Roma, 19 marzo 2002 "Couper court" - Cortar por lo sano -Queridos Misioneros: La expresión "couper court", usada por primera vez en los escritos espirituales de San Francisco de Sales, se ha hecho célebre y ha entrado a formar parte de la espiritualidad, especialmente en los monasterios de la Visitación. Se lee, por ejemplo, en la biografía del santo obispo de Ginebra que, pocos días antes de su muerte, en un retiro que dirigió en Lyón, exclamó: "Es preciso cortar por lo sano (couper court) con todas las cosas que no ayudan a nuestro bien espiritual [¼]. Todos sabemos que los bienes de la tierra son motivos poderosos de disipación¼ Nosotros cortamos por lo sano". El Boletín IMC me permite tocar y profundizar temas diversos que tienen que ver con nuestra vida espiritual y con la misión. He pensado en esta reflexión citar de los escritos de San Francisco de Sales, protector del año pasado, esta sagaz advertencia de vida espiritual y tratar de aplicarla a nuestra realidad actual. Puede ayudarnos a ser cada vez más atentos y vigilantes para que nuestra vida sea en todas partes y para todos un testimonio gozoso y contagioso del Evangelio. Misioneros capaces de poner en juego la propia vida
Ninguna renuncia es un fin para sí misma. Toda renuncia está orientada a conseguir bienes superiores. Así motivaba San Francisco de Sales los cortes que sugería a sus discípulos, hasta llegar a pedirles que supieran poner en juego la propia vida por Dios y por su Reino. Para nosotros, el bien superior es la plena realización de nuestra vocación, es decir, ser misioneros transparentes y gozosos del Evangelio, para que nuestra evangelización sea cada vez más eficaz. A esto invitaba ya la Evangelii nuntiandi de Pablo VI: "Que el mundo de nuestro tiempo que busca, unas veces con angustia y otras con esperanza, pueda recibir el feliz anuncio no de personas tristes, desanimadas, impacientes, ansiosas, sino de personas cuya vida irradie fervor, que hayan sido las primeras en recibir en ellas el gozo de Cristo y que acepten poner en juego su vida¼" (EN, 80). El mismo deseo de contar con evangelizadores eficaces y felices será expresado algunos años más tarde por el Papa Juan Pablo II: "[¼] Que este testimonio esté presente por doquier y sea universalmente perceptible. Que el hombre de nuestro tiempo, espiritualmente cansado, encuentre en él apoyo y esperanza. Por consiguiente, servid a los hermanos con el gozo que brota de un corazón en el cual Cristo mora. Ojalá que el mundo actual pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados¼" (Redemptionis donum, 16). El gozo del testimonio y el fervor del anuncio pueden así estar presentes en nosotros los Misioneros solamente si aceptamos poner en juego la vida. Ese "juego" es el que a Dios le gusta hacer con nosotros y el que nosotros tenemos que hacer con él, y luego -Dios y nosotros- en una implicación cada vez más dilatada hasta llegar a la gente a cuyo servicio se nos invita. Ese juego se apoderará poco a poco de toda nuestra existencia y no se contentará ya con sus aspectos secundarios, como una especie de sobrante de nuestro tiempo o de retazos de nuestras fuerzas. Y es que ese juego es algo que exige concentración, esfuerzo y compromiso, ya que cuando Dios entra en la vida de una persona, exige siempre de ella el máximo. El máximo de inteligencia, de corazón, de voluntad. Efectivamente, si Él es la vida (Cf. Jn 15, 1-11), nos toca siempre a nosotros ser sarmientos que dan fruto. "El abandono en Dios", que es una actitud cristiana de importancia fundamental, nunca podrá ser una excusa para nuestras huidas de cualquier compromiso. Exige la acogida del Otro y de los otros en la propia vida, sin reticencias, inútiles lamentos o estériles encerramientos. Fue este el juego que Dios pudo realizar con Abraham, con María, con el Beato Allamano, porque eran personas siempre disponibles al "¡Sí, Padre, porque así te complace a ti!" (Mt 11,26). Es un juego gratuito, del dar sin esperar nada, cuyo gozo está justamente en este dar sin pedir un intercambio. Es la lógica que está en la raíz de la oración de San Francisco de Asís: "Oh divino Maestro, que yo no busque tanto ser consolado sino consolar, ser comprendido sino comprender, ser amado sino amar. Porque dando se recibe, perdonando se es perdonado, muriendo se resucita a la vida". Finalmente, el juego de las personas que desean "volar". Francisco de Sales, tratando de explicar su ideal de vida cristiana que debe convertirse en movimiento dinámico de virtud y de bien, usaba la imagen del vuelo: "El amor de Dios, cuando ha llegado a tal grado de perfección que además de hacernos hacer el bien nos lo hace hacer con diligencia, asiduidad y prontitud, toma el nombre de devoción. Las avestruces nunca vuelan; las gallinas vuelan, pero con dificultad, bajo y raramente; en cambio las águilas, las palomas y las golondrinas vuelan habitualmente, airosas y muy altas¼ En pocas palabras, es la agilidad y la vivacidad espiritual las que hacen que la caridad obre en nosotros y que nosotros obremos en la caridad prontamente y con arrebato¼" (Filotea, 5/7). Cuando el "cortar por lo sano" entra en juego
El compromiso de poner en juego la vida, que nuestra vocación exige y que el Beato Allamano expresaba con su "algo más", reclama un constante y perseverante empeño. No se le puede dirigir simplemente balanceándonos entre buenas intenciones o sentimientos vacíos, sino mediante un trabajo constante sobre nosotros mismos y de atención continua a todas las cosas. Se cuenta que un día un pianista confesaba: "Si estoy dos días sin practicar, me doy cuenta de que me falta algo; si estoy una semana, se dan cuenta mis hijos; si estoy quince días, se da cuenta todo el público". Tal vez puede sucedernos a nosotros lo mismo si no ponemos una atención continua en nosotros mismos y en el juego de Dios en nosotros. Probablemente, sin embargo, los primeros en darse cuenta no seremos nosotros, sino los demás, cuando nuestro servicio carece de empeño y entusiasmo, cuando nuestra vida no deja percibir valores y no comunica una unión inmediata con Dios. Pero la gente sí, y se dará cuenta en seguida de nuestra poca atención a los demás, de una predicación más basada en "palabras" que en el anuncio de la Palabra, de nuestro ministerio impaciente o de poco contenido¼ Y debemos considerar una gracia si, en un determinado momento, alguien tiene la valentía de decirnos claramente cómo están las cosas, ayudándonos así a detenernos para tomar las medidas necesarias. Una de esas medidas que puede ser particularmente eficaz en tales circunstancias es justamente el "cortar por lo sano" que San Francisco de Sales quiso confiar a sus "hijas" y a sus discípulos como si se tratara de su testamento espiritual. Consciente de que la corrección es siempre una oportunidad de autocrítica y de conversión personal mediante el amor fraterno, me permito sugerir algunas situaciones en las que, a mi parecer, esta regla podría funcionar bien para nosotros los Misioneros. No son, naturalmente, las únicas ni tal vez las más importantes¼ 1."Couper court" con el uso impropio del ordenador El ordenador se ha convertido en un instrumento de uso generalizado: desde las selvas del Congo hasta los lugares más aislados de nuestras misiones de América, de la lejana Corea a las comunidades de Europa. En todas partes se está convirtiendo el ordenador para el misionero en un compañero impagable de trabajo, permitiéndole decuplicar el trabajo de oficina y, a través de Internet , de comunicarse con el mundo entero con extrema facilidad. No pretendo, naturalmente, acumular alabanzas al ordenador, sino simplemente llamar la atención sobre los inconvenientes que pueden surgir cuando se hace de él un uso exagerado e impropio. Sucede eso cuando el mismo, en lugar de ser un instrumento de trabajo que permite ahorrar tiempo y producir más, se transforma en un ídolo al que se inmola el tiempo precioso que debería destinarse al trabajo misionero. Su uso puede en efecto llegar a monopolizar el interés y la atención de las personas hasta el punto de convertirse en un verdadero competidor, en contra de la vida fraterna de nuestras comunidades.Qué útil puede ser en ese caso la advertencia de San Francisco de Sales de "cortar por lo sano" con este instrumento de trabajo, cuando nos damos cuenta de que nos está quitando el tiempo que deberíamos dedicar al trabajo misionero o cuando entorpece la comunicación indispensable de vida entre los miembros de la comunidad. No hablo, en fin, de las inútiles y peligrosas divagaciones que el ordenador puede proporcionar, llenándonos la mente y el corazón de cosas que nos alienan de nuestra misión y hacen árida nuestra vida. Lo dicho sobre el ordenador se podría aplicar a los demás medios de comunicación y especialmente al uso de la televisión, que cuando "se convierte en la única forma de recreo, obstaculiza y a veces impide la relación entre las personas, limita la comunicación fraterna y hasta puede dañar a la misma vida consagrada" (Vida fraterna en comunidad, 34). 2. "Couper court" con un estéril criticismo
Nada deteriora tanto la fraternidad misionera, la comunión eclesial y las relaciones humanas como el espíritu de crítica, la objeción por la objeción, la ironía y el sarcasmo. Es éste un pasatiempo que hay que eliminar desde el primer momento, de manera decidida y enérgica, con ese "couper court" de San Francisco de Sales. Si no lo hacemos, puede convertirse en una enfermedad que se difunde al igual que una epidemia, corroyendo y frenando el vuelo hacia el bien, abriéndose camino a pesar de su carencia de lógica (criticar a todos los que no hacen las cosas como nosotros quisiéramos y hacer objeciones hasta sobre los temas de los que no tenemos la mínima competencia o conocimiento), empequeñecen nuestro ánimo y voluntad y los de los demás cuando no miramos hacia adelante positivamente y con esperanza. El criticismo es una enfermedad que no sólo arruina el ambiente, sino que también daña a la propia persona que lo practica, porque impide que se superen complejos e instintos de defensa y hace frágil todo serio camino de vida interior. Efectivamente, cada vez que emprendemos un compromiso serio con el Señor, instintivamente nos damos cuenta de que el espíritu de crítica se diluye, al tiempo que recobra en nosotros una mayor fuerza la comprensión, la misericordia, el amor. En un contexto pastoral y misionero, resultan particularmente demoledoras las envidias que desembocan en críticas y enfrentan a un grupo contra otro, a una persona contra otra. Del mismo modo, resulta lamentable el espectáculo de un responsable de comunidad que critica a quien le ha precedido, dando así comienzo a una acción deletérea de "tabula rasa" en relación con el trabajo de los demás. El Beato Allamano denominaba este vicio "espíritu de crítica", y quería absolutamente tenerlo lejos de nuestras comunidades: "¡Ay de las comunidades en las que entra este espíritu! Es el principio del fin, lo digo siempre" (VS 140). En cambio, cuando se le destierra está asegurado el futuro del Instituto: "Supliquemos a la SS. Consolata que mantenga alejada de nuestro Instituto esta peste -que es el espíritu de crítica- y entonces todo irá bien, el Señor nos bendecirá y las cosas del Instituto prosperarán" (VS 141). 3. "Couper court" con la tentación del consumismo
"¡Ah, sí, la globalización! Es una excusa maravillosa para muchas cosas". Esta frase, atribuida a Robert M. Solow, Premio Nóbel de Economía, es muy explícita sobre la tremenda ambigüedad de una realidad que está influyendo en la humanidad actual y de la que todos, directa o indirectamente, sentimos los efectos. Aludo a una sola de las expresiones más características, que es el consumismo. Íntimamente relacionado con los medios de comunicación social, el consumismo se propone como la última frontera de la felicidad basada en la abundancia de los bienes y en la multiplicación de las necesidades. Su mensaje tácito, que se encuentra en la base de los anuncios publicitarios que se extienden por todas partes, podría sonar así: -¡Te falta una sola cosa para ser feliz: vete, cómprala y serás saciado! Situaciones sociales extremas desafían, en este terreno, nuestra vida y nuestro servicio misionero. Llamados por vocación a solidarizarnos con los pobres del mundo, nos sentimos empujados a implicarnos en la lucha en favor de la salud, del alimento cotidiano, del derecho a la educación. Al mismo tiempo nos damos cuenta de que la sociedad de hoy está llevando a la hipertrofia de estas necesidades primarias, hasta el punto de que nunca se consigue su saciedad. Contemplamos así una carrera desenfrenada, incluso por parte de los "pobres", en busca de bienes materiales, identificando con su consumo el sueño de un desarrollo social. Sin una acción seria de discernimiento y sin la aplicación decidida de la regla de San Francisco de Sales, el ambiente consumista que nos rodea puede tener consecuencias deletéreas en nuestra propia vida y en nuestra acción apostólica. ¿Cómo, por ejemplo, podemos ser proféticos en el ambiente pobre donde tantos de nosotros viven, si nuestras habitaciones abundan en "cosas" que los pobres no pueden permitirse tener y que constituyen por tanto una instigación al consumismo? La austeridad de vida, de la que hablan nuestros documentos , debe llevarnos a preguntarnos, antes de adquirir nuevas cosas: ¿Puedo prescindir de ellas? ¿Su uso cualificará misioneramente mi trabajo? ¿Serán capaces de favorecer o más bien de dañar mi testimonio del Evangelio? 4. "Couper court" con el activismo
El Beato Allamano nos quería activos, enérgicos, laboriosos, fervientes. En sus conversaciones espirituales aparecen frecuentemente expresiones como: "Nuestra vida vale en la medida que es activa para nosotros y para los demás"; "El hombre vive en la medida que es activo por amor de Dios"; "Vuestra vida no es una vida de éxtasis, sino de trabajo; trabajo según la voluntad de Dios", "No debemos temer mancharnos las manos" (Cf. Pietre vive per la missione). La misión se identifica siempre con la actividad, el trabajo y muchos quehaceres. No sólo porque "la mies es mucha y los obreros pocos" (Mt 9,37), sino también porque en nuestros centros misioneros confluyen diversos aspectos de variadas iniciativas, de tal manera que parecen convertirse en centros propulsores de infinitas actividades. Quien vive la misión plenamente parece como si no pudiera evitar vivir en este contexto de vida laboriosa, de tareas, de relaciones continuas con la gente. Pienso, sin embargo, que el Beato Allamano, mientras por una parte se alegraría al vernos sumergidos de este modo en el trabajo, por otra no dejaría de preguntarnos: ¿Qué finalidad tiene este tu correr desde que te levantas hasta que te acuestas? Tus afanes cotidianos, ¿son la respuesta directa a la búsqueda personal o común de la voluntad de Dios? ¿Te dejan tiempo las jornadas activas para otros compromisos "pasivos", que para un Misionero son irrenunciables? Debemos confesar que en la actividad frenética de nuestras jornadas se puede esconder un germen destructivo capaz no sólo de vaciar de significado nuestra acción apostólica, sino de hacer estéril nuestro propio proyecto misionero. Este germen, que se llama activismo, no nos permite tener en la debida estima todas las expresiones de nuestra vida, nos niega el tiempo necesario para la oración, nos lleva a considerar alienación el esfuerzo dado a la reflexión y al estudio. Si por una parte es verdad que la espiritualidad pasada corría el riesgo de poner en oposición la acción con la contemplación, el servicio a los hermanos con el que debemos tributar a Dios, la actividad apostólica con los momentos de silencio personal, por otra parte constatamos que hoy una harmonización de los múltiples componentes de nuestra vida nos resulta todavía muy ardua. También me parece muy actual para nosotros lo que el P. Paolo Manna, declarado recientemente Beato por Juan Pablo II, escribía a sus Misioneros del PIME en septiembre de 1930: "Nuestros misioneros son tal vez algo excesivamente misioneros: demasiado hacia fuera, demasiado para los demás. Hay que evitar los excesos y saber armonizar la vida activa con la contemplativa, y, dicho con pobres palabras, la vida exterior de visita a las comunidades cristianas con la vida de residencia, la predicación con la oración, el trabajo con el estudio. Dios me guarde de insinuar ni siquiera mínimamente el más pequeño descuido o relajamiento en las obras de celo: a lo que me refiero es a los excesos en los que podría terminar una actividad desmedida" (Paolo Manna, Virtù apostoliche, EMI, 1997, p. 201). El "mysterium lunae"
Queridos hermanos, deseo terminar retomando un texto de la Novo millennio ineunte donde el Santo Padre, a través de una sugestiva imagen patrística, nos exhorta a ser "reflejo" de Cristo para ser evangelizadores y misioneros auténticos: "Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo". Es el mysterium lunae tan querido por la contemplación de los Padres, los cuales indicaron con esta imagen que la Iglesia dependía de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz. Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice al presentarse como "luz del mundo" (Jn 8,12) y al pedir a la vez a sus discípulos que fueran "la luz del mundo" (Mt 5,14). Se trata de una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos hace opacos y nos llena de sombras. Pero es una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que nos hace hombres nuevos" (54). La valentía de couper court con todas las situaciones que afectan negativamente a nuestro camino de santidad o que frenan nuestro entusiasmo misionero, podrá hacer que nuestra vida sea menos opaca y nuestra misión sea una mayor transparencia de Cristo. Que el año 2002, en el que recordamos los 100 años de evangelización de nuestra Familia, nos vea a todos comprometidos en hacer que cada vez sea más eficaz nuestro ministerio de evangelización, interesándose de corazón en la autenticidad de nuestra vida. Os saludo implorando sobre todos, especialmente sobre los ancianos enfermos y sobre los jóvenes en período de formación, la intercesión de la Consolata, de San José y la bendición del Beato Fundador. Pido también para mí vuestro recuerdo en la oración. Fraternalmente. P. Piero Trabucco, IMC (Padre General)
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