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PADRE VIOLA MARIO 1915-2000 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Giuseppe Mina   
22.02.2006

 

 Nació el 10-7-1915 en Realicó (Argentina) de padres italianos emigrados del Piamonte. Vuelto a Italia a la edad de seis años, en 1933 entró en el Instituto proveniente del seminario de Chieri. En 1934 hizo la profesión religiosa y en 1938 fue ordenado sacerdote. Trabaja cuatro años en Italia como asistente de los teólogos, en la Casa Madre, en Roma y en Rosignano Monferrato. De 1942 a 1946 trabaja sucesivamente en Opere Pie Religiose, junto al Vaticano, y luego como colaborador del anágrafe IMC y en la Postulación.

 En 1946 fue destinado a Argentina para preparar el ambiente de entrada del Instituto en la parroquia de San Francisco. Abre la misión de Pirané y el seminario de San Francisco. De 1961 a 1966 fue superior regional de Argentina.

 En 1966 se le destina a España como superior del seminario teológico de Madrid y dos años después vuelve a Argentina para dedicarse a la pastoral en la parroquia del Carmen de Merlo. De 1974 a 1977 trabaja como formador en el seminario mayor de Buenos Aires. En 1977 vuelve a ser superior regional durante un año y de 1978 a 1994 dirige la parroquia de San Francisco. En 1995, por dolencias cardíacas, se retira definitivamente a Alpignano. El 7 de agosto, a las 19.20 h., apenas acabada la cena, víctima de un infarto, se va a la Casa del Padre. 

 La misa por su eterno descanso se celebra el miércoles día 9 de agosto, presidida por mons. Aldo Mongiano. La homilía es del P. Luigi Manco, a la que se añade el testimonio del P. Ersilio d'Errico. Se le entierra en None, en la tumba de la familia, tras la misa funeral presidida por el P. Luigi Manco.

 

 P. Giuseppe Villa

 

Homilía del P. Luigi Manco

 

 Del libro "El Rosario del Gaucho", inédito, del padre G. Mina, p. 6: "Los Viola no tardaron en proveerse de poderosos arados, sembradoras, trilladoras y otras. Las máquinas motoras, algo románticas con su apariencia de Far West, no funcionaban con carbón sino con paja, que había mucha y no costaba nada. Carros de transporte de todo tipo llevaban el trigo en sacos a la estación del ferrocarril, bastante lejos. Desde allí se llevaba al puerto de Buenos Aires. Fotos de la época fueron conservadas por los Viola como reliquias de un sueño. Las enseña complacido el P. Viola y se ve que han captado el momento de la trilla del trigo, con un trasfondo fantástico de máquinas y trilladoras y hombres que mueven los brazos, viéndose en primer plano una serie de familias y mujeres con niños en brazos. 'Esta es mi madre y éste soy yo...', dice, 'y al lado mi papá'. Le brillan los ojos. ¡una vida!".

 Cuántos años de tales recuerdos. Cuánto camino recorrido, cuántos cargos de responsabilidad. Cuántas personas encontradas , cuánta vida sacerdotal y misionera. Esa fue la vida del P. Mario, la vida que los Misionero de la Consolata no saben separar de la de su inolvidable primo, Viola también él y Misionero de la Consolata, el P. Domingo.

 Prudencia y sabiduría fueron las virtudes destacadas que le caracteriza­ron... en los años en que los superiores mayores le confiaron cometidos delicados y de alta responsabili­dad, como la formación en el seminario teológico de España y, durante dos sexenios, el gobierno de la comunidad de los Misioneros de la Consolata en Argentina, en tiempos especial­mente difíciles debido a las dictaduras militares (Perón primeramente y los generales tristemente célebres por los desaparecidos después).

 Su palabra iluminada y la sabiduría de su consejo, e incluso su simple opinión, fueron buscados por personas de toda clase social a lo largo de su vida.

 Su sentido de la medida y de la ponderación al juzgar acontecimientos sociales y eclesiales era envidiable. Se derivaban de sus sanos orígenes familiares, de la costumbre de reflexionar, pero ciertamente también de su capacidad para estar al día mediante libros, periódicos y revistas. Al emitir juicios sobre las personas era muy reservado. Sabía comprender y excusar. No toleraba juicios severos o precipitados sobre nadie.

 Durante muchos años dirigió nuestra parroquia de la Consolata en la ciudad de San Francisco, en el corazón de Argentina. Junto a su prudencia y sabiduría se manifestaron en él dotes excelentes que iban desde el decoro de la iglesia, a la que embellecía acertadamente con cálices, paramentos y ostenso­rios, hasta la dignidad de las celebraciones, con cuidadas homilías escrupulosamente preparadas por escrito; desde la vigilancia del canto sagrado a la elección de los lectores y de los ministros de la eucaristía y al servicio impecable de los monaguillos.

 Todo esto podría hacer pensar en un celo intimista. No fue así. El P. Mario fue un verdadero apóstol por su fervor a la parroquia-centro y por su celo a la parroquia-periferia, por el cuidado de las cosas sagradas y la frecuencia del confesionario para atender al ministerio de la reconciliación. También sabía concederse sus ratos de distensión para oxigenar un ritmo de trabajo y de preocupaciones que, si no se vigila, puede degenerar en tensiones o actitudes cambiantes. De las aficiones del P. Mario estaban todos enterados, y hasta les beneficiaban, como el jardincito que cuidaba y en el que sembraba plantas ornamentales, frutales y de otra especie, además de aves como canarios y papagayos, lo que era una delicia para los hermanos cuando pasaban por San Francisco, así como de otras gente, especialmente de los niños cuando salían de la misa dominical.

 Era yo superior regional cuando le comuniqué que la consulta secreta de la comunidad había indicado que la casa y la parroquia de San Francisco como lugar que había que abandonar por una opción fronteriza. Se entristeció: "Es un error, pero acepto si eso se ha decidido". La decisión de cerrarla tendrá lugar 15 años más tarde. El P. Mario lo había visto claramente. El Señor le iba madurando con esto por el camino del desprendimiento, la verdadera pobreza del misionero, un desprendimiento doloroso que hay que hacer como un ofertorio: Te confío. Señor, mis afectos más íntimos, las personas queridas, las cosas que con tu gracia he realizado. Todo es tuyo. Bendice, purifica y guarda, y resérvanos el premio.

 Otra separación dolorosa la vivió en 1944 cuando, tras complicarse su salud, médicos y superiores le desaconsejaron volver a Argentina. Él, como Misionero de la Consolata, había sido el primero en pisar aquella tierra, que además era su patria, y había resuelto los trámites de la llegada de otros misioneros. A él estaba confiado el seminario que dio las primeras vocaciones y los primeros misioneros argentinos. Él era conocido y estimado por obispos y cardenales, y era uno de los animadores más significativos del Movimiento Cursillista que había llevado a recorrer la Región Argentina en tiempos difíciles y económicamente precarios. Pues bien, ahora se le decía que debía quedarse en Italia. Algunos meses en la enfermería de la Casa Madre y luego el retiro en Alpignano.

 Vaya, conque retiro... Me expreso así para explicar la presencia del P. Mario entre nosotros. A los que le conocieron les dio la impresión de que su presencia en Alpignano, en medio de hermanos enfermos como él, ancianos como él, les manifestara el talante de un modo de ser señorial, discreto, nunca con pretensiones.

 En los primeros meses de estancia sonó un día la campanilla porque no se sentía bien. Le pidió amablemente a la encargada del servicio nocturno una aspirina. La señora, según órdenes recibidas, se negó. Él insistió porque se trataba simplemente de una aspirina. El cardiólogo de Argentina le había dicho que las tomara sin miedo y sin exageraciones. Y como la señora se mantuviera en sus trece dijo: "Está bien, paciencia". Y conmovida ella, le dio la aspirina.

 No era sólo un gentelman. Su actitud interior de acogida se traducía externamente en finura, garbo y serenidad con que sabía estar entre los hermanos. Sobrio en palabras pero capaz de escuchar siempre; respetuoso y acogedor, pero también curioso sin ser entrometido, siempre presente en todos los actos de la comunidad, a la que amaba, hasta el punto de que alguien comentó durante la cena fraterna su muerte como un signo: "Quiso morir en la comunidad".

 Quiso morir como había vivido. Lamentaba entristecer a sus hermanas, a las que tanto quería. A él no le inquietaba el pensamiento de la muerte. Dijo en una ocasión: "En fin, no hablemos de la muerte ahora". Pero elevó la voz y añadió: "¿Y por qué hemos de tener miedo de hablar de la muerte?".

 Por eso elegí en esta misa por su eterno descanso la primera lectura: "Vivamos o muramos, del Señor somos". Es un texto que gustaba al Beato Allamano. Y como evangelio, otro texto que también gustaba mucho a nuestro Fundador y que lo aplicaba a sus misioneros: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

 P. Mario, en la fe y en la esperanza cristiana, creemos que estás en el cielo. Nos esperas allí para formar contigo y con el Beato Allamano y todos los misioneros la familia que hemos formado en la tierra. Gracias por lo que fuiste para nosotros, gracias de los misioneros y las misioneras y de tus hermanas, que no sabrían qué hacer para devolverte el afecto que les demostras­te. Gracias de las personas que te cuidaron en tu retiro. Gracias de tus amigos. A todos les diste mucho con tu sencillez y tu capacidad de acogida. Gracias por la Misa que celebrabas con intensa devoción y por tu presencia en los momentos de oración comunitaria. Gracias por acogernos a algunos de nosotros en la intimidad de tu habitación para un consejo, para animarnos, y por el don del sacramento de la reconciliación.

 

Hombre de silencio

 

 El silencio es una virtud poco estimada y practicada. De la vida atormentada y larga del P. Mario capto esta virtud: el silencio. De tus silencios deduzco otros aspectos de tu rica personalidad. "En el silencio se encuentra el maravilloso poder de la observación, de la clarificación, de la concentración en las cosas esenciales, en las personas y en las situaciones" (D. Bonhoeffer).

 En tu vida misionera fuiste buscado, estimado como sacer­dote, consejero y amigo, como superior prudente, comprensivo y también decidido. Tuviste que hacer frente a situaciones difíciles, como en los comienzos de Argentina, momentos difíciles caracterizados también por la persecución de tus misioneros.

 Siempre saliste a flote. ¿Cuál era tu secreto? El silencio que ahondaba en el fondo de ti mismo y con el que hacía que estuviera presente en ti al Señor y su palabra. Por eso estabas siempre infatigablemente dispuesto a escuchar a los demás con inteligencia, para discernir en el corazón del hermano y del ovillo de las situaciones y los problemas. Con tu silencio elocuente supiste encontrar palabras medidas, atentas, que eran bálsamo, paz y gozo. "El silencio se convierte en fuente de alegría para quien sabe escucharlo".

 Gracias por esta lección, P. Mario. No digo testimonio, sino lección, para que también nosotros podamos aprender de ti esta virtud que conserva la interioridad en la que podemos oír a "Cristo Palabra que procede del silencio" (S. Ignacio de Antioquía).

 P. Elisio D'Errico

 

 

Distinguido y moderado

 

 Su primer trabajo después de ordenarse en 1938 fue la asistencia a los teólogos en la Casa Madre. Le tuve como asistente. Distinguido en el porte y el trato, siempre con una suave sonrisa en los labios. De pocas palabras, pero siempre oportunas, se dejaba querer espontáneamente. Luego le perdí de vista. Supe de su destino a Argentina, donde había nacido, para abrir en aquel gran País las puertas a nuestro Instituto.

 Pasados muchos años nos encontramos en la casa José Allamano de Alpignano, el 29 de noviembre de 1994. Sufría ya entonces del corazón, pero su mirada y su trato eran tan señoriales y distinguidos como siempre. Le veía como en los tiempos de la Casa Madre. Más experto gracias a estar al frente de la gente y a su lado, más maduro de "gracia y verdad". Sólo la Virgen María sabe la de rosarios que decía, siempre con un largo rosario en las manos.

 En la comunidad casi ni le oíamos, pues nunca elevaba la voz a no ser para acentuar alguno de sus pensamientos. No recuerdo que presidiera ninguna celebración ni pronunciado homilías, pero a su lado se respiraba alegría, optimismo e interés por todo lo que tenía que ver con IMC, a la que amaba profundamente. Bien lo había demostrado especialmente cuando buscó un hueco para ella en Argentina en 1947.

 En el período en que se pensó ante el Padre General en una biografía sobre el P. Domingo Viola, primo suyo, un trabajo que no se imprimió, le sentía vibrante al darme detalles que sólo él conocía. Fue para mí el tiempo mejor para comunicarme profunda­men­te con él. Preparaba apunte y notas con diligencia meticulosa, corregía mi texto, subraya acontecimientos y personas que habían tenido que ver con el P. Domingo cuando vivía en el Pirané días de pionero.

 Año tras año iba debilitándose y necesitaba atenciones que nunca le faltaron en su estancia en la enfermería. Pasó períodos en los que hasta su psique parecía complicarse, pero se recupera­ba y seguía su camino, siempre con su amabilidad, serenidad y humanidad. Le visitabas con frecuencia sus familiares, especial­mente sus hermanas, con las que se sentía muy feliz. Mientras pudo pasó períodos en su cara de None.

 Ahora descansa en el cementerio de None junto a sus padres y otros seres queridos tras el largo camino en la misión, del que no dejó de interesarse nunca. En la comunidad nos ha dejado un vacío-presencia que sólo los hombres de la misión como él dejan, lo que hace que nos sigan hablando.

 

 P. Giuseppe Mina