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Hijo de Salvatore y Bisanti Teresa, nació el 12.4.1915 en Gagliano del Capo (LC). Entró en el Instituto en 1934, con los estudios de bachillerato terminados. Cursó los estudios eclesiásticos en la Casa Madre de Turín y la Certosa di Pesio. En 1937 se consagró al Señor con la profesión religiosa y en 1941 fue ordenado sacerdote. Durante los años de la guerra (1941-45) trabaja en el pequeño seminario de Vittorio Veneto como profesor de italiano, latín, matemáticas y geometría. En 1946 es destinado a Mozambique y trabaja allí durante 14 años, hasta 1960. Se le destina primeramente a Unango y seguidamente a Marrere y su primer trabajo sigue siendo de profesor. El 26.7.1947, escribiendo a los estudiantes de Casa Madre, dice: "Un servidor, sin saber por qué méritos, se siente titulado "profesor de universidad". Asignaturas que enseña: latín a los seminaristas. Latín..., menos mal, ya que lo enseñé también en Italia... Luego: religión. Asì fué en Italia, asì es aquí: un poco de catecismo puedo muy bien enseñarlo. Luego... matemáticas y geometría. ¡Ah!, aquí es donde se abre al pensamiento el campo de las luchas y de los heroísmos. Así, después de dejar a Italia, surcado durante meses el mar, llegado a tierras de infieles, en nada ha cambiado mi condición: siempre el mismo trabajo, y ya que lo queréis saber todo, añado: siempre el mismo horario, con la única variante que la cena, en lugar de ser a las ocho, es a las siete y media". El trabajo de la enseñanza es bastante limitado si se considera la necesidad de un apostolado más exterior y directo con la gente. Al p. Sergi le gusta estar con la gente y, lleno de entusiasmo, aunque un poco titubeante, se lanza a la pastoral de las aldeas. En una espléndida carta escrita desde Unango, el 12.9.1947, de nuevo a los estudiantes de teologia de Turín, cuenta su método de apostolado: "El jueves por la mañana, con Eugenio, que me hace de intérprete, salgo a hacer mi circuito, estableciendo como meta ahora una, ahora otra de las aldeas que se me han encomendado. Claro que al alejarse de casa, por la carretera primero y luego por los senderos, especialmente las primeras veces, experimenta uno un santo orgullo y un gran gozo. Allá voy... pero , en medio de qué gente?... ¿Con qué dificultades?... ¿Con qué medios? En primer lugar dificultades de lenguaje: es tan difícil esta lengua scyao, y tan poco sé yo de ella que no sé nada. Pero es preciso ir, comenzar. Trato de meterme en la cabeza la forma de saludar: "quam-bone", que vale para todas las horas, para todas las personas, para todas las circunstancias. ¿Y lo demás? Veremos. Eugenio será quien traduzca. ¿Medios? En primer lugar el Señor y la oración. Pero confieso que a partir de ahí no me encuentro en armonía con el Evangelio. Dice, en efecto, Jesús que cuando se va así, con ese deseo de apostolado misionero, hay que dejar casa, con lo demás, y bolsa y bastón; en cambio, a mí las religiosas me han hecho tres bolsitas: una para los cacahuetes, otra para la sal y la tercera para el azúcar; pues pienso: donde no pueda atraer y hacerme entender con la palabra, me haré atraer y entender al menos con estos medios. Pero no pasan semanas que el P. Ferrero, como respuesta [a mi pregunta], me escribe diciéndome que esté atento a no hacer el "apostolado de los regalos", porque sería inútil y dañino. En pocas palabras, que los negros tendrían interés sólo por los regalos y no habría nada más que hacer; es preciso atraerles interesándonos de sus cosas, de sus familias, con bondad. Y es así. Cierto es cosa mala si nos dejamos llevar por hacer regalos. Sin embargo yo, tratándose de las primeras veces y siendo nuevo, todavía dejo que funcionen un poco las tres bolsitas. ¿De qué gente se trata? Una gente de por sí algo sospechosa y mahometana. La primera vez que salimos pregunto a Eugenio: "¿No les parecerá mal y no se ofenderán de que vayamos a su aldea?". "No, responde. Si se tratara de otros blancos, sí, pero con los padres, no, porque saben que nunca les han hecho daño¼". Llegamos a la aldea y buena parte de las cabañas están cerradas: la gente ha ido al campo. La primera persona que encontramos es una mujer con un niño en los brazos, seguida por una muchacha de unos 15 años. En seguida suelto mi estudiado "quam-bone", al que responde con un prolongado "ehhh¼", que quiere decir "gracias". Me acerco y hablo. Eugenio traduce. El niño se abraza fuertemente a su madre. Esconde la cara en su cuello y llora. Echo mano a la bolsa del azúcar. La muchacha entra en la cabaña y sale presentando un cestito de fruta del bosque; se trata de una especie de nísperos silvestres. Saboreo solamente... El gesto de la mujer manifiesta buen corazón y me animo. Más allá veo que dos personas se acercan. "Quam-bone". "Ehhh...". Me detengo un poco con ellas. El más anciano me pide sal; el otro no desciende a esas menudencias, pero se le ve contento cuando se lo ofrezco. Charlo con el primero porque se presta más a ello; constatamos los dos que él es más viejo; pero "ánimo -le digo- que en el cielo volverás a ser joven". Se ríe, luego me pregunta: "Si voy a la misión, ¿volverás a darme un poco de sal?". "Sí, pero ven. ¿Por qué hasta ahora no has venido?". "Ehhh... porque yo soy viejo y tengo que caminar con una cachava. ¿No ves?". Y comienza a andar marcialmente, pero curvado, adelante y atrás. "¡Bravo! Debías ser un muchachote bien fornido de joven". Así termina hoy el encuentro con ellos. Continúo la visita. Los niños, al verme aparecer a lo lejos, huyen y se esconden. Las madres se ríen regocijadas. Los más atrevidos, que parecen querer esperar firmes al enemigo, cuando notan que me acerco a ellos riendo, llamándolos, pierden el control, se dan la vuelta y huyen. Entonces echo mano de nuevo al azúcar y la sal y todos acuden sin miedo, tan amigos; incluso, terminada la visita, me siguen contentos un buen trecho fuera de la aldea. Esta escena se repite, sobre todo las primeras veces. ¿Y de religión? No he dicho nada. Hablar de ella sería por ahora un error que chocaría y les alejaría, y además sería inútil: estos negros se atrincherarían en sus respuestas habituales: "Yo ya tengo mi religión... es la fuerza que Dios me da... Si Dios quiere, me convertiré...". Y esto aun cuando, en determinado momento, sinceramente, por lo menos en apariencia, te dicen: "Padre, tienes razón". Entonces, ¿en qué consistiría el trabajo de apostolado muchas veces? ¿En conversar y reír con los negros? ¿Y puede llamarse apostolado esta pérdida de tiempo? Un poco preocupado por este pensamiento, al volver a casa pregunto a sor Amabile, ya anciana, que conoce y ama a esta gente como el avaro a su dinero: "¿Cómo hace usted, hermana, cuando pasa por la aldea de visita?... ¿De qué habla? Yo hago así... ¿Merece la pena?¼". "Yo hago lo mismo -me responde-, y no se puede pretender más: se habla, se pregunta, se ríe, aunque no se tengan ganas de reír... Por ahora. ¿Qué más hacer que tratar de ser amigos con esta gente?". Deo gratias! Llegará a su tiempo la hora de Dios". Tras abandonar la enseñanza en 1951, el p. Sergi se dedica exclusivamente a la pastoral parroquial en las misiones de Mitúcue, Maiaca Manor y Mana Mitúcue. En un ambiente musulmán, totalmente refractario a la palabra "cristiano", consigue que le acepten los seguidores de Mahoma gracias a la carga de amistad sencilla y cordial que difunde a su alrededor y a la generosidad con que ayuda a todos los que se encuentran en necesidad. El secreto que le sostiene y hace fecundo su apostolado lo describe él mismo a los clérigos de Turín: "... si queréis que vuestro entusiasmo ardiente exista hoy y no sea mañana fuego de paja, tratad de ejercitaros desde ahora mismo -pero de veras, con seriedad y convicción- en dos virtudes sin las que se vale muy poco: la humildad y la obediencia; especialmente la humildad con la que, según el evangelio enseña, después de haber hecho mucho, sepamos repetir divinamente: "somos siervos inútiles". Porque, mis queridos clérigos, cuando como yo ahora, no digo que peinéis canas, pero sí que os quedéis calvos y saquéis los pies fuera de Italia, y hayáis surcado, deslizándoos largos días sobre las aguas del mar, comenzaréis a entender mejor, como yo empiezo a hacer ahora, lo importante que es ser humildes y obedientes, para valer y conseguir hacer algo en el mundo" (26.6.1947). En 1960 se le destina a Portugal. Comienza a trabajar como vicepárroco en la parroquia de Campolide (Lisboa), pero apenas un año después, siempre obediente, algo que le caracterizó, se le traslada a Fátima como superior del seminario. Escribiendo al p. Domenico Fiorina, Superior General, dice: "Por la forma como se me ha llamado, me parece clara la voluntad de Dios como para aceptar, por lo que no he querido poner por delante un no de conveniencia, aunque me costara sinceramente, y mucho, tener que dejar Campolide, donde ya me había ambientado y me encontraba tan bien con mis buenos y queridos feligreses, que eran para mí como una familia" (Fátima, 27.7.1961). Asimismo, el p. Donato da prueba de humildad y fraternidad en relación con la comunidad a la que se le llama a guiar: "Aceptado el cargo, no he podido y no puedo garantizar nada en cualidades especiales en favor de los hermanos: sólo me ofrezco a mí mismo y mi buena voluntad. Pero dando gracias al Señor, tengo que decirle que he encontrado un ambiente de hermanos excelentemente dispuesto conmigo: acogedor, comprensivo, deseoso de ayudar; así que no he sentido el miedo al cargo... Terminando, le aseguro que trataré de merecerme siempre este afecto y esta buena disposición de los hermanos, porque es un deber y porque es la condición primera y mejor para un buen trabajo y la edificación del Reino de Dios" (Ibíd.). En 1963, el p. Sergi pide insistentemente al Superior General poder volver a la misión: "Estoy realmente muy dispuesto a volver a la misión; vuelvo con mucho gusto, como merecen Dios, los hermanos y las almas. Quiero que usted se sienta del todo libre para enviarme, sin consideraciones humanas, como si nunca hubiera estado en Italia, en Lisboa, superior...". Pero la voluntad de Dios dispone diversamente y se le destina a Ermesinde (1963-68) como superior de seminario. A propósito de este trabajo, el p. Jaime Marques escribe: "Por encima de su serenidad, sencillez y alegría, recuerdo su profunda entrega al seminario. Sentía como un deber buscar los medios para ayudar al mantenimiento de las decenas de seminaristas. Eran tiempos difíciles que se evidenciaban aún más en nuestra obra. El p. Sergi no ahorraba sacrificios. Al comienzo de la semana salía con su viejo automóvil, recorría las carreteras de Ribatejo y Alentejo, donde sus conocidos eran numerosos y donde esperaba encontrar corazones abiertos. Fue él quien propagó el conocimiento de nuestro Instituto y buscó muchos bienhechores pasando de casa en casa. Al final de la semana volvía a Fátima con su coche cargado de dones y promesas. ¡Cuántos kilómetros y sacrificios! Cuando trabajó en el Norte, en Ermesinde, desplegó la misma actividad. El p. Sergi fue un buen servidor de la misión y se entregó con alma y corazón a la formación y la asistencia de los futuros misioneros. ¡Que el Señor te recompense, p. Sergi! Sólo por eso merecías el premio de los misioneros". De 1968 a 1974 el p. Donato trabaja en la pastoral, como párroco de Serafina y después, de 1974 hasta su muerte, como capellán en la parroquia de Campolide (Lisboa) y en la residencia de ancianos de la misma. El 15 de octubre de 2001 es hospitalizado a causa de un infarto de miocardio y por complicaciones respiratorias. Sus condiciones no mejoran y, poco a poco, se apaga como la llama de una vela. El 13 de noviembre de 2001 vuelve a la Casa del Padre. Se fue serenamente, dejando a todos un ejemplo de fidelidad a la vocación, de buen humor, de entrega ejemplar y de coherencia de vida. El funeral tiene lugar el día 15. Después de la misa, en la residencia de ancianos, y presidida por su gran amigo el p. Miguel, que fue párroco de Campolide, con la participación de 15 concelebrantes, el cortejo fúnebre llega a Fátima. El funeral continúa en la capilla del seminario presidido por el p. Luís Tomás, superior regional. Participan numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas y unas 200 personas más. También Dom Tomás da Silva Nunes, obispo auxiliar de Lisboa y gran amigo del difunto, se une a los concelebrantes y pronuncia la homilía. Entre otras cosas dice: "Hoy es la fiesta de san Alberto Magno, que fue eximio en dos grandes virtudes: la fe y la sabiduría. También en la vida del p. Sergi encontramos estas dos virtudes: sirvió a Dios sin perder el contacto con los hombres". Al final del rito, los restos mortales del p. Sergi fueron llevados al cementerio de Fátima y sepultados en la tumba reservada a nuestros misioneros. La Redaccion de Da Casa Madre TESTIMONIOS
Un corazón joven Para nosotras, Hermanas de los Pobres, el p. Donato Sergi fue un auténtico sacerdote. Estuvo siempre totalmente disponible para todo y para todos. A pesar de sus 86 años, tenía un corazón joven. Su sonrisa, su palabra de consuelo, acompañada a veces con su humor, ayudó muchos ancianos de esta casa, lo que llevó a algunos a creer en Dios.
Sor Celeste Sacerdote a tiempo completo Su ideal era ser sacerdote a tiempo completo, entregándose a su tarea en las celebraciones, las confesiones, los funerales, las bendiciones y las visitas a los enfermos. La parroquia de San Vicente de Paúl le debe mucho. En Campolide no hay una sola persona que no haya conocido al p. Sergi por haberse encontrado con él en la calle, con el coche, cuando visitaba a los enfermos, en alguna tienda o mientras iba a otra parroquia para ayudar en los colegios.
P. Francisco Pereira Crespo Consolador de los afligidos El p. Sergi estaba muy próximo a los enfermos. Cuando le llamaban durante la comida, dejaba de comer e iba inmediatamente. Le buscaban todos. Muchas personas, como también los propios sacerdotes, venían a pedirle consejo. Sabía consolar a las personas afligidas, levantar su moral y animarlos. Hasta por teléfono le llamaban para pedirle consejo y consuelo.
P. Natale Villanova Simpático y amable Conocí al p. Sergi en Turín en 1933, durante la teología. Era un joven simpático, que se hacía querer por su gracejo y finura. Era un hombre de fe y de oración; tenía una gran devoción al Santísimo y a la Consolata. El 19 de octubre de 2001 me telefoneó pidiéndome que fuera a visitarle. Me dijo: "Padre, me muero. Ayúdeme a prepararme bien a mi muerte".
P. Giuseppe Zintu Amigo hasta el final Durante el viaje que hice con el p. Sergi para visitar las misiones de Mozambique, él manifestó siempre una gran alegría. Era muy sociable y fraterno. Para mí fue siempre un gran amigo; se confiaba conmigo y manifestaba un verdadero espíritu misionero. Años más tarde, cuando pasé algún tiempo en el seminario de Águas Santas, la compañía del p. Sergi fue realmente grata para mí. Pude constatar lo mucho que se sacrificaba para ayudar a aquella comunidad.
P. Giuseppe Bottacin Hombre de gran sencillez y experiencia El P. Sergi fue un hombre que me marcó profundamente, ya que me encontré con él, al comienzo de mi servicio sacerdotal y misionero, en el seminario de Ermesinde, de 1964 a 1967. Hombre de gran sencillez, pero de una inteligencia aguda, debe de haber tenido mucha paciencia conmigo, que comenzaba y no tenía ninguna experiencia. Lamentablemente, no supe aprovechar lo suficiente su inteligencia ni su enorme experiencia sacerdotal y misionera. Entre nosotros hubo siempre excelentes relaciones por el magnífico espíritu que le animaba y con el que sabía conquistarnos a todos. Tengo óptimos recuerdos de él. Que descanse en paz.
P. Norberto Louro
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