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II. "QUE VEAN VUESTRA BUENAS OBRAS" (Mt 5, 16) Imprimir E-mail
Escrito por Consolata.org   
22.02.2006

Describiendo los caminos de la misión, la RM señala el testimonio como "la primera forma de evangelización" (cfr. 42-43). Era ya este el orden propuesto por el decreto conciliar en los nn. 11-12, donde se precisaba que el testimonio requiere una "presencia de caridad", la cual prepara el ambiente indispensable para el anuncio explícito del misterio de Cristo.
Profundizando en este concepto, la encíclica misionera afirma que "la primera forma de testimonio es la vida misma del misionero [¼]. El misionero que, aun con todos sus límites y defectos humanos, vive con sencillez el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales" (42).
Sobre la base de nuestra tradición y con la garantía del Magisterio eclesiástico, pongamos ahora de relieve tres aspectos del testimonio en relación con la misión ad gentes: la presencia en medio de la gente, la espiritualidad de la comunión y la santidad de vida.

1. El misionero vive con la gente

Es útil retrotraernos a lo que la AG quiso decir a toda la Iglesia, y especialmente a los misioneros, ilustrando las varias fases en las que se desarrolla la actividad de la evangelización: Para tener la capacidad de proclamar a todos la salvación, la Iglesia no debe cerrarse en sí misma, sino insertarse en los grupos humanos "con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió" (10). Se vislumbra aquí el tema de la inculturación o de la encarnación del mensaje.
Establecida en medio de los hombres, la Iglesia manifiesta con el ejemplo de vida evangélica y con la palabra diáfana en qué consiste la especificidad del misterio de Cristo Salvador y la novedad de su mensaje (cfr. Ibíd. 11). Esta presencia, para que sea auténtico testimonio, debe ser alimentada por la caridad y extenderse a todos sin distinciones étnicas, sociales o religiosas. Por consiguiente, la Iglesia se siente en el deber y tiene el derecho de colaborar con quienes, ya sean gobiernos, grupos sociales o grupos religiosos, promueven al hombre en cualquier sector y con toda clase de iniciativas (cfr. Ibíd.. 12).
Este impulso conciliar ha sido decisivo y ha generado aperturas insospechadas. Precisamente partiendo de estas premisas y casi siguiendo su esquena, la RM describe el testimonio como premisa y acompañamiento indispensable para la evangelización. Remitimos a los nn. 42-43 de la encíclica, que parten de la convicción explícita de que "el hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros, más en la experiencia que en la doctrina, más en la vida y en los hechos que en las teorías" (42).
Nosotros nos sentimos en nuestro ambiente en este orden de consideraciones. En efecto, desde los orígenes nuestros misioneros maduraron, en íntimo contacto con el Fundador, el método de la formación y elevación del ambiente. En la práctica, este método consistió en una proximidad espontánea con la gente y en un sincero compromiso de conocer su vida en todos los ámbitos posibles. El mismo Fundador confirmó esta actitud en la carta circular de 1910 (cfr. Quasi una vita¼ V, 407-411).
Con su renovación, el Instituto ha tratado de ser fiel a este espíritu, como acreditan las Constituciones renovadas: "Deseamos estar presentes entre la gente con la que trabajamos, de forma sencilla y fraterna, con contactos personales y con atención a sus problemas y necesidades concretas" (73). También el último Capítulo, ilustrando el significado de "consolación", inmediatamente después del anuncio del Evangelio, pone la "proximidad a la gente" y explica: "El Fundador y los primeros Misioneros intuyeron que el verdadero diálogo de salvación se favorece compartiendo amistosamente la vida [¼]. Ese diálogo conserva hoy toda su validez" (XCG 52).
Nuestra actitud de misioneros, por tanto, no puede seguir otra dirección. Hoy, como ayer, es una exigencia fundamental del testimonio misionero vivir en medio de la gente, conocerla, solidarizándose con ella en espíritu de intercambio y colaboración. El buen sentido y la discreción, sugeridos por la consagración religiosa, no exigen que seamos misioneros apartados o cerrados en nosotros mismos; somos para la gente y para anunciar a Cristo Salvador.
Vivir en medio de la gente significa también para nosotros solidarizarnos con los pobres, en sintonía con una opción clara hecha por la Iglesia en los últimos tiempos. Ellos son en efecto para nosotros la parte elegida del pueblo de Dios, el locus theologicus de nuestra misionalidad, una invitación apremiante a la conversión de vida en línea con las bienaventuranzas y la fraternidad solidaria. No podemos dejar de hacer nuestras las expresiones contenidas en una alocución de Juan Pablo II del 23-12-'84: "La Iglesia ha proclamado solemnemente que hace suya la opción preferencial por los pobres. Esta "opción", que es hoy subrayada con fuerza especial por los Episcopados de América Latina, ha sido repetidamente confirmada... He hecho y hago mía esa "opción", me identifico con ella. Y siento que no podría ser de otra manera, ya que es este el mensaje eterno del Evangelio. Así hizo Cristo y así hicieron los apóstoles de Cristo; así hizo la Iglesia a lo largo de su historia dos veces milenaria".


2. El misionero es experto en comunión

Hoy habla nuestra comunión. Nuestro trabajo con la Iglesia local, con otros misioneros, en contacto con los laicos y los numerosos agentes de pastoral, exige que seamos personas que hacen de la comunión un estilo de vida. Sabemos que fue sobre todo la vida de amor recíproco y concreto de las primeras comunidades lo que permitió al cristianismo de los primeros siglos evangelizar a la sociedad pagana. Este milagro puede repetirse de nuevo.
La sociedad moderna exige más que nunca nuestra capacidad de comunicar a Dios, incluso sin hablar de él. ¿Qué puede diferenciarnos de otros organismos que actúan en favor de los pueblos -a menudo con gran profesionalidad y eficiencia de estructuras- si no es nuestra vida expresada en un gozoso servicio y en el amor mutuo? La calidad de nuestras relaciones de comunión es la clave para una nueva evangelización.
En este terreno, el Papa nos invita especialmente a nosotros, personas consagradas y misioneros, a encontrar en la espiritualidad de comunión la clave para un anuncio eficaz y un instrumento precioso para dialogar con todos: "Espiritualidad de la comunión significa sobre todo mirada del corazón sobre el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz debe ser percibida también en el rostro de los hermanos que están junto a nosotros. Espiritualidad de la comunión significa además capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad del Cuerpo místico, por tanto como "alguien que me pertenece", para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y tomarme en serio sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver sobre todo lo que de positivo hay en el otro, para acogerle y valorarle como don de Dios... Espiritualidad de la comunión es finalmente saber "hacer sitio" al hermano, llevando "las cargas los unos de los otros"" (NM 43).
La llamada del Papa debe tener en todos nosotros una resonancia especial en razón de nuestras raíces carismáticas. ¿Cómo no recordar "el espíritu de cuerpo" y el concepto de "acción común" querida por el P. Fundador? En nuestra tradición, a partir del Fundador, es evidente la concepción del Instituto como "cuerpo unitario" (espíritu de cuerpo y familia), en el que cada cual desempeña su tarea, pero con unidad de intenciones. Es el Instituto que evangeliza en su conjunto, aunque cada uno de los misioneros esté comprometido en actividades diferentes. Su eficacia evangelizadora aumenta en proporción con el crecimiento de la comunión entre sus miembros. Lo que cuenta es tener un espíritu profundo de cuerpo y sentirnos todos igualmente partícipes de la actividad misionera que la comunidad del Instituto realiza.
Quizá tengamos que confesar que todavía no hemos desterrado totalmente de nosotros el pensamiento de que la comunidad es "obstáculo" para un eficaz trabajo misionero, que nuestros hermanos de otras culturas pueden ser un impedimento y no una riqueza en favor de una mejor fraternidad, que mi protagonismo personal y no la "comunión de intenciones" es determinante para asegurar eficacia a la evangelización. Ojalá una nueva lectura de nuestras fuentes carismáticas y una atención a los documentos de la Iglesia y del Instituto consiga reconducirnos decididamente al sendero de esa vida que el Beato Fundador soñaba para todos nosotros.


3. El verdadero misionero es el santo

Leyendo la parte conclusiva de la RM, titulada justamente "el verdadero misionero es el santo" (Cf. 90-91), podríamos tener la impresión de que ha sido redactada teniendo en cuenta la doctrina de Allamano. Obviamente no ha sido así, pero nos encanta notar que el Santo Padre, con ocasión de nuestro centenario, quisiera relacionar las afirmaciones de su encíclica misionera con el pensamiento de Allamano. El n. 3 del Mensaje es, en efecto, la síntesis de lo que nuestro Fundador repitió muchas veces sobre este tema. Aun siendo un hombre realista, soñaba que todos sus misioneros fueran "de primera calidad", y decía: "Debemos antes ser buenos y santos nosotros, luego haremos buenos y santos a los demás; de lo contrario no seremos buenos ni para los demás ni para nosotros" (Conf I, 279). En el pensamiento de Allamano, también la consagración religiosa guarda relación con el ideal de la santidad: "Si queréis ser misioneros en toda regla, antes debéis ser óptimos religiosos; antes de convertir a los demás es necesario que seamos santos nosotros" (Conf III, 342, cfr. I, 623, 626; III, 336-342, 436-437). El binomio misionero-religioso, por tanto, es para nosotros sinónimo de misionero-santo.
Obviamente, el compromiso de santidad es una actitud que previene y supera el testimonio de vida. Nosotros lo consideramos en este contexto, convencidos por la experiencia que los santos son los misioneros más creíbles, porque hablan con su vida. El Fundador decía: "La excelencia [del estado misionero] se reconoce por el deseo que tuvieron todos los santos de ser misioneros, porque estaban llenos de amor a Dios y a las almas" (Conf III, 370); "Todos los santos son naturalmente misioneros, porque se han afanado en su vida por la gloria de Dios y la salvación de las almas" (Conf III, 349). El mensaje del Papa comenta así las exhortaciones de Allamano sobre la santidad: "No basta renovar los métodos y los programas para dar un nuevo impulso a la misión. Como tuve ocasión de afirmar en la encíclica Redemptoris Missio, se necesitan ante todo apóstoles llenos de celo, porque el verdadero misionero es el santo (90)" (3).


PISTAS DE REFLEXIÓN

- ¿Cómo plasmas en tu situación personal la intuición del Fundador que nos quería cercanos a la gente y solidarios con ella? ¿Favorecen nuestras estructuras misioneras esta cercanía? ¿Cómo cultivas el interés en conocer la lengua y las costumbres del pueblo en medio del que vives?
- ¿Cómo consideras que tiene que realizarse hoy "la elevación del ambiente" según el espíritu del Fundador? ¿Qué nuevas exigencias en este campo nos exige hoy la misión?
- Según el espíritu del Fundador y de la nueva evangelización, ¿cómo percibes la espiritualidad de la comunión? ¿Cómo la vives en la comunidad IMC, dentro de la Iglesia local, con los fieles laicos?
- ¿Somos nosotros hoy reconocibles como hijos de Allamano por el compromiso en profundizar y vivir su lema: "primero santos y luego misioneros" y por el uso de los medios tan encarecidos por él?
-¿Es mi vida un "signo" claro y limpio que da testimonio de Cristo y del Evangelio entre la gente con la que vivo?