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| V. Algunos reflejos de una única verdad |
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| Escrito por Consolata.org | |
| 22.02.2006 | |
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1. ¿Hay salvación en cualquier religión?
El anuncio de Cristo, el Salvador, íntimamente relacionado con el anuncio del reino de Dios y de sus valores, aclara dos concepciones de la evangelización, consideradas erróneas. La primera fue afrontada por Pablo VI cuando en la Evangelii nuntiandi invita a no caer en la tentación de reducir la misión a un proyecto puramente temporal y antropológico, que descuida toda preocupación espiritual y religiosa y tiende a reducir la salvación a las necesidades terrenas del hombre. En este caso el mensaje cristiano de liberación "no tendría ninguna originalidad y terminaría fácilmente siendo acaparado y manipulado por sistemas ideológicos y por partidos políticos", poniendo de este modo en discusión el propio concepto cristiano de salvación (n. 32). Más controvertida aún es la segunda concepción, definida reino-céntrica. Considera la misión de la Iglesia dirigida solamente a promover el reino de Dios y sus valores. La intención de esta concepción consiste en favorecer el diálogo entre los diversos pueblos, culturas y religiones. A nosotros nos interesa especialmente el aspecto religioso. En este sentido el Concilio Vaticano II fue previsor e innovador. Según la declaración Nostra aetate, en todas las religiones existen valores que merecen la atención y la estima de los cristianos. Sus experiencias religiosas y sus tradiciones contienen cosas verdaderas y buenas que llevan al contacto con Dios. Por eso la Iglesia advierte la necesidad de considerar "con sincero respeto los modos de obrar y vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (n. 2). Juan Pablo II ha insistido varias veces en este tema. En su primera encíclica, la Redemptor hominis, recuerda que el Concilio está lleno de profunda estima a los valores espirituales de las demás religiones y resalta que los Padres de la Iglesia ya vieron en ellas numerosos "reflejos de la única verdad", lo que demuestra la profunda aspiración del espíritu humano orientada, por diversos caminos, en una única dirección hacia la búsqueda de Dios (cfr. n. 11). Veinte años después de esta su primera declaración en la Redemptor hominis, dice con mucho énfasis que "el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia". Ello no se contrapone a la misión ad gentes, sino que más bien es un método y un medio para un conocimiento y un enriquecimiento recíprocos. Pero a partir de un punto inconmovible, el de que la salvación viene de Cristo y que además el diálogo no exime de la evangelización, de proclamar sin titubeos que Jesucristo es el único salvador del mundo y que la Iglesia es el camino ordinario de salvación (cfr. n. 55). Bajo estas afirmaciones está latente un problema difícil. Juan Pablo II lo resume al comienzo de su encíclica misionera haciendo algunas preguntas: "¿Sigue siendo actual la misión entre los no cristianos? ¿No queda quizá sustituida por el diálogo interreligioso?... El respeto de la conciencia y de la libertad, ¿no excluye cualquier propuesta de conversión? ¿No puede haber salvación en cualquier religión? ¿Para qué pues la misión?" (n. 4).
2. ¿Algo parecido a una "revolución copernicana"?
Deseando dar una solución a esta pregunta, algunos teólogos han querido elaborar una teología cristiana de las religiones diversa de la enseñada por la Iglesia. Punto de partida de esta teología es la universal voluntad salvífica de Dios. Dios quiere que todos los hombres se salven, y por tanto Dios tiene para toda la humanidad un plan de salvación, que no necesariamente pasa a través de Cristo y de su Iglesia. La nueva teología de las religiones rechazará, a partir de esta consideración, la necesidad de relacionar la salvación directamente con Cristo y la Iglesia. La salvación sería en primer lugar una acción de Dios, y justamente por eso, por la universalidad de su plan de salvación, Dios obraría indistintamente en todas las religiones y las convertiría en caminos normales de salvación. Esto quiere decir que tiene lugar algo parecido a una "revolución copernicana": del mismo modo que durante muchos siglos se creyó que el sol giraba alrededor de la tierra y no la tierra alrededor del sol, así, tras haber creído durante muchos siglos que Cristo y la Iglesia estaban en el centro de la salvación y que las demás religiones debían girar alrededor del cristianismo, hoy habría que reconocer que el centro sobre el que giran todas las religiones, incluido el cristianismo, es Dios mismo. Llevada al extremo y radicalizada, esta teología, llamada del pluralismo teocéntrico, podría inducir al abandono de la pretensión del cristianismo de ser "la única religión verdadera". La religión cristiana sería una más entre las religiones y Cristo uno más entre los salvadores enviados por Dios a la tierra. Por tanto, serían múltiples los caminos e itinerarios que llevan a Dios. Hemos resumido de forma muy rudimentaria un discurso muy complicado y difícil. Las varias tendencias teológicas y las diversas tentativas de solución no pueden abarcar los múltiples problemas en ebullición que tienen que ver con la teología de las religiones y el diálogo interreligioso. Es necesario en primer lugar recordar que, en relación con esto, los documentos de la Iglesia, a pesar de los progresos hechos en el campo teológico, parecen mirar a las demás religiones con tal sentido de autosuficiencia que parecen concederles benignamente algunos valores espirituales y humanos. No obstante, estos documentos, que son ya numerosos, suscitan también algunos interrogantes nuevos que parece que no tienen solución: ¿Hasta qué punto las demás religiones son caminos de salvación? ¿Qué elementos "de verdad y de gracia" contienen? (cfr. AG 9). ¿Existe o no una complementariedad recíproca? Y aún más: ¿Es posible la salvación también fuera de la Iglesia o se trata solamente de una excepción? ¿Existe o no un misterio de amor más grande que nuestro corazón, capaz de incluir a todos los que se adhieren en diversos modos y medida al reino predicado por Jesús? ¿Es la misión sustituida por el diálogo interreligioso o siempre es indispensable el anuncio directo del Evangelio? Los interrogantes no faltan y ponen en cuestión la obra misma de la misión y de los misioneros. Esos pueblos lejanos, en otro tiempo llamados paganos e infieles, tienen ahora una identidad cultural y religiosa y caminan por nuestras calles y nuestras ciudades. Sus culturas y religiones nos ofrecen valores antiguos, ricos en símbolos fascinantes, dignos de nuestra consideración y de nuestro respeto. Se habla, por tanto, como invita a hacer el Concilio, de diálogo interreligioso. Ahora bien, ¿qué clase de diálogo?
3. La Iglesia, camino ordinario de salvación
El desarrollo de la teología ha modificado sensiblemente el significado de la fórmula "fuera de la Iglesia no hay salvación". Durante mucho tiempo esta fórmula fue usada convencidos de que todos los hombres, a causa del pecado, estaban destinados a la condenación eterna. Solamente quien acogía la invitación a la conversión y entraba con el bautismo a formar parte de la Iglesia podía esperar salvarse. Todavía en 1442 el Concilio de Florencia, en la profesión de fe para la unión de la Iglesia copta, afirmaba: "Ninguno de los que están fuera de la Iglesia católica, no sólo paganos, sino también judíos, herejes o cismáticos, podrán obtener la vida eterna, sino que irán al fuego eterno... Ninguno, por muchas limosnas que haya hecho y aunque hubiera derramado su sangre por el nombre de Cristo, se puede salvar si no permanece en el seno y en la unidad de la Iglesia católica" (DS 1351). Esta concepción procedía no sólo de una visión unilateral y parcial de la Iglesia, sino también de la certeza de que para entonces el Evangelio había sido ya anunciado a todo el mundo y que por tanto la falta de fe dependía de un rechazo de la palabra de Dios. Los grandes descubrimientos geográficos, la multiplicación de los contactos entre los pueblos, el encuentro con religiones diferentes han ido gradualmente modificando el horizonte en el que esta fórmula apareció. Antes aún, pero especialmente en el Concilio Vaticano II con la constitución Lumen gentium, se han puesto las premisas para un discurso más rico, madurado en una reflexión sobre la naturaleza de la Iglesia y exigido por la complejidad y la globalidad de los acontecimientos. "Pues quienes ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna" (n. 16). Es decir, el Concilio confirma la convicción de que el Espíritu Santo "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual", que en el corazón de todo hombre "actúa invisiblemente la gracia" (Gaudium et Spes 22), y que la Iglesia no puede sentirse extraña a la acción de Dios que quiere que todos los hombres se salven. Por consiguiente, como resulta fácil intuir, el diálogo con las demás religiones plantea numerosos problemas al anuncio de que Cristo es el único salvador de los hombres. Con el deseo de dar una respuesta a estos problemas, la encíclica Redemptoris missio confirma las posiciones tradicionales de la eclesiología postconciliar, para la cual, independientemente de las formas de diálogo, nunca puede faltar el anuncio de que la salvación viene de Cristo y que la Iglesia es su camino ordinario. Aparecen no obstante preguntas difíciles, a las que ya hemos aludido. ¿En qué medida las diversas tradiciones religiosas son también caminos de salvación? ¿Lo son con o sin Cristo, con o sin la Iglesia? ¿Cómo reconocer en ellas los signos de la presencia de Cristo? ¿Cuál es el sentido verdadero y profundo de la revelación de Dios en la historia de la humanidad? ¿Cómo se debe entender e interpretar el designio según el cual "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"? (1Tim 2,4)? Preguntas inquietantes e ineludibles, hasta el punto de convertirse en objeto de la investigación teológica más viva de nuestro tiempo. La compleja relación de reciprocidad entre diálogo y anuncio se precisa más en el documento Diálogo y anuncio (DA) del Consejo Pontificio para el Diálogo interreligioso y de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, publicado el 19 de mayo de 1991, apenas cinco meses y medio después de la encíclica misionera de Juan Pablo II (7 de diciembre de 1990). En el documento, los dos temas, en apariencia contrapuestos, se insertan en la compleja realidad de la misión evangelizadora de la Iglesia. El anuncio "es la comunicación del mensaje evangélico, el misterio de salvación realizado por Dios para todos en Jesucristo, con el poder del Espíritu, es una invitación a un compromiso de fe en Jesucristo, una invitación a entrar por medio del bautismo en la comunidad de los creyentes que es la Iglesia" (DA 10). El diálogo es a su vez parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia, pero es siempre diverso del anuncio. Cada uno conserva su finalidad específica, aunque la compleja realidad de la evangelización incluya a los dos. Lo que resulta significativo en el documento Diálogo y anuncio, de alguna manera nuevo, es que el diálogo interreligioso no se funda solamente en una genérica valoración positiva de las demás tradiciones religiosas, sino también en algunos textos de los Padres de la Iglesia, que ofrecen una especie de teología cristiana de la historia. Según esta teología, Dios se ha manifestado a la humanidad a través de una larga serie de acontecimientos , culminados en la encarnación del Hijo de Dios. Juan Pablo II, yendo más allá, reconoce explícitamente la presencia universal del Espíritu que actúa no sólo en la vida de los miembros de las demás religiones, sino en el mundo entero, "sin límites de espacio ni de tiempo" (cfr. RM 28-29). El Papa habla al respecto de un "misterio de unidad" fundado tanto en el origen común y en el mismo destino de la humanidad en Dios, como en la salvación universal en Jesucristo y en la presencia en todas las cosas del Espíritu. "De este misterio de unidad —afirma el documento Diálogo y anuncio— se deriva que todos los hombres y todas las mujeres que se han salvado participan, aunque de modo diferente, del mismo misterio de salvación en Jesucristo", gracias a la acción invisible de su Espíritu y a través de caminos conocidos sólo por Dios. Las diversas tradiciones religiosas no constituyen en cuanto tales un obstáculo a la salvación. Sus miembros son salvados por Cristo no a pesar de y fuera de ellas, sino que reciben de Cristo la salvación —aunque no le reconozcan explícitamente como su Salvador— cuando siguen fielmente los dictados de la propia conciencia y ponen en práctica lo que en sus tradiciones es bueno y santo" (cfr.DA 29). Todo esto es posible porque la Iglesia, sacramento universal de salvación, es decir, signo e instrumento de gracia en las manos de Dios que salva, mantiene una misteriosa y compleja relación con el reino de Dios anunciado por Jesús. Siendo ella el sacramento en el que el reino de Dios está ya presente misteriosamente, también los miembros de otras tradiciones religiosas pueden estar "misteriosamente" orientados hacia la Iglesia. Y no sólo eso. Comoquiera que el reino de Dios es en la historia una realidad mucho más amplia de la Iglesia, comparten ya de alguna manera la realidad significada por el reino" (DA 35). La idea de que no hay salvación fuera de la Iglesia queda superada de este modo, aunque siga existiendo una misteriosa relación con ella, por lo menos de acabamiento y perfección, al habérsele confiado la plenitud de la revelación de Dios en Jesucristo (cfr. DV 89).
4. Jesús, el Señor, único Salvador del mundo
Esta lectura, muy resumida sin duda, de los principales documentos postconciliares sobre el tema del diálogo interreligioso y del anuncio misionero, debe revisarse a la luz de la declaración Dominus Jesus del 6 de agosto de 2000, publicada por la Congregación de la Doctrina de la Fe y ratificada por Juan Pablo II, donde se confirma que Jesucristo es el único salvador del mundo y que "la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor" (n.16). Volviendo a exponer la doctrina de la fe católica sobre la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Cristo, la declaración señala "algunos problemas fundamentales que siguen abiertos a posteriores indagaciones" y confuta "determinadas posiciones erróneas o ambiguas" que tratan de justificar el pluralismo religioso, poniendo así en peligro el perenne anuncio misionero de la Iglesia (cfr.n. 3-4). No es necesario recordar que la declaración ha suscitado reacciones negativas en las comunidades hebreas y musulmanas e incluso en las Iglesias de la Reforma, que temen un cambio de posición en relación con el Concilio Vaticano II. Pero para quien conoce el magisterio de la Iglesia católica, no hay en ello novedades sustanciales. Incluso parece, como ha expresado el cardenal Ratzinger, que la declaración quiere sobre todo "ser una invitación a todos los cristianos a abrirse nuevamente al reconocimiento de Jesucristo como el Señor", en un momento en que "la fe en Cristo corre el riesgo de enfriarse". El auténtico tema del documento es pues la afirmación de que "Jesús es el Señor", y no, como han subrayado muchos, el final del compromiso ecuménico y del diálogo interreligioso. La Congregación para la Doctrina de la Fe, partiendo de la afirmación de que "Jesús es el Señor" —un título que expresa la realización de las promesas contenidas en el Antiguo Testamento en Jesucristo y que constituye una característica de la fe cristiana— también ha confirmado que "es errónea la opinión que considera a las diversas religiones como caminos complementarios de la Iglesia en orden a la salvación". En una reciente intervención (26 de febrero de 2001), el cardinal Ratzinger ha vuelto a recordar que no sólo la Iglesia es el único camino para salvarse, sino que "no tiene ningún fundamento en la teología católica considerar a las demás religiones caminos de salvación, entre otras cosas porque en ellas hay lagunas, insuficiencias y errores que se refieren a las verdades fundamentales sobre Dios, el hombre y el mundo".
5. El anuncio misionero
Es pues evidente que los documentos del magisterio y la reflexión de muchos teólogos que tratan de abrir caminos nuevos y concretos de diálogo y de oración con las demás religiones, han creado fuertes tensiones sobre todo en la Iglesia misionera. Pero si por una parte la Iglesia tiene el deber de precisar los fundamentos teológicos necesarios para asegurar a los fieles la integridad del depósito de la fe, por otra es obligación de los misioneros, especialmente de los que viven y trabajan en contacto directo con las grandes tradiciones religiosas de Oriente, ser cautos y por lo menos posibilistas al indicar los elementos que las diversas religiones que son compatibles con la visión cristiana de la salvación. Sea como fuere, sigue siendo una deber eminentemente misionero proclamar que Dios, creador y señor del universo, ha intervenido personalmente en la historia de los hombres y lo ha hecho de forma admirable por medio de la persona y el ministerio de Jesús de Nazaret, el señor de la historia, el salvador de todos los hombres. En Jesús, que se hizo hombre por nosotros, que fue crucificado y resucitó, se ha inaugurado el reino de Dios, que no se puede definir simplemente por su eficacia o sus resultados, sino más bien por su misma naturaleza, la de ser mediación del amor de Dios en Jesucristo, que transforma y renueva la vida de la humanidad. Se trata de una hermosa y gran noticia. Al hombre, que busca fatigosamente a Dios, no le valen las mediaciones más o menos milagreras. Le vale lo esencial. Lo fundamental del anuncio ha sido y sigue siendo una persona, Jesús de Nazaret, por medio del cual Dios ha manifestado su amor a los hombres y ha inaugurado su reino. Para el misionero este anuncio no es nunca un hecho personal ni una proclamación de las propias ideas y estrategias, sino un depósito vivo y precioso que debe comunicar con fidelidad. "Enviada a evangelizar, la Iglesia envía a su vez a los evangelizadores. Pone en sus labios la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y los envía a predicar, pero no a predicar sus propias personas o sus ideas personales, sino un Evangelio del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para disponer de él a su arbitrio, sino ministros para transmitirlo con fidelidad total" (EN 15; RM 45). El anuncio de Cristo Salvador no es, por otra parte reducible al anuncio de una sabiduría puramente humana, como una ciencia de sano vivir. "En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una gradual secularización de la salvación, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina" (RM 11). El anuncio de Cristo Salvador es también una invitación a mirar con ojos nuevos la historia del mundo y de los hombres, para descubrir en los acontecimientos y en las personas la referencia a Cristo y a que es "Dios con nosotros". Con el acontecimiento Jesucristo, Dios se sumerge en la historia humana y realiza una misionalidad que sobrevuela sobre los acontecimientos en los que viven los destinatarios del anuncio. La salvación que Dios ofrece al hombre en Jesucristo se une estrechamente así a la vida humana, a los contenidos y las expectativas de fe reales y concretas. La historia del hombre se convierte en historia de Dios que salva. Finalmente, el anuncio es un misterio indispensable. No es un accesorio facultativo de la evangelización, sino un deber que incumbe a la Iglesia. "Es un mensaje necesario, único, insustituible... Está en cuestión la salvación de los hombres" (EN 5). No se puede suponer simplemente que la misión evangelizadora de la Iglesia incluya en todo lo que hace y dice también el anuncio de Cristo Salvador. Debe hacerse explícitamente y proclamarse esto de manera "clara e inequívoca" (EN 22). Toda persona tiene derecho a oír la buena nueva. "¡Ay de mí si no evangelizara!", escribe San Pablo a los cristianos de Corinto (1Cor 9,16). "No podemos callar" (Act 4,20), decían Pedro y Juan dejando perplejas a las autoridades del pueblo de Israel. Esta revelación, la revelación del designio misericordioso de Dios, caería en el vacío, en un campo estéril, si no respondiera también a las expectativas del hombre. "Jesús es el esperado de las gentes y su salvador" (AD 8). Sería difícil, por no decir imposible, hablar de salvación si ésta no encontrara en el hombre una correspondencia real y no le revelase el significado de sus aspiraciones más profundas. "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22). Comentando este paso de la constitución conciliar Gaudium et spes, Juan Pablo II recuerda que Cristo es el hombre perfecto que, asumiendo nuestra naturaleza, humana, restituyó a los hijos de Adán su semejanza con Dios y los elevó a una dignidad sublime. "El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con sus manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre" (RH 8). Más adelante, tras haber subrayado que el amor es más fuerte que la muerte y más grande que el pecado y que la debilidad humana, Juan Pablo II escribe que el hombre no puede vivir sin amor. "Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio". El hombre encuentra así su grandeza y su dignidad, y la proclamación de la Palabra que salva constituye el primer servicio que la Iglesia puede ofrecer a todo ser humano y a la humanidad entera (cfr. RH 10). En este anuncio, destinado a todos los pueblos y confiado por Cristo a su Iglesia consiste la misión.
Pistas de reflexión
• ¿Cómo respondo a quien dice que no es necesario predicar a Cristo y adherirse a él, pues todas las religiones son "iguales" y todas llevan a la misma salvación? • ¿Cuál es el elemento específico que Cristo y la Iglesia ofrecen en una economía de salvación? ¿Cómo explico que la Iglesia es sacramento universal de salvación? • ¿Hace que sea inútil el diálogo con las religiones la necesidad de predicar a Cristo Salvador? ¿Son realidades compatibles evangelización y diálogo? ¿De qué modo? |
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