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| IV. Imágenes teológicas de la salvación |
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| Escrito por Consolata.org | |
| 22.02.2006 | |
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1. De la muerte a la vida: inmortalidad y comunión con Dios
Al querer interpretar el tema bíblico de la salvación, la teología bíblica ha elaborado diversas imágenes teológicas, modeladas sobre la relación que existe entre el obrar de Dios y las expectativas de los hombres. La época patrística, que se distingue por el deseo de conocimiento y por un cuadro dramático de la existencia humana dominada por el pecado y por la muerte, describió la salvación como luz y conocimiento, vida e inmortalidad, filiación divina y participación en la vida de Dios en Jesucristo. Dios libera al hombre del pecado llamándole de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de la verdad por medio de Jesús de Nazaret, el logos del mundo, hecho hombre por nosotros, quien nos guía al conocimiento de Dios y a la comunión con él. La salvación se entiende así como una doctrina nueva o una nueva "educación" impartida por Jesús. "Al aparecer en el mundo como verdad, nos enseñó la verdad" (Hipólito). La propia historia se convierte en una pedagogía que introduce en el conocimiento de Dios y en su intimidad. La salvación se describe también como cambio de la precariedad de criatura a la inmortalidad y a la vida eterna. Esta idea es común a todos los escritores cristianos de los primeros siglos. Cristo nos ha dado la vida y la inmortalidad, nos ha restituido un don que pertenecía al hombre antes del pecado, nos ha dado una vida radicalmente nueva en la unión con Cristo, cuya inmortalidad es su garantía. El hombre con el pecado eligió la muerte, y Jesús, con la obediencia, la inmortalidad, que ha ofrecido a todos los que se unen a él. En esta perspectiva la salvación es la integración en el estado primitivo de perfección y de inmortalidad. Unido con la idea de la vida inmortal está el tema de la divinización de la naturaleza humana, realizada por Dios en la persona de Jesucristo. Especialmente los Padres griegos explican la salvación como la elevación de la naturaleza humana a un estado sobrenatural. Esta doctrina puede ser resumida con una fórmula atribuida a San Atanasio: "El Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que los hijos de los hombres se convirtieran en hijos de Dios... De este modo él es el Hijo de Dios por naturaleza y nosotros lo somos por gracia". Momento decisivo de esta divinización, de este contacto entre Dios y el hombre, es para algunos Padres la encarnación, para otros la resurrección, y para algunos más la acción del Espíritu Santo, del que los creyentes reciben el poder de ser hijos de Dios. No debemos olvidar, para completar el cuadro de estas imágenes, un modo de concebir la salvación que estaba ya presente en los Padres occidentales y que influyó en las grandes síntesis medievales. Cristo nos ha liberado de los derechos que había adquirido el demonio sobre nosotros con el pecado y la deuda contraída con Dios. Lo que condujo a esta concepción fue especialmente la doctrina del pecado original y la importancia que la misma adquiere en la teología occidental. La salvación fue explicada como la liberación de las consecuencias penales y jurídicas del pecado original, como si se tratara de la restauración de un orden antiguo irremediablemente perdido, de una reparación necesaria por la ofensas hechas a Dios. Este aspecto de la salvación no se traduce inmediatamente en un bien salvífico, sino que constituye su premisa jurídica.
2. La salvación como redención
Los diversos énfasis en la salvación propios del período patrístico denotan una evolución en relación con las Escrituras. La teología clásica las ha tratado ampliamente sobre todo en la parte de la cristología dedicada a la soteriología, pero también en la eclesiología, en los sacramentos, en la antropología y en la escatología. ¿Por qué Jesús de Nazaret es el Salvador? ¿Cómo nos ha salvado? Las respuestas que la tradición teológica occidental ha dado pueden resumirse del modo siguiente. En primer lugar, Jesucristo es el Redentor. El término redención es ciertamente el que con más frecuencia se asocia con la palabra salvación y todavía hoy se encuentra ampliamente arraigado en la mentalidad corriente. Al insistir en la dimensión religiosa de la salvación, realizada por Dios por medio de Jesucristo, la redención es salvación del mal y se convierte en perdón y remisión de los pecados en virtud de una gran benevolencia y bondad de Dios. Su aspecto "oneroso", como se decía en otro tiempo, lo subraya la muerte, que tiene el carácter de un sacrificio por medio del cual el pecado queda expiado. De este modo, Jesús "merece" la salvación para todos los hombres. El riesgo de este planteamiento, por lo demás típicamente bíblico, es que considera el término redención como sinónimo de rescate, como si Dios hubiera tenido que pagar algún precio para liberar a su pueblo. Según el evangelio de Marcos, Jesús entrega su vida "como rescate por todos" (Mc 10,45); el evangelista Juan lo explica diciendo que es un don de amor: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3,16). Como nos recuerda la fórmula eucarística, el rescate pagado por Jesús es su sangre, que libera del pecado y establece una alianza nueva con Dios. La eucaristía es pues la celebración del sacrificio que salva.
3. La salvación como liberación
El término redención incluye también la idea de liberación. En este caso la salvación se realiza como si se tratara de una auténtica liberación, de una liberación de la esclavitud y de la cárcel del pecado. "Quien comete pecado es un esclavo", pero si "el Hijo os libera, seréis verdaderamente libres" (Jn 8,34-36). Jesús sabe que el hombre puede ser esclavizado por la mentira, por el mal y la muerte. Su obra consiste en liberarle. Nadie en efecto posee esta libertad por privilegio natural, ni siquiera quien pertenece al pueblo elegido de Abrahán. Sólo el Hijo de Dios puede garantizar al hombre una plenitud de libertad que le lleve hasta la comunión con Dios. Además de este sentido, eminentemente religioso, de salvación, las teologías de la liberación, y en Europa las llamadas teologías "políticas", han dado al término un significado mucho más amplio y complejo. Se habla de este modo de salvación global, de liberación de las estructuras históricas en las que el pecado se ha encarnado, de promoción de todo el hombre y de todos los hombres. Con otras palabras, la salvación no puede ser verdaderamente descrita y vivida si se prescinde de las situaciones de explotación, de marginación y de opresión que el pecado origina en las relaciones entre los individuos, los grupos sociales y los pueblos. El camino hacia la plenitud de la vida y la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios, es difícil, por no decir imposible, si no somos liberados o no nos liberamos de estas situaciones de maldad. La profundización y la valorización de estas nuevas dimensiones de la salvación, que podemos llamar socio-políticas, se deben al hecho de que se ha reflexionado por una parte sobre un aspecto de la historia de la salvación durante mucho tiempo casi completamente olvidado, el del Éxodo, es decir, como el de un acontecimiento de liberación que ha distinguido la historia de un pueblo; por otra parte, sobre la necesidad de liberar al hombre y a los hombres de todas las formas históricas de opresión política, de explotación económica y de violencia institucionalizada que el pecado ha provocado y sigue provocando en el mundo. Esta teología, resultado también del descubrimiento del Jesús histórico, propone el Evangelio y la praxis de Jesús de Nazaret como el modelo de una salvación global, que implica a todo el hombre y afecta a la totalidad de la vida. Hoy la mayor parte de los teólogos, incluidos los del área europea y norteamericana, están convencidos de la necesidad de recuperar estos aspectos de la salvación, ya advertidos por las primeras comunidades cristianas, aunque se expresen de manera diversa, por ejemplo a través del ejercicio de la caridad fraterna. Escribe Pablo VI: "La Iglesia tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, el deber de ayudar a que se realice esta liberación, de dar testimonio de ella, de conseguir que sea total" (EN 30). No se puede, en efecto, "olvidar la importancia de los problemas, hoy tan debatidos, relacionados con la justicia, la liberación, el desarrollo y la paz del mundo. Sería olvidar la lección que nos viene del Evangelio sobre el amor al prójimo doliente y necesitado" (EN 31). No obstante, con sano realismo, Pablo VI no olvida que se puede siempre sentir la tentación de reducir la salvación cristiana a un proyecto meramente temporal, a un problema solamente antropológico, a un bienestar puramente material, descuidando toda preocupación espiritual y religiosa. De ese modo el mensaje de liberación de la Iglesia "perdería su originalidad y sería acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar en nombre de Dios la liberación" (EN 32). Con otras palabras, "la Iglesia relaciona, pero no identifica, liberación humana y salvación en Jesucristo, porque sabe por revelación, por experiencia histórica y por reflexión de la fe que no toda noción de liberación es necesariamente coherente y compatible con una visión evangélica del hombre, de las cosas y de los acontecimientos" (EN 35).
4. La salvación como reconciliación
La salvación puede también ser explicada y traducida en términos de reconciliación. Ésta, como la redención, cuenta con sus títulos de nobleza veterotestamentaria y neotestamentaria y, como la liberación, es susceptible de una acepción sociopolítica. En sí mismo el término remite a una separación a la que pone fin, a una fractura que hay que sanar o que está ya sanada. Hablando en sentido religioso y cristiano, se piensa en seguida en el pecado y en el perdón de Dios, en la reconciliación con Dios. El pecado, según la tradición cristiana, ha convertido al hombre en rival de Dios y ha establecido entre un estado de enemistad. La vuelta a lo que era el estado inicial exige por tanto la reconciliación. Dios se reconcilia con el hombre al que salva ofreciéndole, con una decisión unilateral de amor, una alianza nueva y definitiva, es decir, un ofrecimiento generosa y gratuito de amistad, de comunión, de reciprocidad. El ofrecimiento de una alianza supone una ruptura precedente, que implica a su vez una obra de reconstrucción o de restitución de una imagen perdida, olvidada, desfigurada. El pecado deja siempre una señal en la vida del hombre. La reconciliación consiste en restaurar una personalidad quebrada, en recuperar un vínculo roto o desvirtuado. Esto se realizó históricamente por medio de la muerte de Jesucristo, que borró la desobediencia de Adán, hizo las paces con la sangre de su cruz y reconcilió a los hombres con Dios (cfr. Rom 5,10-11; 17-19). Pablo resume aquí con una vigorosa síntesis la historia religiosa de la humanidad, más dramática en la medida que destaca sobre un fondo oscuro de pecado y muerte, de lo que el pecado de Adán es un signo. Pero el destino del hombre, solidario en el mal con todos los demás hombres, ha sido totalmente cambiado por la abundancia de la gracia de Cristo. Reconciliados con Dios en Cristo, los hombres recuperan su estado de filiación con las prerrogativas que comporta. La salvación consiste por eso en la restauración de la imagen de Dios, en compartir la vida divina, en ser hijos en el Hijo, en el derecho a la herencia (cfr. Jn 1,12; Rom 8,15-17; Ef 1,5; 1Jn 3,1). En cuanto reconciliación de los hombres con Dios, esta filiación en Jesucristo en relación con un Dios que es creador y padre, expresa también fraternidad y respeto a los hombres. "Si Dios nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros" (1Jn 4,11). Modelo y maestro de este amor que reconcilia a la humanidad es Cristo. No puede pues existir salvación si no existe reconciliación con los hermanos. Dios "nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo" y "nos ha confiado el ministerio de la reconciliación" (2Cor 5,17-21). Este ministerio se extiende a toda la humanidad sin distinciones de razas, pueblos y naciones. En efecto, no se puede pensar que la salvación tenga sentido, es decir, que sea plena y total, si no se tiene en cuenta a la existencia humana en todas sus dimensiones y no va acompañada de relaciones más fraternas y gestos de reconciliación. Guerras, violencias, injusticias y persecuciones alejan al hombre de Dios y por tanto de la salvación. Cada vez son hoy más numerosos los que denuncian la violencia del hombre contra el hombre, la existencia de desigualdades sociales y económicas, la explotación desordenada de los recursos naturales. De ahí que la salvación también adquiera las dimensiones de la reconciliación en la justicia y con la naturaleza, de la persona liberada de ansiedad y en paz consigo misma y con los demás hombres. Si la salvación se ha hecho historia, debe necesariamente englobar y hacer suyos todos estos aspectos de la existencia humana y darles un valor y un sentido específicamente cristianos.
5. La salvación como justificación
No se pueden tampoco olvidar los términos de justicia y justificación, sobre los que habla especialmente Pablo en sus cartas a los Romanos y a los Gálatas. En el Antiguo Testamento la noción de justicia no se refiere solamente a un cierto modo de respetar los derechos de cada uno, sino que constituye una "visión del mundo", expresa el equilibrio y la armonía con los que Dios dirige todas las cosas y a todo el universo. Dios es justo; es la fuente de esta armonía y de este equilibrio. No sólo es justo; además concede la justicia a su pueblo e interviene en su favor. La justicia de Dios se convierte así, para el pueblo de Israel, en fuente de salvación que supera todo mérito humano, porque perdona los pecados, es misericordiosa, equivale al amor (cfr. Sal 51,16; 65,6; 145,17). Liberados del pecado, los hombres son de este modo integrados en un estado armonioso que se llama justicia y que será uno de los beneficios de los tiempos mesiánicos (cfr. Is. 9,6; 61,1-3; 10-11). En su controversia con los judeocristianos, Pablo opone la justicia de las obras del hombre con la justicia de Dios, que es misericordia y salvación (cfr. Rom 10,3). El reino escatológico es pura gracia (cfr. Rom 1,17; 3,5). Dios confiere también la justicia divina al hombre gratuitamente por la muerte y resurrección de Cristo y en virtud de la fe y del bautismo (cfr. Rom 3,21-25). Pablo proclama pues la gratuidad de la justificación. Sólo hay un medio para adquirirla: la fe en Cristo (cfr. Gál 2,17; 3,24). En efecto, mientras que el fariseo presume del derecho de ser liberado de la cólera de Dios por medio de las obras, el cristiano anhela una santificación que le prepare a un estado futuro de glorificación (cfr. Rom 8,30). Por consiguiente, entre la vida cristiana de aquí en la tierra y la posesión total de Dios existe una relación. La contradicción con la carta de Santiago, que habla de justificación "por medio de las obras" (Sant 2,21-24), es sólo aparente. Pablo no consideró nunca la fe sin las obras. Él solamente se opone a los que atribuyen la justificación a las "obras de la ley". La justificación que viene de Dios no puede nunca ser legal, sino que es siempre un don gratuito de Dios. Santiago, por su parte, protesta contra una adhesión puramente intelectual y abstracta de la fe y pide que se convierta en vida.
6. Dios no nos salva sin nosotros
Los diversos modos con los que Dios salva a los hombres por medio de Jesucristo expresan claramente que la salvación cristiana en modo alguno depende de quien la busca o la espera, Todo lo que la fe cristiana anuncia sobre la salvación puede ser resumido con una frase sencilla: la salvación viene de Dios y Dios nos salva en Jesucristo, constituido por Dios mismo en autor de nuestra salvación. En este anuncio está contenido el primer y más importante testimonio de la fe que constituyó la predicación de los apóstoles. Mientras proclamaban la experiencia que habían tenido del Señor muerto y resucitado (cfr. Rom 4,25; 8,29), invitaban a los que les escuchaban a reconocer en Jesús a aquel en quien Dios salva (cfr. He 1,22; 2,14-39; 3, 12-26, etc.). La salvación cristiana, por consiguiente, es por su naturaleza "gracia". Procede de la bondad y de la iniciativa de Dios, "quien quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2,4). No depende de los hombres. Es completamente gratuita. Para el cristianismo, así como para toda la tradición bíblica, no se puede hablar de salvación sin hablar de Dios. Cristianismo y judaísmo no conocen otra salvación que no sea la que viene de Dios y sólo conocen a Dios como aquel que salva. Y esto es así porque conocen a Dios sólo por medio de la revelación que ha hecho de sí mismo en los acontecimientos. La revelación de Dios no es nunca pronunciar palabras vacías y abstractas. Sus palabras acompañan la historia, se convierten en acontecimientos. La revelación bíblica nos dice que estos acontecimientos son para los hombres eventos salvíficos. Es importante en este punto, no obstante, recordar que la gratuidad de la salvación no se traduce en una devaluación o, peor todavía, en una anulación del hombre y de lo que es humano en el hombre. Nada humano puede ser considerado extraño a la salvación. El hombre, en efecto, no sólo es el beneficiario de la salvación, sino también quien la esperaba, quien en su ser más profundo la deseaba. Dios mismo le preparó y ordenó hacia esta esperanza. Más aún, Dios le pide incluso su colaboración. Una expresión frecuente entre los cristianos dice que "Dios no nos salva sin nosotros". Es difícil darnos cuenta debidamente del alcance de esta expresión. En cualquier caso, es verdad que Dios, lejos de imponer la salvación, la propone a la aceptación activa del hombre. Bien lo expresa la revelación bíblica cuando dice que Dios invita a los hombres a establecer una alianza con él. Se trata de un ofrecimiento suyo, es un don, pero un don que considera a los hombres como interlocutores válidos y responsables, llamados a dar una respuesta, una respuesta libre, totalmente libre, que comporta posibilidades de rechazo. Una concepción de la salvación que responsabilice al hombre, que no le cierre los ojos ante sus rechazos y los fracasos de su historia, eleva al hombre a una relación activa y responsable con Dios que salva, con la sociedad donde vive, con el mundo que le rodea. Por consiguiente, si la visión cristiana de la salvación está en primer lugar en relación con la profesión de la fe en un Dios creador y salvador, ahora aparece también en íntima relación con una concepción de la existencia humana que no esconde ni su grandeza ni su miseria y que no se deja atraer ni por un pesimismo radical ni por un optimismo inoportuno. En cualquier circunstancia reclama siempre la dignidad de todo hombre y su responsabilidad personal y social.
7. Jesús indica el camino de la salvación
Es necesario en este punto precisar que todo lo que se ha dicho sobre Dios salvador y nuestra participación en la salvación es así en virtud de Jesucristo. En primer lugar por su enseñanza. Jesús no anuncia otra cosa que el reino de Dios, es decir, anuncia la salvación como encuentro y comunión definitiva de los hombres con Dios. Los tiempos están cercanos. Dios hace saber a los hombres que tienen que convertirse, que tienen que volverse al Dios vivo. No se trata ya de observar un legalismo árido ni de someterse a un ritualismo formal. Dios quiere el corazón del hombre. El culto tributado a Dios no debe separarse del servicio a los hermanos. Quien cumple el mandamiento del amor de Dios y del prójimo puede estar seguro de que su existencia produce frutos y tiene palabras de vida eterna. Las palabras de la salvación están pues abiertas a él. No todos aceptaron y compartieron esta enseñanza de Jesús. Ni el poder político, ni el religioso, ni las masas aceptaron el camino de salvación que él les proponía. Jesús fue rechazado, condenado y crucificado. Pero Dios no le abandonó. Le resucitó de entre los muertos y le asoció a su misma gloria. No sólo con su enseñanza, sino con su destino de muerte y vida indica Jesús a los hombres el camino de la salvación. Y esto es también un ejemplo, una primicia, un testimonio. Todos los hombres que lo siguen y creen que merece la pena confiar a Dios el propio destino pueden esperar que también en ellos se realizará lo que ya se ha realizado en el destino de Jesús, crucificado y resucitado por Dios. 8. Dios salva por medio de Jesucristo
Pero no es eso todo. Por la fe cristiana Jesús no es sólo el que anuncia la salvación y el primero que se beneficia de ella. Es también para todos los hombres el que la realiza. Es por excelencia el mediador de la salvación, o, en expresión de la carta a los Hebreos (cfr. 5,9), es su causa. A pesar del olvido y la cerrazón de los hombres, Dios no duda en enviar a su propio Hijo para señalarles que los caminos de la salvación siguen abiertos. Jesús es el camino. El hecho de que Jesús haya sido rechazado no cambia nada. Su resurrección lo confirma con la autenticidad de su misión. Con el don que Jesús ha hecho de sí mismo, con su servicio hecho a Dios, con su amor incondicional por nosotros, Dios sigue manifestando a los hombres su voluntad de gracia y de salvación para todos. Por tanto la fe cristiana invita a creer que Dios nos salva por medio de Jesucristo y que Jesucristo debe ser reconocido y anunciado como "el salvador del mundo" (Jn 4,42).
9. La Iglesia, sacramento universal de salvación
Todos los que profesan y practican esta fe forman la Iglesia, comunidad visible y litúrgica, instituida por Cristo alrededor de la mesa eucarística. Así entendida, la Iglesia actualiza en el mundo y en la historia la propuesta de salvación que Dios ha hecho a los hombres y sigue testimoniando que Dios no deja de realizar la obra por él realizada en la persona de Jesucristo. Por eso la Iglesia puede ser definida, como hace el Concilio Vaticano II en la Lumen gentium, como "el sacramento universal de la salvación" (48), don y signo de Cristo en la historia para la salvación de todos los hombres. Con otras palabras, aun siendo un esbozo del reino de Dios que tiene el deber de anunciar y celebrar por todas partes, la Iglesia es en el mundo signo e instrumento necesario de la salvación que Dios propone al hombre para que todos puedan descubrir el amor de Dios que se trasluce en el rostro de Cristo. Obediente hasta la muerte de cruz, fue por ello exaltado sobre cualquier otro nombre (cfr. Fil 2,8-9). La proclamación de este mensaje ante el mundo por la Iglesia tiene como objeto principal la salvación que Dios ha realizado y realiza por medio de Cristo como Señor y Salvador. La Palabra de Dios revela el misterio de Jesucristo. No obstante, sin la Iglesia Cristo no sería ni conocido ni anunciado (cfr. Rom 10,10ss.).
10. Anunciar a Jesucristo como Salvador
Como ya recordamos al principio, el decreto conciliar Ad gentes presenta la misión evangelizadora de la Iglesia de este modo: "Enviada por Dios a las gentes para ser 'sacramento universal de salvación', la Iglesia, por exigencia radical de su catolicidad, obediente al mandato de su fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres" (n. 1). El contenido de este mensaje, siempre según Ad gentes, consiste en comunicar al mundo el designio de Dios para la salvación del género humano, realizado en Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres. A esta misión está llamada la Iglesia. Tiene la obligación de anunciar "al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por él para salvar a todos" (n. 13). También Pablo VI en la Evangelii nuntiandi afirma que en la evangelización ocupa un lugar indispensable el anuncio de Cristo. Hasta el testimonio más hermoso, escribe, es insuficiente e ineficaz si no va acompañado, iluminado y justificado por un anuncio claro e inequívoco del Jesús, el Señor. "No hay evangelización verdadera si el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, hijo de Dios, no son proclamados" (EN 22). El núcleo central de esta proclamación consiste en el acontecimiento Jesucristo, Hijo de Dios, crucificado, muerto y resucitado por la salvación de todos los hombres. En él, en efecto, se ha cumplido la plena y auténtica liberación del mal; en él Dios ha dado la "vida nueva" a los hombres. Esta es la buena nueva que cambia al hombre y la historia del hombre y que todos los pueblos tienen derecho a conocer. En el centro de este mensaje, por tanto, está la salvación, divina y eterna, que Dios ofrece a todo hombre en Jesucristo. Se trata de una salvación que comienza con absoluta certeza en esta vida terrena y que encuentra su realización en la eternidad (cfr. EN 27). La invitación de Pablo VI al considerar la salvación realizada por Jesús es a que superemos las viejas dicotomías. En Jesús el aspecto espiritual y material de su Evangelio son un único evangelio. Toda alternativa es insostenible. Venido al mundo para curar a las almas y guiarlas a Dios, cura los cuerpos para curar a las almas (cfr. Mt 9,21-22). Lo que Jesús hace es siempre una curación total. No existe alternativa entre dimensión vertical de la fe y dimensión horizontal del amor. También la encíclica de Juan Pablo II sobre la misión, la Redemptoris missio, subraya, deteniéndose en las diversas formas de evangelización, que inmediatamente después del testimonio, que es con frecuencia el único modo posible de evangelizar (cfr. 42), viene el anuncio de Cristo Salvador (cfr. 44). Este anuncio tiene una "prioridad permanente en la misión". No puede ser descuidado ni olvidado, pues la Iglesia "no puede privar a los hombres de la buena nueva de que son amados y salvados por Dios" en Jesucristo. Esta proclamación es central e insustituible, porque "Cristo es el único salvador de todos, el único capaz de revelar a Dios y llevar a Dios" (n. 5). Todas las formas de actividad misionera tienden por tanto hacia esto.
Pistas de reflexión
• ¿Qué imágenes teológicas analizadas en este capítulo se consideran más aptas para el anuncio de la salvación en la realidad donde trabajas? ¿Cómo proponerlas de manera eficaz? • ¿Qué aspectos consideras irrenunciables para una auténtica "aplicación de la salvación", aunque te esfuerces al mismo tiempo en responder a los anhelos y las esperanzas concretas de la gente? • La salvación de Dios es gratuita, pero exige el empeño humano. ¿Cómo armonizas estos dos elementos, aparentemente contrapuestos, en tu ministerio misionero? • ¿La fe en Cristo y su centralidad en el misterio de la salvación constituye un elemento fundamental en tu predicación y catequesis? ¿Qué pedagogía utilizas para hacer más eficaz tu anuncio de Cristo? |
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