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| Escrito por P. Piero Trabucco, IMC | |
| 22.02.2006 | |
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(Segunda parte)
29 de junio de 2001 Fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo
Queridos Misioneros: "El Instituto necesita profundizar y actualizar la dimensión teológica de su cooperación en la obra de la salvación". Esta afirmación del X Capítulo General (XCG 55) suena como una invitación concreta y perentoria para todos nosotros, Misioneros de la Consolata, a fin de que reemprendamos un camino de profundización sobre las bases teológicas de nuestra colaboración en el plan de salvación de Dios en favor de la humanidad. Ninguna renovación de nuestra evangelización y del servicio misionero ad gentes podrá ser eficaz si prescinde de una profundización teológica. La confesión de que Dios es salvador y de que salva por medio de Jesucristo ha formado siempre parte de la fe cristiana. El anuncio del Evangelio va siempre acompañado con el gesto de Cristo que salva. Por consiguiente, el vínculo entre misión y salvación es antiguo y está bien consolidado. La misión consiste en anunciar al mundo la salvación como don de Dios, como gracia y misericordia, como liberación del pecado y del mal; consiste en llevar la salvación de Dios a personas y pueblos que todavía no conocen el Evangelio y no reconocen que Jesucristo es el Señor y el Salvador. Pero ¿qué Señor y Salvador y, sobre todo, qué salvación? Con matices diversos, según los tiempos y los lugares, la tradición misionera ha unido íntimamente la salvación con la evangelización, con el anuncio claro e inequívoco del misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación. Pero también ha interpretado la salvación como liberación del hombre de todo lo que le oprime y le hace menos hombre, como un compromiso de promoción de la persona en su totalidad. Fue Cristo mismo quien relacionó la salvación con el compromiso de la caridad: "Cada vez que hicisteis estas cosas con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,40). Este compromiso de amor con los más débiles y marginados ha estado siempre unido al anuncio de la salvación y la evangelización. Remite continuamente a la vida concreta, personal y social, del hombre, porque, como escribe Pablo VI en la Evangelii nuntiandi(EN), entre evangelización y promoción humana existen lazos de naturaleza antropológica, teológica y evangélica (cf. n. 30). En su especificidad, ese compromiso fue interpretado y actuado a lo largo de los siglos como amor al prójimo doliente y necesitado, como servicio a los enfermos y los pobres, como promoción de la dignidad humana, como liberación y desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres. Para responder a las preguntas que esta noción de salvación suscita en nosotros —y de este modo preguntarnos si nuestras comunidades misioneras están preparadas para responder a ellas con una programación eficaz de vida apostólica—, la segunda parte del tema "Dispensadores de los misterios de la salvación", que el XCG eligió para que fuera profundizado, se refiere al problema de la salvación bajo el aspecto teológico y misional. Las preguntas a las que se quiere dar una respuesta parten en primer lugar de una constatación general, y es que el hombre siente dentro de sí mismo un profundo deseo de salvación. Este deseo puede sugerir caminos diversos: el del conocimiento como iluminación de lo alto o el del conocimiento que se deriva de la racionalidad de la persona humana, con y sin Dios. El conocimiento que mira a salvar al hombre de una existencia amenazada, revela una necesidad especial de sentido, manifiesta la aspiración del ser humano a una salvación que vaya más allá de la pura condición humana y la supere. Esta aspiración y esta necesidad están vivas especialmente en la diversas religiones. Todas ellas se esfuerzan en darles una solución. La salvación, en la Biblia y en el cristianismo, aun siendo una respuesta a la necesidad humana, no brota de la iniciativa humana. No viene del hombre, sino sólo de Dios. Se convierte en historia de Dios que se manifiesta salvando. Pero se quiere también responder a las que para el cristianismo y la misión son las preguntas más exigentes, así como las más difíciles y complejas. Se refieren a la persona de Jesucristo, salvador y mediador entre Dios y los hombres, a las características de la salvación anunciada por Cristo y al problema del diálogo con las religiones no cristianas. Esta segunda parte constituye por tanto la clave de nuestro tema bienal. Se incrusta entre la primera reflexión (cf. Boletín 91), donde tratamos de leer los caminos de salvación que el Espíritu suscita en la Iglesia para decir a los pueblos que Dios quiere que todos los hombres se salven, y la última parte, en la que trataremos de presentar las actitudes más apropiadas que todo Misionero de la Consolata debe asumir para ser verdadero "ministro de salvación" entre las gentes. Pidamos a nuestra Madre Consolata y al Beato Fundador que bendigan el esfuerzo de reflexión de cada misionero y de cada comunidad. Os saludamos fraternalmente.
P. Piero Trabucco, IMC P. Antonio Bellagamba, IMC P. Norberto Ribeiro Louro, IMC P. Aquiléo Fiorentini, IMC P. Jean André Benedetti, IMC |
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