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Hijo de Américo y Zulmira Gomes dos Reis, nació el 5 de mayo de 1945, en Vila da Feira (Portugal). En 1959 entra en el pequeño seminario de la Consolata, en Fátima. Hechos los estudios de bachillerato, se traslada a Italia, donde inicia el noviciado. En 1966 se consagra a Dios con la profesión religiosa. En Turín frecuenta los cursos de filosofía y teología. Ordenado sacerdote, el 29 de abril de 1973, recibe el primer destino al seminario IMC de Rovereto y, en 1976, es destinado a Portugal para la animación Misionera primeramente y luego para la Formación. De 1983 a 1989 trabaja en las misiones del Congo (ex-Zaire). Llamado a su país, se le destina al Hotel Pax como director. En 1995 vuelve a la misión, esta vez en Mozambique, y es nombrado superior de la Casa Regional y luego párroco de Liqueleva. Su muerte prematura nos ha sorprendido a todos. El sábado por la mañana, 21 de julio, mientras seguía los trabajos que se estaban haciendo en Liqueleva, improvisamente se sintió mal, aunque no parecía grave. Llevado al hospital de Maputo, pasó la mañana en consultas médicas y análisis clínicos, y a última hora abandonó el centro. Apenas una hora después, un infarto agudo le arrebataba la vida a sus 56 años. El funeral tuvo lugar el miércoles 25 y fue la demostración conmovedora de lo mucho que se le quería en la parroquia: la iglesia desbordaba de gente y muchos tuvieron que quedarse fuera. Presidió la celebración el Cardenal Arzobispo de Maputo, rodeado por el Nuncio Apostólico y por el Secretario de la Conferencia Episcopal, Mons. Januário. Numerosos fueron los sacerdotes y las religiosas de toda la ciudad. Nos acompañaron los amigos de siempre: el doctor Eduardo Mulembwe, Presidente del Parlamento, el doctor Brazão Mazula, Rector de la Universidad, y el doctor Eduardo Mondlane. Os presentamos algunos ejemplos de los diversos mensajes de despedida, leídos al final de la Misa: Los niños: "Nos enseñaste a vivir como en familia". Los jóvenes: "Le agradecemos los consejos que en las homilías dominicales nos daba a nosotros y a nuestros padres". Los encargados de la Legio Mariae: "Nos llamaba a las legionarias con el nombre de "mamá" y nosotras le consideramos como un hijo de Mozambique. Y es doloroso perder un hijo amado... Sentimos que no pueda estar sepultado aquí en Mozambique". Las comisiones parroquiales: "La muerte de nuestro párroco es una pérdida irreparable para todos nosotros. No obstante, sus obras buenas no se borrarán nunca de nuestra memoria. Fue un gran animador y consejero de las comisiones parroquiales". El Consejo de Pastoral: "Ha muerto un operario de la viña del Señor, hombre de fe traducida en obras. Hombre de pocas palabras... Amigo de las familias y particularmente de los niños". Liqueleva es una parroquia llena de gente y de vida. En seis años el p. Vasco reunió en torno a los sacerdotes (su vicepárroco era el p. Ernestino Venturi), un numeroso grupo de laicos con los que desarrollaba una notable actividad pastoral, compartiendo con todos el trabajo y las responsabilidades. Estaba construyendo un gran salón polivalente y salas para la catequesis, la biblioteca y las obras sociales. Últimamente tenía en proyecto un centro de nutrición para niños. Sus restos mortales fueron llevados a Portugal, a Rio Meão (Vila da Feira), su pueblo natal, donde el 27 de julio se celebró el funeral, presidido por el p. José Tavares Matias, vicesuperior regional, y concelebrado por unos sesenta sacerdotes.
P. Manuel Tavares LIQUELEVA - MOZAMBIQUE
Homilía del P. José Salgueiro Estamos aquí, en Liqueleva, alrededor del altar, para celebrar la Eucaristía y dar nuestro último adiós a nuestro estimado y querido p. Vasco. Deseo recordar brevemente algunos episodios de su vida, ya que he sido compañero suyo de adolescencia, en los estudios, en el juego y en la vida que vivimos uno al lado del otro. El p. Vasco se manifestó siempre equilibrado y observador fiel de las reglas y normas del seminario. Su amor a la Iglesia y al Reino de Dios se pudieron ver en su entrega en Liqueleva. Su gran amor era esta parroquia y se preocupaba mucho de que todo funcionara bien. Era consciente de que Liqueleva es una gran parroquia suburbana de mucha exigencia y él supo estar a su altura. Apreciaba la buena colaboración de su vicepárroco, el p. Ernestino Venturi -que había sido su formador en los años '50-, de sus feligreses, de sus válidos colaboradores del Consejo Pastoral, de la catequesis, de los núcleos de las diversas organizaciones de la parroquia y de todos. El p. Vasco era un misionero convencido, sólido, lleno de experiencia, entrenado, contento de su vida y de su vocación. Era un hombre de fe sencilla, manifestada en las obras. Sincero amigo de Mozambique, al que dio su vida, continuaba siendo patriota, orgulloso de sus raíces y de su familia. Por voluntad de Dios me tocó a mí asistirle y tenerle entre los brazos en los últimos minutos de su vida. Allí, a solas con él, en el pasillo de la casa donde se cayó, fulminado por infarto cardiaco, mientras le sostenía la cabeza con mis manos, grité llamándole por su nombre muchas veces: "¡Vasco!, ¡Vasco!, ¡Vasco!", como queriéndo mantenerle vivo. Respiraba todavía, pero ya no respondía. El p. Tavares corrió a llamar al médico, que tardó en llegar sólo siete minutos, pero el p. Vasco no respiraba ya. Estaba muerto. Eran las 3 de la tarde del sábado 21 de julio de 2001. Poco antes, durante la comida, había dicho: "Ayer presidí un funeral y esta mañana, después de sentirme mal, he pensado esto: "¿Quieres ver que ayer presidí un funeral y que hoy podría ser el mío?"". Y así fue. Me dijo también: "Hacia noviembre iré de vacaciones". A lo que yo añadí: "O sea, que vas de vacaciones con el frío del invierno...". Y él me respondió: "Tengo las confirmaciones, la fiesta patronal y otros trabajos parroquiales. Sólo después estaré libre". La muerte del p. Vasco ha sido una gran pérdida para los Misioneros de la Consolata y para su querida parroquia de Liqueleva, y también una gran pérdida para su familia de origen. Testimonio de sus familiares Recordando el periodo en que era formador en Ermesinde, queremos recordar y acreditar su preocupación por los alumnos y su enorme empeño por su formación. Pocas veces visitaba a su familia. Eran más bien su padre y sus hermanos los que iban a visitarle a Ermesinde para ayudarle y llevarle algo para sus chicos, lo que le hacía sentirse muy feliz. Cuando venía a su parroquia, cooperaba con el párroco en todo lo que se le pedía, y lo mismo hacía con las parroquias próximas. Su funeral, en Rio Meão, fue la demostración del afecto que mucha gente de las parroquias próximas le tenían. Su destino a Zaire le llenó de alegría. Toda su familia sentía que esta era su misión. Tenía un deseo ardiente de partir y acariciaba muchos proyectos. En sus cartas, más bien escasas, hablaba de la iglesia que tenía que construir y pedía ayudas, que su familia siempre le hizo llegar en la medida de lo posible. Sólo Dios vio su enorme alegría por lo que pudo realizar en Zaire y la tristeza que le embargó al saber que su obra había sido destruida por la guerra. Acogió con entusiasmo la responsabilidad del Hotel Pax que la Congregación le había encomendado. Parecía hecho para aquella responsabilidad. Pudimos ver el esfuerzo y el empeño demonstrados para que todo marchara bien en el Hotel. Salió para Mozambique en 1995 con el mismo entusiasmo con que había ido a Zaire. En 1998, cuando volvió a su país para celebrar los 25 años de sacerdocio, llevaba el proyecto de un salón polivalente y el deseo de hermanar a Rio Meão con Liqueleva. Hubo reuniones en este sentido y se creó un fondo con donaciones y otros bienes para llevar a Mozambique. Vivió intensamente este proyecto e informaba periódicamente a las parroquias sobre la marcha de las obras, enviando fotos y cartas que se leían en las misas de las diversas parroquias que colaboraban con él. Supimos de su sufrimiento por los problemas que afectaron a esta obra: las inundaciones y el vendaval que destruyeron los cimientos y el techo de la construcción. Pero no se rindió y siguió en el empeño. No consiguió terminarla porque mientras tanto el Señor se lo llevó consigo. La celebración de sus 25 años de sacerdocio le colmó de gozo. En ella participaron familiares y amigos. Alguien le propuso quedarse en Portugal trabajando en tantas parroquias sin sacerdote, pero a nosotros nos decía que su vocación eran las misiones.
Amigo de toda la vida Conocí por primera vez al p. Vasco en 1970 cuando, todavía era yo un adolescente, me acogió en el seminario de los Misioneros de la Consolata de Rovereto. En aquel tiempo él era estudiante de filosofía y cumplía un período como asistente en un seminario todavía poblado de buen número de muchachos bastante revoltosos. Recuerdo de aquel tiempo su espíritu juvenil y sus dos grandes pasiones: el fútbol y la filatelia. Con él discutíamos de fútbol y gracias a él fuimos también coleccionistas de sellos. Lo volví a ver veinte años después, en Fátima, siendo él director del Hotel Pax mientras yo me dedicaba a la animación misionera y vocacional. Se le destinó a Mozambique y volvimos a vernos años después en tierras de misión. Trabajábamos en dos parroquias cercanas: un servidor en Machava y él en Liqueleva, por lo que nos veíamos frecuentemente. Nuestra amistad creció con el recuerdo de los bonitos tiempos pasados en Rovereto y con la colaboración fraterna.
P. Gianfranco Graziola
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