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| Escrito por P. Piero Trabucco, IMC | |
| 20.02.2006 | |
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17 de abril de 2003
“Jesucristo nos ha hecho un reino de sacerdotes para su Dios y Padre; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. Con estas palabras del libro del Apocalipsis (1,6) se abre la solemne misa crismal en este día en que celebramos la institución de los sacramentos del orden y de la eucaristía. La colecta prosigue así: “Oh Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a nosotros, miembros de su cuerpo, nos haces partícipes de su misma unción; ayúdanos a ser en el mundo testigos fieles de la redención que ofrece a todos los hombres”. Eucaristía, sacerdocio y misión: estas tres realidades constantemente aparecen y se entrecruzan en este día santo, constituyendo la sinfonía divina que llamamos Misterio Pascual, el misterio central de nuestra fe. Carta a un amigo sacerdote “Me preguntas: ¿Por qué celebrar la eucaristía todos los días? ¿No basta con el encuentro dominical, donde nos encontramos con toda la comunidad cristiana? ¿Por qué debería celebrar la misa cuando estoy solo o apenas con ‘cuatro gatos’? ¿No es un modo de vaciar el sentido comunitario de la celebración de la muerte y la resurrección de Jesús? Trataré de responderte no sólo a partir de las convicciones teológicas que tengo (y que son las de la Iglesia, explicitadas de manera especial desde comienzos del segundo milenio), sino también a la luz de la experiencia espiritual madurada en los varios decenios de mi sacerdocio. Para responderte, me centro de inmediato en el núcleo del tema: ¿Por qué somos sacerdotes? ¿Quién nos ha dicho que tengamos que dedicar toda nuestra vida a este ministerio del evangelio de la reconciliación, de la eucaristía y de la caridad? La respuesta sólo puede ser una: Jesús. Somos sacerdotes porque él lo ha querido, nos llamó y nos amó así, y así sigue llamándonos y queriéndonos. Él, que es siempre fiel en el amor. El sentido de nuestra vida, la razón verdadera de nuestra vocación, no consiste en algo, aunque se tratara de la cosa más hermosa del mundo, sino en alguien, y este alguien es él, el Señor Jesús. Somos sacerdotes porque él, un día, nos alcanzó en el camino (cada uno de nosotros sabe cómo: en la palabra de un testimonio, en el gesto de un acto de caridad que tocó nuestro corazón, en el silencio de un tiempo de oración y escucha, incluso en el dolor de una vida que nos pareció improvisamente como malgastada lejos de él...) Y a él que nos llamaba le respondimos que sí, y desde entonces se encendió en nosotros una llama de amor vivo, que con su gracia no se ha apagado nunca. Una llama que nos hacer arder con él, desearle a él, querer lo que él quiere para nosotros. No exagero ni digo palabras bonitas. En realidad, no habríamos podido ser sacerdotes y serlo a pesar de todo, en fidelidad, si él no nos lo hubiera concedido, si él no hubiera vivido en nosotros, si no nos hubiera enamorado siempre nuevamente de él. Y este amor, como tú bien sabes, es el que nos ha espoleado a todas las obras que hemos realizado por los demás, desde la simple y desnuda acogida del corazón, a la escucha perseverante de su evangelio, a las obras de caridad y al compromiso por la justicia, compartiendo especialmente el ansia de justicia del pobre y tratando de ser voz de quien no tiene voz. Nos parece, claro está, que es poco lo que hemos hecho, pero lo cierto es que lo que de bueno y hermoso hemos hecho, ha sido así porque Jesús nos ha ayudado a hacerlo, que es él quien se nos ha dado y nos ha hecho capaces de gestos de gratuidad que nosotros solos no habríamos podido ni siquiera pensar o soñar. Esta larga premisa, que no es más que el testimonio humilde de nuestra vida de llamados y de amados por Cristo, me lleva a explicarte la razón por la que siento la necesidad de celebrar todos los días la eucaristía: no se trata de un precepto, como sabes, sino de una necesidad, no sólo emotiva (que a veces hasta la emotividad parece estar muy lejos...), sino verdadera, profunda, ineludible. Es la necesidad de llenar todos los días mi vida de él, es Jesús el que nos dijo que basta a cada día su afán (cf. Mt 6,34), es decir, que cada día es suficientemente largo como para soportar la lucha de conservar la fe. Todos los días sale el sol para nosotros y todos los días nuestro corazón sediento necesita que el sol del Amado llegue a él y la caliente de nuevo. Si él es nuestra vida, el sentido y la belleza de ella, el motivo verdadero de que seamos lo que somos y hagamos lo que hacemos al servicio del evangelio, no podemos dejar de encontrarnos con él allí donde se encuentre, allí donde se ofrece por nosotros. ¿Qué dirías de un enamorado que, pudiendo, no sintiera la necesidad de encontrarse cada día con la persona amada? Y si esto vale para el amor humano, que a menudo es tan frágil y voluble, ¿cómo no va a valer para el amor que no desilusiona y no traiciona, el amor que hace vivir en el tiempo y en la eternidad, el amor de Dios en Jesucristo, vida nuestra? He ahí por qué siento la necesidad de encontrarme con él todos los días y siempre de nuevo. Pues ¿dónde podría encontrarle sino allí donde él me ha prometido y garantizado el don de su presencia? ‘Esto es mi cuerpo, este es el cáliz de la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’. Todos los días te necesito, Jesús, y si el domingo te encuentro en la fiesta del día primero y último, el día octavo de tu resurrección y de la vida nueva que tú das a tu Iglesia y al mundo, la gracia que me concedes de poder celebrar todos los días el memorial de tu pascua me inunda de alegría y paz. No, no estoy solo en el camino de mi ministerio; tú te acercas a mí siempre con tu palabra de vida, tú me visitas en los hermanos y las hermanas que pones en mi camino, tú me pides el amor al pobre, a todo el que necesite el amor que me llamas a dar, tú eres el que, desde el vértice de todo esto y como fuente viva de este río de vida y de amor, te haces presente en la eucaristía para que yo me alimente, para que viva de ti, te ame a ti hoy y por toda la eternidad. ¿Por qué pues celebro la eucaristía todos los días y hago todo lo posible para no dejar de celebrarla nunca? ¿Por qué la celebro incluso cuando conmigo están sólo la Madre María, los ángeles y los santos y algún creyente aislado (a veces, ni éste)? Para encontrarme contigo, Jesús, vida mía, amor que das sentido a todo, que lo transformas todo en mí, amor que hace capaz incluso a uno como yo de gracia y de perdón. Celebro todos los días para pedirte que todos puedan conocerte y amarte como sólo tú puedes hacer que lo hagan. Celebro todos los días para encontrarme con el amado, para vivir de ti, Señor Jesús, para hacer que llegue y me transforme más y más tu belleza, para ser, a pesar de mí mismo, el reflejo pobre y enamorado de ti, el Pastor hermoso. Y encontrándote a ti puedo decir que realmente celebro por los demás y con ellos, aunque no estén visiblemente presentes, porque en ti encuentro al pueblo que me has confiado y confío y a ti su amor y su dolor, aunque muchos de ellos nunca lleguen a saberlo. Este es el ministerio de intercesión, que me has confiado, de oración por los demás y en lugar suyo, también por los que no conozco ni conoceré nunca, la oración que puedo vivir verdaderamente sólo unido a ti, en ti y por medio de ti, porque tú eres el sacerdote de la nueva y eterna alianza entregado para la vida, la alegría y la belleza de cada una de tus criaturas. Y es así porque Jesús no es sólo verdadero y bueno; es hermoso, es la belleza misma que salva, el pastor hermoso que nos guía a los pastos de la vida, donde se encuentra la belleza sin ocaso. Al celebrar todos los días espeto ser un día yo mismo algo más verdadero, algo más bueno, algo más hermoso en él, que en su Iglesia me alcanza como el único bien, la bondad perfecta, la belleza que todo lo transfigura. Y pienso, amigo, que en el fondo de tu corazón de sacerdote, siervo de la reconciliación, testimonio del evangelio, se encuentra esta misma necesidad. Te pido pues que nos encontremos todos los días en el altar de la vida: yo te llevaré a ti y tú me llevarás a mí y será Cristo quien nos lleve a los dos a cargar con nuestra cruz y la de aquellos a los que debemos atender, a donarnos su vida de resucitado, que venció al pecado y a la muerte para vencerlos en nosotros y en nuestros compañeros de camino, en el tiempo y en la eternidad. Don Bruno Forte Al mismo tiempo que damos las gracias al sacerdote don Bruno Forte, también en vuestro nombre, por su precioso testimonio, concluyo formulando las mejores felicitaciones, para las que uso palabras de la liturgia pascual: “Podéis ir en paz, aleluya, aleluya”. P. Piero Trabucco, IMC |
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