Narrow screen resolution Wide screen resolution
IV. "HACED ESTO EN MEMORIA MIA" (Lc 22, 19) Imprimir E-mail
Escrito por P. Piero Trabucco, IMC   
22.02.2006

Nuestra función de dispensadores de la salvación, además del anuncio, el testimonio y el diálogo, comporta, como culmen y fuente, la celebración de los sagrados misterios. También en torno a este tema examinaremos brevemente la naturaleza de la misión, la medida de su arraigo en nuestro carisma y las actitudes que requiere en nosotros.


1. Celebramos la salvación

El camino personal de conversión a la fe concluye con la inserción de los catecúmenos en la comunidad, a través de la celebración de los divinos misterios y la participación en la vida de la gracia. Así se expresa, en efecto, el decreto conciliar AG: "Liberados luego [los catecúmenos], por los sacramentos de la iniciación cristiana, del poder de las tinieblas, muertos, sepultados y resucitados con Cristo, reciben el Espíritu de hijos de adopción y celebran con todo el Pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor" (14).
Si la palabra anunciada es una llamada a la fe, la celebración litúrgica es la fe vivida en el seno de la comunidad reunida alrededor de Cristo. El Señor, en efecto, envió a los apóstoles no sólo a que predicaran la Buena Noticia, "sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban mediante el sacrificio" (SC 6). Y para realizar esa obra Cristo se hace siempre presente a su Iglesia, de manera especial en las acciones litúrgicas, entre las que ocupa el primer puesto el sacrificio eucarístico, que es "fuente y ápice de toda la vida cristiana" (LG 11; cfr. 1Cor 11,26).
La liturgia ciertamente no agota, como hemos visto anteriormente, toda la acción salvífica de la Iglesia. No obstante, ella es el culmen a la que tiende y, al mismo tiempo, la fuente de donde brota toda su fuerza (Cf. SC 10). La celebración de los divinos misterios, con los que se dispensa la salvación y se viven, es pues uno de nuestros cometidos más exigentes, porque es el punto de llegada del camino de conversión y el comienzo de la fundación de la Iglesia (Cf. AG 14.15).

2. Nuestra herencia

Una síntesis sencilla y completa de nuestro carisma en relación con las celebraciones litúrgicas nos la ofrecen las Constituciones: "El amor a la sagrada Liturgia, el modo fervoroso y digno de celebrarla, participando y viviendo su espíritu, es una "herencia" que nos ha dejado el Fundador. Él quiere que, en este compromiso, nos distingamos y seamos reconocidos como sus hijos" (14).
Todos sabemos cuánto dijo e hizo Allamano para formar a sus misioneros a celebrar con convicción, fervor y dignidad las acciones litúrgicas. El "esmero" en las celebraciones -él mismo lo admitía con sencillez- era "su debilidad" y daba gracias al Señor por haberle concedido el don de "este espíritu" (cfr. Conf I, 211; III, 181).
En tiempos de Allamano se hablaba comúnmente de "ceremonias", pero el espíritu con que él vivía la liturgia era radiante y solemne. Basta leer con atención las exhortaciones del Fundador para darse cuenta de lo completa que era su comprensión y de lo profunda que era su fe en los divinos misterios celebrados en la liturgia (cfr. Conf I, 124-125, 210-211; II, 49, 618; III, 181, 545-547, 689-690).
El Fundador nos transmitió estas convicciones suyas con especial interés. Allamano pretendía, o más exactamente deseaba, que nos reconocieran como sus "queridos hijos" (Conf I, 77) precisamente por el "esmero" en las celebraciones. Esta tenía que ser una "característica de los Misioneros de la Consolata" (Conf I, 78), que él mismo nos transmitía como un "querer suyo" (Conf III, 546) y como un don: "Deseo dejaros como herencia que realicéis siempre muy bien los ritos sagrados" (Conf III, 674). No dejemos pasar por alto dos adverbios que tan bien expresan la personalidad de Allamano: "siempre" y "mucho".
Podemos afirmar que nuestra Familia misionera, a pesar de alguna fragilidad, no ha descuidado nunca esta herencia tan preciosa. El citado Art.. 14 de las Constituciones, en efecto, es como una conclusión lógica del camino precedente, tal vez fatigoso, de fidelidad y renovación, que vivió un momento de especial intensidad en el Capítulo de 1969 (cfr. Doc. '69, nn. 42, 298, 314, 334, 459 y otros) y encontró un significativo impulso en el último Capítulo (XCG 57-58).

3. Dispensadores de los misterios de la salvación en la Liturgia

Preguntémonos: ¿Qué actitudes debemos fomentar para que la liturgia que celebramos constituya y se reconozca como celebración de los misterios de la salvación? Para responder a esta pregunta no encontramos nada mejor que volver a leer íntegramente y a interpretar las "recomendaciones" del último Capítulo, que describe e incluso hace una lista de las principales actitudes que se requieren.

a. Esfuerzo de comprensión y de coherencia entre celebración y vida

"El Capítulo recomienda a todos los Misioneros que celebren los misterios de nuestra salvación con alegría, participación, plenitud de significado y de espíritu y de compromiso para vivir lo que celebran en la fe" (XCG 59). Esta actitud está enraizada en Allamano, quien estaba convencido de que las ceremonias en sí mismas, ni aun en el caso de que se conocieran y realizaran bien, de nada servirían si les faltara a los misioneros la clara conciencia de los misterios celebrados y la voluntad de vivirlos (cfr. Conf III, 551, 704).
Aplicando esta convicción a la Eucaristía, así razonaba Allamano: celebrar la Eucaristía es "actualizar la Redención" y "ofrecer la salvación" a la humanidad que vive hoy, porque la santa Misa se relaciona directamente con el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor (cfr. Conf I, 190, 472-473; II, 299-300, 303, 406, 410, 412-413, 609; III, 116, 593, 644, 671). La misma expresión de "multiplicar los tabernáculos", tan querida por el Fundador, además de expresar la alegría por la presencia de Cristo que reúne a su alrededor a la nueva comunidad cristiana, tiene un preciso valor soteriológico, porque en la misión los tabernáculos son "hogares de amor para nosotros y de misericordia para los infieles" (Conf I. 293). Esta es la razón de que el Fundador no se contentara con que tuviéramos la devoción eucarística, sino que nos quería realmente "misioneros eucarísticos", "sacramentinos", es decir, con una vida centrada en la Eucaristía (cfr. Const. 12). Este criterio de comprensión y coherencia en relación con la Eucaristía es aplicable a todos los demás misterios que, juntamente con nuestras comunidades, celebramos en la liturgia.

b. La atenta ejecución y la participación digna en lo que celebramos

"Las celebraciones deben prepararse con esmero y sensibilidad pastoral, sin improvisaciones, especialmente la homilía" (XCG 59). También las Constituciones hablan de celebración "preparada con esmero" (58).
Sabemos que el Fundador exigía preparación en las celebraciones litúrgicas, exactitud en su ejecución y dignidad de comportamiento. Las numerosas citas ofrecidas anteriormente contienen estos elementos también. Podemos decir que la pedagogía de Allamano es muy exigente en relación con la "pulcritud" de las celebraciones litúrgicas. Escuchemos como actual su deseo en relación con las ceremonias: "Esta casa debería ser siempre modelo en esto. ¡Cuánto me gusta que las hagáis bien! Creedme: si el gusto acompaña a las ceremonias habrá muchas bendiciones de Dios [...]. No quisiera que mientras yo vivo las hagáis bien y luego..." (Conf III, 674). Era el 8 de abril de 1923. Después de casi 80 años, seguramente tratamos de continuar siéndole fieles, con el fin de que se nos reconozca todavía como sus "queridos hijos" al ver el modo como celebramos y vivimos los momentos litúrgicos.

c. La disposición y la capacidad de inculturar y actualizar las celebraciones

"[Las celebraciones] expresen el misterio de Cristo con un lenguaje y unos signos comprensibles, inculturados en la realidad y la vida de la gente. En la celebración de la salvación introdúzcase y tenga eco la vida de las comunidades cristianas y de la humanidad, con sus gozos y sufrimientos, riquezas y debilidades, de tal modo que sea realmente salvífica, transforme las conductas y las relaciones entre las personas, lleve a la conversión y la reconciliación, consuele y dé vida, sane las heridas [...]; provoque el compromiso en las actividades de caridad y Misión" (XCG 59). También las Constituciones se decantan en esta línea: "La celebración de los misterios de la salvación [...], sea activamente participada, se convierta en fuente de meditación y de oración, y estímulo para realizar obras de caridad y de apostolado" (Const. 58).
Existe la no fácil problemática del lenguaje litúrgico, que no tiene que ver sólo con las palabras que hay que pronunciar sino con todos los gestos y signos usados en las celebraciones.
El objetivo consiste en facilitar el paso, durante y por medio de las celebraciones, de lo divino a lo humano, del misterio a la vida, y viceversa. Este objetivo requiere de nosotros, que presidimos las celebraciones, una especial sensibilidad, apertura y capacidad para entrar en sintonía con la comunidad que celebra. Ésta, en efecto, tiene el deber y el derecho a realizar una participación en los sagrados misterios consciente, actualizada y lo más personalizada posible.
No olvidemos que somos herederos de un espíritu litúrgico muy intenso, como era el de Allamano. Con este potencial a nuestra disposición, no será difícil acompañar a nuestras comunidades y entrar lo máximo posible en la dinámica de la salvación mediante celebraciones que sean capaces de unir el Misterio de Cristo con su vida real.

PISTAS DE REFLEXIÓN
- "El amor a la sagrada liturgia, el modo fervoroso y digno de celebrarla, de participar en ella y de tener su espíritu, es una herencia que nos dejó el Fundador": ¿somos todavía nosotros fieles a esta herencia? Ejemplifica tu respuesta después de haber analizado tu ministerio pastoral y el de los Misioneros de tu circunscripción.
- Examina los dos momentos litúrgicos más significativos de tu jornada y comenta lo que las Constituciones nos piden al respecto:
o La Eucaristía: "Durante todo el día debe impregnar pensamientos, intenciones, actividades; de la riqueza y profundidad de nuestra vida eucarística se alimenta la fuerza de nuestro apostolado, la irradiación de la fe, la atracción por Cristo" (Const. 63);
o La Liturgia de las Horas: "Con la Liturgia de las Horas nos convertimos en "voz de Cristo" que suplica al Padre la salvación de todo el mundo, ejerciendo la función materna de la Iglesia de llevar los hombres al Señor" (Const. 66).
- ¿Qué consecuencias concretas ha producido en tu trabajo pastoral-misionero esta "característica" que el Fundador quiso dar al Instituto?
- ¿Qué relación comporta la celebración litúrgica de tu comunidad con los demás caminos de proclamación de la salvación: anuncio, testimonio, diálogo y promoción humana?
- ¿Consideras que tu acción misionera sufre todavía de alguna "sacramentalización" apresurada?

Conclusión

Recordando la invitación que el Santo Padre dirigió a toda la Iglesia al final del Gran Jubileo: "¡Vayamos adelante con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como vasto océano en el que aventurarnos, contando con la ayuda de Cristo" (NM 58), todos los Misioneros de la Consolata nos comprometemos a emprender un nuevo siglo de evangelización, siguiendo decididamente las huellas de Cristo y fijándonos en los ejemplos de tantos hermanos nuestros "santos".
Sentimos particularmente cercana la presencia y la protección de la Consolata, que "ha querido prestarnos su nombre y nos ha cobijado bajo su manto" (Conf III, 387), que "ha hecho milagros cotidianos por el Instituto" (Conf II, 308), que "es nuestra madre, de quien nos enorgullecemos de ser hijos predilectos" (Conf I, 177) y "a quien tenemos siempre cerca, también en África" (Conf II, 317), porque es ella la que "convierte los corazones" (Conf II, 273).
Confirmamos el compromiso de ser auténticos "hijos de Allamano". Cuando estaba en esta tierra, él mismo encontraba los modos de garantizar su presencia de padre y de educador, tanto en la comunidad como al lado de cada misionero. Y lo conseguía plenamente. Esta presencia, estamos seguros de ello, está garantizada y es eficaz también en este momento. Contamos con su promesa, que nos agrada volver a oír: "Esta tarde partirán nuestros misioneros [¼]. Uno acaba de decirme: "Voy lejos y ya no volveré a verle". "Vamos, le he respondido yo, me verás en el paraíso. Y cuando yo esté allá arriba, os bendeciré aún más, pues he de estar siempre asomado al balcón"" (Conf. Suore II, 482; Cf. Conf III, 234, 691).
Contando con Cristo, Salvador único y universal, bajo la materna protección de María Consolata y con la bendición del Fundador, con gozo y esperanza reafirmamos nuestra voluntad de "aventurarnos en el vasto océano" de la misión: "Duc in altum!" (Lc 5,4).
Con este deseo os saludamos fraternalmente.

P. Piero Trabucco, IMC
P. Antonio Bellagamba, IMC
P. Norberto Ribeiro Louro, IMC
P. Aquiléo Fiorentini, IMC
P. Jean André Benedetti, IMC