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CARTA DEL SUPERIOR GENERAL PDF Imprimir E-mail
Escrito por Piero Trabucco, IMC   
22.02.2006

 

 EDITH STEIN

 (Santa Teresa Benedicta de la Cruz)

 Protectora del año 2002

 

 Roma, 11 de octubre de 2001

 

Queridos Misioneros:

 

 Las Direcciones Generales de las Misioneras y de los Misioneros de la Consolata han decidido poner a nuestros Institutos en el año 2002 bajo la protección de Edith Stein, santa carmelita, canonizada exactamente el día 11 de octubre de hace cuatro años. Hija del siglo apenas terminado, cuyas vicisitudes supo ella vivir intensamente en todo su dramatismo, con su testimonio y su doctrina podrá acompañarnos también a nosotros, Misioneros, en un tiempo en que con esperanza trémula damos los primeros pasos en un nuevo siglo. Como el pasado, también este siglo se nos presenta cargado con muchos y graves problemas, ante los cuales —como claramente pone de relieve el Papa en la carta apostólica Novo millennio ineunte (NMI)— "el espíritu cristiano no puede permanecer insensible" (51).

 Y es el mismo Papa quien, ante los desafíos antiguos y nuevos de nuestro tiempo, exhorta a participar en la enseñanza de la "teología vivida por los santos": "Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho..." (27).

 Este ha sido el motivo principal que nos ha empujado a los dos Consejos Generales a proponer a los hermanos y las hermanas el ejemplo de vida y de doctrina de Edith Stein, santa de nuestro tiempo.

 

 

Datos biográficos

 

 Edith Stein nació en Breslavia, entonces ciudad alemana, el 12 de octubre de 1981. Era la undécima hija de un matrimonio de comerciantes hebreos. Todavía no tenía dos años cuando se quedó huérfana de padre. La responsabilidad de conducir a la familia y las tareas comerciales recayeron totalmente en su madre, Augusta Courant, mujer fuerte y dotada de fe viva en la religión hebrea.

 A pesar de la ausencia paterna, la niña creció serena y rodeada del afecto de la numerosa parentela. Dotada de ingenio precoz, memoria excepcional y unos deseos enormes de aprender, la joven Edith desarrolla una clara conciencia de sus cualidades. Terminados los estudios primarios, con el consentimiento de su madre, realiza sus estudios hasta llegar a la Universidad, donde estudia historia, filosofía y psicología. Con el fin de perfeccionar su preparación abandona Breslavia y se dirige a Gottinga, donde frecuenta las clases de célebre filósofo Edmund Husserl. Aquí contacta con algunos eminentes profesores y colegas de estudios que tendrán un gran influjo en su vida: Adolf Reinach, Max Scheler y Max Lehmann.

 Al estallar la guerra europea de 1914-1918, Edith se enrola como voluntaria enfermera de la Cruz Roja y presta servicio en un hospital militar. Invitada por Husserl, vuelve pronto a la Universidad y a sus estudios. Se titula summa cum laude con una tesis sobre la empatía (Einfühlung) y es nombrada asistente del propio Husserl.

 La familia Stein era de estricta observancia hebrea: ayunos, lectura de la Sagrada Escritura y oraciones eran elementos imprescindibles en la educación que la madre impartía a su numerosa prole. Sin embargo, llegada a la adolescencia, Edith abandona toda práctica religiosa, hasta el punto de considerarse agnóstica. A pesar de ello, no desaparece de ella un deseo ardiente de verdad que, sostenida por el testimonio de fe vivida con iluminada coherencia por algunos profesores y colegas de la universidad, le permitirá no sólo superar la negación de Dios, sino llegar al la verdad plena de Cristo. Escribirá más tarde: "Aquel fue el momento en que mi incredulidad se vino abajo, se desvaneció el hebraísmo y Cristo se elevó radiante ante mis ojos: Cristo en el misterio de su cruz".

 Sus últimas incertidumbres en materia de fe se diluyen cuando en el verano de 1921 se encuentra con la biografía de Santa Teresa de Jesús, que lee entera en una sola noche. Recibe el bautismo el día de Año Nuevo de 1922 y en ese mismo día se encuentra con Jesús eucaristía. A partir de entonces los estudios filosóficos no serán otra cosa que un medio para profundizar y amar cada día más la verdad viviente, Jesucristo.

 Su conversión, no obstante, no fue un paso sencillo. En un primer momento, hacerse cristiana le parecía borrar de sí misma el mundo relacionado con sus raíces étnicas, al tiempo que la turbación de sus familiares y especialmente de su madre la dolían profundamente. A pesar de todo, sentía que aquel paso debía darlo y que tenía que ser radical y definitivo. Hubiera elegido inmediatamente el convento carmelita, pero su director espiritual fue contrario a su idea. Aceptó entonces dedicar su vida a la profundización de la verdad encontrada, especialmente a través del estudio de Santo Tomás, y a la enseñanza.

 Los años que van de su conversión (1921) a la entrada en el Carmelo (1933) son de una intensa actividad y ricos para su crecimiento espiritual. Además de la enseñanza, acepta muy complacida dar conferencias sobre temas relacionados con la pedagogía, la religión, la filosofía y la cuestión femenina. Frecuenta la abadía benedictina de Beuron y pasa en ella los momentos fuertes del año litúrgico.

 La subida al poder de Adolfo Hitler eliminará para siempre la posibilidad de que ella o los pertenecientes a su estirpe hebrea puedan dedicarse a la enseñanza. Se siente entonces libre para cumplir su sueño claustral e ingresa en el Carmelo de Colonia la víspera de la fiesta de Santa Teresa de Jesús en 1933.

 Su edad (43 años), su excepcional cultura y la fama que tenía y que había rebasado los límites de Alemania no le impidieron vivir la vida de novicia y de religiosa en la sencillez y el escondimiento. Al recibir el hábito eligió el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Siguió estudiando y escribiendo y aprovechaba todo el tiempo que podía quedarle libre en obras religiosas, ensayos filosóficos, traducciones, artículos. El 21 de abril de 1938 pronunció los votos perpetuos. El último día de aquel año tuvo que refugiarse en las Carmelitas de Echt, en Holanda, a causa de la persecución nazi contra los hebreos. Allí aprendió el holandés y continuó sus estudios y publicaciones.

 Finalmente, en el verano de 1942, mientras preparaba los documentos para dirigirse a Suiza huyendo de las persecuciones contra los hebreos, fue detenida. A la hermana Rosa, que la acompañaba, le dijo: "Ven, vamos a inmolarnos por nuestro pueblo". Deportada con otros religiosos al campo de exterminio de Auschwitz, el 9 de agosto de 1942 entraba en la cámara de gas y coronaba con el martirio una vida de intensa búsqueda de la verdad y de seguimiento fiel de Cristo. 

 

 

Estudio y mística en el contexto de la propia historia

 

 Edith Stein cultivó siempre un interés especial por la historia, la pasada y especialmente la presente. Adornada de excelentes dotes especulativas, no quiso nunca aislarse en el ámbito de sus investigaciones científicas y filosóficas. Su corazón y su mente estuvieron siempre abiertos a la realidad del tiempo y a las vicisitudes, con frecuencia dramáticas, que afectaron a Alemania y a la población hebrea. Ella misma lo dice en sus recuerdos autobiográficos:

 "Este amor a la historia no significaba para mí una pura y simple inmersión romántica en el pasado; con él tenía que ver íntimamente una participación apasionada en los acontecimientos políticos presentes como devenir histórico y ambas cosas brotaban de un sentido de responsabilidad social insólitamente fuerte, de un sentimiento de solidaridad con toda la humanidad, pero también con la comunidad más próxima" (E. Stein, Storia di una famiglia ebrea, Roma 1999, p. 173).

 Ama a su patria y paga por ella personalmente, se apasiona en la búsqueda de un sentido de los destinos de la historia actual, se compromete en la política.

 Tras hacerse cristiana, la lectura científica de la historia y su compromiso social y político dejan de contentarla. En cambio crece en ella de forma más y más fuerte el deseo de buscar los signos de Dios en la historia personal, en la de su pueblo, de su país y del mundo entero.

 Después de encerrarse en la paz del monasterio de Colonia, Edith vibra intensamente ante las noticias que le llegan sobre el terrible drama que viven los hebreos. Ora, reflexiona y actúa. Escribe una carta al Papa para pedirle una encíclica sobre la cuestión hebrea. Ella misma lo cuenta: "Presenté mi petición por escrito; sé que la carta fue remitida sellada al Santo Padre, de quien recibí poco después la bendición para mí y para mis familiares. Nada más" (E. Stein, Sui sentieri della verità, Antologia, Milán 1999, p. 79).

 Edith Stein descubre poco a poco a través de la oración su vocación especial en las vicisitudes dramáticas y misteriosas de su pueblo: "Bajo la cruz intuí el destino del pueblo de Dios, que a partir de entonces comenzaba a anunciarse. Pensé que quien entiende que todo esto es la cruz de Cristo debería cargar con ella en nombre de todos los demás. Hoy entiendo algo más que entonces qué quiere decir ser esposa del Señor con el signo de la cruz, aunque totalmente nunca se comprenderá, porque es un misterio" (carta del 9 de diciembre 1938).

 Con su participación en las vicisitudes sociales y políticas de su tiempo, Edith Stein nos invita a hacernos responsables del presente y del futuro de cada pueblo y de todo país donde nuestra misión nos sitúa, haciéndonos eco de estas palabras del Papa: "El cristianismo es la religión que ha entrado en la historia" (NMI 5). En razón de nuestra vocación, la dimensión "social y política" debe fomentarse siempre con empeño y vivirse con seriedad. Edith Stein, con su mirada serena, solicita nuestro compromiso para favorecer en todo lugar la ética del respeto, de la paz, de la convivencia, de la aceptación de lo diferente y del diálogo.

 

 

Contemplativa por el mundo

 

 Convertida a Cristo, Edith Stein comprendió que su vida sólo podía ser vivida por él. Además, los escritos de Santa Teresa de Jesús, que fueron determinantes en su conversión, le hicieron comprender que la consagración religiosa será su camino para realizar plenamente la llamada de Dios. Provista de una encomiable índole reflexiva y de una fuerte determinación en busca de la verdad, Edith encontró en el Carmelo su casa y la realización plena de su vocación.

 Los diez años que vivió en el Carmelo fueron para ella una vivencia continua del ideal contemplativo que en la búsqueda de la interioridad encuentra su plena realización: "La vida interior es la fuente más profunda y pura de felicidad para la carmelita", escribe en una carta del 16 de mayo de 1941. Explicará más detalladamente qué significa para ella esa vida interior en uno de sus últimos escritos, Ciencia de la Cruz: "El alma se encuentra realmente en casa sólo en su intimidad, en su esencia y en su vertiente más escondida. Con la actividad natural de sus facultades va al encuentro del mundo exterior. Por la parte más rica, va al centro donde el alma está verdaderamente en casa, se contempla a sí misma y su propia estructura. El hombre está pues llamado a vivir en su intimidad, tomando en sus manos el dominio de sí mismo, en la medida de lo posible". En esta interioridad la persona encuentra su casa porque allí encuentra a Dios.

 Santa Teresa Benedicta de la Cruz comprende, sin embargo, que la interioridad sería defectuosa si no supiera abrirse a la realidad externa y al mundo entero. Lo confiesa en una carta del 12-2-1928: "Antes e inmediatamente después de mi conversión, pensaba que una vida entregada a la piedad consistía en vivir solamente en el pensamiento del Señor, pero luego entendí que en este mundo se nos pide otra cosa y que hasta en la vida más puramente contemplativa no se puede prescindir de la relación con el mundo. Creo incluso que cuanto más se adentra uno en Dios, más se le llama a salir de sí e ir hacia el mundo para llevarle la vida divina". Lo confirmará en otra ocasión: "Cuanto más recogidos se vive en lo íntimo de la propia alma, más se ejercita una atracción que arrastra a los demás sobre el propio sendero".

 Encontramos aquí, claramente expresado, el binomio de toda vida apostólica, el mismo que la Novo Millennio Ineunte podrá de relieve como exigencia de nuestro tiempo: "¿No es acaso un 'signo de los tiempos' el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?... Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios" (33).

 Descubrimos también en esta idea de Edith Stein el eje sobre el que gira nuestra espiritualidad misionera, tal como el P. Allamano quería que se viviera. Si luego se caracteriza por una profunda "interioridad", no sólo recualificará nuestra vida, sino que podrá hacer más fecunda nuestra misión.

 

 

La ciencia de la cruz

 

 La cruz ocupa un lugar determinante en la pedagogía de santidad de Santa Teresa Benedicta de la Cruz y en su experiencia religiosa. Siempre será verdad que la cruz es el distintivo de todo creyente en Cristo, pero en la vida de Edith asumió un carácter específico y de fundamental importancia.

 Su primer encuentro con el misterio de la cruz tuvo lugar en 1917 en la casa de Anna Reinach, una hebrea que se había hecho cristiana, cuyo marido, Adolf, un profesor admirado por Edith, acababa de morir en la guerra. En lugar de ver a una mujer destruida por el dolor, vio en ella a la amiga llena de una inexplicable serenidad. Cuenta la propia Edith: "Fue mi primer encuentro con la Cruz, mi primera experiencia de la fuerza divina que de la Cruz emana y se comunica a los que la abrazan... Fue aquel el momento en que mi incredulidad se derrumbó, el hebraísmo se diluyó y Cristo se elevó radiante delante de mis ojos: Cristo en el misterio de su Cruz".

 El segundo encuentro de Edith con la cruz se produjo en la lectura de la autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Pero con el misterio de la cruz descubrió también muy pronto el de la Resurrección: único misterio de muerte y de vida, núcleo de la fe cristiana que pronto sería también la suya. En lo íntimo de este misterio, Edith supo ver luego toda su vida cristiana, la propia consagración religiosa y el drama trágico de su pueblo, mártir de la Shoah.

 Para ella la cruz no fue sólo un misterio que comprender o contemplar, sino un ideal que encarnar y vivir. En una carta del 9 de diciembre de 1939 escribía: "He recibido el nombre que había pedido. Bajo la Cruz había entendido el destino del Pueblo de Dios que comenzó a anunciarse entonces (1933). Yo creía que los que habían entendido que ese destino es la Cruz de Cristo habrían debido cargar con ella en nombre de todos. Naturalmente, hoy sé mejor qué quiere decir estar desposada con el Señor bajo el signo de la Cruz. Entenderlo verdaderamente no se podrá nunca, porque es un misterio".

 Teresa Benedicta insiste en sus escritos en el misterio de la cruz, especialmente en su última obra (Ciencia de la Cruz), que quedó incompleta, donde la autora trata de sondear en el tema según sus múltiples expresiones: cruz-sufrimiento-purificación, cruz y pecado, cruz como expiación y bien de la humanidad. Edith se detiene con preferencia en este último aspecto. El 26 de marzo de 1939 escribe a la Madre Priora: "Querida Madre, la ruego que me permita ofrecerme como víctima expiadora para impetrar la verdadera paz: que el reino del anticristo, si es posible sin ninguna guerra mundial, caiga derrotado y se construya un nuevo orden. Podría ofrecerme hoy mismo, ya que son las doce. Sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere y Él ciertamente llamará también a otros en estos días a hacer lo mismo".

 Estaba profundamente convencida de la eficacia de la Cruz llevada con Jesús por la salvación del mundo: "Todo hombre que en el sucederse de los tiempos ha soportado con paciencia un destino duro pensando en los sufrimientos del Salvador o que ha cargado voluntariamente con una vocación expiadora, ha contribuido a aliviar la carga enorme de los pecados de la humanidad".

 Tenemos en Edith Stein un modelo que nos invita a aceptar la cruz cotidiana que se manifiesta en nosotros los Misioneros de muchas maneras: en nuestra limitación, en nuestras fragilidades, en la solidaridad con el que sufre, en la fatiga del apostolado. Sólo la contemplación del rostro doliente del Crucificado (cfr. NMI, 25-27) y la aceptación de la lógica de la Cruz darán eficacia a nuestra misión y solidez a nuestro compromiso de santidad, según las palabras de nuestro Fundador: "Es por medio de la cruz como nos santificamos, no por medio de las palabras, como tampoco sólo por medio de las oraciones; éstas ayudan también, pero lo más importante es llevar bien la cruz" (Pietre vive per la Missione, p. 34).

 

 

Atenta a la mujer y a su cometido en la Iglesia

 

 Edith fue una pionera en la profundización de la condición femenina en la Iglesia. Lo hizo a través de múltiples escritos de divulgación y con conferencias, pero sobre todo con la publicación del libro La mujer. Su cometido según la naturaleza y la gracia (Roma 1987), donde, sin polémica pero con mucha pasión y compromiso, traza el papel de la mujer partiendo de la óptica filosófico-teológica, más acorde con ella.

 Sin adentrarnos en los detalles de ese estudio, recordemos simplemente las posiciones que los investigadores consideran más originales de su estudio:

 Edith ofrece a la mujer de su tiempo y de todo tiempo un mensaje fuerte y comprometido, que huye de las polémicas reivindicativas de los tiempos modernos: ¡Mujer, sé tú misma! El Creador te hizo persona única e irrepetible, que ahonda sus raíces en el misterio de Dios Creador. Ser mujer significa, por tanto, participar en el plano de Dios Creador y ser en el corazón de la humanidad el signo y la presencia del "rostro materno de Dios".

 Edith Stein no quiso simplemente tomar la defensa de los derechos de la mujer, sino que más bien prefirió indicar y abrir caminos por los que ella pudiera verdaderamente promover y valorarse a sí misma. Edith exhorta a ambos, al hombre y a la mujer, a tomar conciencia de su unicidad y, a través de la promoción de las propias cualidades, llegar a la plena realización personal.

 Edith no quiso ciertamente tomar posiciones fuertes ni proponer soluciones difinitivas en este campo. Quiso más bien atraer la atención de todos sobre el fundamento último del ser humano, que es Dios mismo. Exhortando a cada uno a remontarse a ese fundamento, indica dónde está la verdadera libertad, la dignidad de toda persona y por tanto la emancipación de la mujer.

 Partiendo de la óptica antropológica, Edith Stein ofreció una aportación válida a la cuestión femenina, unida al testimonio de su propia vida ofrecida por amor. Y justamente en esta unión entre estudio científico y compromiso de vida se perfila un camino privilegiado que, si se recorre con atención y empeño, dará aportaciones válidas a la solución de la cuestión femenina.

 

 La función que la mujer está teniendo hoy en la sociedad y en la Iglesia es sin duda inigualable. No es sólo colaboración, como tampoco una simple suplencia por las situaciones de emergencia. La mujer puede realizar el sueño de Edith Stein, que escribía: "Dios es uno y trino: como el Padre procede el Hijo y del Hijo y del Padre el Espíritu, así la mujer ha salido del hombre y de los dos descienden los que les siguen. Dios es amor, pero se necesitan dos al menos para que haya amor" (Edith Stein, testimone di oggi, profeta di domani, Roma 1999, p. 57).

 También la misión y la Iglesia serán portadores del amor de Dios que genera vida cuando la doble aportación de la mujer y del hombre sean armoniosamente acogidos y valorados como espejo del amor trinitario. Efectivamente, "lo primero no es ser hombre o mujer; lo primero es ser persona humana".

 

 

"¿Cómo hablar de Dios después de Auschwitz?"

 

 Con este interrogante el P. Camilo Maccise, Superior General de los Carmelitas Descalzos, organizó un Simposio Internacional sobre Edith Stein en la Pontificia Facultad Teológica del Teresianum de Roma en octubre de 1998. Con ese mismo interrogante quiero terminar yo hoy estas reflexiones. La doctrina y, especialmente, la vida de Edith Stein nos permiten no dejar esa terrible pregunta sin respuesta.

 Ante los terribles males que afligen a la humanidad de hoy (hace un mes exactamente que un atentado demolía las Torres Gemelas de Nueva York y ocasionaba miles de víctimas), a los miles de niños que cada día mueren de hambre, a la injusta distribución de la riqueza de nuestro planeta, al grito de los pobres cada vez más persistente, a la pobreza que atenaza a pueblos enteros e les impide todo desarrollo, a las luchas fratricidas que se perpetúan desde hace decenios en algunos países, es lógico que también nosotros nos preguntemos: ¿Dónde está Dios? ¿Es todavía creíble nuestro modo de hablar de él? ¿Cómo un misionero puede hablar de Dios ante los males que afligen a esta nuestra humanidad?

 A Edith Stein, que no sólo trató de penetrar con su inteligencia en el mysterium crucis sino que, como dijo Juan Pablo II en la homilía de su beatificación, "desde el momento en que comenzó a entender el destino del pueblo de Israel 'bajo la cruz' [...] acogió siempre más a Cristo en su profundo misterio de redención, para sentirse unida espiritualmente con los múltiples dolores del hombre y ayudar a perdonar las injusticias de este mundo que gritan venganza a los ojos del cielo", pidámosle que nos inspire los caminos que hagan posible y creíble anunciar el evangelio y hablar de Dios a los pobres del mundo. A la luz de su doctrina y con la enseñanza de su testimonio, podemos sacar por lo menos tres indicaciones útiles:

 la eficacia de nuestro anuncio de Dios a los pobres del mundo es proporcional a nuestra capacidad para mostrar su rostro de Padre-Madre que le preocupa la dignidad de toda persona y los derechos de todos los pueblos;

 el lenguaje de Dios es comprensible cuando cada uno de ellos nos ve comprometidos en hacer que crezca la comunión, la solidaridad, el diálogo y la fraternidad entre todos;

 también en medio de las situaciones más difíciles y trágicas nuestro hablar de Dios debe acompañarse siempre con la búsqueda y la presentación de motivos y signos de esperanza.

 

 No encuentro palabras mejores para terminar este tema que citar una parte de la oración compuesta por un anónimo condenado a muerte en Auschwitz y que encontré cuando hojeaba algunos escritos sobre Edith Stein:

 "Haz, Señor, que permanezcamos en el recuerdo de nuestros enemigos no como sus víctimas, no como una pesadilla, no como espectros que se agarran a sus pasos, sino como apoyo en sus combates para destruir el furor de sus pasiones criminales. No les pedimos nada más. Y cuando todo haya terminado, concédenos vivir como hombres en medio de hombres y que la paz vuelva a nuestra pobre Tierra. Paz para los hombres de buena voluntad y para todos los demás" (Edith Stein, testimone di oggi, profeta per domani, o.c., pp. 6-7).

 

 

Conclusión

 

 Que la petición cotidiana de intercesión a Santa Edith Stein, que a lo largo de 2002 haremos en nuestra oración, inspire nuestro celo misionero y nos espolee en la profundización del tema bienal: "Dispensadores de los misterios de la salvación". Que nuestro compromiso apostólico no deje nunca de ir acompañado por la reflexión y el estudio. Que la cruz que marca profundamente tanto nuestras actividades como a la gente entre la que trabajamos pueda ser vivida por nosotros en comunión con Cristo y como oportunidad para ser siempre eficaces "ministros de la salvación".

 El 7 de octubre de 2002 terminaremos nuestro Centenario en el ámbito del Instituto con una especial celebración junto a la tumba del Beato José Allamano en Turín, en la que participarán todos los superiores de circunscripción, al tiempo que abriremos la consulta intercapitular. Será una ocasión para renovar nuestro agradecimiento al Señor por el don del Instituto y por el bien hecho en los cien años transcurridos. Será además una circunstancia oportuna de toda la Familia para dirigir la mirada hacia el futuro, haciendo nuestras y aplicando a nuestra realidad las orientaciones del Papa en la Novo Millennio Ineunte: "El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: 'Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo' (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza 'que no defrauda'" (Rom 5,5) (58).

 Que nos acompañe la intercesión de nuestra Madre Consolata, del Beato Fundador y de Santa Edith Stein.

 Os saludo fraternalmente.

 

Piero Trabucco, IMC

(Padre General)