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Hijo de Vito y Cumer Amalia, nació el 3.2.1930, en Vallarsa (TN). Entró en el Instituto en 1943, se consagró al Señor con la profesión religiosa en 1953 y fue ordenado sacerdote en 1958. Trabajó cuatro años como asistente y profesor en la casa de Alpignano, siendo destinado seguidamente a Brasil, donde desarrolló su apostolado misionero durante 37 años. Numerosas fueron las actividades a las que la obediencia le llamó, especialmente en el campo de la economía y de la pastoral parroquial. De 1964 a 1968 fue coadjutor / ecónomo en el seminario Nossa Senhora Aparecida de São Manuel; de 1969 a 1970 fue vicepárroco en Três de Maio, volviendo a continuación a Italia durante un periodo de cuatro años. En Rovereto fue director y ecónomo del seminario. En 1975 vuelve a Brasil y durante ocho años es ecónomo del seminario de Erexim. Al mismo tiempo colabora en el servicio pastoral de varias capillas de la parroquia. Seguidamente se dedica a la pastoral, primero como vicepárroco en Pouso Redondo (1983-85), luego como párroco en Cafelândia (1985-92) y finalmente en Curitiba (1992-96). En 1997 el P. Luciano fue nombrado superior de la Casa Regional de São Paulo. Enfermo de un tumor en el estómago, en el mes de abril de 2001 se somete a una dura operación quirúrgica en el hospital de Santa Catarina de São Paulo. Los médicos constatan que el mal está muy extendido. El P. Luciano, consciente de su realidad, expresa el deseo de volver a Italia, lo que tiene lugar en el mes de mayo. Durante siete meses es asistido por sus familiares en Lizzana y seguidamente por los cohermanos de la Casa de Rovereto. El 22 de diciembre de 2001 vuelve a la Casa del Padre. El funeral tiene lugar en su pueblo natal el día 24. Preside el rito el P. Claudio Fattor. En la homilía da gracias al Señor, en nombre de los Misioneros de la Consolata de Brasil, "por habernos dado, en la persona del P. Luciano, un misionero con un gran espíritu de fe, de entrega a la misión y de amor al Instituto. Con su humildad y sencillez, estaba siempre dispuesto a ayudar a todos y, como nos enseñó el Padre Fundador, hacía todas las cosas sin ruido y la mayor entrega. Concelebraron los cohermanos padres Gobatti, Garniga, Motter y otros. La redazione del Da Casa Madre TESTIMONIOS
Humilde y sencillo Vi siempre en él a un hombre sereno y humilde, dispuesto a aceptar los trabajos modestos de la comunidad. No ambicionaba puestos elevados, tal vez porque conocía sus límites, pero también porque le caracterizaba un espíritu de humildad. El hecho es que trabajó siempre en las pequeñas economías de las casas por donde pasó. En el trabajo pastoral fue siempre un sencillo cooperador y auxiliar. Se sentía bien con este talante. No recuerdo haber oído al P. Aste quejarse por traslados: aceptaba con buen ánimo los destinos, decía sí a lo que los superiores le propusieran, consciente de que no es "la nobleza" de la acción la que santifica, sino la medida del amor con que se cumple. Sabía alimentar las buenas amistades. Le gustaba conversar con personas sencillas y humildes; se sentía bien entre ellas. Sabía ser alegre en la comunidad. Para mantener vivo el clima de la alegría fraterna recurría muchas veces a gestos inocentes de humor y, movido siempre por el deseo de comunicar jovialidad a los hermanos, preparaba sorpresas que terminaban siempre en alegría contagiosa. Considero al P. Luciano Aste un misionero de la Consolata fiel a los deberes religiosos: celebraba todos los días la Eucaristía, era fiel a la liturgia de las horas, estaba siempre presente en los actos de piedad de la comunidad, especialmente en la oración del rosario. Era un hombre de corazón sensible. Se conmovía fácilmente cuando recibía noticias alegres o tristes. P. Jordão Maria Pessatti Amigo y consejero
Conocí al P. Luciano en la ciudad de Cafelândia, del Paraná, cuando yo era todavía un adolescente y frecuentaba la parroquia de la Consolata. Durante las vacaciones iba a ver a algunos familares que vivían en esta ciudad y así fue como conocí al P. Aste. Recuerdo que todas las mañanas visitaba a mis tíos. Él se presentaba aparentemente serio, lo que nos paralizaba un poco, pero en seguida le veíamos hablar amablemente con todos y demostraba la alegría que le animaba por dentro. Le gustaba contar historietas. Detrás de su aspecto serio se escondía un corazón de niño. La gente habla de él como de un hombre serio, pero fiel a sus compromisos: no abandonaba nunca la parroquia y seguía atentamente los vaivenes de todas las capillas. Cuando tuve la oportunidad de vivir junto a él, en la misma casa, le consideré como amigo, consejero, compañero de juegos y del café de la mañana. Todos los días me preguntaba qué necesitaba. Y sabía pedir también ayuda cuando era él quien la necesitaba. Recordaba muchas veces los ratos felices vividos juntos en Cafelândia. Teol. Claudio Moratelli Atento y acogedor Aunque el P. Luciano trabajara muchos años en Brasil, nunca tuve la oportunidad de convivir con él ni de trabajar a su lado. Sólo me relacioné con el padre en el periodo en que fue superior de la casa regional. Era atento con las personas, acogedor y especialmente trabajaba "sin hacer ruido". Aunque vivía en São Paulo, cuando nos veíamos se interesaba del trabajo que hacíamos en Bahia: preguntaba, decía su opinión y ofrecía sugerencias sobre la animación de las comunidades, la formación de los animadores, la situación política, la promoción humana, etc. Siempre dispuesto a salir al encuentro de las necesidades de los misioneros que pasaban por la Casa Regional, a veces colaboraba económicamente para que pudiéramos ayudar mejor al pueblo que Dios nos había confiado. Así fue como vivió la misión el Padre Allamano: vibraba por ella e incentivaba la actividad de sus misioneros. En mis nueve años y medio vividos en el Noreste fueron muchos los viajes que hice de Bahia a São Paulo y viceversa. Viajes que duraban de 33 a 38 horas sin saber nunca la hora exacta de llegada. Muchas fueron las veces que, tras haber recibido mi llamada telefónica, se quedaba esperando, y otras, oyendo el timbre a altas horas de la noche, se levantaba y me recibía amablemente. No dudo de que con la misma alegría con que acogía a las personas le habrá acogido el Padre en el cielo. Gracias, P. Luciano. Cláudio Cobalchini Entregado a su trabajo En Cafelândia, del Paraná, viví dos años con el P. Luciano Aste. Yo era el responsable de nuestro seminario menor y él era párroco de nuestra parroquia. En los encuentros cotidianos en el refectorio y especialmente cuando colaborábamos juntos en actividades pastorales, pude apreciar su entrega total a la parroquia, aunque percibiera en él alguna dificultad para la organización de la pastoral y para hablar a la gente. En Cafelândia el P. Luciano no será ciertamente recordado por sus discursos o sus homilías, pero sí por lo práctico que era en las cosas concretas, por su palabra amiga, su delicadeza y atención con las personas, que se manifestaba puntualmente en las más variadas ocasiones y especialmente en los aniversarios y las fiestas. Años más tarde encontré nuevamente al P. Luciano en la Casa Regional de São Paulo, donde convivimos en el momento de su vuelta a Italia. En relación con este periodo conservo el recuerdo especialmente de los últimos meses de su vida, en los que la enfermedad se manifestó repentinamente y se agravó día tras día. En la sala de reanimación y en la habitación del hospital, en la Casa Regional, cuando iba a medicarle, así como en el avión cuando le acompañé a Italia, y más tarde en la enfermería de Turín, repetía con frecuencia esta frase: "Eugenio, ¡qué rápido ha sido todo! Ayer estaba bien y no tenía nada y mira ahora cómo me encuentro". Pronunciaba estas palabras con un una profunda perplejidad, pero demostrando siempre confianza y serenidad, sin quejarse nunca. Como suele decirse, es en el momento de la prueba cuando se mide el temple de una persona. El P. Luciano, en la hora del dolor y de la separación, manifestó toda la grandeza que albergaba en el fondo de su corazón. P. Eugenio Butti Gran espíritu de servicio Conocí al padre Luciano el primer día que llegué a Brasil. Vi enseguida en él a un misionero con capacidad para el humor, y fue justamente esto lo que hizo que me sintiera a gusto. Recuerdo que en la primera comida juntos en la Casa Regional quiso que comiera un mango, cosa algo difícil para quien nunca lo había probado ni sabía por dónde empezar. Pero también este sencillo gesto permitió que se rompiera el hielo y que yo superara mi timidez. Años más tarde viví y trabajé con el P. Luciano en Curitiba: él en la parroquia y yo en el seminario. Venía todos los días a rezar y comer con nosotros. Nos ayudaba de muchos modos y dejaba siempre mucho espacio a los filósofos en el trabajo pastoral. Tenía muchos detalles con la comunidad del seminario, como ofrecer de vez en cuando una pizza, un buen vino o una cerveza fresca. Su trabajo pastoral no incluía grandes programas o discursos, era sencillo, hecho de presencias, de cosas prácticas que querían garantizar a la parroquia todas las estructuras que necesitaba. En Curitiba construyó un bonito salón parroquial para las reuniones y los cursos de formación. Luego comenzó la construcción de la casa parroquial y la dotó de los mínimos detalles, pero no llegó a vivir en ella porque antes fue nombrado superior de la Casa Regional Regional de São Paulo. Siempre admiré su distanciamiento de las cosas, su modo sencillo de vivir y su parquedad. Tenía un corazón grande y generoso y nunca se negaba cuando alguien le pedía alguna ayuda. En São Paulo seguí admirando esta forma suya de ser con todas las personas. Demostró siempre un gran respeto y estima con los laicos que trabajaban en nuestros seminarios o en nuestras casas. Supo aceptar su enfermedad y ofrecérsela a Dios hasta el último momento. El Padre Luciano era también un hombre de oración y nunca faltaba a los encuentros comunitarios, como era también fiel a la liturgia de las horas, a la celebración de la misa, a la adoración y al rezo del rosario. Fue un gran amigo de todos por naturaleza, un hombre de corazón generoso y de ojos expresivos, capaz de sentir emoción ante las realidades y las personas. Cuando me acompañaba a la estación de autobuses o al aeropuerto, en los días de visita a las comunidades de la Región, en el momento de saludarnos se emocionaba siempre, y esto mismo le sucedía con todas las personas al separarse de ellas. Gracias, P. Luciano, por este gran ejemplo de humanidad que nos dejaste y por tu espíritu de servicio entre nosotros. P. Michelangelo Piovano
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