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PADRE SCOTTINI GELINDO 1933-2001 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Mario Teodori   
22.02.2006

 

 Fueron sus padres Pedro y Elvira Avi y nació el 1 de octubre de 1933 en Rio do Oeste (Brasil). Ingresó en el Instituto en 1945, en el seminario de San Francisco Javier de Rio do Oeste. El 2 de marzo de 1954 se consagró al Señor con la profesión religiosa. Hizo los estudios de teología en el seminario de Santa Teresita del Niño Jesús de Sao Manuel y fue ordenado sacerdote el 13 de diciembre de 1959 con la imposición de las manos de Dom Gregório Warmenling, obispo de Joinville.

 De 1960 a 1965 trabaja como profesor y asistente en el seminario de Rio do Oeste y al mismo tiempo ayuda en el trabajo pastoral de la parroquia, especialmente en la asistencia de las numerosas capillas.

 En 1965 parte hacia Mozambique, donde trabaja a lo largo de nueve años. Juntamente con el P. Vidal Moratelli es el primer misionero de la Consolata brasileño que va la misión ad extra. En Mozambique trabaja como coadjutor en Nova Coimbra hasta 1972, luego en Vila Cabral y durante dos años desempeña la tarea de director escolar en la escuela de magisterio.

 A finales de 1974 vuele a Brasil y hasta 1978 trabaja en Sao Paulo, primero como padre espiritual del seminario teológico y seguidamente como consejero y secretario regional, además de como director, sustituto, de los teólogos.

 Al año siguiente se encuentra en Erexim, donde trabaja como director del seminario. Este cargo lo ostenta durante un año, pues se le destina como párroco al santuario-parroquia de Nossa Senhora Aparecida en Sao Manuel. Al mismo tiempo es vicemaestro de los novicios.

 De 1982 a 1986 es el párroco de Nossa Senhora da Penha (Bairro Jardim Peri), en Sao Paulo. Seguidamente, y hasta 1993, seguirá trabajando en esta parroquia como vicepárroco y encargado de las obras sociales. De 1994 a 1997 es superior de la Casa Regional de Sao Paulo.

 De febrero de 1997 a marzo de 2001 reside en el centro de animación "Giuseppe Allamano", en Pedra Branca, ayudando en el trabajo pastoral de la parroquia Nossa Senhora da Penha y en la administración del Centro, mientras las fuerzas se lo permiten.

 La noche del 19 de marzo, fiesta de San José, se siente indispuesto. Se le lleva al hospital y, viendo la gravedad del caso (infarto agudo, insuficiencia coronaria, diabetes), los médicos deciden internarle. Al día siguiente le visitan los padres Eugenio Butti y Joaquim Ferreira Gonçalves, que le administran el sacramento de los enfermos. La noche del 22 fallece. Tenía 67 años, 47 de ellos de profesión religiosa y 41 de sacerdocio.

 Los funerales se celebran en la iglesia parroquial de Nossa Senhora da Penha, donde el P. Gelindo trabajó muchos años. Preside la eucaristía el P. Agostinho Romano Zacchetti, vicario episcopal. Concelebran los Misioneros de la Consolata y algunos sacerdotes diocesanos. Están presentes los teólogos y numerosas Misioneras de la Consolata.

 En la homilía, el P. Pessatti presenta el curriculum vitae del hermano fallecido y el vicario episcopal resalta algunos aspectos de su vida, como su disponibilidad y generosidad para el trabajo, el amor y el interés por los niños pobres, la valentía y la fortaleza para soportar la larga enfermedad, la alegría y el buen humor en la convivencia fraterna.

 Terminados los funerales, el cortejo fúnebre se dirigió hacia el cementerio Chora Menini, donde fue enterrado.

 

 P. Jordão Maria Pessatti

 

 

TESTIMONIOS

 

"Estoy un poco gastado"

 

 Compartir los últimos días de vida del P. Gelindo fue para mí una experiencia muy significativa. Efectivamente, la que podía ser una convivencia fatigosa con un enfermo, se convirtió en una oportunidad de diálogo y en razones llenas de esperanza sobre el modo de saber superar o por lo menos relativizar los sufrimientos de la vida. A los que le preguntaban cómo se encontraba, el P. Gelindo les respondía: "No soy viejo ni estoy enfermo, estoy un poco gastado".

 Aquella noche en que tuvo que esperar mucho tiempo en el pasillo de urgencias de Paria Grande, a pesar de que sentía intensos dolores en el pecho, tenía fuerza para hablar de evangelización, y decía: "Podemos evangelizar en cualquier circunstancia de nuestra vida". Al ver a la gente enferma que entraba en los quirófanos (víctimas de accidentes o armas de fuego...), gimiendo o gritando de dolor, me llamó junto a sí y me dijo: "¡Hay gente que se encuentra peor que yo!".

 Más tarde, al preguntarle si tenía sueño, me dijo que no conseguía dormir ni le dejaban dormir (por las voces o los gritos de los enfermeros y de los pacientes).

 Fue entonces cuando llamó a un enfermero y le preguntó si conocía la vida del papa Pío X... Y siguió hablando así:

 "Una noche el papa Pío X quería dormir, pero no lo conseguía debido al ruido de los pasos de un guardia pontificio, que cada cinco minutos pasaba junto a su habitación. Fue entonces cuando Pío X abrió la ventana, llamó a un oficial y le dijo:

 -¿Sabes con quién estás hablando?

 -Sí, con el Papa -respondió el oficial.

 -Muy bien, soy el Papa y tú el guardia del Papa. Mira, hijo, la noche está en lo más profundo y los dos tenemos mucho sueño. Vete a dormir, porque así también yo dormiré".

 Así era el P. Gelindo. En medio del sufrimiento tenía fuerza para decir alguna cosa edificante. Era un hombre que se emocionaba cuando saludaba a alguien que partía, un hombre que contaba muchas historias de su vida misionera, así como los sueños de la noche...

 Con su estilo sencillo conseguía conquistar a las personas más ariscas, serias y desconocidas. Se puede decir que conservaba en su interior el encanto del niño, lo que atraía fácilmente al mundo de la infancia y de la adolescencia cuando celebraba la misa por alguna circunstancia.

 Tenía también sus defectos y lagunas, como todo ser humano. Sin embargo, la mayor parte de las personas que le conocieron, especialmente los más pobres, no podrán olvidar el buen padre que era, con aquella jovialidad de su corazón con la que les contaba anécdotas o decía oportunamente una frase muy salada y original, capaz de contagiar el ambiente, consiguiendo así que todos se sintieran a gusto, como la siguiente: "¡No soy viejo, ni siquiera enfermo, sólo me encuentro un poco gastado!",

 

 P. Sérgio Almeida

 

 

"...Y Dios vio que era bueno"

 

 Dejó todo silenciosamente y se fue...

 El P. Gelindo Scottini fue un gran trabajador totalmente entregado a la causa del bien. Es un dato concreto que comencé a comprobar en 1971, cuando por primera vez fui a visitar la misión de Nova Coimbra, en el lago Niassa, donde trabajaba desde hacía varios años. Amado por la gente, no ahorraba esfuerzos ni sacrificios con el fin de aliviar los sufrimientos de los que se le habían confiado en aquellos años de guerra. En la escuela de magisterio de Vila Cabral, hoy Lichinga, los alumnos estimaban no sólo su capacidad y seriedad, sino también su estilo sencillo y alegre en medio de ellos. Le gustaba cantar y lo hacía con entusiasmo. Siempre que podía perfeccionaba su capacidad para tocar algún instrumento. Buscaba a alguien que le acompañara y se sentía feliz al hacerlo.

 Humilde, nunca trató de llamar la atención, porque a él le gustaba dar ejemplo de pobreza evangélica, lo que sin duda le habrá acompañado como una riqueza en el cielo. Sufría y aprovechaba el sufrimiento, sabiendo mantener el optimismo y la fe en esa situación y dejar su vida en las manos de Dios.

 Creo que no exagero al decir que el P. Gelindo fue un hermoso ejemplo de Misionero de la Consolata. Dios, como en el momento de la creación, habrá visto que el P. Gelindo era bueno y se lo habrá llevado consigo para ver de cerca a su hijo querido. Y ahora prosigue desde el cielo cantando sus cantares con voz aún más armoniosa... Y a nosotros, que seguimos aquí, nos queda su ejemplo de sembrador del Evangelio, incansable y fiel.

 ¡Quédate con el Señor, P. Gelindo! Que Él te haga feliz toda la eternidad, pues te lo mereces. Y hasta pronto, querido hermano.

 

 P. Severino Bordignon

 

 

Hermano en la alegría y en el dolor

 

 Al recibir la noticia de la muerte del P. Gelindo, volví con el recuerdo a tiempos atrás, cuando trabajaba con él en Nova Coimbra, ahora Mechumwa, y luego en Lichinga, en el magisterio de Nzinje. Volver a sentirle vivo, con su acostumbrada bondad a flor de piel, me ha permitido revivir momentos de alegría y de agradecimiento a Dios por el don de haberle tenido junto a mí durante muchos años.

 Eran años tristes, de supervivencia, luchas, tribulaciones, injusticias, sufrimientos, llanto, privaciones, lejanía, desánimos, guerrillas. En la llanura del río Lunho se vivía todos los días un auténtico purgatorio, dramas infinitos, familias ultrajadas, diezmadas, deportadas. El hambre era el pan cotidiano. Día y noche atronaban las ametralladoras y los morteros.

 El P. Gelindo, siempre atento, corría la zona para socorrer a los heridos, para enjugar las lágrimas de tantos separados de sus familias, deportados por los guerrilleros o represaliados por los portugueses. Él tenía siempre lista una palabra de consuelo, una palabra oportuna, una sonrisa. No ofrecía oro ni plata, sino a sí mismo.

 El P. Gelindo cantaba, cantaba siempre. Eran cantos que sus padres, sin darse cuenta, habían transmitido a su hijo. Cantos antiguos del Trentino que los abuelos, en busca de fortuna, habían llevado hasta Santa Catalina (Brasil). Y nunca se dejaba olvidado en el cajón de su repertorio el "Boa noite, Jesus".

 A veces, un velo de tristeza dejaba entrever un espíritu turbado. Verle así era para mí un sufrimiento. Menos mal que siempre sabía recuperarse y aparecer sereno, el P. Gelindo de siempre, el mejor.

 Saboreaba como nadie el arroz y las alubias, y al canto del gallo, cuando aún era noche cerrada, saboreando un café a la brasileña, me contaba lo que había soñado aquella noche. Eran momentos amenos, de paz y satisfacción. A las cuatro de la mañana estábamos en la iglesia, solos los dos, para meditar en silencio. A veces abría su corazón y me contaba la historia de su infancia hasta Nova Coimbra. Era de una sencillez extraordinaria. Buscaba a toda costa el rostro del Señor en la naturaleza, en los dones recibidos, en su vocación extraordinaria, en todo.

 Era hábil para conocer las lenguas, como el ci-nianja, la lengua del lago, que se convirtió en su lengua. Era un conocedor enciclopédico de historias antiguas. Para encarnarse mejor en la cultura del lugar, se sentaba complacido en las casas de sus habitantes y escuchaba y contaba fábulas imaginarias o medio verídicas. Daba gusto sentir cómo las relataba.

 Le gustaba visitar las comunidades cristianas de Chunga, Metangula, Cobue y Lupilichi. El medio habitual en aquellos tiempos de minas y disparos eran las propias piernas, pero en Lupilichi volaba con el pequeño avión del comandante de Marina, Jesus, muy generoso con los padres. Allí se quedaba una semana y luego volvía feliz, contando todo lo que había hecho.

 Recuerdo que un domingo, de vuelta de Chunga, no hablaba, luego estalló en llanto incontenible y entre risas y lágrimas me contó lo que había sucedido. Los guerrilleros de Frelimo habían entrado en la capilla en busca de jóvenes y se encontraron con él, quien le despojaron de sus vestiduras litúrgicas y le echaron fuera de la capilla. Había salvado de las llamas a Petulo, de tres años, herido en el vientre por una bomba lanzada desde un avión portugués sobre la misión. Felizmente, la madre y el niño a sus espaldas se habían podido salvar.

 Por poco no deja la piel en Maniaba. Estaba recogiendo material en aquella misión para construir la iglesia de Nova Coimbra, dañada por una bomba. Una noche, una bomba de mortero cayó a pocos metros de la habitación donde dormía y se salvó de milagro. Volvió a su misión un mes más tarde aprovechando una columna de soldados y se entregó en seguida a su trabajo. Reconstruyó la iglesia y con el material sobrante logró levantar también una escuela elemental.

 Cuando se me destinó a Unango, me acompañó hasta Metangula, y allí, entre lágrimas, me apretó tratando de impedir que me subiera al avión taxi... Algún mes después también él fue destinado allí y fue a la escuela de magisterio de Lichinga como director. Amó intensamente a aquellos jóvenes. Los problemas eran muchos y a veces iba encantado a Unango, deteniéndose conmigo una semana. Destinado a Brasil, nunca olvidó su Africa del alma.

 Aunque el tiempo pasa, el P. Gelindo permanece vivo más que nunca en el corazón. Su bondad me contagió, su alegría espontánea me sanó, su amor a la misión me infundió mucha savia. Que Dios le tenga en la paz y le conceda todo lo que deseó en la tierra.

 

 P. Mario Teodori