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P. CHIUHC EMILIO 1922-2001 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Franco Sordella   
22.02.2006

 Fueron sus padres Giuseppe y Cecilia Giacomina y nació en San Leonardo (UD) en 1922. En 1934 ingresó en el Instituto y en 1944 hizo la primera profesión. Fue ordenado en 1948. Inmediatamente fue destinado a Tanzania, donde realizó su ideal misionero durante 52 años de misión.

 Energía, tenacidad, trabajo, orden y perfección caracterizaron su compromiso misionero. Para él las dificultades no existían. Sólo existía la misión. Y el P. Emilio sirvió a muchas misiones, a menudo en situaciones difíciles: Tosamaganga, Ilula, Ujewa, Ulete, Chosi, Sadani, Kisinga, Kipengere, Metembwe, Igwachanya, Kifumbe, Casa Regional de Iringa, Pawaga, Nyabula. Trabajó de manera especial, como auténtico pionero, en la fundación de las misiones de Ulete (1956-59), de Chosi (1960-64) y de Kifumbe (1968-79).

 En 1949, apenas llegado a Tanzania, se le llama para desempeñar la labor de secretario de monseñor Attilio Beltramino, obispo de Iringa. Escribiendo al P. Gaudenzio Barlassina, superior general, dice: "...Lo que realmente no me esperaba es el cargo de secretario o algo así de Su Excelencia. No obstante, convencido de no ser por esto menos misionero que otros, me esforzaré siempre por cumplirlo del mejor modo posible. Los caminos de Dios son muchos y se hace siempre lo debido cuando estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios.

 No escondo que en estos primeros días encuentro algo duro estar horas y horas en el despacho, pero el pequeño sacrificio mío es pagado mil veces cuando en la catedral veo conmovido la fe de estos queridos negros y cuando cada tarde, dando a Jesús sacramentado mi último saludo, me siento inundado de gozo".

 Pero es en el duro trabajo de fundación, incluso material, de la misión donde el P. Emilio se siente realmente misionero y da lo mejor que tiene. Así se percibe en una carta escrita el 23-9-1956 al P. Domenico Fiorina, superior general, desde Ulete, a donde ha ido para comenzar una nueva misión: "El 25 de mayo fui destinado aquí a Ulete para abrir la primera filial de los Siervos del Corazón Inmaculado de María en la que un día fue la Bacon Factory: construir, aunque provisional de momento, un hospital; atender al cultivo y la forestación de 800 acres de terreno, etc.

 Aparte los primeros días, bastante duros, ahora podemos decir que estamos bastante bien instalados. Pronto estará listo el sistema de traída de agua. Dentro de algunos días comenzaremos los cimientos de la St. Joseph's House para los watawa. El hospital va ya muy adelantado. El horno, de unos 60.000 ladrillos, estará listo en una semana. Del 30 de junio al 20 de julio volví a dar clases en Ulete. El 12 de agosto el obispo me confió otra tarea bastante exigente: el cuidado de toda la cristiandad de Makadupa-Kibena... Todos los domingos, después de la primera misa y tras hacerles la meditación a los watawa, voy en modo a Makadupa (20 millas) o a Kibena (6 millas y media) para llevar a aquella fervorosa comunidad la consolación de la misa y de una palabra para animarles al bien. Cada vez que voy son tres horas de confesionario. Además de la misa, bautismos y otros asuntos. Cuando todo va bien, sólo hacia la una del mediodía consigo romper el ayuno eucarístico. Como ve, Padre, el trabajo no me falta... y me veo obligado a adelgazar un poco cada día. Pero estoy contento y me encuentro bien".

 El tiempo pasa y el P. Emilio continúa trabajando con sus brazos y su corazón por la misión. En 1973 cumple 25 años de sacerdocio, 24 de ellos pasados en Tanzania, y al responder a la felicitación del P. Guido Motter, vicesuperior general, escribe: "Después de 24 años en Africa sigo sintiéndome feliz con mi consagración al Señor y al prójimo, con la única aflicción de no poder hacer más y mejor. Que tus oraciones me consigan esta gracia".

 En 1982 se le concede permiso para visitar a su hermano en Canadá y en 1985 a sus familiares en Australia. En ambas circunstancias manifiesta su agradecimiento al superior regional. En los períodos de vacaciones-visitas envía sus noticias. Sobre todo repite su cansancio y su deseo de volver a Tanzania lo antes posible. Así, durante la larga permanencia que va de abril de 1998 a marzo de 1999. El 3 de marzo puede por fin escribir: "Ayer pasé por el último examen colonoscópico. He sido aprobado. Me han concedido poder volver a Africa". Aprobado..., pero no con las mejores notas. Volver a Africa... no porque esté curado, sino porque él lo quiere. A alguien le parece incluso una imprudencia. En efecto, en marzo de 2000 se le hinchan improvisamente las glándulas de la garganta y los médicos aconsejan su vuelta inmediata a Italia. Su pensamiento y su corazón están siempre en Nyabula, su última misión, y se lo dice a todos. No parece darse cuenta de su situación real, que empeora de día en día.

 Vuelto a Italia, se le opera en el Cottolengo. El 1º de junio de 2001 llega a la enfermería de Alpignano. Solícitamente cuidado por una hermana, descansa en el Señor el 27 de junio a las 17.15 horas.

 Los funerales se celebran en Alpignano y su pueblo natal. Presiden estas celebraciones los padres Giovanni Zabotti y Antonino Accoto. Sus restos mortales descansan en el cementerio de San Leonardo.

 Ha muerto un misionero que sufrió mucho, y no sólo físicamente. Desde cuarto curso de bachiller le acompañó una hemicrania que afectó sin duda a su personalidad y su carácter y actitudes. Ha muerto un misionero de gran energía y de voluntad de hierro, un misionero consciente que sin la comunión con Dios es imposible fecundar el apostolado. De ahí que fuera intransigente sobre el tiempo concedido a la oración y a la consolidación espiritual. También era grande su sensibilidad por los pobres, a los que ayudaba de diversos modos, siempre con caritativa discreción.

 Dejó escrito en su testamento: "Doy gracias ahora y por siempre al Señor y a la Consolata por el don inefable de la existencia, de los incontables beneficios de naturaleza y de gracia que enriquecieron mi vida, especialmente de la vocación inestimable al sacerdocio y la vida misionera.

 Doy gracias a los hermanos por haber soportado mi carácter áspero. Espero que no me dejen irme de este mundo sin haberme perdonado todas mis faltas en relación con ellos. A pesar de las apariencias, puedo afirmar que siempre les he querido. A nadie he tenido rencor y confío en su oración de sufragio". Todo lo que tenía se lo dejó a los pobres de Nyabula y al Instituto para ayudar a los seminarios de Morogoro y de Mafinga.

 

 P. Giuseppe Villa y P. Giuseppe Inverardi

 y Redacción del Da Casa Madre

 

 

TESTIMONIO

 

Un hombre laborioso

 

 Nervioso e impulsivo, generoso y gentil, laborioso y fervoroso..., todas ellas son definiciones y adjetivos que convienen al P. Emilio visto y conocido en diversos momentos. Viví cuatro años con él en una misión difícil como la de Pawaga. El calor le molestaba mucho y le causaba fuertes dolores de cabeza. Los tambores nocturnos le hartaban tanto que le hacían lamentarse de forma pintoresca, pero siempre fomentaba actitudes hermosas de gozo y ternura, especialmente con los enfermos.

 Tuve con él momentos difíciles de convivencia, pero también momentos extraordinarios de amistad que duró en el tiempo. Aprendí mucho de él: le vi fiel a la oración, generoso en las situaciones de necesidad, afectuoso en los momentos difíciles, esquivo ante las alabanzas.

 He de reconocer que uno de sus rasgos característicos era la laboriosidad y el sabérselas arreglar en cualquier situación, aunque no dispusiera de lo necesario. De sus labios, en las largas tardes en Pawaga, conocí su historia de fundador de misión y pionero en tiempos difíciles.

 El último período en Italia fue para él un calvario, pero siempre con el corazón en Africa, hasta el punto de que sus últimas cartas están llenas de una espera nostálgica de volver a la misión, algo imposible.

 Tengo que darle las gracias porque supo quererme, por haber compartido conmigo muchas dificultades, por haberme hecho partícipe de sus amistades y haberme sido de ejemplo de sencillez, de pobreza religiosa, por saber ser frugal y contentarse con todo. ¡Gracias, P. Emilio!

 

 P. Franco Sordella