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| III. El encuentro de Dios en la historia |
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| Escrito por Consolata.org | |
| 22.02.2006 | |
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En todas las religiones existe pues la tendencia del hombre a orientarse hacia una meta ideal que le atrae, tratando de alejarse de una condición histórica inestable y peligrosa. La meta a la que aspira el budista, por ejemplo, es el estado de quietud perfecta, perseguida y lograda con la liberación del dolor por medio de un progresivo aquietamiento de todas las pasiones. Las religiones primitivas, sin embargo, tienden hacia un estado ideal, más que de salvación, de incolumidad en una completa y perfecta integración con el mundo y la sociedad. Por consiguiente, no falta en las diversas religiones la búsqueda de una condición que tiende a establecer una relación con el Absoluto, sea cual sea el modo como se le entienda, y que de hecho se traduce en una aspiración a la salvación. Las propuestas referidas al sentido de la vida, la visión del mundo, la concepción del destino humano y de la historia, que las religiones presentan y quieren difundir, se definen efectiva y esencialmente en orden a la salvación como a una de las cuestiones más incisivas entre todas las que acompañan y atormentan la existencia del hombre y toda la historia humana.
1. La salvación como historia de la salvación
En esto no es una excepción el cristianismo. Éste se presenta como un anuncio y un camino de salvación. Pero lo que le distingue de las demás religiones es que la salvación no se entiende como una búsqueda a la que el hombre no puede evadirse debido a la insatisfacción que siente en su estado presente, sino como una historia de salvación que tiene su comienzo en la creación y su punto de llegada en la regeneración de la humanidad en Dios. En el gran arco de esta historia Dios se autorevela al hombre y le comunica su misma vida, hasta el punto de tomar parte de la historia del hombre, de enviarle a su Hijo unigénito, "hecho carne" para la salvación de la humanidad. En el credo cristiano se ha profesado siempre que todo aquello en lo que se cree, descrito como una historia de salvación, se propone a la fe justamente por su alcance y su interés "para nosotros los hombres y para nuestra salvación". El propio nombre de Jesús significa "Dios salva", y el título de Cristo, tradicionalmente unido al de Jesús, evoca la figura y la misión del Enviado o Mesías, al que Dios envía para realizar la obra de la salvación de su pueblo. Dios no se ha limitado por tanto a hablar al hombre directa o indirectamente, como pudo haber hecho en otras religiones, sino que ha actuado con el hombre en favor del hombre, hasta darle su misma vida por medio y en la persona de Jesucristo. La palabra de Dios se ha transformado así en acción de Dios que salva. De tal modo es así que en modo alguno violentamos los términos al afirmar que la fe cristiana se resume en creer que, en el nombre de Jesucristo, Dios es salvador. En efecto, la fe profesa que Dios, quien por serlo puede salvar al hombre, manifiesta concretamente en la historia su voluntad de salvación en Jesucristo y que en Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres, se ofrece al hombre la posibilidad de salvarse. Abandonando una concepción prevalentemente especulativa y metafísica propia del pasado, hoy la teología tiende a recuperar el tema de la salvación como historia de la salvación. No podemos no alegrarnos por esta apertura, destinada a iluminar más la revelación de Dios a los ojos y la inteligencia del hombre.
2. La universalidad de la salvación
Esta apertura explica mejor otra característica de la salvación cristiana. Es decir, se la debe entender en términos universales, porque está destinada a todos los hombres, a diferencia de las demás religiones, que tienden a reservarla a sus iniciados. La universalidad de la salvación cristiana, ofrecida por Dios a todos los hombres, plantea así el difícil problema de lo que sucederá con la parte de la humanidad que no conoce a Jesucristo. ¿Habrá que pensarla a merced de sí misma o bien la voluntad salvífica de Dios llega a toda la humanidad? Con otras palabras, ¿ofrece Dios o no a todo hombre el don de la salvación, lo que nosotros llamamos gracia, hasta expresarse en el don de una comunicación interior, directa y personal? Y sobre todo, ¿hasta qué punto las religiones son caminos de salvación queridos por Dios mismo? Sobre estas preguntas, que tienen mucho que ver con la misión y los misioneros, volveremos más adelante. Por ahora es suficiente recordar que en nuestro tiempo se siente un desacostumbrado interés por los problemas que se engloban bajo el nombre de diálogo interreligioso y de teología de las religiones. Las soluciones no son ciertamente fáciles y con frecuencia están condicionadas por visiones unilaterales que hace suyas la teología tradicional, según la cual, dado que Jesucristo presentó el reino de Dios como trascendente, su plena realización se verificará solamente al final de los tiempos. Esta lectura ha llevado a que en la predicación cristiana la salvación asumiera una connotación fundamentalmente trascendente y escatológica, es decir, referida a la vida eterna y al estado de bienaventuranza al que todo hombre está llamado. Una connotación típica de cierta teología y de cierta espiritualidad que con frecuencia se ha orientado hacia formas exasperadas de individualismo, de tal forma que han considerado exclusiva sólo la salvación de la propia alma. Incluso con el término de "redención", frecuentemente asociado a la palabra salvación, generalmente se indicaba la acción realizada por Jesús de Nazaret de salvar a los hombres del pecado e indicarles el camino de la salvación eterna.
3. Dios se manifiesta salvando
A esta noción de salvación, abstracta y parcial, la teología contrapone hoy la noción bíblica de la salvación, centrada en el gran protagonista que es Abrahán, en las experiencias históricas del Éxodo y en las expectativas mesiánicas. Lo hace asignando al término salvación un sentido más completo y real, referido tanto a la liberación de la esclavitud y del mal como al reino de Dios insertado en el tejido humano de la historia y a los bienes que la venida del Mesías comporta. Las situaciones históricas en las que Dios es invocado en la Biblia como salvador se refieren a todos los aspectos de la existencia: la enfermedad, el miedo, la angustia, el destierro, la esclavitud, la guerra, la muerte. Dios libra a su pueblo de todos estos males y no hay ámbito de la vida humana en el que Dios no sea invocado como salvador. Este apelativo es uno de los más usados en la Biblia. Los hebreos tenían la convicción de que Dios los había liberado de los peligros que los amenazaban. De ello tenían muchas experiencias y por ello se sentían satisfechos cuando representaban a sus antepasados como protegidos y salvados por Dios. Sara es protegida, Lot huye de la destrucción de la ciudad, Jacob cuenta con la ayuda divina, José es liberado de las desventuras que le amenazan y a su vez se convierte en salvador de sus hermanos. Algunos nombres de persona significaban "Yavé es salvador". Así el nombre de Josué, idéntico al de Jesús (cfr. Mt 1,21; Lc 2,11). Cualesquiera que sean sus manifestaciones, en la Biblia la salvación es siempre y sólo obra y don de Dios. Viene de arriba, es un milagro de amor y fe, pero nunca es una expresión abstracta y lejana. Responde a un designio preciso de Dios, a un pacto que Dios ha establecido con su pueblo y que se realiza concretamente en las vicisitudes históricas del hombre y de la humanidad. En la celebración de esta salvación, el punto de referencia constante es, para el pueblo de Israel, la liberación de la esclavitud de Egipto. El Éxodo se presenta a los israelitas como el signo más grande que revela la salvación realizada por Dios en favor de su pueblo. "Entonces gritamos al Señor, Dios de nuestros padres; el Señor escuchó nuestra voz, vio nuestra humillación, nuestra miseria y nuestra opresión y nos hizo salir de Egipto con mano poderosa y brazo fuerte" (Dt 26,6-9; Ex 14,30-31). Aunque algunas veces se dirija a personas individuales, la salvación tiene que ver directamente con todo el pueblo. Por eso Israel no cesa de volver al acontecimiento que revela la acción de Dios que salva. Dios se hace conocer salvando e Israel, experimentando la salvación de Dios, celebra su obra y le proclama salvador.
4. Todos verán la salvación
Son sobre todo los profetas los que se refieren a la poderosa acción de Dios que salva. Ellos releen la historia del pueblo de Israel y anuncian que Dios restaurará la unidad de su pueblo, que le purificará, que les dará un corazón nuevo, un corazón no de piedra sino de carne. En el horizonte de esta esperanza se perfile el Mesías. Él es el signo de la fidelidad de Dios y salvará a su pueblo de manera definitiva, llevará la salvación que viene de Dios a todos los pueblos. La realeza de Dios tiene para los profetas una dimensión universal: "Toda la tierra está llena de su gloria" (Is 6,3); su reino "se extiende a todo el universo" (Sal 103,19). También la acción creadora de Dios en este esquema revela un carácter universal. El Dios de Israel es también el Dios del mundo que ha creado y toda acción salvadora de Dios con Israel es algo que por sí mismo está dirigido a la salvación del universo y de toda la humanidad. En los cantos del segundo Isaías —una de las más altas expresiones del pensamiento religioso— el profeta ofrece una descripción significativa del "Siervo de Dios". Sus características coinciden de forma sorprendente con las del Mesías. Dios lo elige, lo llama, lo consagra, lo envía, lo transforma en el hombre de la Palabra. En las manos de Dios se convierte en humilde artífice de la salvación. Cordero inocente, obra según el Espíritu, carga con el pecado del mundo, se solidariza con los hermanos, no rehuye el sufrimiento, lo acepta en silencio, no se defiende. Su sufrimiento es redentor. De este modo el Siervo del Señor, "despreciado y rechazado por los hombres", se convierte en "guía de las naciones" y lleva la salvación de Dios hasta los últimos confiness de la tierra (cfr Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-11; 52,13-15; 53,1-12). Quien más se beneficia de esta salvación son las personas más dispuestas a confiar a Dios sus necesidades. Son los pobres, los humildes, los justos, los perseguidos; todos ellos experimentan la salvación que viene de Dios: "Mi defensa está en el Señor, él salva a los rectos de corazón" (Sal 7,11). Todo el Salterio es el eco de este grito: "Sálvanos, Señor Dios nuestro" (cfr. Sal 106,47; 118,25). La salvación que Dios da tiene siempre un aspecto misterioso. Es un don de hoy para hoy, sin que a pesar de ello deje de ser una promesa de futuro. El oráculo del Señor, la palabra litúrgica que anuncia el gesto de Dios que salva, es una promesa: "Yo soy tu salvación" (Sal 35,3). En este caso, más que hacia la salvación, la atención se dirige a Dios salvador. Su presencia en la historia nunca está vacía; es su modo normal de ser con nosotros: todos "verán la salvación de nuestro Dios" (Is 52,10).
5. En ningún otro hay salvación
En los libros del Nuevo Testamento el término salvación aparece por lo menos 150 veces, y de éstas, algo más de un tercio se usa en forma verbal. Tanto el sustantivo como el verbo tienen un significado muy amplio. Indican liberación, seguridad, prosperidad, salud, justicia, bien, paz. Pero siempre prevalece el sentido religioso. La salvación es la acción con la que Dios por medio de Jesús de Nazaret libera al hombre de la situación presente y le introduce en una nueva vida que es la misma vida de Dios. Los que creen saben que esta palabra de salvación ya ha venido, que la promesa de Dios se ha realizado en la persona de Jesús. Como decía Pedro, dejando perplejas a las autoridades religiosas que trataban de callar la palabra de vida: "Este Jesús es la piedra angular que, desechada por vosotros los constructores, se ha convertido en piedra angular. En ningún otro está la salvación; pues no hay otro nombre dado a los hombres bajo el cielo en el que podamos salvarnos" (He 4,11-12). Es Lucas especialmente el teólogo de la salvación. Empalmando con la expectativas del Antiguo Testamento y con aquella "que ha creído que se cumplirá la palabra del Señor" (Lc 1,45), en el cántico de Zacarías celebra la salvación poderosa de Dios (Lc 1,68,79), y en el Nunc dimittis canta y proclama con Simeón que sus ojos han contemplado la salvación, "luz que ilumina a las gentes y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,29-32). La tan esperada acción de Dios que salva ha llegado. Se ha concretado en Jesús, a quien el ángel ensalza como Cristo Señor y que es también el signo del escándalo de un Dios hecho carne, envuelto en pañales y depositado en un pesebre, según lo anunciado por el ángel a los pastores (cfr. Lc 2,8-14). Este escándalo es aún más evidente en la predicación apostólica, comenzado por Pablo, para quien Cristo crucificado es "escándalo para los judíos y locura para los paganos" (1Cor 1,23). Pablo demuestra en sus cartas, sin ningún temor, una certeza firmísima: en Jesucristo, "condenado a muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra glorificación" (Rom 4,25), poseemos el don mesiánico por excelencia que es la paz. Pablo no separa nunca la muerte de Cristo de su resurrección. La muerte de Cristo, que concluye con su resurrección, revela el amor de Dios por nosotros, nos salva de la ira y nos reconcilia con Dios. Condición indispensable para ser reconciliados con Dios es la fe, la acogida del don de Dios. Este don, ya presente, está destinado a crecer hasta su plenitud en la gloria. La salvación es pues todavía objeto de esperanza. Por eso Pablo invita "a alegrarnos en medio de las tribulaciones", no por lo que en nosotros son en sí mismas ni porque podamos encontrar dentro de nosotros la fuerza para superarlas, sino por lo que significan: la posibilidad de que el amor de Dios "derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo despliegue toda su fuerza en nuestra debilidad" (cfr. Rom 5,1-11).
6. Quien ama tiene la vida eterna
El anuncio de los apóstoles es pues fundamentalmente "el evangelio de la salvación" (Ef 1,13). Dios tiene el poder de salvar al que cree, sea judío o griego (cfr. Rom 1,16), y los creyentes son "los que se salvan" (cfr. 1Cor 1,18; 2Cor 2,15; Ef 2,5-8). La palabra de esta salvación ha venido, pero todavía no es definitiva y plena. Todos los creyentes "salvados en esperanza" (Rom 8,24) están a la espera de la manifestación del Salvador, "cuando Cristo aparezca por segunda vez... a los que le esperan para su salvación" (Heb 9,28). Sigue presente, no obstante, la pregunta: ¿En qué consiste la salvación cristiana, qué esperanza contiene, qué bienes comprende? Jesús había elegido claramente no ser un mesías político. No pretendía liberar a su pueblo del dominio romano. Y sin embargo Jesús es anunciado, sobre todo por Pablo y Juan, como quien trae la liberación definitiva: "Por tanto, si el Hijo de Dios os libra, seréis verdaderamente libres" (Jn 8,36). La liberación traída por Jesús se refiere al pecado, al dominio del mal, a la esclavitud de la carne, a la lejanía de Dios, a la muerte eterna. Incluso cuando la salvación se concretiza en gestos históricos, como las curaciones, la liberación, las situaciones de peligro y de muerte, la salvación anunciada es siempre la definitiva. Como quieren expresar los milagros de Jesús, ser salvados es ser curados. Los acontecimientos humanos son sólo signos y anticipaciones que nos permiten creer en la palabra de Dios que salva. Jesús persigue siempre una curación total y definitiva, que llega a la raíz del mal, que implica toda la historia del hombre y da sentido completo a la existencia. Lo que Jesús propone podría parecer un mensaje exclusivamente ético-moral. Mediante su predicación quiere conducir al hombre por el camino del bien para hacerle mejor. Pero como el fundamento de su mensaje es Dios que salva, en realidad quiere indicar el camino que conduce a la comunión con Dios. En la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, se ofrece a cada hombre la posibilidad de ponerse en contacto con Dios. Según la teología de Juan, "quien cree en el Hijo tiene la vida eterna" (cfr. Jn 3,36; 6,40.47). En él Dios está presente para que nosotros recibamos la verdadera vida. Para Juan el final de este camino es el amor: quien ama tiene la vida eterna, porque "Dios es amor" (cfr. Jn 4,7-16).
7. El anuncio del Reino que viene
El mensaje de Jesús, sin embargo, no se reduce nunca a una salvación individual y exclusiva. En el centro de su predicación está el anuncio del reino de Dios, que irrumpe en la historia de la humanidad. Él asegura que este reino está cerca (cfr. Mt 4,17), ya ha llegado (cfr. Mc 1,15). Y sin embargo debe todavía venir (cfr. Lc 11,2). Es una realidad actual pero también trascendente, escatológica; comienza aquí, pero se proyecta en el futuro. Las bienaventuranzas proclaman "felices" a los que experimentan el reino de Dios (cfr. Mt 13,16) y acogen el misterio desconcertante escondido en Jesús de Nazaret (cfr. Mt 11,6). Esta felicidad está presente en los que viven las bienaventuranzas, pero está siempre abierta al futuro, está orientada hacia la realización plena del reino de Dios, pues el reino es una realidad escatológica que se realiza de manera plena y definitiva al final de los tiempos, en la vida eterna y en la comunión con Dios. El reino de Dios, sin embargo, no es sólo escatológico-final; es también actual, está en medio de nosotros, se realiza a través de nuestra vida, inspira nuestras decisiones, propone valores diferentes a los puramente mundanos. Felices son los pobres, los oprimidos, los marginados y los perseguidos. Dios se pone de su parte no porque tengan derecho a este privilegio o sean especialmente dignos de él, sino porque él es, por definición bíblica, quien puede defender a quien no es capaz de poderlo hacer solo. Este es el motivo por el que Jesús proclama la gratuidad y la libertad de la iniciativa de Dios que elige a los pequeños y los pobres y concede el perdón a los pecadores. Durante toda su vida pública se dedica a liberar al hombre de todo lo que le degrada u ofusca su dignidad. Le libra del egoísmo y de la injusticia (Zaqueo), de la marginación (los leprosos), de la soledad (el ciego de nacimiento), de la dependencia (el paralítico), de la vergüenza (la hemorroísa), del hambre (la multiplicación de los panes), del miedo (la tempestad calmada), de la enfermedad (las curaciones) de la muerte (Lázaro), del pecado. Todos estos son signos de salvación, signos de que el reino de Dios ha llegado, de que está ya en medio de nosotros (cfr. Lc 4,17-20). A diferencia del evangelista Lucas (cfr. 6,20-26), que quiere animar a los que "ahora" se encuentran en condiciones penosas proyectándoles una recompensa futura, Mateo (cfr. 5,1.12) está atento a subrayar las disposiciones necesarias para vivir el mensaje de las bienaventuranzas. Lo que cuenta, antes que nada, no son las condiciones de la existencia humana, sino el modo como se viven la docilidad a la palabra de Dios y el amor por la "justicia". La pobreza tiene valor si se vive "en espíritu", si va acompañada de la mansedumbre. La verdadera hambre es la de la justicia. Son felices los puros de corazón, los que crean la paz, los misericordiosos, los perseguidos a causa de la justicia. Con otras palabras, las bienaventuranzas contienen un mensaje lleno de fuerza y fascinación, porque la riqueza del corazón y las disposiciones interiores preceden a las condiciones económicas y sociales. La salvación que viene de Dios afecta pues a toda la existencia del hombre, se realiza en el marco de la historia, se hace historia, pero supera y se adelanta a la historia para establecerse definitivamente en Dios. Tarea de la Iglesia es prodigarse ante los sufrimientos humanos, pero también dirigir al hombre y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo. De este misterio la Iglesia es signo e instrumento mediante el que Dios actúa en la historia su designio de salvación.
Pistas de reflexión
• Nuestra aproximación a la salvación tiene raíces bíblicas profundas. ¿Cómo las demuestro en la predicación y en la catequesis? • ¿Estoy atento a ayudar a los que creen percibir, especialmente los jóvenes, la presencia de la salvación de Dios en la historia actual y en las vicisitudes personales de cada uno? • Dios quiere que todos se salven. ¿Cómo manifestamos esta verdad en nuestra acción misionera? ¿Qué mediaciones culturales uso para presentar al "Salvador" a la gente en medio de la cual realizo mi labor misionera? • ¿Somos capaces de llevar a los que se dirige nuestra evangelización en profundas y auténticas experiencias de salvación? • ¿Qué lugar ocupa el kerigma en nuestra predicación? ¿Qué experiencia de Cristo Salvador hacen nuestros cristianos? • ¿Cómo ayudamos a la gente a percibir y vivir el "ya sí" y "el todavía no" del Reino de Dios?
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