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PADRE QUESSADA JOAQUIM 1926-2000 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Jordâo Maria Pessatti   
22.02.2006

 

 Hijo de José Gimenes y de Domingas Justo, nació en Pratinha (Sâo Manuel, Brasil) el 20 de octubre de 1926. Era hermanos gemelo del P. Segundo, ya fallecido.

 Entró en el Instituto en 1940 en la casa de Aparecida de Sâo Manuel, estudió en Rio do Oeste (Santa Catarina) filosofía e hizo el noviciado en Sâo Manuel, profesando el 16 de febrero de 1948.

 El 8 de diciembre de 1951 fue ordenado sacerdote con 4 compañeros, primeros brasileños misioneros de la Consolata.

 Sus campos de actividad fueron varios y relacionados con nuestros seminarios o en la pastoral de las parroquias.

 Al principio trabajó en la pastoral en Sâo Manuel y en Jaú (1952-54) y los cuatro años siguientes en el Seminario de Erexim como asistente, y en el de Sâo José, seguidamente es vicario cooperador en la parroquia Nossa Senhora da Salette y de 1958 a 1963 es nuevamente cooperador en Jaú. Vuelve un año a Erexim como director del Patronato. Del 66 al 68 desarrolla su trabajo pastoral en Três de Mayo y se encarga de la economía del seminario de Nossa Senhora de Fátima. De 1969 a 1979, hace ese mismo trabajo en Sâo Manuel. En el 1979 le encontramos en Sâo Paulo dedicado al trabajo pastoral en la comunidad de la parroquia Nossa Senhora da Penha y se encarga de la economía del seminario filosófico-teológico de Pedra Branca. De 1990 a 2000 trabaja en Curitiba en el Seminario Teológico Nossa Senhora Consolata y ayuda en la economía y en la pastoral.

 En 1998 se le descubre un tumor de hígado y en el intestino que va mermando sus fuerzas, aunque sus ganas de vivir le llevan a trabajar hasta el último momento.

 Muere en Curitiba el 18 de julio de 2000. La misa funeral la celebra el P. Aquiléo Fiorentini, consejero general, que vivió varios años con él como formador en el seminario filosófico. Sus restos mortales se llevan a Sâo Manuel y se le sepulta en el Santuario de Santa Teresina, donde se celebra otra misa presidida por mons. Servilio Conti y el arzobispo de Botucatu, dom Antonio Maria Mucciolo. Estaban presentes todos los participantes en la Conferencia Regional que se celebraba en Sâo Paulo.

 Sus restos descansan en el cementerio de la familia en Pratinha, junto a los de su hermano Segundo.

 

 El P. Joaquim fue querido por todos los misioneros de la Región. Vivió sencilla y humildemente. Siempre estaba disponible, sereno y alegre. Se dedicaba con celo a la pastoral visitando a las familias e interesándose por sus problemas. Era misionero de mucha fe que alimentaba con la oración constante y prolongada, el amor a la eucaristía y la devoción mariana, que él difundía entre la gente recitando el rosario y fundando cenáculos marianos.

 Amaba mucho al Instituto y dedicaba parte de su jornada al trabajo manual para contribuir a la economía de los seminarios. En todos los sitios donde trabajó supo crear una red de bienhe­chores a los que visitaba periódicamente y de los que obtenía grandes ayudas para los seminarios.

 La gente que le conoció se refiere a él como a un santo misionero que sobre todo habló con el ejemplo y el testimonio de su vida.

 

 P. Michelangelo Piovano

 

Testimonios

 

Sembró el bien

 

 Conocí al P. Joaquim Quessada apenas llegué a Brasil, cuando todavía trabajaba él en el Centro Misionero de Pedra Branca y me impresionó su gran entrega al trabajo y especialmente a la pastoral. Pero fue especialmente en sus últimos años en el seminario de Curitiba y en la convivencia cotidiana cuando le conocí profundamente.

 Su jornada comenzaba siempre muy temprano. A las 5 de la mañana estaba ya en la capilla para sus primeras oraciones y seguidamente iba a las cuadras a poner orden entre los animales. Antes de las 6 cogía su cochecito y se iba a celebrar la misa a la capilla de las monjas. Al volver participaba en la oración comunitaria de los seminaristas. Después del desayuno comenzaba los trabajos: en el huerto, organizando las cuadras, visitando a algún conocido o bienhechor buscando algo útil y evitar gastos al seminario. Al mismo tiempo estaba disponible para cualquier necesidad pastoral, como visitar enfermos, bendecir casas, celebrar misas o los funerales de algún difunto.

 En los últimos años había organizado en las familias los Cenáculos Sacerdotales Marianos, que seguía con interés especial, dedicando a este apostolado varias tardes de la semana. Los fines de semana se dedicaba especialmente a actividades pastorales y sobre todo a bendecir casas. Su paso por diversas familias de la parroquia se convirtió en un momento de oración, catequesis, consuelo y a menudo recuperación de la armonía en el seno de muchas familias. Cuando se daba cuenta de que en la iglesia de Santa Margarita no había trabajo para él, se ponía a disposición de las parroquias próximas con escaso clero para la celebración de la misa.

 En el seminario estaba siempre alegre con los jóvenes, le gustaban las salidas chistosas, pero también sabía exigir entrega y responsabilidad a todos. Daba testimonio de vida de oración, de amor y de devoción a la Virgen y de mucho interés por el instituto. Hablaba siempre con entusiasmo del P. Giovanni Battista Bisio y de los primeros misioneros de la Consolata llegados a Brasil, a los que conoció en Sâo Manuel y Rio do Oeste.

 En su vida no le faltaron prueba y sufrimiento, sobre todo a causa de cierta depresión que de vez en cuando le atacaba, y la última enfermedad le llevó a la muerte. Se enfrentó a los "días amargos" con la ayuda de los médicos y especialmente con mucha oración y paciencia.

 A través de él también sus familiares entraron en relación con nuestro seminario, interesándose por la vida de los semina­ristas y tratando de ayudar en lo que podían.

 En su sencillez, el P. Joaquim amaba la naturaleza, hablaba con los animales, le gustaba trabajar la tierra y recoger los frutos que había producido con sudor. Era muy amistoso en las relaciones con las personas, sabía cultivar la amistad, los jóvenes le aceptaban, así como los niños, y los adultos y los ancianos y todos. Por dondequiera que pasó sólo sembró el bien.

 

 P. Michelangelo Piovano

 

 

Un verdadero amigo

 

 Conocí al P. Joaquim en Sâo Paulo en 1979, en el filosófico- teológico del Castelinho. Formaba parte de la comunidad y colaboraba en la gestión económica de la casa y en el trabajo pastoral. en su vida sencilla y humilde destacaron estas cualidades:

 Hombre que sabía entender. Cada vez que se hablaba de problemas de formación, sonreía, soltaba su ingenuidad y decía: "En el futuro será mejor". Y allí terminaba todo.

 Hombre al que le gustaba bendecir a las familias. Al P. Joaquim se le llamaba frecuentemente a bendecir a las familias, a los animales a lo que fuera. Lo bendecía todo con alegría y sencillez, comentando: "También Jesús bendecía a todos". Y proseguía su trabajo.

 Hombre del sufrimiento. Cuando le conocí estaba ya enfer­mo, pero no se desanimaba. De vez en cuando iba al médico, amigo suyo, en el que tenía mucha confianza. Al salir hacia allí solía decir: "Voy a cargar las pilas". Y volvía como si estuviera nuevo.

 Hombre de oración. Alguna vez me lo encontraba en el huerto recitando el rosario. También recitaba el breviario paseando por el jardín del seminario. Nunca falta a la oración comunitaria en la capilla, dado testimonio evidente de su vida sacerdotal y misionera consagrada.

 Hombre amigo. Me encontraba en Portugal y él, terminado el curso de renovación para los misioneros, fue a Roma, me visitó y me pidió el fruto de la carrasca de la Virgen de Fátima. Cuando llegó a Brasil le pedí los piñones del pino del Brasil, de tal modo que yo planté la semilla del pino en Portugal y él en Brasil la semilla de la carrasca de las apariciones de Fátima. ¡Una amistad sencilla y auténtica, hecha de pequeños gestos, con intercambio de dones!

 

 P. Joâo Monteiro da Felicia

 

 

Confiado en la Divina Providencia

 

 Conocí al seminarista Joaquim Quessada en el seminario de Rio do Oeste en 1943. Admiré siempre su humor. En el palco del teatro, con su hermano, ¡cuánto nos divertíamos!

 Pero por encima de todo fue un misionero que amó mucho al instituto, cultivando hacia él un gran interés, y por eso hizo los mayores esfuerzos por reunir amigos y bienhechores en favor del seminario. Lo que recibía de conocidos y amigos o recogía en las campañas de promoción que organizaba, todo era para mantener el seminario.

 Humilde, sencillo, devoto, vivió siempre pobremente. Tenía pocas cosas. Los pocos años que pasé con él en el seminario de Três de Maio fueron maravillosos. Yo era director espiritual y él ecónomo. Luchamos juntos para conseguir concluir la parte nueva del Seminario. Recuerdo que él no ahorraba esfuerzos para recoger alimentos y otras cosas necesarias para poder llevar adelante una comunidad compuesta por 110 seminaristas. A pesar de las dificultades, siempre le vi optimista y confiado en la Divina Providencia. Era profundamente devoto de la Consolata y de San José. Era amigo de todos y no conservaba resentimiento de ningún tipo con nadie.

 P. Geraldo Deretti 

 

 

La bienaventuranza de estar en segundo lugar

 

 Conocí al p. Joaquim Quessada en 1942 cuando entré en el seminario de San Francisco Javier de Rio do Oeste. Llegaba de Aparecida de Sâo Manuel con otros seminaristas, los primeros que el p. Bisio había recogido en 1940 cuando dio vida al primer seminario del Instituto en Brasil.

 Recuerdo al Joaquim de aquel tiempo. Un joven sencillo, alegre y educado. Tengo que decir que necesité dos meses o más para poder distinguirle de su hermano gemelo (Segundo). Su gusto por el teatro (al igual que el de su hermano) era muy estimado por todos. Desempeñaba siempre papeles cómicos. Nos reíamos con sólo verle en escena.

 En julio de 1943 Joaquim y sus compañeros tomaron el hábito religioso clerical, por lo que se les llamaba "clérigos". Ayudaban mucho a los padres de entonces como asistentes de los seminaristas y profesores en algunas asignaturas. Joaquim fue elegido como asistente de un grupo de unos 30 alumnos. Los seguía fielmente en los estudios y el trabajo, en la iglesia y en el recreo, en todas partes. Pero no era un policía sino más bien un amigo que exigía el cumplimiento del deber.

 En aquellos años se hacía en el seminario la "cruzada misionera" que tenía el objetivo de ayudar a los seminaristas a abrir la mente y el corazón a la misión de la Iglesia y del Instituto. Joaquim estimulaba a sus jóvenes a visitar frecuente­mente el Santísimo, recitar muchas jaculatorias durante el día, ofrecer sacrificios y mortificaciones en favor de las misiones y los misioneros. Los exhortaba pero él les precedía con el ejemplo. Y el ejemplo del asistente que teníamos siempre ante los ojos nos ayudaba a vivir una espiritualidad sencilla que nos servía para mantener vivo el ideal de la vocación misionera.

 En los estudios no era Joaquim mejor que sus compañeros... No era un águila, pero como un pájaro en el bosque, supo volar lo suficiente como para alcanzar sus objetivos: ser sacerdote y misionero de la Consolata. Cultivó siempre en su vida los valores que los superiores y formadores inculcaban en aquel tiempo: amor a la eucaristía, devoción a la Virgen, sinceridad y apertura, fidelidad a los deberes de cada día, práctica de las pequeñas renuncias y de los sacrificios para forjar el carácter. etc.

 Después de la ordenación sacerdotal, como dicen sus datos biográficos, la vida del P. Joaquim se expresó en la actividad pastoral y en la economía de nuestras parroquias y seminarios. no como principal, sino siempre como auxiliar o ayudante en la economía. A pesar de ello, nunca le vi reclamar papeles más importantes. Supo siempre trabajar como segundo sin miedo a la sombra del primero.

 Demostró siempre un gran interés por el bien de la comuni­dad, que era para él el lugar de la familia reunida. Trabajaba y sudaba por ella. Tenía la valentía y la capacidad de pedir y de hacerlo con insistencia entre amigos y bienhechores en beneficio de ella. Lo que recogía no era para él sino para la comunidad. Vivió pobre, sin poseer nada que fuera superfluo. Era normal verle vestido en traje de faena, con gorro de paja y botas, con las herramientas del campesino, excavando, quitando malas hierbas, cultivando, ocupándose de las vacas... Sólo se paró cuando la enfermedad le minó por dentro. aun entonces, cuando se sentía más fuerte volvía a empuñar las herramientas.

 En la convivencia fraterna era un compañero bueno, un colega sencillo, un amigo sincero lleno de buen humor. Con sus frecuen­tes salidas sabía hacer alegre la conversación más triste.  Quisiera finalmente resaltar su devoción grande y filial a la Virgen María, devoción que manifestaba especialmente con el rosario, orando solo, con la comunidad o con la gente, en los cenáculos del movimiento Sacerdotal Mariano. Algunos días antes de la muerte, aunque tuviera dificultades para hablar, pedía a los que le acompañaban que recitaran el rosario con él. Y tras ellos se sentía más sereno.

 Su vida terrena se cerraba. Las fuerzas físicas le abandona­ban. Era como una vela que se agota y se apaga y que al hacerlo da más resplandor. El gran sufrimiento de los últimos días no apagó en él la llama de su testimonio de hombre fuerte en la fe, sino que la acrecentó y la hizo brillar aún más.

 

 P. Jordâo Maria Pessatti