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| H. Volpato Guerrino 1915-2001 |
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| Escrito por P. Guido Guerra | |
| 22.02.2006 | |
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Nació el 5 de junio de 1915 en Piombino Dese (PD), de Giuseppe y Regina Montini. Entró en el Instituto en 1928 y se consagró al Señor con la profesión religiosa en 1935. Durante trece años trabajó en Italia como portero, recadista, hortelano, sacristán..., en las casas de Turín, Casellette, Cereseto y Parabita. En 1948 parte rumbo a Argentina y en la misión de Pirané puede expresar su espíritu misionero con los indígenas pobres y marginados del Chaco. Escribiendo al P. Vittorio Sandrone, vicesuperior general, dice: "Colaboro con el P. Buratti en dar catecismo a los jóvenes, etc. Siempre en movimiento, desde por la mañana a las 6.00 h hasta por la tarde a las 19.00. Luego los indispensables trabajillos caseros y el tiempo vuela... cansado y contento, aunque me aflija el reumatismo, que ya ni lo siento. Desde que estoy en la misión he aprendido a hacer muchas cosas y bendigo a Jesús y la Santísima Consolata por haberme hecho religioso, misionero de la Consolata" (1-8-1947). Con sacrificio y espíritu caritativo, trata de socorrer y dar respuesta a las numerosas necesidades materiales de aquella gente, y con su palabra espiritual y fraterna prepara el terreno para su encuentro sacramental con el sacerdote. Se siente animado por verdadero espíritu sacerdotal, hasta el punto de que la gente le llama "padre hermano". Escribe al P. Fiorina, superior general, sobre esto: "Claro, padre, que viendo la gran necesidad de sacerdotes, quisiera serlo yo para ir a predicar, y sufro viendo que están tranquilos quienes lo son y no van..." (29-6-1956). En 1958 el H. Guerrino vuelve a Italia y se queda el resto de su vida al servicio de los hermanos del Instituto, primeramente como portero de la casa de Turín (1959-63) y luego asistiendo al P. Gaudenzio Barlassina y como portero en Roma (1963-71), para volver a la Casa Madre, colaborar en el CIM; y ser sacristán en la iglesia del Fundador. En su humilde cargo se siente feliz de dedicarse día y noche a la Casa Madre: "Me alegra recibir a todos los hermanos que vienen a saludar a los afortunados que están a punto de partir". En el 2000, después de varios infartos, se retira a la casa de Alpignano, donde le llama el Señor para siempre el 30 de enero de 2001. Carácter afable y servicial, sabía acercarse a la gente humilde e infundir serenidad y esperanza. Era admirable su espíritu de oración y su amor a la liturgia. La misa funeral fue presidida por el P. Gottardo Pasqualetti, superior regional. Asistieron muchos familiares llegados de todas partes de Italia. El P. Guido Guerra trazó el itinerario de su vida en la homilía. Ahora descansa en el cementerio de Alpignano.
P. Giuseppe Villa
Testimonios
Padre hermano
El H. Guerrini llegó a la casa Beato Allamano hace un año aproximadamente. No lo había pedido porque esperaba terminar sus días en la Casa Madre, a la que pertenecía desde hace treinta años. Estuvimos juntos muchos años. Desde los tiempos de Comoto... Pero su estilo era inconfundible y no vi que hubiera cambiado al venir a Alpignano. No le fue fácil adaptarse a los nuevos ritmos para él, dada su salud después de los muchos infartos. Le vi enseguida espontáneo en el servicio de las sillas de ruedas. El P. Riccardo, por ejemplo, agradecía su disponibilidad silenciosa, paciente y sonriente. El H. Guerrino provenía de la casa de Pederobba. Emitida la profesión en 1935, se le destinó a Argentina, donde supo querer a aquella gente y entusiasmarse con todo lo que la rodeaba. Su discurso giraba en seguida sobre el misterio de la salvación del alma, sobre Jesús redentor y la Virgen su Madre, a la que amaba como un niño. La gente, por su carácter y entrega, le llamaba "padre hermano". En la Casa Madre prestó sus servicios variados en todo lo que se le encomendaba. Especialmente como sacristán de la iglesia-santuario y todo lo que se refería a ella, supo desvelarse lo mejor que supo. Cuando iba en el tren en compañía suya, era bonito verle saludar a este o aquel, como si conociera a todo el mundo. Visitaba diversos hospitales y residencias. En algunos sitios era muy querido porque era amigo de los pobres, en el cuerpo y en el espíritu. El 31 de enero, en el momento de la concelebración de la misa por su eterno descanso, nuestra capilla no podía contener tanta gente. Además de familiares, mucha gente de todo tipo acudió al saber que había muerto para despedirle y orar. Nos dimos cuenta de que el "padre hermano" fue un ministro de consolación y de reconciliación.
P. Giuseppe Mina
Fiel colaborador
El H. Guerrino había llegado a Argentina algunos años antes que yo. Era el mes de diciembre de 1952. Yo llegaba por primera vez a mi tierra prometida. En el puerto fluvial de Formosa, en el río Paraguay, el H. Guerrino me esperaba para llevarme a Pirané. Con tres o cuatro años de experiencia en Argentina, el hermano estaba en ventaja sobre mí y me hacía de guía y de intérprete. Estuvimos juntos cuatro años y compartimos la misión, primeramente en Pirané y luego en El Colorado, en la orilla del río Bermejo, en el extremo sur de nuestra parroquia. El H. Guerrino se ponía en seguida al lado de misionero sacerdote para ayudarle y resolverle muchos problemas prácticos. La gente tenía mucha confianza en sus capacidades organizativas. Asumía espontáneamente la responsabilidad de los grupos de fieles en las colonias, enseñaba el catecismo y los cantos de la misa a los niños, caminaba incansablemente por las carreteras del pueblo, entre los ranchos de los que vivían en la sabana. Contaba con un celo pastoral espontáneo y llamaba en todas las puertas sin timidez para invitar a las novenas y las fiestas. También era muy hábil para encontrar ayudas y apoyos oficiales para seguir adelante con sus obras. Se presentaba sin timidez ante las autoridades provinciales y militares y no había nadie que le negara lo que pedía para su Pirané o para otros pueblos o colonias confiados a él. Llamaba la atención por la humildad de sus gestos, con ingenuidad sencilla y convencida. Para la gente sencilla era el "padre hermano", el que superaba con facilidad las resistencias para inducir a las parejas a resolver tantas situaciones irregulares. Convenció a muchos a contraer matrimonio religioso. Hacía una pastoral práctica, en la que contaba con la presencia del sacerdote siempre. Preparaba todo para las misas, los matrimonios, los funerales. Tenía mucha confianza en el sacerdote hermano. En las largas caminatas hechas con los sacerdotes, su corazón se abría a ellos para dar o recibir consejos y ayuda espiritual. Fuera a pie o a caballo, recitaba continuamente el rosario como hacían nuestros clásicos misioneros. Era un hombre afectuoso y de buen humor, como buen paduano. Ahora que se ha ido, le he dicho que siga esperándome en el puerto, como en Formosa.
P. Guido Guerra |
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