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P. GABBINI GIUSEPPE CARLO 1915-2001 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Angelo Grioni   
22.02.2006

 Su padre se llamaba Leone y su madre Adele, y nació en Paullo Milanese el 4-1915. Había dado importante pasos en el gremio del calzado cuando lo dejó todo y, en 1946, a sus 31 años, ingresó en el Instituto entre las vocaciones adultas. Profeso en 1950, fue ordenado sacerdote en 1954. Se le destinó a Fátima, Portugal, donde durante un año enseñó geografía en el seminario (1954-1955), mientras aprendía la lengua. Como no era éste su campo, se le destinó a otras tareas. En la acogida de peregrinos y huéspedes en la Casa de la Consolata, en la venta de artículos religiosos y en los contactos personales encontró el complemento de su acción pastoral.

 Comienza con poco y desarrolla la actividad hasta convertirse en uno de los mejores promotores de objetos de Fátima. En estos años construye el prestigioso Hotel Pax y la contigua gran tienda de artículos religiosos. El P. Gabbini trabaja con empeño en la realización de estas dos obras que tiene la finalidad de sostener la formación y a los Misioneros en tierra de misión. Como sacerdote despliega gran actividad pastoral en Fátima y alrededores, siendo capellán de Melroeira-Ourém durante varios años. Hasta que un día sufre un accidente con la moto cuando iba a celebrar a aquella iglesia. Era domingo y lo llevaron a casa herido en un carro de bueyes.

 Tenía mucha devoción a la Virgen de Fátima. Por la mañana iba muy temprano a la capillita de las apariciones, donde celebraba la misa y se detenía orando.

 De temperamento muy expansivo, establecía fácilmente contactos y conseguía crear una gran red de amigos que todavía hoy siguen recordándole con admiración.

 En 1970 vuelve a Italia y durante un año dirige los trabajos de construcción del seminario de Boario Terme. Luego, hasta 1990, trabaja en la sección patrimonial del Instituto, en Turín. En 1990 es nombrado director de la clínica Koelliker, que reestructura y agranda llevándola a categoría de hospital reconocido en la región y en todo el país. Al desempeñar este cometido, difunde la idea misionera entre las personas que frecuentan el hospital. En 1998 deja este cargo y se retira a la casa de Alpignano.

 En la mañana del 5 de junio se constata su muerte mientras dormía, debido a un paro cardíaco. El miércoles 6 de junio se celebra la misa funeral, presidida por el P. Silvano Cacciari y asistido por el Padre General y el Superior Regional,

 En la homilía, el P. Cacciari recuerda su vocación en edad madura, su compromiso organizativo, su espíritu religioso y el sentido de familia que siempre le caracterizaron en sus actividades. Participaron en los funerales el Consejo General y numerosos hermanos y hermanas de Roma, Turín, Rivoli y Fátima. Fueron muchos también los familiares, amigos y personal de la clínica Koelliker los que estuvieron presentes.

 Sus restos mortales fueron inhumados en el cementerio de Alpignano.

 

 P. Giuseppe Villa

 

TESTIMONIOS

 

Amigo de toda una vida

 

 Contraje amistad con Carletto Gabbini durante los últimos años de la guerra. Nuestra edad sólo nos separaba algún año. Vivimos y pasamos juntos por las mismas experiencias en la Acción Católica y actividades políticas y sociales, iniciativas de solidaridad y asistencia a necesitados, así como experiencias en el arte dramático. Era el mejor de la compañía, entusiasta para llevar a todos los sitios una palabra que pudiera ayudar. Un personaje capaz de ser un buen empresario. De pronto dejó su pueblo a los treinta años, y nos quedamos de piedra al saber que lo hacía para ser misionero.

 Seguimos caminos diversos, pero estuve siempre en contacto y en relación con él. Recuerdo cuando comenzó los estudios en la Certosa di Pesio, donde fui a saludarle. Le ordenaron sacerdote en 1954, le destinaron a Fátima, estuvo encargado del hospital Koelliker e hizo muchas cosas en favor de los enfermos. Recuerdo que tenía intención de ir a las misiones, pero la grave enfermedad de la malaria que contrajo en Mozambique le convenció para quedarse con los enfermos, quienes eran ya, según sus palabras "sus amigos".

 Fui a verle a Alpignano y me dijo con serenidad que estaba contento por lo que había conseguido realizar en favor de los enfermos y de los misioneros en su pequeño hospital, del que me hablaba a menudo.

 Nuestros encuentros eran breves, pero era suficiente una llamada telefónica con ocasión de las fiestas anuales y especialmente de San Carlos para renovar nuestra amistad y el conocimiento de los Misioneros de la Consolata.

 

 Angelo Grioni