otros países africanos era ya un hecho. También la Iglesia había comenzado a hacer un camino de autosuficiencia en cuanto al personal, con un número cada vez mayor de vocaciones bien motivadas, especialmente al principio del boom. Pero financieramente dependía totalmente de fuera, especialmente de Europa. Nadie tenía el valor de pedir a la gente, tan pobre, que contribuyera a los gastos de la misión. Un día los obispos de los países de lengua inglesa de África oriental (AMECEA), en un encuentro histórico, decidieron que había llegado el momento de que la Iglesia fuera autosuficiente tanto financieramente como en los ministerios... Y entonces se pidió a la gente que comenzara a contribuir al mantenimiento del sacerdote y de las actividades de la misión. El P. Sala comenzó este camino, pero poco tiempo después se cansó, ya que decía que "con una carta a mis amigos consigo todo lo que necesito, ¿cómo se lo voy a pedir a esta pobre gente?". Pero el consejo pastoral le llamó y le dijo: "Sabemos que puedes tener todo lo que quieres de tus amigos, pero después de ti vendrá un sacerdote africano que no tendrá amigos en Europa. Si no educas a nuestra gente a sentirse responsable de la misión, ¿cómo vivirá y trabajará? Es por él por quien debes continuar este trabajo aunque sea ingrato. Además, ¿tan pobres crees que somos? Ve al mercado, entra en los bares a cualquier hora del día y de la noche y encontrarás gante que está allí para beber. Quiere decir que dinero tienen. ¿Por qué gastarlo sólo en beber y no para ayudar a la iglesia?". "Tenéis razón", dijo él, y una vez más cambió de parecer y de modo de actuar y en poco tiempo su misión se convirtió en una de las primeras autosuficientes. Dispuesto a vivir en una cabaña Se habla a menudo de estructuras que nos separan de la gente, de la necesidad de vivir con ella y como ella. Un día el p. Sala me confió un escrúpulo y me pidió mi parecer: "Hace tiempo que estoy pensando si no será conveniente que vaya a vivir en una cabaña, tal como vive la gente. Personalmente no tendría problemas, lo haría ahora mismo. Pero no sé si haría bien y si mi salud resistiría y podría con el trabajo. La gente dice además que lo que esperan no es que vivamos como ellos, eso sería exhibicionismo, que lo que quieren ver es que les aceptamos y les queremos como son". La misión era ya bastante modesta y pobre, pero admiré su espíritu de adaptación. Ya sabemos lo fácil que es a una cierta edad ser rígidos, incapaces de flexibilidad y cambio. En esto el P. Sala conservó un elemento juvenil, una capacidad de adaptación, una apertura a las nuevas situaciones, una gran humildad para no considerar sus puntos de vista como únicos o mejores. Y sobre todo tuvo siempre un gran amor a la gente con la que trabajaba, característica de un auténtico misionero. P. Attilio Lerda Los frutos de la caridad El hecho tuvo lugar en 1956 en Gakoe, aldea del Aberdare, en tiempos del Mau Mau, cuando la gente había sido confinada en las aldeas por las fuerzas gubernativas. Era domingo y durante la estación fría de julio-agosto. El P. Sala residía en Mugoiri, donde era el responsable de una pequeña escuela magistral de la diócesis de Nyeri. Todos los domingos iba a celebrar misa a las aldeas situadas entre Njombe y Kiriani, en una zona bajo la influencia de las misiones anglicanas de Waithanga y Kahuhia. Para estos viajes el p. Sala usaba el coche de la "Mugoiri Girls School" donde yo enseñaba, y a veces, en vacaciones, le acompañaba. Él confesaba, recibía la información de los catequistas y luego celebraba la misa. En los días fríos, viendo el p. Sala a un viejo helado de frío y vestido con harapos, se quitó el capote y se lo dio. En los días siguientes hubo en la zona una reunión pública para decidir si se confiaba a la misión anglicana o a la católica la erección y dirección de una nueva escuela elemental. Estas reuniones se hacía con la supervisión del delegado gubernativo. La gente del lugar expresaba la elección metiendo una piedrecita en recipientes al efecto, uno con la sigla CPK, de los anglicanos, y otro con la de CCM, de los católicos. Hecho el recuento ante la gente, la nueva escuela correspondió, para sorpresa de todos, a la misión católica. Se explicó considerando que la gente supo del gesto del P. Sala con el anciano de los harapos, por lo que consideró que el "Mobea", el misionero católico, se interesaría más de la educación de sus hijos. En aquellos tiempos de gran rivalidad entre las denominaciones cristianas, aquella fue una magnífica decisión de la población. Luego, debido al hecho, hubo aún más gente que se decidió a entrar en la Iglesia católica. Cuando vi al p. Sala sin el capote de lana, sentí curiosidad y él me contó lo que había sucedido. Hoy es el tiempo de contarlo, en recuerdo de este misionero celoso, caritativo y competente, señalando cómo las pequeñas acciones producen a veces frutos inesperados. Sor Cristiana Sestero, Mc |
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