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P. Rioli Giuseppe 1916-2001 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Egidio Crema   
22.02.2006

 Nació en 12 de febrero de 1916 en Monzone di Pavullo, Módena, de Giuseppe y Assunta, y entró en nuestra familia en 1928, en la casa de Sassuolo, y completó su formación en las casas de Turín, Sanfré, Camerletto y Favria. En 1935 se consagra al Señor con la profesión religiosa y en 1939 es ordenado sacerdote.

 Ese mismo año es destinado a Tanzania, donde permanece hasta el 2000.

 Comenzó su misión como párroco en Nyabula (1939-40), Mufindi (1940-44) y Ujewa (1944-46).

 En 1947 es nombrado párroco de la que será parroquia de la Consolata de Iringa, donde trabaja hasta 1970, construyendo la iglesia y especialmente trabajando asiduamente en la construcción espiritual del pueblo de Dios.

 En 1970 es nombrado superior regional, en el que se le confirma en 1973. Durante su mandato anima constantemente a los hermanos a la vida comunitaria y el espíritu de familia. Al darle las gracias por haberle elegido superior, así se dirigía a la gente en su primera carta circular: "Amémonos, que lo demás vendrá por sí solo; que este sea nuestro programa, pues así, aunque hubiera una multitud de pecados y defectos, nuestra caridad los cubrirá; por tanto, respeto, comprensión, caridad como nos mandó Jesús. Tratemos de entender y respetar también los carisma de los demás, siempre buscando el entendimiento y el servicio mutuo. Que cada cual esté dispuesto a alegrarse del bien que puede hacer su hermano y que nunca piense en tener el monopolio" (27-101970).

 El P. Rioli era un hombre realista y misericordioso. Sabía bien que cada cual tiene su carácter, su pasado, su formación primera, sus problemas personales, su misión particular y su orientación espiritual. Sabía que las diferencias de la edad producen a veces conflictos generacionales, pero estaba convencido de que Dios es la fuente de esta diversidad y que en ella los hermanos deben amarse, salir de sí mismos, aceptarse y complementarse. No se puede reducir a los demás a los propios esquemas: "La verdadera caridad es darse, salir de sí mismos, es decir, perfecta victoria sobre el egoísmo; es servir, estar disponibles, es perfecta victoria sobre el orgullo".

 El espíritu de familia "exige una atención plena de amor hacia los demás, una voluntad ardiente para comprenderles en sus interioridades y descubrir todo lo que poseen potencialmente. Esto no siempre será fácil, pero podemos conseguirlo; en primer lugar, pidiendo todos los días la gracia del Espíritu Santo (a través de él se derrama en nuestros corazones la caridad divina), y luego con nuestro esfuerzo personal para colaborar con su gracia" (27-10-1970).

 La vida comunitaria constituye el leit-motif de su servicio de superior. Para ayudar a sus hermanos a crecer en este aspecto esencial de la vida religiosa toma en consideración —y exhorta a su compromiso— puntos concretos que contribuyen a su crecimiento y desarrollo. El primero de todos es la celebración eucarística, que para P. Rioli es la base de una comunidad de vida y de trabajo: "Sabemos que lo que nos une es especialmente el sacerdocio y que este se expresa y se concreta sobre todo en la acción de gracias que en nombre de la comunidad cristiana damos a Dios en la eucaristía. Esta gran realidad de la unidad de sacerdocio debemos saber expresarla también con el signo externo de la concelebración; que la gente vea que somos 'uno' en lo que más profundamente nos reúne. La santa misa diaria debe ser la fuente y el alma de nuestro apostolado y de nuestra renovación espiritual" (10-2-1973).

 La comunión en la oración debe conducirnos a la comunión en la convivencia todos los días: "¿Qué se entiende por comunidad? ¿Trabajar en la misma parroquia, vivir bajo el mismo techo, comer en la misma mesa? En el paraíso no existen estas acciones y sin embargo el paraíso es por antonomasia la verdadera comunidad, pues todos son allí una misma cosa, todos aman al que les amó por toda la eternidad.

 Lo que hace que un grupo de personas sea comunidad es que se amen, que se quieran mucho, que se respeten, que quieran como comunidad, que decidan como comunidad. Y esto sólo puede hacerse a través de un diálogo abierto y cordial, que sea expresión verbal del amor, es decir, disponibilidad para dar y recibir, para hablar y escuchar, y todo a pesar de la necesidad del hombre a vivir, a ser él mismo y a desarrollarse.

 El verdadero diálogo no aplasta nuestra personalidad, sino que la enriquece. Si desaparece de la escena algo de nuestro yo, será Dios y su Reino el que crecerá en nosotros".

 Terminado su mandato de superior, el P. Rioli es durante un año vicepárroco en Madibira (1976-77) y párroco en Kanin'gombe (1977-85).

 El tiempo pasa y su condición de hombre hace que comience a resentirse su salud. Son especialmente largas para él las curas a las que tiene que someterse en Italia en diversas circunstancias por problemas en la cuerdas vocales y por dolores reumáticos en las piernas que hacen difícil su caminar. A pesar de todo, no se rinde. Son frecuentes, en días de hospital y de convalecencia, las cartas que envía al P. Goletto, nuevo superior en Tanzania, a quien expresa sus ansiedad por volver cuanto antes al trabajo.

 En 1985 se ve obligado a permanecer en la casa regional de Iringa atendiendo al almacén y a la contabilidad de la Región. En 1986 sigue siendo útil como ayudante en la administración.

 En 1999 va a Italia de vacaciones. En los primeros días de agosto, antes de volver, cuando saluda a sus paisanos, les dice que a pesar de la edad no está tan mal y que se siente una "persona contenta, feliz, afortunada, satisfecha, que es al Señor a quien agradezco tantos dones y gracias; siempre me ha ayudado y guardado, me ha ido siempre bien; me siento realizado como sacerdote y como misionero y estoy listo para volver".

 La gente se pregunta qué va a hacer a sus más de ochenta años en tierras de misión y el P. Rioli responde: "Creo que la mera presencia será útil, positiva, constructiva. En la misión hay siempre mucho trabajo y hasta los ancianos pueden ayudar, tanto materialmente como sobre todo moralmente. Las misiones son un punto de referencia muy importante para la población, casi en todo instante hay gente que llega, llama, pide, etc. Si me quedara en Italia me sentiría como un soldado que abandona el campo de batalla; creo que es importante que esté con ellos y siga trabajando y ayudando".

 Pocos días después, el 24 de agosto, de Dar es Salam donde se encuentra, escribe al P. Giacomo Rabino, ex superior regional: "Me reconozco bastante limitado por la voz y por la vista; yo mismo, para no molestar, me cierro, me retiro, pero no me considero acabado, tengo muchas ganas de hacer algo aunque me falten las fuerzas; he decidido y pedido volver no sólo porque quiero que se me entierre en Africa, en Tanzania, sino porque me siento útil en muchas cosas... Me declaro disponible y pienso que algún bien puede hacer todavía... Así puedo prepararme para una buena muerte".

 Pero la salud se va deteriorando y después de un colapso muy serio, el 19 de marzo de 2000 vuelve a Italia y entra a formar parte de la comunidad de Alpignano. Aquí carga con su cruz paciente y resignadamente, ayudado por hermanos y hermanas.

 La tarde del 9 de marzo de 2001 fallece serenamente después de haber recibido la bendición papal.

 El funeral se celebra el día 12. Lo preside el P. Lucio Abrami, que destaca conmovido su bondad y su compromiso apostólico. Se une a él el P. Soldati y el Ignazio Mondin lee los mensajes enviados por el Padre General y por el P. Giuseppe Inverardi. Al lado del P. Lucio concelebran el P. Igino Carnera, compañero de ordenación, y un sobrino sacerdote del fallecido. Sus restos mortales prosiguen hacia Monzone di Pavullo, donde se le entierra por la tarde y se celebra una misa por su eterno descanso.

La Redazione del Da Casa Madre

Mensaje del P. Giuseppe Inverardi,

superior regional de Tanzania,

a los parientes del P. Rioli

 Estamos unidos por el mismo luto. Nuestro querido P. Giuseppe Rioli ha sido llamado para recibir el premio por tantos años de vida misionera, vivida con gran celo, próxima a la gente, y con una energía más única que rara. Nos congratulamos con vosotros todos los misioneros de esta Región de la Consolata en Tanzania.

 Recibida la noticia, informé de inmediato a todos cuantos pude llegar por teléfono. A los demás yo mismo les he hecho llegar la noticia esta tarde por radio. También he informado al obispo, quien me ha dicho que comunicaría la noticia a las parroquias de la diócesis. Aseguró su recuerdo y me encargó que saludara a sus familiares.

 Informé en seguida a la parroquia de la Consolata. La iglesia y la parroquia de la Consolata, de las que se puede considerar que es el fundador, eran una debilidad para el P. Giuseppe. Todos le querían en ella y él quería a todos.

 Tanzania era su gran pasión. Deseaba que se le enterrara allí, como queriendo continuar afectuosamente unido a ella con el amor que siempre tuvo a esta tierra. Le costó mucho la decisión, aunque suya enteramente, de retirarse a Italia. Se daba cuenta de que las fuerzas eran cada vez más escasas y que no podía contar aquí con las atenciones y servicios sanitarios que necesitaba. Pero me confiaba por carta más tarde que volvía con la secreta esperanza de recuperarse e incorporarse de nuevo. El deseo de entregarse hasta el final al servicio de los demás era realmente grande. Le bastaba simplemente con oír las confesiones. Le bastaba con en la parroquia y a la gente en general por medio del sacramento de la confesión.

 Mientras rezo por él, quiero manifestaros mi estima a vosotros y recordaros cordialmente. Que nuestra Consolata sea vuestra consolación.

P. Giuseppe Inverardi

Recuerdos

 Me encontré por vez primera con el P. Rioli en enero de 1951 cuando llegué a Tanzania recién ordenado sacerdote. Habitaba en una pequeña habitación de pocos metros cuadrados en la ciudad de Iringa, donde estaba comenzando los trabajos para la fundación de la misión.

 Me contó que hacía varios años que cada sábado iba en bicicleta de Tosamaganga a aquella ciudad, que distaba unos veinte kilómetros, para el iniciado servicio religioso en aquel centro musulmán. Volvía al punto de partida para cumplir con el trabajo de secretario del obispo, monseñor Beltramino, y de contable de la diócesis. Me llamó la atención su timidez o delicadeza al tratar con los recién llegados, tratando siempre a todos de usted, algo que hizo siempre hasta el día de su muerte.

 En 1953 me ayudó a preparar, hasta en los detalles materiales, el viaje a Pawaga, donde había sido invitado a abrir aquella difícil misión. El viaje duró casi dos días en un camión destartalado de un hombre de Goa. Algunos días después me sorprendió el ruido próximo de una moto y vi con sorpresa que era él quién llegaba, no sé cómo podía haberlo conseguido. "He venido a ver cómo se encuentra y si necesita alguna cosa...". Al día siguiente hizo el viaje de regreso. Fue la visita de un hermano sencillo, una visita de auténtica caridad.

 Un día me dirigía de Pawaga a Iringa. Había recorrido ya 50 kilómetros en bicicleta cuando encontré un medio de transporte que me dio un billete para los 90 kilómetros restantes. En el camino me encontré con el P. Rioli. El conductor, a petición mía, se detuvo. Le llamé y le dije: "Eh, P. Rioli, ¿dónde va por ahí con esa bicicleta de museo?". "Voy a visitar las escuelas de las aldeas de Nyang'olo, de Isimani, etc.". "Pero no tiene nada de beber ni comer...". "Qué dice, mire, mire lo que tengo aquí; hoy soy rico, tengo una botella de Fanta, ¡soy rico!". Y adelante por los caminos polvorientos y pedregosos de más de 200 kilómetros entre la ida y la vuelta. Por la noche nos encontramos en Iringa, su misión: "P. Crema, he encontrado nuevas aldeas y me han pedido que les abra escuelas... ¡qué bonito!".

 La actual y floreciente misión de Isimani, en los años 1955-65, era sólo una gran llanura casi deshabitada. En poco tiempo se convirtió en un "eldorado" muy apto para el cultivo del maíz, inmigró mucha gente y hubo que afrontar un trabajo misionero importante para los cristianos y el servicio religioso.

 El P. Rioli, con la ayuda del H. Battista, se entregaron al proyecto de construir una casita con una capilla contigua. No había agua en la zona, que debía traerse de Iringa, a 70 kilómetros de distancia. Recuerdo que al día siguiente de una Navidad agotadora de uno de aquellos años, me decía: "P. Crema, ayer confesé de las nueve de la mañana hasta las dos y media de la tarde, luego celebré la misa de Navidad, ¡y cuántas comuniones!".

 Organizaba tómbolas y juegos para proseguir con los trabajos de la iglesia, que sería más tarde la catedral de Iringa. En aquella ciudad le querían mucho todos los cristianos, pero también los musulmanes y los seguidores de otras religiones. En 1969-70 estuve junto él en la parroquia de la Consolata, donde nunca le oí levantar la voz ni le vi faltar mínimamente al respeto a nadie. Era extremadamente delicado con sus hermanos. En 1970 fue elegido superior regional y en este cargo desplegó sus dotes, especialmente su bondad y caridad con todos, demostrando siempre una gran paciencia... Nunca oí a ningún hermano quejarse de él.

 Pasamos juntos los últimos tiempos, 1999-2000, en Pawaga. El P. Rioli había sufrido algunos años antes la extirpación de una cuerda vocal. Se esforzó siempre en los servicios religiosos cuando se le solicitaba ayuda, incluso para predicar, lo que le costaba mucho esfuerzo.

 Me llamó mucho la atención su devoción a la eucaristía. Todavía le veo a mi lado en el momento de la elevación repitiendo lo más alto que podía y con los ojos clavados en la hostia: "¡Señor mío y Dios mío!".

 P. Egidio Crema