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PADRE MARANER PIO 1913-2000 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Pietro Moretti   
22.02.2006

 Nació el 10 de octubre de 1913 en Staineri di Vallarsa (TN) de Francesco y Aste Augusta. Entró en el Instituto en 1926 en la casa de Rovereto. Hizo la profesión religiosa el 7 de octubre de 1932 en Rosignano y fue ordenado sacerdote el 28 de junio de 1936 por el cardenal Fossati.

 Durante tres años da clases en la casas de Favria Canavese y Varallo Sesia. Seguidamente se le destina a Kenya (17-11-1939) y trabaja como ayudante en las escuelas de Imenti (Meru), pero poco después irrumpe la guerra y paraliza su actividad, es llevado prisionero a Nyeri, luego a Kabete y finalmente al Koffiefontein, Suráfrica. Cuatro años de internamiento y por fin, el 28-8-1944 vuelve a Kenya, donde reanuda su trabajo de enseñante, esta vez en el seminario y en la escuela magistral de Nyeri.

 En 1946 se le destina a la misión de Karema donde desarrolla sucesivamente la función de ayudante, director y enseñante de la escuela media. El P. Pío no es muy locuaz sobre su trabajo, pero desde Karema escribe al P. Gaudenzio Barlassina, superior general: "El trabajo de la misión y de la escuela procede satisfactoria­mente y más velozmente que antes de la guerra. Aunque ahora se nota en esta gente el despertar y los deseos de ponerse en contacto con toda nuestra civilización europea, nuestro trabajo resulta más difícil y delicado, pero con la ayuda y la protec­ción divinas se consigue buenos resultados y los frutos serán aún más abundantes en el futuro" (Karema, 20-8-1946).

 En 1952 lo vemos en Londres, donde asiste al curso de E.T.A en la universidad.

 En septiembre de 1954 está nuevamente en Kenya, donde se hace útil unas veces en la pastoral y otras en la enseñanza, ayudando o sustituyendo a varios hermanos. Así le vemos en Nyeri, Fort Hall, Mathari y Kamwenja. De 1960 a 1968 es párroco sucesivamente de las parroquias de Mwiga, Kititu y Fort Hall. Su recuerdo se graba especialmente en Mwiga, donde construye la iglesia parroquial y hace que nazcan 15 escuelas capillas y dos escuelas medias para un total de casi mil alumnos. Trabajo inmenso que llevó adelante él solo.

 De 1968 a 1970 trabaja en la misión de Ngandu como vicepá­rroco y encargado de las escuelas. Problemas de la voz y de la vista, además de un cuadro general de mala salud, le obligan a abandonar para siempre el trabajo en las escuelas y dedicarse a la pastoral como ayuda en esta o aquella misión.

 De 1971 a 1976 trabaja como vicepárroco en la iglesia de la Consolata de Nairobi. Del 76 al 82 en Mwea. Del 82 al 85 en Karatina. Del 85 al 87 en Kerugoya. Del 87 al 94 en Karima. En 1995 se retira a Sagana donde durante dos años lleva adelante su vejez tratando de ser útil con los pequeños servicios pastorales que la salud y la edad le permiten. Cada día se va deteriorando y en junio de 1997 se ve obligado a volver a Italia a la casa del Beato José Allamano de Alpignano.

 El 11 de septiembre de 2000, a las cuatro de la mañana, vuelve a la casa del Padre. El 13 de junio se celebra la misa funeral presidida por el P. Emmanuele Moggioni, que habla de los testimonios de la aplicación del p. Pio Maraner al estudio de las lenguas locales, a la educación de los jóvenes y a una sabia administración.

 Sus restos mortales son llevados al cementerio de Santa Ana de Vallarsa conforme al deseo expreso del hermano difunto.

 

 P. Giuseppe Villa y redacción del Da Casa Madre

 

 

 

Testimonios

 

"Pío" de nombre y de hecho

 

 Cuando me enteré de la muerte del P. Maraner a la estupenda edad de 87 años recordé que cuarenta años antes, en Kenya, el doctor Dagnino había dado un juicio poco halagüeño sobre su salud, como dando a entender que la vida africana no era para él. Y sin embargo...

 Le conocí cuando éramos estudiantes de teología, teníamos la misma edad, y recuerdo que el profesor, el P. D. Fea, le preguntaba con cierta frecuencia y demostraba que estimaba su inteligencia y seriedad. De hecho, apenas ordenado sacerdote, fue enviado a nuestro pequeño seminario como enseñante. Allí pude conocerle mucho mejor, pues yo era asistente de la clase en la que él enseñaba todas las asignaturas. El contacto era constante y puedo decir que su empeño y profesionalidad eran muy serios. Nunca elevaba la voz con los estudiantes, entre otras cosas porque no tenía mucha capacidad para ello, pero era preciso y deseaba lo mejor, y en los exámenes finales se veía que su enseñanza había conseguido resultados envidiables.

 Luego le conocí en Kenya y especialmente en el campo de concentración de Koffiefontein durante la guerra y me di cuenta de que su carácter no había cambiado nada. Me parece que era "Pío" de nombre y de hecho: a sus deberes religiosos, incluso en situación anómala, no faltaba nunca. Hablaba poco y sin énfasis, pero en la conversación, si el tema le interesaba, sabía mantener su opinión con firmeza. No era muy sociable y aparentemente parecía inclinado al pesimismo y la melancolía, pero nunca lloriqueaba sobre nuestras tristes condiciones ni sobre las dificultades misioneras de entonces.

 A mí me parece que fue siempre un misionero ejemplar, totalmente entregado a sus deberes, sin ruido y exhibición de sus éxitos. Era uno de esos misioneros que no se dejan ver mucho pero cuya falta se advierte cuando no están. Me vienen aquí al recuerdo unas palabras de San Ambrosio sobre Santa Inés: "He dicho que es mártir y creo que he dicho lo suficiente". Así es en el caso del P. Maraner: era "un misionero" y esto hasta la edad de 87 años, sin desviaciones ni indecisiones, lo que me parece más que suficiente.

 

 P. Lazzaro Tranquillo

 

Hombre de Dios

 

 Conocí al P. Maraner en Mwea apenas llegado yo a Kenya. Desde el primer día me di cuenta su interés por el estudio de las lenguas y la formación de las jóvenes generaciones del país. Estuvimos juntos de Karatina, luego en Kerugoya en 1985, y en Kerima de 1987 a 1995. Fue en esta última misión donde especial­mente le conocí a fondo.

 Hablaba a menudo de sus hermosos valles trentinos, de los Dolomitas y de los primeros años de formación en la casa de Rovereto apenas abierta. Se detenía a hablar de las dificultades de la partida hacia Turín, pocos meses después de la muerte del Beato Fundador, de doce niños que se convirtieron más tarde en Misioneros de la Consolata. Especialmente recordaba la colabora­ción de los Religiosas de la Consolata.

 En aquel lejano 1926 fue justamente una jovencísima religiosa de la Consolata, sor Pancracia Pettenuzzo, la que le acompañó hasta la Casa Madre. Luego, en Kenya, la llama "mamá". La comunión y la colaboración con las monjas era reclamada a menudo por el P. Pío como un elemento esencial para el desarro­llo de la misión. 

 Viviendo juntos, me daba cuenta de que se interesaba de la buena marcha de la misión, aunque a veces su temperamento le inclinara al pesimismo y la tristeza. Un pesimismo que brotaba de la lectura de la realidad: por ejemplo, la constatación de tantos errores de ortografía en los periódicos le llevaban a preguntarse para qué habían servido tantos años de enseñanza en las escuelas... si tales eran los resultados.

 A veces se quejaba de mi ir y venir de un sitio a otro de la misión para atender a los numerosos compromisos de carácter social y pastoral. Pero al final admitía contento los progresos conseguidos y que a veces consistían en una participación y colaboración de los cristianos en la vida de la parroquia.

 Disfrutaba cuando recibía algún regalito de la gente y los guardaba cuidadosamente. Así, cuando volvíamos de Nairobi, trataba siempre de llevarle sellos usados de algún hermano para dárselo a él, un coleccionista afanoso.

 El P. Pio amaba a la misión y se prodigaba para que todos pudieran recibir instrucción y lo mínimo indispensable para vivir. Su queja surgía cuando no veía los frutos de su trabajo de enseñante y se entristecía cuando se daba cuenta de que las personas no sabían valorar debidamente los dones con los que había sido enriquecidas por Dios, en primer lugar la inteligen­cia. Se alegraba al verme empeñado en la construcción de obras materiales como una escuela o una iglesia y colaboraba generosa­mente en su financiación con dinero propio.

surgía cuando no veía los frutos de su trabajo de enseñante y se entristecía cuando se daba cuenta de que las personas no sabían valorar debidamente los dones con los que había sido enriquecidas por Dios, en primer lugar la inteligen­cia. Se alegraba al verme empeñado en la construcción de obras materiales como una escuela o una iglesia y colaboraba generosa­mente en su financiación con dinero propio.

 Era un hombre de Dios, recitaba fielmente el breviario y al pasear sembraba de avemarías los contornos. Devoto de la Consolata, se enfervorizaba al hablar de ella. Vivió entre nosotros sin que nos diéramos cuenta, pero dejó un gran vacío en el corazón de muchos que le quisieron.

 

 P. Pietro Moretti