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Protector para el año 2003 PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Piero Trabucco, IMC   
21.02.2006

Beato Pablo Manna
Protector para el año 2003

Roma, 15 de octubre del 2002

Queridos Misioneros:

El domingo 4 de noviembre de 2001, en la Plaza de San Pedro de Roma, en el curso de una solemne Liturgia para la proclamación de ocho nuevos Beatos, Juan Pablo II pronunciaba las siguientes palabras: «En el Padre Pablo Manna descubrimos un reflejo especial de la gloria de Dios. Él entregó toda su vida a la causa misionera. En todas las páginas de sus escritos emerge viva la persona de Jesús, centro de la vida y razón de ser de la misión. Afirma en una de su Cartas a los misioneros: “El misionero en concreto no es nada si no refleja la persona de Jesucristo. Sólo el misionero que copia fielmente a Jesucristo en sí mismo puede reproducir su imagen en las almas de los demás” (Carta 6). En realidad, no hay misión sin santidad, como pone de relieve la encíclica Redemptoris missio: “La espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la santidad. Es preciso suscitar un nuevo ardor de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (90)».
Fue justamente esta llamada a la santidad, insistentemente inculcada por Pablo Manna a sus misioneros el ingrediente indispensable para una vocación misionera llevada a cabo y de la que él mismo ofreció un sublime testimonio, la que lleva a las Direcciones Generales de nuestros Institutos a elegir al Beato Pablo Manna como Protector para el año 2003. A este motivo principal se añaden otros dos que acercan la figura de este nuevo Beato a nuestra vida de Misioneros de la Consolata:

1. Pablo Manna realizó su vocación y su proyecto de santidad dentro de un Instituto exclusivamente misionero, viviendo su plenitud de vida, su espíritu y sus ideales. Y nos invita a cada uno de nosotros a identificarnos plenamente con el carisma y el espíritu de nuestro Instituto, como camino privilegiado que nos ofrece la Providencia para la realización de nuestro proyecto de vida que es el servicio a la Iglesia en la evangelización ad gentes y para conseguir la santidad que nuestro Beato Fundador quería de nosotros.

2. El último Capítulo General y las celebraciones centenarias del Instituto nos han hecho una invitación apremiante a reflexionar sobre el ad gentes con valentía, apertura de mente y docilidad al Espíritu que guía y acompaña el camino de la Iglesia y de la misión. El Beato Manna no fue un estudioso o un catedrático. Vivió y actuó siempre en el campo de trabajo, tanto en tierra de misión como en Europa, pero atento a leer, interrogar y pensar para dar con nuevos caminos de misión y una metodología más apta para anunciar a Cristo a las personas de su tiempo. Pone de manifiesto la necesidad de que el trabajo apostólico vaya siempre acompañado por una constante reflexión y un atento examen de los signos de los tiempos, además de simpatía hacia las culturas de los pueblos entre los que se trabaja.

¿Quién es el P. Pablo Manna?

El 16 de enero de 1872, en Avellino, nace Pablo Manna, quinto hijo de Vincenzo y de Lorenza Ruggeri. La familia Manna pertenece a la pequeña burguesía de la Campania y cuenta entre sus miembros con empresarios, comerciantes y políticos. En 1874 fallece su madre Lorenza y Pablo es enviado a Nápoles con sus tíos. A los 10 años vuelve a Avellino y encuentra en casa una nueva madre, pues su padre Vincenzo había contraído nuevas nupcias. La vida del joven Pablo se desliza serena, aunque el ambiente familiar haya adquirido cierta rigidez en la educación moral y espiritual.
Acude a la escuela con diligencia y empeño y consigue buenos resultados, sobre todo en las materias literarias y en las ciencias. Le gusta pasar las vacaciones con sus tíos sacerdotes, que le reciben muy complacidos y le acompañan esmeradamente. Más tarde serán para él una referencia en su vida. En 1897 decide entrar en una joven Congregación de origen alemán y es enviado a Roma para cursar estudios filosóficos y teológicos. Cuatro años más tarde, atraído siempre por el deseo de dedicar su vida a las misiones, tras un largo y profundo discernimiento, deja la Sociedad Católica Instructiva y entra en el Instituto Misiones Extranjeras de Milán. Lleva consigo la carta de un canónigo de Avellino dirigida al Superior del Instituto misionero que dice: «...sobre todo es de excelente conducta; considero que vuestro seminario adquiere con él un tipo magnífico».
Pablo se prepara en Milán con seriedad y pasión al sacerdocio misionero, integrando el estudio de las materias teológicas con lecturas misioneras y escuchando los relatos hechos por misioneros que han vuelto. El 19 de mayo de 1894 es ordenado sacerdote en el Duomo de Milán. El Padre Pablo parte hacia Birmania (Myanmar), su campo de trabajo misionero, el 3 de octubre de 1895 y pasa allí dos años, alternando el estudio de las lenguas y de la cultura del pueblo con el trabajo apostólico. Su salud se resiente debido a la gran actividad y especialmente a la malaria que le afecta repetidamente. En pocos años debe volver a Italia tres veces, hasta que, el 4 de julio de 1907, tendrá que hacerlo para siempre. Escribía en esa ocasión: «Veo muy obscuro el futuro. Veo destruidas tantas esperanzas y planes de obras buenas, me veo a los 35 años envuelto en dificultades diversas...»[1]. No obstante, esa prematura vuelta a casa no será una derrota para el ardoroso misionero, sino que constituirá un cambio providencial.
Tras algunos meses de convalecencia, al P. Manna se le confía la redacción de la revista “Le Missioni Cattoliche”. Comienza así una actividad que caracterizará su vida: la animación misionera y vocacional, realizada sobre todo a través de la prensa[2] y posteriormente a través de la fundación de la Unión Misionera del Clero. En 1916, en efecto, juntamente con Mons. Guido Maria Conforti, fundador de las Misiones Javerianas y obispo de Parma, presenta al Papa Benedicto XV el proyecto de la Unión Misionera del Clero, con la intención de difundir el espíritu misionero entre los obisposo, sacerdotes y personas consagradas, consiguiendo despertar el apoyo más entusiasta.
Al comienzo de los años veinte, un nuevo campo de trabajo se abre al dinámico misionero de Avellino: la apertura y la dirección en Ducenta (Campania) del Seminario Meridional para las Misiones Extranjeras. Ès la realización de un sueño que había acariciado durante más de veinte años, es decir, poner en marcha una obra vocacional misionera en el Sur de Italia.
En 1924, el Instituto Misiones Extranjeras de Milán celebra su primer Capítulo General y el P. Manna es elegido Superior General. Este hecho encierra para el Instituto un significado especial porque supone el comienzo de un proceso que desembocará en el nacimiento del P.I.M.E. (Pontificio Instituto Misiones Extranjeras), uniendo los dos Seminarios misioneros de Milán y Roma. Precedentemente estaban presididos simplemente por un director que dependía en todo de Propaganda Fide.
Durante su mandato de diez años, el P. Manna contribuye a la redacción de las nuevas Constituciones, abre las puertas del Instituto a la acogida de los hermanos Laicos, aumenta el número de las casas en toda Italia para el reclutamiento y la formación de los aspirantes a las misiones. Emprende un largo y complejo viaje a todas las fundaciones misioneras fuera de Italia. Fue durante tal viaje cuando el P. Manna maduró la idea de escribir las "Observaciones sobre el método moderno de evangelización en Asia". Una de las obras más llamativas del P. Manna como Superior General será la preparación para la fundación de las Misioneras de la Inmaculada, rama femenina de su Instituto.
Diez años después, el segundo Capítulo General elige, por insistencia suya, a un nuevo Superior, y el P. Manna, finalmente libre de esa incumbencia, puede volver a actividades más acordes con él: sigue el nacimientos del Instituto de las Misioneras de la Inmaculada, toma decididamente entre sus manos la dirección de la Unión Misionera, acompaña el crecimiento y el desarrollo de la Región Meridional del PIME, del que es elegido Superior Regional. Aunque su salud se va debilitando, el ardor misionero no decae. Continúa escribiendo y publicando, insiste para que en la Iglesia haya un creciente interés por las obras misioneras y con tal fin se dirige a los obispos y cardenales. La enfermedad mientras tanto iba minándole hasta invadirle totalmente. El P. Manna muere en Nápoles el 15 de septiembre de 1952. El 23 de junio de 1961, sus restos mortales se llevan a “su” Seminario de Ducenta. Diez años más tarde se pone en marcha el proceso de canonización, que culminará el 4 de noviembre de 2001, cuando Juan Pablo II le proclama Beato.

Pablo Manna, maestro de misión

Voy a tratar ahora de espigar entre la mole de los escritos del Beato Manna los aspectos de metodología y espiritualidad que mejor se adecuan a nuestro carisma y tradición IMC. Como la sintonía entre los santos es siempre un dato de evidencia, no debe sorprendernos que los Beatos Allamano y Manna tengan muchas cosas en común: sobre la misión, sobre la espiritualidad del misionero, sobre las exigencias de la vocación apostólica y el estilo de conducir la misión. En este trabajo de rastreo de orientaciones útiles para nuestra espiritualidad misionera y nuestro trabajo apostólico, trataré de dejarme guiar al máximo posible por los mismos escritos del P. Manna.
1. El misionero: una vida apresada por Cristo
El P. Manna parte de la constatación de que la misión y el apostolado, lamentablemente, se identifican muchas veces con el hacer, con las tareas que deben realizarse, descuidándose, o relegando al menos a un papel secundario, lo que constituye su verdadero fundamento: la espiritualidad. Para el P. Manna, en efecto, la espiritualidad, entendida como configuración de la persona con Cristo, constituye el corazón de la vida apostólica. Afirmará con energía: "El misionero debe presentarse a los pueblos infieles como otro Cristo. Porque el misionero no es nada si no personaliza a Jesucristo" (Virtù Apostoliche [VA], 90). Solo cuando se es transformado en Cristo podrá presentarse a las gentes como verdadero apóstol.
Estas son algunas de sus afirmaciones más significativas en torno a este tema:
«Un misionero que se reserva y no se entrega, que no quiere darse total y exclusivamente a Jesús, es un misionero solamente de nombre. [¼] El verdadero misionero debe vivir el espíritu de Jesucristo y, como S. Pablo, dede poder decir: “Para mí vivir es Cristo”» (VA 161).
«La acción que la cabeza y el corazón ejercen sobre todo el cuerpo es un ejemplo de la acción vital que Jesucristo debe ejercer en toda vuestra vida espiritual. Él solamente debe ser el principio de vuestra actividad, el que debe llevaros a pensar, a actuar, a juzgar, a querer, a sufrir todo con Él, en Él y por Él. De tal modo que todas vuestras acciones no sean más que manifestación exterior de la vida de Jesucristo en vosotros. En suma, debéis realizar el ideal de la vida interior formulado por el más grande misionero: “No soy yo ya quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20)» (Discorso ai partenti, 1925).
«Se dice que los misioneros son pocos, pero muchos menos misioneros hay que lo sean de verdad, misioneros que reflejen en toda su vida la figura de Cristo. ¿Y cómo reflejarán, cómo imitarán a Jesucristo si no le convierten en objeto de su continua meditación? Solo el misionero que copia fielmente a Jesucristo en sí mismo y puede decir a los pueblos con el Apóstol S. Pablo: “sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo”,podrá reproducir su imagen en las almas de los demás. Quien no lo haga así, en vano se afana y en vano se lamenta cuando sus esfuerzos no son correspondidos» (VA 91).
«Mantengámonos unidos a Dios por medio de una vida de meditación y nos convertiremos en instrumentos admirables de sus misericordia. No nos ilusionemos: el celo apostólico, sin el que nada somos como misioneros, sólo abrasa cuando hay un corazón encendido de amor a Dios. Cuando nuestro corazón esté unido a Dios en la intimidad de la meditación y de la oración será cuando “arda el fuego” y nuestro amor nos sugerirá un celo ingenioso, práctico, perseverante, infatigable, que distinguirá al verdadero apóstol de Jesucristo» (VA 93).

2. Activos, pero no en exceso

El celo misionero ardía en el corazón del Beato Manna hasta convertirse en verdadera pasión. Así se lo inculcaba a sus misioneros. No podía imaginar un misionero apático o frío, que no ardiera con este fuego. No obstante, en diversas ocasiones vuelve en sus escritos sobre la necesidad de armonizar las actividades apostólicas con los espacios de estudio, la vida común, los momentos de la oración. Sabía lo fácil que resulta dejarse llevar por el activismo, que mortifica la eficacia de la misión y puede vaciar al misionero mismo de todo lo que le es indispensable para su vida. Oigamos estas recomendaciones suyas:
«Nuestros misioneros son algunas veces tal vez en exceso misioneros: en exceso dados a lo externo, en exceso dados los demás. Hay que evitar los excesos y saber armonizar mejor la vida activa con la contemplativa y, en palabras pobres, la vida exterior de visita a las comunidades cristianas con la vida de reflexión, la predicación con la oración, el trabajo con el estudio. Dios me libre de insinuar ni siquiera mínimamente el menor descuido y relajamiento en las obras de celo: hablo de los excesos a los que puede llevar una desmedida actividad. La desmedida actividad es la que me da miedo y a la que veo especialmente llevados a los jóvenes de nuestro tiempo» (VA 201).
«Ès esta actividad febril, toda exterior, la que nos hace poner el corazón entero, el alma y todas las fuerzas del cuerpo y del espíritu en tantas actividades que pueden ser buenas pero que no siempre son queridas por Dios o no lo son en la medida querida por Dios. Se trata de una actividad que debe ser corregida con un mejor recogimiento de vida interior, favorecido principalmente por una práctica más perfecta de la vida común. He visto misioneros tan comprometidos en las obras, tan entregados a lo exterior que hasta les da miedo la soledad de sus habitaciones, que tienen tanta necesidad de correr, de afanarse siempre, y cuando no tienen nada que hacer parece que no saben que el tiempo se puede emplear también en el estudio, en la oración y en el descanso en la propia habitación» (Ibid.).
«Da pena ver en alguna ocasión al misionero ir a la misión y lanzarse en cuerpo y alma a la acción tras despedirse definitivamente de los libros, abandonándoles al polvo y los ratones... Se prosigue de cualquier manera en muchas cosas, pudiéndose así cometer muchos errores en el ejercicio sagrado del ministerio, errores de los que un día habrá que dar cuentas a Dios por haber sido cometidos por ignorancia culpable... Decir que en la misión no queda tiempo para estudiar es afirmar algo que no se corresponde con la verdad.,.. ¡Qué pena da oír la predicación de misioneros que no estudian y no se preparan! Siempre repiten lo mismo y dan vueltas a la misma diatriba» (VA 212-213).

3. Para salvar hay que sufrir
Al señalar el camino que la Iglesia debe seguir en el nuevo milenio, Juan Pablo II invita a contemplar el rostro doliente de Cristo y a ponerse a la escucha de su grito en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). De este modo, todos los discípulos del Maestro de Nazareth podrán llegar a acoger estas otras palabras de Jesús: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16, 24). Cruz, discipulado y misión forman siempre un todo indisoluble y un gan reto para todo misionero. También el Beato Manna retorna frecuentemente sobre este tema, porque –así lo dice él– nuestras misiones pasan por el crisol de muchas tribulaciones. Misionar hoy en Colombia, en Congo, en Roraima y en cualquier otra parte de nuestro mundo misionero significa que la cruz está presente no solamente para ser contemplada, sino para pesar sobre nuestras espaldas. He aquí algunas líneas sobre este tema del P. Manna:
«Quien se dedica a la salvación de las almas debe esperar sufrimiento, aún más los misioneros, que no tienen otra finalidad que alumbrar nuevos hijos a Dios y a la Iglesia en los países infieles. Y los hijos no se traen el mundo sin dolor. Fue muriendo en la cruz como Jesús nos dio la vida eterna; a los pies de la cruz María se convirtió en madre nuestra. En el orden sobrenatural el dolor y con frecuencia la muerte son una razón de fecundidad. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24). Para salvar hay que sufrir. Los jóvenes aspirantes, los misioneros que no entienden esta doctrina deben quedarse en su casa, porque uno no se convierte en salvador de almas a otro precio" (VA 223-224).
«“Alegraos en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo” (1Pe 4,14). Puede parecer una locura esperar así, pero no existe otra filosofía de apostolado, esta es la política de Dios. Si sabemos comprenderla, si viviendo como misioneros sabemos colaborar con ella, cantaremos victoria final, victoria que no es necesario que tengamos que ver con nuestros ojos en esta vida mortal» (VA 226).
«Ès un martirio lento, pero no menos meritorio y grande a los ojos de Dios, el que, sufrido para propagar la fe, soportan nuestros misioneros diariamente, sometidos a tantos sinsabores, a tantas privaciones, a tantas intemperies, a tantas enfermedades que, muy verosímilmente, no contraerían si se hubieran quedado en su país. Leed nuestro necrologio: uno o dos han tenido la suerte de derramar su sangre por la fe, pero muchísimos han dado por la fe su vida gota a gota, y otros la han sacrificado o abreviado acosados por la fiebre y acribillados por dolencias crueles» (VA 228-229).

4. La obediencia, madre y guardiana de todas las virtudes
La obediencia ha sido siempre considerada por nuestro Padre Fundador como el primero de nuestros tres votos y como la virtud por excelencia de un misionero. Las nuevas Constituciones afirman que “el espíritu práctico de obediencia es la virtud fundamental de nuestro Instituto misionero” (Const. 36), poniendo así de relieve la enseñanza y la orientación transmitidas por Allamano en este sentido. Leemos en la vida Vida Espiritual: “No os lo repetiré, por tanto, nunca lo suficiente: obediencia absoluta si queréis ser buenos misioneros¼. Esta debe ser una virtud arraigada en nosotros; debemos formarnos a su hábito antes de ir a las misiones. Si no la tenemos, no se consigue nada; es mejor no ser misioneros” (VS 344).
He aquí algunas líneas de una larga carta del P. Manna sobre la obediencia, escrita en 1931, que son un eco de las convicciones que de esta virtud tuvo nuestro Fundador.
«Quiero hablar de ella porque sin un gran y convencido espíritu de obediencia no es posible que nuestro Instituto pueda existir, que puedan prosperar las misiones, que se pueda hacer obra común. Esta virtud es el gran lazo de unión de todo: el gozne sobre el que debe girar nuestra acción. [¼] Deseo además hablar de ella porque, especialmente en esta época, la idea de misionero está más fácilmente asociada a la de hombre celoso y valiente, heroico, que la más verdadera de hombre obediente. El misionero debe, naturalmente, tener celo, ánimo valiente e invicto, como el soldado debe ser hombre de valor, que a menudo ha de saber desplegar su bravura, su tolerancia al sacrificio hasta llegar al heroísmo... Será un buen misionero e invencible soldado de Cristo sólo si es obediente. Valentía, abnegación, heroísmo no guiados por la obediencia son con frecuencia derroche de energías, a veces verdaderas locuras» (VA 252).
«Nuestros superiores vigilarán para que los jóvenes sean educados a la obediencia no solamente por motivos de fe, de la que ya he hablado anteriormente, sino que su obediencia debe ser también pronta, completa y afectuosa» (VA 281).
«Se debe obedecer en todo, no ya sólo en las cosas que nos agradan; se debe obedecer en cada detalle. A veces se acepta muy a gusto un cargo, pero no se toleran observaciones y correcciones sobre el modo de desempeñarlo, y eso no es ejercicio de virtud sino de amor propio» (VA 281-282).
«Obedézcase a todos y no solamente a los superiores con los que se congenia. Quien se guía por esas preferencias, no obedece a Dios sino a la criatura» (Ibid.).
«Finalmente, obedézcase con mucha alegría, afectuosamente: “Dios ama a quien da con alegría” (2 Cor 9,7). La obediencia en las cosas difíciles y penosas no puede ser alegre si no está inspirada por la fe y el amor. El amor hace que nos parezcan leves y hasta deseables los sacrificios de la vocación. Que suceda así con nuestra obediencia» (Ibid.).

5. Todo Instituto misionero está al servicio de la Iglesia
Un misionero auténtico debe vibrar por la Iglesia. El amor profundo a Cristo y a la Iglesia caracteriza su vocación. Los documentos más recientes sobre la misión y sobre la vida consagrada resaltan con vigor este principio. El Beato Allamano definía ese amor a la Iglesia y al Sumo Pontífice como “simpatía”. Y nuestras Constituciones, al desarrollar este concepto, se expresan con estas palabras: “El misionero se vincula a la obra de evangelización en la Iglesia, haciéndose más estrechamente partícipe de la misión de ésta. El Instituto y cada uno de sus miembros se distinguen por el amor, la fidelidad y adhesión al Papa y a los Obispos; se atienen, además, a las directrices de la Congegación para la Evangelización de los Pueblos” (Const. 13).
En sus escritos, el P. Manna, tras haber hecho hincapié en la necesidad de que el misionero esté totalmente al servicio de la Iglesia, le pone repetidamente en guardia ante la tentación de orientar su interés hacia otras cosas o de cerrarse exclusivamente en los horizontes particulares del propio Instituto. Y llega a afirmaciones duras, como: “Donde más fuertes son las misiones, más débil es la Iglesia”. Los siguientes pensamientos del P. Manna pueden servirnos como examen de conciencia:
«Somos apóstoles. Los apóstoles no tenían detrás de ellos más interés que servir, pero servían solo y únicamente a Jesucristo. Somos apóstoles y debemos dilatar los horizontes divinos, trabajar generosamente, desinteresadamente sólo por las almas, sólo por la Iglesia, sólo por el Cielo» (VA 196).
Que nunca suceda entre nosotros que una misión se convierta en fin a sí misma: que sobre los intereses de Dios y de la Iglesia prevalezcan los intereses congregacionales, nacionales, económicos. Traicionaríamos nuestra Misión apostólica y retrasaríamos el establecimiento del Reino de Dios...» (Ibid.).
Es innata en las órdenes y los institutos la tendencia a crecer, a extenderse en personas y obras. Esa disposición, que también nosotros sentimos, debe bendecirse cuando no se pierde de vista el fin al que todo se orienta y dirige: Dios, la Iglesia, las almas. Más numerosos y fuertes, pero no para dominar, sino solamente para servir mejor» (Ibid.).

6. La esperanza de la mies debe estar en la semilla
Repetidamente el P. Manna retorna sobre el tema de las vocaciones. Lo hace, sin embargo de manera clara y contundente el 1° de enero de 1930 cuando, enviando un mensaje de felicitación a los misioneros lejanos, presenta una panorámica de la realidad de su Instituto. Augurando que cada uno se sienta responsable para el logro de la finalidad de su vocación, pronuncia tres “lamentos”: “Ay si nos paramos en nuestros esfuerzos; ay si las misiones se convirten en fines a sí mismas; ay si no se examina todos los días lo que se debe y puede hacer, lo mejor que se puede hacer por la causa de Dios” (VA 176). Y en este contexto trata el tema de la promoción vocacional y de la formación de nuevos misioneros:
«Deber de nuestro Instituto en Italia y de los padres de aquí es principalmente el reclutamiento y la formación de numerosos y santos operarios evangélicos. Es ésta también la parte más noble, más ardua, más esencial del trabajo apostólico. Sin misioneros no hay misiones; sin misioneros santos, cultos, emprendedores, numerosos, no se convierten las almas y no se fundan iglesias. [¼] Mi mayor, mi más vivo deseo es pues que quienes colabora en esta gran obra sientan la responsabilidad de su misión, es decir, toda la importancia, la delicadeza, el mérito de su trabajo. Si es gran cosa hacer cristianos, más sublime lo es plasmar apóstoles. Es esta una obra absolutamente divina» (VA 177).
Subraya a continuación que Jesús es el modelo sobre el que plasmar a los jóvenes misioneros y el fundamento de toda formación:
«Jesucristo es la realidad sobre la que hay que formar y transformar la vida de nuestros misioneros, la luz con la que deben iluminar sus ideales, el fuego con el que deben encender sus corazones, el alimento con el que deben vigorizar sus almas. Es necesario hacer sentir a Jesucristo en el corazón y en el alma de nuestros aspirantes, al igual que en su inteligencia: tanta formación espiritual como intelectual y científica: tanta oración como teología» (VA 178).
Y recomienda que se ponga el mayor esmero en el discernimiento de las vocaciones:
«No tengan escrúpulo nuestros rectores en ser severos en la aceptación de los postulantes y en la eliminación de los que ya hubieran sido aceptados y no encontrados idóneos: es mejor ser severos que indulgentes. La selección no hecha a tiempo introduce en el Instituto sujetos con carencias en uno y otro sentido, y, como dije en mi circular de abril del año pasado, un Instituto no tiene ninguna necesidad de hombres mediocres» (VA 180).

7. No demos excesivo valor al dinero

En todos sus escritos, pero especialmente en el opúsculo sobre la evangelización, el P. Manna es muy exigente y duro sobre el uso de los medios y del dinero en la misión. Llega incluso a desear una especie de moratoria económica en relación con las misiones cuando afirma: «Cabe casi augurarse que a las misiones les falte toda ayuda extranjera. Sería una gran purificación y un decisivo paso adelante hacia la constitución de las iglesias indígenas» (FM, 118). No es la suya una posición maniquea que vea en el dinero y en los bienes materiales solamente el mal y el pecado. Sus conclusiones se derivan más bien de un atento examen de la realidad misionera, confrontada con las exigencias del evangelio. Prefiere tratar este tema partiendo de dos perspectivas particulares: la espiritual y la ascética para la formación de los misioneros (el desprendimiento) y la pastoral de una metodología misionera (por un auténtico crecimiento de la Iglesia local). Éstas son algunas de sus ideas:
«Si lo que se necesitara obtener para la conversión del mundo fuera el dinero, el evangelio nos lo habría dicho. Pero hoy hay quien parece pensar que si hubiera dinero, mucho dinero, se conseguiría todo. Y cuando se tiene mucho dinero y poco de lo demás, son los demonios los que aparecen con él. ¡Cuántas veces se ha comprobado así en la historia de las misiones, donde por desgracia ha habido dinero y poder pero poca santidad, con lo que no solamente no se han conseguido conversiones, sino que hasta se ha perdido la fe, por lo menos prácticamente, en los propios misioneros!» (VA 170).
«A propósito de las ofertas que se solicitan para las misiones –a veces con excesivas ansias– quiero hacer otras recomendaciones. Una sola palabra digo ahora: no demos al dinero excesivo valor como medio de apostolado. Quisiera que se entendiera correctamente esta palabra de excesivo. El evangelio no hará mucho camino apoyado a la grupa del dinero, y aunque parezca que sí, no será un progreso duradero y auténtico. Las almas, hoy como ayer, las convierte el Espíritu Santo con nuestra vida de oración, con una vida penitente y santa, con el celo de los misioneros... El dinero puede cortar las alas al Espíritu Santo y llegar solamente donde llegan todos los medios humanos, es decir, no muy lejos» (VA 170-171).
«És realmente preocupante ver cómo la idea de lo indispensable del dinero ha entrado en la mente de los misioneros de hoy. Se comienza a pensar en él antes aún de partir para las misiones. En la misión se ve muchas veces al misionero descontento y en desacuerdo con el obispo porque no le da todo lo que cree que necesita, y escribe, y se disgusta, e importuna a medio mundo, y envía fotografías, y trata de impresionar, conmover, a veces cargando las tintas y no diciendo toda la verdad. Y si no se tiene el dinero para hacer lo que se ha proyectado, se llega incluso a decir: “¡Qué quiere! ¡Así no se puede hacer nada!”» (Formazione Missionaria, PUM 1988, p. 114).

Conclusión

Me doy cuenta de que este rastreo en los escritos del P. Manna se ha dilatado mucho. Siempre es fascinante volver a repasar los escritos de estos grandes testigos de la misión... Aconsejo a cada uno de los Misioneros que lean durante el 2003 especialmente "Virtù apostoliche" y "Osservazioni sul metodo moderno di evangelizazione"[3].

Confío a la intercesión del Beato Allamano y del Beato Manna a cada uno de vosotros y vuestro trabajo misionero para que, adoctrinados por la “teología vivida de los Santos”, nuestra vocación logre ganar en profundidad y en eficacia apostólica.

Fraternamente os saludo en la Consolata.

P. Piero Trabucco, IMC

(Padre Generale)