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P. Marques Francisco 1923-2001 Imprimir E-mail
Escrito por P. Mário Alves da Silva   
22.02.2006

 Hijo de Faustino y de Maria Rosa, nació en Caldelas, una aldea de la parroquia de Caranguejeira (Leiria), el 1 de noviembre de 1923, fiesta de Todos los Santos.

 De familia pobre, muy pronto tuvo que dejar los bancos de la escuela para trabajar como carpintero. Su hermano Manuel entraba entonces en el seminario de los franciscanos y Francisco trabaja para pagarle la pensión.

 Es miembro de la Acción Católica y se convierte en uno de los fundadores de la sección juvenil del movimiento en su pueblo. La Acción Católica es su escuela de formación humana y espiritual, y aquí nace su vocación misionera.

 El 12 de agosto de 1944 conoce al P. Giovanni De Marchi, quien acababa de fundar el Pequeño Seminario de la Consolata en Fátima, y entra inmediatamente a formar parte del mismo. Hace el noviciado en la Certosa de Pesio y emite la profesión religiosa el 31-12-1950. Estudia teología en Turín.

 En 1955 es ordenado sacerdote y comienza a trabajar como profesor y asistente en la casa de Biadene, en Italia. En 1860 es destinado a Mozambique y durante cinco años es vicepárroco en la misión de Matola Rio.

 Vuelto a Portugal, es párroco en Lisboa de 1965 a 1968 y seguidamente superior-ecónomo en las casas de Vila Nova (1968-1974) y Fátima (1974-1978). De 1978 a 1979 participa en un curso de formación en París.

 De nuevo en Portugal, se compromete decididamente en las actividades de formación, animación y promoción vocacional. Recorre numerosas parroquias del norte y del centro del país animando a los fieles al compromiso misionero.

 Utiliza con acierto sus cualidades oratorias predicando en centenares de fiestas patronales, guiando retiros, cursillos de cristiandad, del Mundo Mejor, retiros a los esposos y cursos bíblicos.

 La Biblia era su libro preferido, el manual de todos los momentos. Siempre tenía lista las citas oportunas de la Sagrada Escritura en los momentos de discusión. Su predicación era radical: pocas florituras y mucha doctrina: la Biblia y el Concilio.

 Hay que añadir que cuidaba mucho las cosas materiales de la comunidad donde vivía. En muchas ocasiones fue administrador y estuvo al frente de muchas construcciones. En carpintería, ebanistería y reparación de ciertas máquinas era un auténtico perito. Solía decir: "Mi inteligencia está en la punta de los dedos".

 En 1996, a la edad de 73 años, vuelve de nuevo a Mozambique, donde es nombrado superior de la casa de Beira y luego trabaja en Lichinga.

 Vuelto a Portugal de vacaciones y con problemas de salud, pasa los últimos meses de su vida en Fátima. A pesar de todo, brinda su colaboración generosa como confesor en el Santuario. Se siente feliz así. Ama con ternura a la Virgen y por la tarde se le suele ver siempre de paseo, con el rosario en la mano, camino de la capilla de las apariciones.

 El 22 de agosto del 2000 el P. Francisco es internado en el hospital universitario de Coimbra, donde se le opera de un tumor en el páncreas. El mal avanza y sólo un milagro podría salvarle. Su hermano Manuel, franciscano, residente en Coimbra, le acompaña durante todo el período de convalecencia e informa diariamente a nuestra comunidad sobre el proceso de la enfermedad.

 El 12 de octubre deja el hospital y vuelve a la comunidad. Su rostro se ilumina con una gran alegría y vuelve a revivir en la medida que la enfermedad se lo permite. Se une a la comunidad para la oración, la eucaristía y la comida, pero las fuerzas merman y un día no puede levantarse de la cama. Todos los hermanos de la comunidad tratan de ayudarle.

 El 3 de enero de 2001, víctima de una fuerte diabetes, vuelve al hospital de Torres Novas, pero a pesar de los cuidados que se le aplican no puede superar la crisis. El 10 de enero, a las 22.00 h., entrega su alma a Dios. Se va serenamente, tras apagarse como la llama de una lámpara.

 El 12 de enero se celebra el funeral en la capilla del seminario de Fátima, presidido por Dom Serafim Ferreira e Silva, obispo de Leiria-Fátima. Concelebran 60 sacerdotes diocesanos y religiosos, sobre todo Misioneros de la Consolata y Franciscanos. En los bancos, al lado de los familiares, se encuentran las Misioneras de la Consolata y hermanas de otras congregaciones.

 Durante el rito, el P. Luis Ribeiro Tomás, superior regional, traza un pequeño perfil del hermano difunto. El P. Francisco descansa ahora en nuestra capilla del cementerio de Fátima.

P. Jaime Marques

y Redazione del Da Casa Madre

Testimonios

UN BUEN RELIGIOSO

Conocí al P. Francisco Marques cuando los Misioneros de la Consolata abrieron el Seminario de Fátima. Él era mayor que nosotros. Cuando nos hacía observaciones en el estudio o en los trabajos, en la capilla o durante los recreos, las aceptábamos como si procedieran del asistente. Para mí fue un hombre de carácter fuerte, dispuesto a hacer frente a cualquier dificultad, sin miedo. Hacía observaciones cuando consideraba que eran necesarias. Sabía valorar el tiempo, por lo que cuando las conversaciones no eran útiles o necesarias, las interrumpía y se dedicaba a otro quehacer. En vacaciones me invitaba alguna vez a acompañarle. Recorríamos tres kilómetros a pie para ir a la misa y al volver, después del desayuno, íbamos a los campos a trabajar, a regar las plantas y los sembrados de alubias o patatas.

 Ante de entrar en el seminario había sido carpintero y era tan hábil en el oficio y tan perfecto que lo que hacía tenía la garantía de la duración. Era admirable en la elaboración de sillas, mesas y bancos, ventanas o puertas, hasta el punto de ser alabado por personas competentes en el oficio.

 Como religioso, sin descuidar nunca las ocupaciones materiales y dar buen ejemplo, se preocupaba especialmente de intensificar la vida espiritual y sacrificaba horas de descanso para atender a sus deberes de buen religioso. Tenía una devoción filial a la Virgen María. Recuerdo su primera misa. Era feliz, algo que se vislumbraba en su rostro y toda su persona. Al hablar a la gente presentó sus compromisos: ser siempre coherente en su vida sacerdotal, con todo lo que había prometido, y ser puntal en la vida sacerdotal y pastoral en los compromisos que aceptara con las personas.

 Se esforzó en vivir el espíritu de la formación permanente y le gustaba participar en cursos de formación, y cuando no podía participar en ellos personalmente, pedía a los cohermanos que le informaran sobre los temas tratados. Le gustaba leer libros, revistas y periódicos de contenido espiritual y útil.

 Fue un religioso que supo vivir su vida consagrada intensamente, con alegría, con valentía y perseverancia, superando las dificultades y ayudando a las personas necesitadas durante toda su vida. No era insensible al dolor de los demás y comprendía a las personas que se encontraban sufriendo las pruebas de la vida.

 Que el Señor le haya dado la recompensa y nos ayude a saber vivir como él vivió, con fe y valentía.

H. Albino Henriques

Cuánto me complace recordarle

 Mis encuentros con el P. Marques fueron muchos, pero siempre ocasionales. Generalmente se producían al pasar mis vacaciones y visitar su comunidad. Me recibía con mucha cordialidad, sin formalidades exageradas, comenzando en seguida a dialogar sobre temas de teología, pastoral y cultura general. De este modo pude conocer a este misionero que me impresionó, influyó en mí y me dejó impresa una huella hermosa que estimo mucho.

 

Hombre con ambición cultural

 El P. Marques vivía en continua formación permanente, deseoso y sediento de saber y de estar al día. Desde los tiempos de seminarista conservaba el interés por la lectura. Le gustaba seguir de cerca la vida de la Iglesia de Portugal y del mundo y éstos eran los criterios que le guiaban en la elección de los programas de televisión. Era el primero en leer las revistas que contenían novedades y temas de religión y teología que llegaban a la comunidad, deteniéndose en lo que podía interesarle y sobre lo cual hacía comentarios con sus cohermanos. Solía quejarse a menudo de que la biblioteca de la casa estaba a desmano, poco surtida y no muy actualizada.

Hombre de profundas convicciones

 La conversación con él adquiría pronto tono candente, pues solía reducir cuestiones complejas a fórmulas sencillas, consideradas ingenuas o simplistas por sus interlocutores, lo que les hacía indiferentes al debate establecido.

 Era un hombre de convicciones arraigadas que defendía con tenacidad. No es que fuera por ello un conservador que se atrincherara en posiciones de las que no se moviera un milímetro. Eso sí, se rendía sólo cuando se sentía intelectualmente y racionalmente convencido. Su preocupación consistía en intentar llegar a la verdad, y por esto leía y estudiaba.

 No le gustaban las habladurías ni las conversaciones frívolas, las crónicas de sociedad o las discusiones sobre deportes, todo lo cual consideraba tiempo perdido.

Un hombre de mensaje

 Amaba el ministerio sacerdotal y lo vivía en sentido pleno, siempre dispuesto a ofrecerse a las actividades más duras, menos aceptadas por otros. Dirigía novenas, misiones al pueblo y sermones que los hermanos le cedían con mucho gusto. En este trabajo apostólico se esforzaba en dar una "doctrina sólida", explicando la verdad y combatiendo los errores. Se entristecía ante la ignorancia de la gente en temas de fe, evidente en usos y costumbres, y trataba de corregirla. De este celo provenían algunas dificultades que tuvo con comunidades litúrgicas: quería ver cambiadas las cosas. Su disponibilidad en la pastoral llamó la atención de los párrocos a los que ayudaba y que continuamente le llamaban para diversos servicios religiosos. El día de su funeral fueron muchos los párrocos y fieles que le demostraron con su presencia la estima que le tenían y le agradecían así su colaboración como sacerdote.

Hombre de misión

 Los primeros años de su ministerio lo pasó en Mozambique, pero su misión principal fue la de trabajar en la animación misionera y vocacional en Portugal. Fue asiduo y constante en este trabajo, donde dejó su impronta personal, pues fue también un innovador de métodos y programas.

 Trataba de aumentar las vocaciones para nuestros seminarios y se interesaba en dar a los candidatos una formación sólida.

 Amaba tanto las misiones que a la edad de 70 años se ofreció para volver a Mozambique. En estas misiones se dedicó totalmente a un trabajo apostólico que agotó sus fuerzas hasta la última gota, y por eso volvió a su patria exhausto.

Hombre de pobreza

 En todas las casas donde trabajó estuvo preocupado en practicar una vida de economía y de ahorro. Incluso cuando no era ecónomo se preocupaba de la economía.

 Protestaba en la comunidad cuando advertía exageraciones, algún derroche o lujo. Sufría cuando veía negligencia en el uso de los bienes de la comunidad y descuido de los objetos de la casa.

 Como carpintero, profesión que había ejercitado antes de entrar en el Instituto y que nunca dejó de practicar ocasionalmente, había aprendido a buscar la perfección en los trabajos bien acabados. Cuando se le pedía un armario o una mesa, un banco para la iglesia o una silla, quería que no sólo se tuviera en cuenta la apariencia, sino también el precio y la funcionalidad. Estaba siempre atento al modo de ahorrar y hacer economía.

 El P. Francisco manifestaba ser una persona inquieta e insatisfecha, pues estaba siempre en busca de algo que todavía no había logrado, es decir, buscaba siempre lo que era más perfecto. Le recuerdo con admiración y gratitud como hombre de Dios, como un gran misionero.

 P. Luis Tomás

 Conocí al P. Francisco Marques en Ermesinde inmediatamente después de mi ordenación sacerdotal en 1979. Se me había encargado la formación y el P. Francisco fue nombrado director de la casa. Desde el primer momento me di cuenta de que era un hombre de acción, organizado, exigente y misionero de auténtico temple.

 Algunos miembros de la comunidad estaban impresionados por su carácter duro y su modo de hacer, pero yo le aprecié siempre como una persona abierta al diálogo, como consejero prudente, dispuesto a compartir ideas y planes de acción. Dos años después se le encargaron otras actividades y yo tomé la dirección de la casa.

 Durante veinte años vivimos separados, él en Mozambique y yo en Brasil, pero mantuvimos correspondencia epistolar, especialmente con motivo de fiestas y aniversarios.

 Cuando dejé Brasil y se me encargó la dirección de la casa de Fátima volví a encontrarle de vuelta de Mozambique, enfermo y achacoso, algo que trataba de disimular.

 Estuve a su lado en los últimos meses de su vida y me impresionó su deseo de vivir y la fuerza que manifestaba contra la enfermedad que le iba minando. Terminó como había vivido. Sólo los últimos días se abandonó a los cuidados de los cohermanos sin quejarse, aunque persistía en él la férrea voluntad de vivir.

 Agradezco al Señor los ejemplos que recibí de él. Todos sabemos que querríamos ser diversos a como somos, y a veces quisiéramos también que los demás fueran diversos a como son. Del P. Francisco quiero decir que sería injusto si pidiera que fuera diferente a como era, sobre todo en lo que demostró ser en la última y difícil fase de su vida.

 Sé que mi oración por su alma ha sido escuchada, la de que se abran para él las puertas del cielo. Y del cielo espero recibir ayuda, ánimo y fuerza en el camino hacia la eternidad.

 P. Mário Alves da Silva