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| POBREZA, ECONOMÍA Y MISIÓN 1°parte |
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| Escrito por Consolata.org | |
| 20.02.2006 | |
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4 de octubre de 2002 Queridos misioneros: Esta carta lleva fecha del 4 de octubre, día en que la Iglesia celebra la fiesta de San Francisco, insigne testimonio del ideal evangélico en relación con los bienes de la tierra. Que el "pobrecito de Asís" nos inspire a cada uno de nosotros y a la Familia, dondequiera que realice su servicio misionero, la fidelidad al voto de pobreza y la valentía para tratar bien el material de que disponemos, con la sabiduría que nos trasmitió el Beato Fundador José Allamano y por él vivida. Motivos de este documento ¿Por qué esta nueva carta sobre el uso de los bienes en la misión y cuáles son los motivos que subyacen a la invitación que nos hizo el Décimo Capítulo General (XCG) de volver a tratar este tema? Recuerdo algunos. Todos nuestros últimos Capítulo Generales han confirmado la urgencia y la necesidad de que el Instituto revise los criterios que ordenan el uso de los bienes materiales, como don de Dios y expresión de la caridad de los bienhechores (cf. Cap. Gen. 1987, p. 50). Además nos han puesto en guardia sobre toda falta de atención contra el voto de pobreza y en la gestión de los bienes (cf. Cap. Gen. 1993, 19), exhortándonos al mismo tiempo a tender a un mayor radicalismo en la forma de vivir la pobreza. Nos han invitado a acercarnos más a la vida de los pobres y a fomentar una mayor capacidad de compartir los bienes entre nosotros y los demás (ibid., 54-55). El XCG, finalmente, al tiempo que advierte que existen todavía formas de individualismo en el uso de los bienes de la comunidad y una búsqueda de bienes materiales que no tiene en cuenta un estilo más evangélico de misión (XCG 31), invita a las Regiones a remediar eventuales abusos y a la Dirección General a enviar un documento a todo el Instituto en el que se haga "una fuerte llamada sobre el modo de vivir la pobreza y sobre los diversos abusos advertidos en todas las partes del Instituto y sintéticamente recordados en el análisis de la realidad, y en base a cuanto se ha dicho y propuesto en las asambleas capitulares". Recuerda finalmente que "La celebración del jubileo se presta a una reflexión oportuna sobre este tema y los relacionados con el compartir, el igualamiento, el desprendimiento, la utilización de los bienes destinados a la misión y a los pobres para el fin al que han sido donados, sin destinos indebidos o excesivas e injustificadas dilaciones" (XCG 34-35). Está creciendo por todas partes, entre las personas consagradas, la necesidad de orientaciones claras y fuertes ante un mundo que se orienta hacia la globalización, donde a menudo la búsqueda de beneficio y rentabilidad a toda costa se convierte en un estilo de vida, mientras la sensibilidad hacia las personas pobres disminuye y donde el espejismo de las ganancias fáciles afectan negativamente a los valores de la persona y de la sociedad. Los misioneros que trabajan en las periferias de la sociedad, en contacto con los más pobres y marginados, desean purificar cada día más su compromiso de testimoniar el valor evangélico de la pobreza, haciendo un uso escrupuloso de los bienes que la Providencia pone en sus manos, en favor de los pobres y para la concienciación misionera de la Iglesia. De este modo son cada vez más numerosos los misioneros que se interrogan si no tendrán que estar más atentos a los retos que plantea el voto de pobreza y qué respuesta dar a la Iglesia que nos exhorta a recalificar nuestro ser y obrar en la misión. La propia Unión de los Superiores Generales, en su asamblea de mayo de 2002, quiso precisamente tratar el tema 'Economía y misión', ya que son muchos los institutos que sienten hoy la urgencia de reflexionar sobre el uso correcto de los bienes en un mundo que va cambiando tan rápidamente y comprobar si su praxis económica está en sintonía con el voto de pobreza y una real opción por los pobres[1] La necesidad de una praxis renovada Consideramos que es imposible para el Instituto emprender un auténtico camino de renovación del personal, o lograr un cambio decidido en la recalificación de las comunidades, sin confrontarnos, de manera seria y concreta, con las exigencias del Evangelio y de nuestra consagración religiosa en relación con los bienes materiales y el uso que de ellos hacemos en nuestra praxis misionera. Nunca pobreza y misión pueden escindirse entre sí, pues si lo permitiéramos, las consecuencias afectarían a la credibilidad y la eficacia de nuestra obra. Dificultades y límites Debemos admitir, en fin, que tratar este tema dirigiéndonos a todo el Instituto es una tarea extremadamente comprometida. Difícilmente podremos ofrecer orientaciones que puedan ser respuestas puntuales y comunes a todas las realidades que los miembros del Instituto viven en las diversas partes del mundo. Bastan algunas preguntas para ilustrar mejor nuestro pensamiento: ¿Cómo hablar de pobreza y de correcta economía reflejando el contexto europeo o norteamericano y al mismo tiempo querer que las mismas normas valgan para los misioneros que viven en el Congo? ¿Cómo aplicar la misma norma sobre el uso de los bienes en los países desarrollados que en aquellos donde la gente debe luchar día tras día para conseguir lo necesario para su subsistencia? ¿Cómo ofrecer orientaciones formativas para nuestros seminarios en cuanto a la forma de vivir la pobreza si en algunos casos la adhesión de nuestros jóvenes al Instituto significa un aumento en su bienestar? Por otra parte, ¿cómo enseñar un estilo de sobriedad y de austeridad a los candidatos a los que el ambiente donde viven y su familia nunca les han negado nada en términos de bienes materiales o puesto obstáculos a su uso? A pesar de los muchos límites que este documento puede tener, confiamos en que pueda estimular la reflexión de todos para abordar resueltamente el significado del voto de pobreza en el contexto de nuestra vocación misionera y para revisar el uso que hacemos de los bienes materiales. Conscientes de la complejidad del tema y de su variada articulación, trataremos de presentar este tema de manera más bien esquemática y, en la medida de lo posible, esencial. No toda problemática tendrá una respuesta precisa y quizá algunos de nuestros interrogantes persistan. El carácter incompleto de la carta permitirá así que los misioneros, las comunidades locales y las Circunscripciones prosigan la reflexión, cada cual en su ámbito y partiendo de las propias situaciones concretas. Por este motivo hemos querido incluir, aquí y allá, algunas preguntas que puedan favorecer la reflexión comunitaria y la búsqueda de respuestas más contextualizadas. Que la intercesión de nuestro Beato Fundador, maestro inigualable en el uso de los bienes, nos anime en esta reflexión y que con el testimonio de su vida ilumine los caminos que debemos recorrer hoy. I. Algunos principios fundamentales "Buscad en primer lugar el reino de Dios..." En todo el Antiguo Testamento, la pobreza como valor que hay que vivir no consiste fundamentalmente en la renuncia y en la falta de los bienes materiales, sino más bien en la actitud de sumisión y abandono a Dios y de búsqueda de su voluntad en las pruebas de la vida. Será en la enseñanza y en la vida de Jesús donde la pobreza encuentre su expresión más completa. En Él queda superada la antigua concepción que consideraba la riqueza una bendición de Dios y la falta de medios un castigo por el mal cometido. Para Jesús lo que cuenta es el Reino y todo es relativo a él. Por consiguiente, la pobreza no será la miseria material sino la superación de la pretensión de prescindir de Dios y administrar nuestra vida nosotros solos, así como construir solos nuestro propio reino. Más que pedir el desprendimiento de los bienes de la tierra, lo que Jesús pide es el desprendimiento de nosotros mismos, de la propia voluntad, de los propios afectos. Será Él quien resalte de forma especial la mansedumbre, la humildad, la disponibilidad al perdón, el abandono en las manos de Dios, la libertad ante los bienes del mundo. Valores y no tanto ausencia de cosas, la libertad en relación con ellas para hacernos solidarios y saber ser don para los demás, lo que podemos conseguir si sabemos ver a Dios como Padre providente que cuida de nosotros.
Somos hijos y herederos de un hombre de Dios, José Allamano, que con su vida dio testimonio del lugar donde se encuentra el verdadero tesoro, y consiguientemente maduró las actitudes del administrador sabio del Evangelio. Formado en la escuela de santidad del Cottolengo, José Allamano había desarrollado una iluminada confianza en la Providencia. Después de ver con claridad la voluntad de Dios, el Fundador supo lanzarse a proyectos audaces, seguro siempre de que el Señor no le abandonaría (cf. Conf II, 308). Sugería a sus misioneros: "Al emprender cualquier obra, no se debe considerar su volumen ni las dificultades que se puedan encontrar ni el mucho trabajo que nos puedan exigir, sino únicamente verificar que es voluntad de Dios. Dejemos que ella nos lleve, que no dejará que fracasemos"[2]. Esa confianza en el Señor le infundía iniciativa y valentía, pues él se sentía instrumento en las manos de un Padre que nunca abandona a sus hijos. Pero al mismo tiempo cultivaba una gran discreción con los bienhechores, característica que mantuvo toda su vida, incluso cuando los gastos del Instituto eran ingentes. Exhortaba a no importunar nunca a los bienhechores pregonando las necesidades de la misión y evitando ser insistentes recaudadores de limosnas. Es significativa una intervención suya ante iniciativas poco oportunas: "No, no; no me gusta, no quiero sacerdotes comerciantes, están ya los de las diócesis para ese oficio, no quiero que vosotros, mis hijos, hagáis ese trabajo" (ibid. 28). Le acompañaba siempre la conciencia viva de que el dinero que utilizaba no era suyo. Nunca quería considerarse dueño de él, sino solamente administrador. Exhortaba a los misioneros a hacer lo mismo. Un día dijo al P. Ciravegna: "Conviene que ahora comiences a tener algún dinero en el bolsillo y te acostumbres a pensar que no es tuyo, sino de los bienhechores de las misiones; así pensarás dos veces antes de gastarlo" (ibid. 35). Es un pensamiento que repetirá muchas veces, como un estribillo, para confirmar un principio importante para el correcto uso de los bienes: "El dinero no se nos da para nuestra comodidad, para estar nosotros mejor, sino para que estén mejor los demás. Cuando tenemos lo necesario, es suficiente... No hay que decir: hay dinero...; hay que tener dinero para hacer el bien, no para estar bien. Conforme el Señor nos lo envía, se destina a obras buenas" (ibid. 38). Transparencia y cautela en la administración eran escrupulosamente seguidas por Allamano y por él exigidas a todos los misioneros. El padre G. Pasqualetti reproduce en su libro diversos testimonios de misioneros (cf. ibid. 41-44) que se quedaban impresionados por su escrupulosa precisión en el registro y la administración del dinero. Cuentan algunos: "En las cosas de administración era sumamente preciso; registraba todo con sumo detalle... y de inmediato, sin esperar a que quien había venido a traer o sacar dinero saliera de su despacho" (ibid. 42). En cuanto a la atención sobre los salarios justos y en relación con las leyes civiles, leemos un testimonio del P. Sales: "Fue siempre escrupulosísimo en tema de justicia. No habría sido capaz de defraudar al prójimo un céntimo. Se declaraba dispuesto a dejarse comer un poco, antes que correr el peligro de dañar a los demás. El bien espiritual y moral, suyo y del prójimo, prevaleció siempre sobre los intereses materiales" (ibid. 44). Compartir los bienes era otra preocupación del Fundador. "Si no economizamos —decía dirigiéndose a los jóvenes estudiantes— ¿qué enviaremos a Africa? Debemos usar lo puramente necesario, no tenerlo todo para nosotros" (Conf II,252). Justamente en razón de esta exigencia del reparto de los bienes estaba convencido de que los misioneros nunca podrán ser ricos (cf. Conf-Religiosas II,6). Atención a las llamadas de los pobres Las interpelaciones a nuestro modo de vivir la pobreza y de usar los bienes materiales en el ámbito de nuestro trabajo misionero nos llegan también de las masas pobres del mundo. Nuestras propias Constituciones han querido relacionar las exigencias del voto de pobreza con las llamadas que nos llegan de los pobres: "El misionero crezca en el auténtico amor a la pobreza evangélica, mediante una continua conversión del corazón y de las actitudes, para 'tener el espíritu de pobreza hasta la raíz'. De este modo, él da testimonio de su plena confianza en la providencia del Padre celeste (cf. Mt 6,25-34), demuestra su solidaridad con los pobres y tiene libertad para alzar la voz en su defensa. Es también animado, de acuerdo con la comunidad, a vivir formas más austeras de pobreza, de acuerdo con las exigencias del ambiente" (Const 44). Dos son, en efecto, los caminos que la Iglesia postconciliar ha trazado y está ahora recorriendo, aunque todavía lo haga con dificultades y esfuerzo: hacerse creíble y comprensible dentro de ella, eliminando superestructuras inútiles y connivencias con el "poder"; comprometerse para transformar las instituciones y las estructuras injustas y alienantes. Todo esto suele expresarse generalmente como "opción preferencial por los pobres" (cf. Evangelización y promoción humana, 13; Vita consecrata [VC], 82, 89). Porque toda comunidad cristiana, cuando restituye al Reino de Dios su primado, se siente estimulada a "evangelizar a los pobres" (cf Lc 4,16-21), compartiendo con ellos la vida y las demás cosas. Esa opción no es contingente, sino que refleja su exigencia constitucional y tiene sus raíces en el Evangelio mismo. No es sectaria porque el encuentro con Cristo acerca al cristiano a los pobres y a todos los que tienen necesidad de salvación. Optar por los pobres significará compartir su suerte, identificarse con sus luchas, levantar la voz en su ayuda, pagar personalmente la elección de campo. Como misioneros y consagrados, el servicio a los pobres y el compartir su suerte deben sernos tan connaturales que supongan un calco de nuestra opción por Cristo y su Reino: "La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados todos los discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en ella de una manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres y a abrazar la causa de los pobres" (VC 82). Ese mismo concepto se pone de relieve en la Redemptoris missio: "los primeros destinatarios de la misión son los pobres, y su evangelización es por excelencia signo y prueba de la misión de Cristo" (60). II. Necesidad de discernimiento Dinero y misión, una relación no siempre fácil Hace algunos decenios, durante el dominio colonial de África, y más recientemente, en tiempos del boom económico en el mundo occidental, quizá resultaba normal a los misioneros confrontar la realidad del bienestar de tantos países europeos con la situación precaria en los territorios de misión. En el contexto de la animación misionera resultaba espontáneo cargar las tintas en torno al estado de pobreza de los territorios de misión para suscitar la generosidad de los cristianos de Europa o América. Con el paso de los años, sin embargo, y a través de algunas experiencias no siempre positivas, la relación del misionero con el dinero y los medios materiales era cada vez más cauta y recelosa, si no ya incluso pesimista. Se daba cuenta de que no siempre el dinero podía resolver los complejos problemas de la justicia social y de que a menudo las obras construidas con tanto sudor y con los sacrificios no indiferentes de los bienhechores no conseguían los objetivos que nos prometíamos, cuando no terminaba a veces convirtiéndose en auténtico "boomerang" contra los propios misioneros. Intereses particulares, corrupción y burocracia contribuían a hacer vanas "nuestras obras". Y luego resultaba claramente evidente que la situación de los pobres no demostraba mejoras relevantes, a pesar de todos nuestros esfuerzos y de nuestro ingenio para descubrir nuevos mecanismo de desarrollo. Considerando también el problema desde la vertiente de las iglesias "madres", no pocos misioneros sentían un desasosiego íntimo con la praxis vigente, pero no porque se avergonzaran en tender la mano en favor de los pobres. Se daban cuenta de que el problema "dinero" monopolizaba frecuentemente su discurso sobre la misión, por lo que decir "misión" significaba para muchos cristianos "pedir dinero". Y entonces, ¿cómo poder comunicar con eficacia al pueblo de Dios mensajes como: la misión es anunciar a Cristo, todos somos responsables de ella, Cristo sigue llamando y enviando a la misión...? ¿Y cómo proponer a la sociedad del bienestar los temas de la justicia, de la solidaridad, de la paz...? La generosidad del pueblo cristiano hacia los pobres y las colectas en favor suyo tienen incluso raíces neotestamentarias. No estaban por tanto en el banco de los imputados. Si una cierta sensibilidad crítica había surgido sobre el dinero y los medios destinados a la misión, ésta se debía al énfasis excesivo puesto en este aspecto, o a la falta de moderación en detrimento de otros valores. He aquí los principales retos que se nos siguen planteando todavía en la actualidad y cada vez que reflexionamos sobre nuestra relación con los bienes materiales en el ámbito de nuestro trabajo misionero: - Un flujo excesivo de ayuda puede retardar la maduración de las jóvenes comunidades cristianas que, en lugar de responsabilizar a sus miembros a la autosuficiencia, intentan el camino de la cuestación fuera del propia nación. - El trabajo misionero corre el riesgo de perder la transparencia del testimonio evangélico a los ojos de los neófitos y de los no cristianos. Lo que emerge más fácilmente de la obras misioneras no es siempre la solidaridad humana y cristiana de los hermanos hacia los demás hermanos, sino más bien un clima de cierta forma de negocio o de fácil riqueza. - Una evangelización acompañada de muchos medios y de mucho dinero tiende a minimizar la responsabilidad de los fieles. La Iglesia no se siente como "casa" propia y la comunidad cristiana no se siente estimulada a salir de sí misma para hacer frente a retos y problemas del propio ambiente. Porque siempre hay alguien que desde arriba piensa en ello, decide y realiza... - El misionero rico de bienes puede llegar a levantar barreras defensivas, a aislarse de la gente para protegerse de ella, huyendo de las situaciones de precariedad y pobreza para no correr peligros. La riqueza, por su naturaleza, busca el aislamiento, crea el gueto, erige pedestales a la superioridad. Entre el misionero "rico" y los pobres, ¡qué difícil es que se creen relaciones de mutua confianza, amistad y verdadera fraternidad! - El crecimiento de la internacionalidad dentro del Instituto y la persistencia al mismo tiempo de situaciones de "riqueza" en algunos misioneros pueden levantar barreras entre las personas dentro de nuestra Familia misionera, con consecuencias deletéreas para el espíritu de familia y para la propia evangelización. La valentía de la conversión No son, en efecto, las motivaciones psicológicas o sociológicas las que deben determinar nuestro comportamiento al hacer misión. Como tampoco son las medidas estratégicas las que nos hacen cambiar el estilo de vida. Nos invita hoy a realizar la misión Alguien que decía a sus misioneros: "¡Andad!, mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias... Quedaos en esa casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa..." (Lc 10,3.7). Son precisamente la enseñanza de Jesús y su estilo de vida y de evangelización los que deben guiarnos al modelar nuestra metodología apostólica, aunque manteniéndonos siempre en sintonía con la realidad actual y con los retos y las necesidades del mundo actual. La Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, no ha dejado nunca de estimular a los religiosos a caminar por los senderos de una mayor austeridad de vida y de una mayor adherencia al ideal evangélico de pobreza. Nuestras Constituciones y muchos documentos de estos años han seguido dejando oír su llamada en favor de un estilo deferente de vida para realizar una evangelización más eficaz. Partiendo de todo lo que acabamos de decir y confrontándolo con nuestros documentos, pasemos a recordar rápidamente algunas orientaciones doctrinales sobre el uso de los bienes: 1. Leemos en San Pablo que "cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la condición de hijos adoptivos" (Gál 4,4-5). El misterio de la encarnación es el fundamento del anuncio cristiano y la orientación básica para toda praxis apostólica. Y este misterio nos parece sugerir que el poder, la eficiencia, el éxito y los medios materiales no pueden constituir la medida, los criterios y la fuerza de la estrategia misionera. El Verbo de Dios, al encarnarse, quiso hacerse niño, indefenso, pobre, necesitado. Al realizar la misión que le confió el Padre, usa medios que los pobres saben usar y no los que pueden darle popularidad, imagen, eficiencia. Cuando Pedro trata de alejarle de este plano, el Maestro no elude usar palabras fuertes (cf. Mc 8,31-33), porque quiere que el mismo modelo de misión sea adoptado por sus discípulos: "Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo a ellos" (Jn 17,18). Leemos en Mateo: "El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará" (Mt 10,38-39). No sólo ha sido la cruz el camino que Jesús eligió para salvarnos, sino que es también la que señala a quien quiere seguirle para llevar la salvación al mundo. La cruz que salva, la cruz que reconcilia, es también la que mata, divide y atrae la persecución. 2. Desde el púlpito de nuestra "abundancia" no podremos nunca predicar la cruz de Cristo a las masas de los pobres, dando credibilidad y significado a las palabras del Evangelio. Podemos pues preguntarnos: ¿Cómo puede ser juzgado desde la cruz de Cristo nuestro modo de hacer misión? Las misiones que nosotros creamos, aun con tanto esfuerzo, ¿sabrán despertar la atención por su parecido con el estilo de misión que Jesús quiso imprimir a través de su cruz? "Dios eligió lo que el mundo tiene por necio para humillar a los sabios; lo débil para humillar a los fuertes; lo vil, lo despreciable, lo que es nada, para anular a los que son algo" (1Cor 1,27-28). Así expresa el convertido en el camino de Damasco, transformado en el más grande misionero de la Iglesia primitiva, su credo apostólico. No es el poder, ni la sabiduría, ni las cosas de esta tierra las que salvan. No se puede confundir a la gente ofreciéndole nuestras "cosas": sólo Dios salva. "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2Cor 12,20): la lógica paulina derriba nuestras construcciones de eficiencia, las tentativas de autorrealización o las miras de vanagloria. 3. La evangelización es nuestra suprema lex. Todo lo que la ayuda y favorece debe despertar nuestro interés por encima de cualquier otra cosa o inclinación personal. El eficientismo no podrá por tanto prevalecer nunca sobre lo que hace auténtica la acción apostólica, del mismo modo que el testimonio evangélico debe prevalecer sobre lo demás en nuestros proyectos y nuestra acción. Debemos preguntarnos valientemente si no ha llegado el tiempo de desprendernos de ciertas cargas y lastres que con tanta prodigalidad nos hemos echado encima de nuestra acción evangelizadora, tal como nos pidió el noveno Capítulo general: "Establecer un tenor de vida pobre en las estructuras y sencillo en los programas de trabajo y en el uso de los bienes, escuchando y aceptando las interpelaciones y la sensibilidad de los pobres" (32.1). Las posibles resistencias a la realización de estas orientaciones capitulares pueden tener sus raíces en la cultura del consumismo, que impera en todas partes. Pero es preciso reaccionar a este influjo con valentía, apelando a la conciencia del discípulo y a la inteligencia del apóstol. Si hay que llegar a una conversión, ésta nacerá no de la confrontación con el ambiente o la gente que nos rodea, sino con Jesús de Nazaret. 4. "Es también animado [el misionero], de acuerdo con la comunidad, a vivir formas más austeras de pobreza, de acuerdo con las exigencias del ambiente" (Const. 44). "Deseamos más radicalidad al vivir la pobreza. Queremos compartir la vida con los pobres, cuyos valores se convierten para nosotros en escuela de espiritualidad en la relación con Dios, en la vida común, en el trabajo apostólico" (IXCG 54). "No es posible la misión sin ser 'para' y 'con' los pobres. La pobreza en la vida consagrada establece sus premisas con una sobriedad y estilo de vida que permiten la solidaridad, el compartir y la proximidad a la gente" (XCG 30). Para que tengan un impacto real sobre nuestro método de trabajo o sobre una praxis apostólica, estas afirmaciones de nuestros documentos deben generar convicciones profundas que a su vez tienen su raíz en los valores perennes de la fe en Cristo y de la vida consagrada. La animación de las Constituciones y de los Capítulos generales a adoptar formas más austeras de pobreza y de proximidad a los pobres, debe expresarse con una acogida serena y fraterna de experiencias nuevas, aprobadas por el Instituto. Esas experiencias, cual laboratorios de un modo nuevo de vivir la misión y de anunciar a Cristo a los pueblos, deben ser favorecidas y estimuladas por las Regiones a través de un discernimiento iluminado y valiente. El Instituto, juntamente con las Misioneras de la Consolata, eligió para el año 2003 al Beato Pablo Manna como protector particular. Que su enseñanza, audaz y profética sobre la pobreza misionera, nos espolee a cada uno de nosotros a realizar con empeño una seria revisión de la propia vida, fieles a la vocación misionera y a la llamada de Cristo que nos quiere próximos a los pobres y solidarios con ellos.
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