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1. Actualidad y urgencia del anuncio No cabe duda de que en la misión ad gentes de la Iglesia, la prioridad corresponde absolutamente al anuncio. Ya el apóstol Pablo estaba convencido de que la fe nace del anuncio: "Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquel en quien no creen? ¿Cómo van a creer en él si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír hablar de él si nadie les predica?" (Rm 10, 14). En la encíclica Redemptoris Missio (RM), el Papa se refiere al decreto conciliar Ad Gentes (AG) para confirmar el principio inequívoco de que "el anuncio tiene la prioridad permanente en la misión" (44). La actualidad y la urgencia del anuncio, sin embargo, están siempre en íntima relación con su contenido: ¿"qué cosa" y sobre todo "quién" tiene la Iglesia el deber de anunciar? La proclamación misionera consiste en decir que en Jesús la salvación ha sido ofrecida a todos los hombres (cfr. AG 13). Ante el sanedrín, Pedro y Juan no temieron afirmar que sólo en Jesús, muerto y resucitado, hay salvación (cfr. He 4, 11-12), y Pablo se desembarazó de las engañosas pretensiones judías y helenistas confesando claramente que no conocía a nadie más que a Jesucristo crucificado, poder de Dios y sabiduría de Dios (cfr. 1Cor 1, 22-25; 2,2). En la perspectiva del comienzo del tercer milenio, el Papa invita a la Iglesia a "partir nuevamente de Cristo". Ante los desafíos de nuestro tiempo, la solución debe buscarse no en hallazgos mágicos, ya que "no nos salvará una fórmula, sino una Persona y la certeza que ella nos da: ¡Yo estoy con vosotros!" (NM 29). El anuncio de Cristo a las gentes es la razón de ser de nuestra vocación misionera, el elemento principal y constitutivo de nuestro Instituto. Confirmar esta finalidad significa para nosotros hoy concentrarnos en lo que es esencial y evitar dar a nuestra misión muchos objetivos. El discernimiento sobre nuestra "misión ad gentes", que el Décimo Capítulo General (XCG) realizó con un empeño responsable, nos permite a nosotros hoy agrupar todas las fuerzas vivas del Instituto y dirigirlas con eficacia hacia este "fin supremo" (cfr. carta J. Allamano, 18.12.1920). Evitaremos así el riesgo de caer en una generalización inconcluyente y perniciosa, que poco a poco podría llevarnos a desvirtuar el carácter misionero de nuestro Instituto y a traicionar el proyecto original del Fundador. 2. Jesucristo, Salvador único y universal
Pablo afirma con convicción en 2Tim: "Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús" (2,5). Elemento indispensable de toda evangelización es el anuncio explícito e inequívoco de Jesucristo: "No hay verdadera evangelización si el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, no son proclamados" (EN 22). Es significativo el título de la primera parte de la RM: "Jesucristo único Salvador", porque, como recuerda Juan Pablo II, nadie va al Padre sino por él (cfr. Jn 14, 6). La misma claridad se encuentra en NM: "[¼] sigue siendo tarea prioritaria de la misión ad gentes el anuncio de que es en Cristo, camino, verdad y vida (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la salvación" (56). Este anuncio convencido es pues el primero y el más importante don que podemos y debemos ofrecer a la humanidad. Para nosotros es un consuelo constatar que la identidad de los anunciadores de la salvación en Cristo está en el origen de nuestro carisma. Para Allamano la proclamación de la verdad, revelada por Cristo, es el camino necesario para acompañar a los hombres a la salvación. El Fundador hizo hincapié con energía y muchas veces en el Euntes docete, refiriéndose también al clásico texto paulino de Rom 10, 14-15 (cfr. Conf I, 264, 483, 497, 501, 608; II, 19; III, 285, 625). La síntesis actual de nuestro carisma la encontramos en el Art. 17 de las Constituciones, donde "el anuncio de la Buena Nueva a los pueblos todavía no evangelizados" figura en primer lugar en la lista de las actividades correspondientes a nuestra identidad y a nuestro fin. Así era ya en los Documentos Capitulares de 1969 (Doc. '69), nn. 15-20, y así lo vemos en las Actas del XCG, p. 37. 3. Jesucristo, salvación integral
Como misioneros, estamos llamados a anunciar y por consiguiente a dispensar la salvación "integral" del hombre. Cristo vino a salvar a todo el hombre, en la integridad de su ser (alma y cuerpo), de sus dimensiones (temporal y espiritual, terrena e inmortal) y de sus relaciones (con Dios, consigo mismo, con los demás hombres y con el mundo): todo el hombre, todos los hombres y toda la historia. El punto de partida para el anuncio, como el vértice del don que ofrece, es la dimensión sobrenatural de la salvación (salvación trascendente), pero nunca separada, y menos aún en oposición, de la dimensión terrena (salvación inmanente). Entre estas dos dimensiones hay vínculos profundos, que Pablo VI analiza así en la EN: "Vínculos de orden antropológico, porque el hombre al que hay que evangelizar no es un ser abstracto [¼]. Vínculos de orden teológico, porque no se puede separar el plano de la creación del de la Redención [¼]. Vínculos de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad, pues ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover [¼] el verdadero y auténtico crecimiento del hombre?" (31). Este modo de presentar la salvación integral es conocido y compartido por nosotros, pues corresponde a nuestra tradición. Nos limitamos, por tanto, a alguna alusión. En primer lugar, la salvación trascendente. Es este el núcleo central de la inspiración originaria de nuestro Fundador. Él ideó a sus Misioneros como "colaboradores de la Redención", insistiendo en el texto paulino "Dei adiutores sumus [somos todos colaboradores de Dios]" (1Cor 3, 9) y citando a menudo la expresión atribuida al pseudo Dionisio Areopagita: "Omnium divinorum divinissimum est cooperari Deo in salutem animarum [Es la más divina de todas las acciones colaborar con Dios en la salvación de las almas]" (Conf III, 469; cfr. I. 43, 83, 128, 264, 363, 481, 608, 621, 650; II, 19; III, 101, 247, 625). En la EN, Pablo VI confirma vigorosamente esa misma afirmación cuando escribe: "Y no ya una salvación inmanente [¼], sino una salvación que supera todos estos límites para situarse en una comunión con el único Absoluto, el de Dios: salvación trascendente, escatológica, que ciertamente tiene su comienzo en esta vida pero que se realiza en la eternidad" (EN, 27). Si el discurso sobre la salvación se detuviera en la dimensión trascendente sería limitado. Debe ser completado con el de la dimensión inmanente, es decir, de la promoción humana, que es "parte integrante" del anuncio. Es necesaria una proporción en el plano operativo, como justamente dice Pablo VI: "Pero la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la llamada recíproca que continuamente se hacen el evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. Por eso la evangelización comporta un mensaje explícito, adaptado a las diversas situaciones, constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de la persona humana, sobre la vida familiar sin la que el crecimiento humano difícilmente es posible, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje, particularmente vigoroso en nuestros días, sobre la liberación" (EN 29). También esta dimensión terrena sobre la salvación está profundamente enraizada en nuestra historia. No podemos olvidar el decidido empeño de nuestro Fundador en la formación de sus Misioneros para que en el servicio apostólico se tuviera la competencia adecuada (cfr. Carta. Circ. del 2.10.1910 e 10.6.1923). Nos lo recuerda el mismo Santo Padre en el mensaje para el centenario: "Desde el principio, vuestros misioneros unieron a la evangelización un esfuerzo concreto de promoción humana, dando la precedencia al cuidado de los más pobres y marginados. Es un estilo apostólico que podríamos llamar "integral", porque en él se tienen en cuenta todas las exigencias del ser humano. Vuestro Fundador, fortalecido por la fe y animado por un sano realismo, no dudaba de que los hombres amarían una religión que, además de las promesas de la vida futura, los hace más felices en esta tierra [¼]. Proseguid confiados por este camino, que distingue a vuestra Familia religiosa, coherentes siempre con vuestro típico modo de ser misioneros" (4). 4. El Misionero, anunciador de salvación
El Capítulo de 1999 nos ofrece un criterio muy práctico y sencillo de ser anunciadores: "Consciente de ser sujeto privilegiado del anuncio, el Misionero de la Consolata debe alimentar constantemente en sí mismo los sentimientos propuestos por el Fundador" (XCG 40). Sobre la base de este criterio, proponemos algunas de las actitudes que consideramos más en sintonía con las propuestas del Beato Allamano: a. En primer lugar, comprometerse a vivir una relación personal y sentida con Jesucristo, Palabra definitiva y primer Misionero del Padre. Aquí estamos en el plano de la coherencia de vida: nos corresponde a nosotros anunciar sólo a "quien" y " lo que" hemos oído, visto, contemplado y tocado con nuestras manos (cfr. 1Jn 1, 1), porque de no ser así nuestro mensaje sería vacío o se limitaría a lo puramente especulativo. En este sentido, es útil recurrir a la experiencia personal del Padre Fundador. Incontables veces recurre él al ejemplo de Cristo para ilustrar las virtudes necesarias al misionero. Pronuncia muchas veces su nombre, y siempre con mucha reverencia. Esto significa que su comunión con el Señor era espontánea, muy sentida y constante. Invita a imitar a san Pablo, que en sus cartas usa el nombre de Jesús muchas veces (cfr. Conf I, 244, 434, 576; II, 33). Y añade: "Cuando pronunciáis este santísimo nombre, debéis sentir una especie de sabor: es alimento. Pronunciadlo lo más a menudo que podáis" (Conf I, 245). "No sólo debéis tener el espíritu de Nuestro Señor, sino que debéis fomentar sus pensamientos, sus palabras y sus acciones" (Conf III, 16). El Papa establece en la NM el impulso para un nuevo arrojo misionero justamente sobre este principio: "Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo, no puede guardárselo para sí, sino que debe anunciarle" (40).
b. Una segunda actitud es la valentía de anunciar el Evangelio de Cristo. Con el apóstol Pablo debemos decir también nosotros: "No me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rom 1, 16). En la RM, Juan Pablo II responde a la pregunta: "¿Por qué la misión?", con esta sencilla afirmación: "Porque a nosotros, como a San Pablo, "nos ha sido concedida la gracia de anunciar a los paganos la incalculable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)" (11). Y en la NM es aún más explícito: "No debemos tener miedo de que pueda ser una ofensa a la identidad del otro lo que es anuncio gozoso de un don que es para todos y que se propone a todos con el mayor respeto de la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor que "tanto amó al mundo que entregó a su hijo unigénito" (Jn 3, 16)" (56). El Misionero de la Consolata, consciente del deber y de la responsabilidad de anunciar a Cristo, debe en primer lugar alimentar en si mismo las actitudes que el Beato Allamano quería que acompañaran a sus Misioneros y que el XCG ha elencado así: ¨ haga suyo el Evangelio viviendo en actitud de búsqueda, diálogo y confrontación, dejándose interpelar por el evangelio que anuncia a los demás; ¨ haga de la Sagrada Escritura "su libro" sobre el que inclinarse todos los días para meditar; anunciador de la Palabra, es él su primer destinatario; ¨ convénzase de la necesidad del estudio, recordando que vale aún más para el Misionero lo que el Fundador, con expresión aguda, dice del sacerdote ignorante: "tiene boca para evangelizar la Palabra de Dios, pero la mantiene cerrada por su ignorancia; y menos mal, pues si hablara diría despropósitos" (VS 185); ¨ considere la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia, los acontecimientos, las personas, las culturas, la naturaleza y el arte como un libro que debe leerse constantemente y sobre el que orar, también con la comunidad cristiana, para crecer espiritualmente y llevar a cabo una evangelización viva y contextualizada" (XCG 40). La valentía que empuja al misionero a expresar su fe en Cristo, debe también sostenerle, en algunos casos, en la espera de la maduración de los tiempos para hacer el anuncio explícito. Esta espera, laboriosa y paciente, es exigida por la RM, que la considera también como la actitud característica de toda evangelización (cfr. 52, 57). En el anuncio a las gentes, la evangelización encuentra en efecto culturas diferentes y lenguas extrañas que le imponen a veces largos tiempos y espera paciente antes de poder realizar una evangelización eficaz. Debe saber entonces cultivar la perseverancia en el empeño, la espera vigilante de los tiempos de Dios, la aceptación de los retos que provienen de las diversidades culturales y sociales. c. Añadamos una tercera actitud: estar convencidos de nuestra propia vocación de misioneros ad gentes y de Misioneros de la Consolata. En la RM el Papa confirma la vocación especial y ad vitam de los misioneros porque representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, ya que es un compromiso radical y total. Y anima así: "Los misioneros despertarán [¼] la gracia de su carisma específico y emprenderán con valentía su camino, prefiriendo [¼] los puestos más humildes y arduos" (66). Para nosotros, despertar la gracia de nuestro carisma significa en primer lugar confirmar la identidad de misioneros ad gentes, en el sentido vasto y complejo ampliamente ilustrado por el último Capítulo (cfr. XCG 41-44). No dudemos nunca de que hemos sido "elegidos para anunciar el Evangelio de Dios" (Rom 1, 1) y mantengamos firme la consigna de nuestro Fundador: "Entregaos "toto corde et omnibus viribus" [con todo el corazón y con todas las fuerzas] a la obra de la evangelización. Para este fin especial de haceros santos elegisteis el camino de las misiones, prefiriendo nuestro Instituto" (Carta Circular del 2.10.1910). Despertar la gracia de nuestro carisma significa, además, cultivar el sentido de "pertenencia" al Instituto y todos los aspectos que lo caracterizan. El Fundador nos invita calurosamente y en diversas ocasiones a sentir el gozo, incluso el orgullo, de ser Misioneros de la Consolata: "Podemos gloriarnos de tener dos títulos, el [¼] de la Virgen y el del don, cada uno de los cuales sería suficiente" (Conf I, 619; Cf.. I, 553; III, 337, 347, 349; Conf. a las Hermanas, I, 428; II, 666). El gozo de pertenecer a la Familia de los Misioneros de la Consolata nos debe espolear no sólo a amar cada día más nuestra vocación, sino a hacer partícipes de ella a los demás. De nuestro testimonio de vida dependerá el nacimiento de otras vocaciones. Al compromiso de la animación vocacional nos reta el propio Mensaje del Papa al Instituto: "Seguid empeñándoos en el campo vocacional, que forma parte de las motivaciones de vuestra fundación y que el Señor os consuele con el don de numerosas vocaciones" (5). No permitamos que nos asusten los desafíos que pueden provenir del mundo juvenil hoy y de una cultura moderna que parece cada vez más extraña a los valores evangélicos y a la vocación misionera. En este contexto, finalmente, no podemos descuidar el sentido mariano ligado, por explícita voluntad del Fundador, a nuestra identidad de Misioneros de la Consolata. No deja de tener sentido que el Beato Allamano relacionara el nombre de la Consolata con el título oficial del Instituto. Su comentario es éste: "Llevamos este título como nombre y apellido" (Conf I, 568). El propio lema, Et annuntiabunt gloriam meam gentibus [Y anunciarán mi gloria a los gentiles] (Is 66, 19), tiene una connotación soteriológica y una referencia mariana, aunque sea en sentido devocional. Se deriva de ello que el espíritu mariano es connatural a nuestro ministerio de anunciadores. Quien se acerca a nosotros debe darse cuenta espontáneamente de que somos misioneros marianos. María, efectivamente, será la que ilumine totalmente nuestro estilo de dispensadores de la salvación en el anuncio, en el diálogo y en la celebración de los misterios divinos. Según el espíritu del Beato Allamano, debe ser mariano nuestro amor a la Iglesia. Mariana tendrá que ser nuestra actitud de respeto y acogida de los valores culturales y religiosos de los pueblos a los que somos enviados. Mariano deberá ser también nuestro estilo de celebración de los misterios divinos "con una excelente calidad bajo el aspecto litúrgico y ceremonial, pero especialmente lleno de espíritu de fe, no dirigido a buscar lo espectacular sino a comunicar a Dios" (Dispensadores de los Misterios de la Salvación, p. 272). d. Por último, señalamos como indispensable, especialmente en este momento histórico, una actitud de sana y valiente apertura. Debemos saber superar la repetitividad y la estaticidad. Constatamos con satisfacción que el Instituto se ha comprometido seriamente en la renovación. Baste pensar en el extraordinario impulso, válido y eficaz hasta el día de hoy, que el Capítulo de 1969 dio en esta dirección. Vemos un impulso análogo en el último Capítulo, como se desprende de las Actas en la parte donde se señalan las diversas realidades y se avanzan propuestas operativas. Además consideramos de gran actualidad la afirmación establecida como principio básico para realizar una auténtica renovación de nuestra misión: "La novedad de la Misión pone en escena temas y métodos que, aunque ya presentes en la tradición misionera de nuestro Instituto, por la diversidad de situaciones no han tenido gran desarrollo ideológico ni práctico. Es la que hace crecer el cúmulo de conceptos, métodos y comportamientos en los que es preciso educarse" (XCG 70) También en favor de esta última actitud contamos con la llamada iluminadora del Papa. Después de recordar que la misión del Redentor está muy lejos todavía de su cumplimiento, expone los principales retos a los que debemos responder y que exigen nuestra valentía, creatividad, actitudes nuevas y preparación cada vez más específica. Y concluye así su mensaje al Instituto: "Son estas algunas de las perspectivas que tienen que ver especialmente con vosotros, llamados a ser misioneros de frontera" (2). PISTAS DE REFLEXIÓN - En tus compromisos misioneros y los de tu comunidad, ¿qué prioridad tiene el anuncio de Cristo? ¿Armonizas con facilidad la evangelización y la promoción humana? - En tu trabajo pastoral, ¿tiene la prioridad el "primer anuncio" o la "conservación de la fe"? ¿Estás preparado para realizar una verificación seria de tu compromiso pastoral con vistas a conseguir una mayor calificación misionera "ad gentes" de tu circunscripción? - ¿De qué modo la Palabra de Dios que anuncias te implica personalmente? ¿Qué lugar tiene el "compartir la Palabra" (o Lectio divina) en tu ministerio pastoral? ¿Cuánto esmero pones al desarrollar el ministerio del anuncio de la Palabra? ¿Qué dimensiones IMC caracterizan especialmente tu evangelización? -¿Qué significa para ti, en tu concreta situación misionera, anunciar a Jesús? ¿Cómo lo haces concretamente? - ¿Sabes "escuchar" en profundidad las verdaderas preguntas de la cultura donde estás insertado antes de dar las respuestas del Evangelio? - ¿Qué aspectos del anuncio de Cristo Salvador, en ti y en el Instituto, necesitan especialmente una "sana y valiente apertura" y de qué modo? - ¿Qué actitudes concretas de vida debe generar en nosotros la dimensión mariana de nuestra vocación? ¿Y nuestro "nombre" de Misioneros de la Consolata?
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