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Padre ANTONIO GIUSTETTO (1928-2002) Imprimir E-mail
Escrito por P. Giovanni Tebaldi   
20.02.2006

“Hizo voto a Dios de quedarse para siempre en Kenya”

“El que suscribe, clérigo Giustetto Antonio, del seminario episcopal de Saluzzo, deseando consagrarse a la vida religiosa y a la evangelización de los pobres infieles, dirige a Vuestra Paternidad Reverendísima la humilde súplica de ser admitido en el noviciado del Instituto Misiones Consolata”. Era el 19 de octubre de 1948 cuando la petición fue presentada al superior general. El nombre de Antonio Giustetto aparece en el Boletín Oficial entre los 28 candidatos de aquel año, último del gobierno del P. Barlassina. En aquellos días la misión corría por las venas; los territorios del Chaco, de Río Branco y Río Magdalena acababan de ser abiertos a la evangelización y aparecían por vez primera en la revista “Missioni Consolata” y en “Da Casa Madre”, suscitando entusiasmo y expectativas.
El clérigo Antonio había madurado su vocación misionera en los años de sus estudios en el seminario de San Agustín y en los del seminario de San Nicolás de Saluzzo, estando en contacto con los “propagandistas” de aquel tiempo. La notas del curso de aquel año de 1947-1948 dan a entender que se trataba de un muchacho con buenas hechuras: diez en conducta, nueve en historia, ocho en griego oral y escrito, ocho en italiano oral y escrito, seis-siete en latín, ocho en arte. La más escasa era la nota de matemáticas. En suma, un alumno con tendencias hacia la literatura, de gustos finos y con una sensibilidad a flor de piel. Después del noviciado en Certosa di Pesio estudia filosofía y teología en el seminario mayor IMC de Turín. El 28 de junio de 1953 era ordenado sacerdote en la catedral de Turín por el cardenal Maurilio Fossati, ante los testigos Nicola Baravalle y Giuseppe Garneri.
El p. Giovanni Genta, que compatió con él algunos años en Turín, escribe: “Le conocí en los años de estudios teológicos, éramos compañeros de pupitre debido al orden alfabético, y más tarde le vi en Chuka, en el Meru. De carácter manso, humilde, nunca hizo sonar la trompa para llamar la atención sobre las cosas que hacía, especialmente en el campo escolar, convencido de que el estudio era un medio indispensable para combatir la miseria, la enfermedad y la ignorancia y para hacer crecer como hombres. Su corazón se abría a los niños y los huérfanos que no podían ir a la escuela a causa de la pobreza de su familia. Felizmente encontró ayuda y amistad entre los bienhechores del Departamento misionero diocesano de Turín. Como Jesús, pasó haciendo el bien”.
Antonio nació en la parroquia de Santo Stefano en Villafranca Piemonte (Turín) el 29 de diciembre de 1928, y joven todavía sufrió ante la muerte de su padre Antonio y contempló el dolor de su madre Margherita. Después de ser ordenado sacerdote fue asistente y profesor en Benevagienna (Cúneo) y en Biadene (Treviso), hasta el momento de ir a Estados Unidos en 1960, donde se inscribió en la facultad “Education” de la Catholic University of America, a la que ha habían ido otros misioneros. El año escolar 1960-1961 el P. Giustetto hizo estudios en el campo de la filosofía de la educación: teorías modernas de la educación, historia de la educación, educación de los seminaristas. Se trataba de una preparación adecuada para la formación de los estudiantes IMC y de los africanos. Lamentablemente el cúmulo de estudios, la difícil ambientación, la lejanía de Silver Spring de la Universidad y una pérdida de fuerzas hicieron que el P. Antonio tuviera que interrumpir los estudios para dedicarse a la pequeña comunidad estudiantil al lado del P. Moncher. Hasta que se siente llevado por un sentido de impaciencia por ir a África. Del 5 de septiembre de 1962 a 1968 está en el Nkubu Seminary de Meru. Profesor nato, meticuloso en su enseñanza y buen educador, forma a los que se convertirán en sacerdotes de la iglesia local de Meru. Luego se le destina a Chuka como director de la Chuka Commercial School.
Escribe sobre él el P. Livio Tessari, que le conoció en Kenya: “Recuerdo con agrado su actividad a favor de la juventud y de las familias de Chuka. Con el reparto de las tierras y la cancelación de las aldeas, muchos se quedaron sin trabajo y las juventud sin futuro. Para dar alguna solución a esta situación, el P. Antonio instituyó una escuela comercial para la emancipación de la mujer, gracias a las ayudas de la población local y a sus amigos. Hoy se le recuerda por sus programas de formación religiosa y social. Entre otras actividades escolares, elaboró un manual de estenografía de la lengua Kiswahili, usado en su escuela y adoptado por muchos centros estatales de Kenya.
Después de esta preciosa experiencia en el campo de la enseñanza, el P. Giustetto se encargó de la animación misionera en Italia de 1971 a 1973, experiencia amarga que tuvo que realizar en un contexto que había cambiado profundamente en los últimos años. Volvió a Kenya y desde Nairobi escribe al P. Mario Bianchi, superior general: “Comprendí que iba hacia un fracaso personal y el consiguiente desánimo para mi vida misionera. Otros en mi lugar, más optimistas, más extrovertidos, con más celo, quizá habrían podido afrontar aquel trabajo, pero yo en modo alguno me sentía capaz de ello... Por eso insistí continuamente en volver a Kenya”. La insistencia desplegada para convencer a los superiores a que le concedieran poder volver a Kenya se convirtió para él en un motivo de sufrimiento. “Espero y pido humildemente vuestro perdón”, escribía.
Se abre una segunda fase de trabajo intenso en las misiones de Kenya para el P. Antonio. En los años 1973-1975 es párroco de Amung’enti, en Meru, una parroquia que había sido fundada entre 1911 y 1913. De 1975 a 1983 es profesor en la Kevote Boys High School en Embu, creada en los años entre los Mau Mau y la independencia del país.
Cuenta el P. Antonio Giordano, que le siguió de cerca en sus tareas: “Me encontré con el P. Antonio en 1957 en Benevagienna cuando, durante el mes de agosto, fui enviado, como estudiante de teología, a asistir a los seminaristas de los cursos de enseñanza media, y permitir así que pudieran sentirse un poco aliviados los padres asistentes y profesores, que en aquel tiempo eran los padres A. Piol, G. Genta y A. Giustetto. Este último había organizado una pequeña orquesta con insrumentos populares y flautas a los que él acompañaba con su filarmónica. Era un asistente y un profesor exigente, pero los chicos me decían que también era comprensivo. Sabía hacerse querer inculcando respeto a la autoridad.
Me encontré con el p. Antonio algunos años después en Washignton, donde asistía a un curso sobre Misiones. Obtuvo el diploma deseado y partió rumbo a Meru. No tuve ocasión de trabajar con él hasta 1986, cuando en Nairobi se ocupó de la contabilidad en la administración regional. Yo en aquel tiempo era responsable de la Consolata School con sesenta maestros, de los que cuarenta eran extranjeros, necesitados continuamente de permisos de trabajo. El P. Antonio me ayudaba en este ingrato trabajo; pasaba horas delante de las ventanillas hasta conseguir lo que deseaba. Cabe notar que la Asociación nacional de los maestros era muy renuente a conceder puestos para otros que no pertenecieran a ella. En aquellos años el P. Antonio fue ecónomo de la casa regional de Nairobi.
Era un misionero austero y pobre, primero consigo mismo y luego con los demás. Su espiritualidad se fundaba en la austeridad, la oración y la vida sacramental.
Cuando se la trasladó a la misión de Timao, sentí su falta, como suele suceder cuando se pierde un amigo sincero. Aquí fue donde comenzó su calvario desde el momento en que fue víctima de un infarto.
Más tarde me encontré con él en Alpignano, pero entonces era sólo la sombra de aquel carácter volitivo, fuerte, sereno y moderado, comprensivo y con sentido del humor, arisco y dulce, taciturno y locuaz que yo había conocido. Me sentí profundamente contristado.
Unía esta múltiple actividad el ideal de la misión y un profundo amor al Instituto. Apretaba con sus puños y la fuerza de sus dientes la misión, alma de su vida. Había prometido a Dios que nunca abandonaría Kenya. Sólo la dejó cuando tuvo que volver a descansar y morir junto a la casa donde había nacido. Tenía 74 años, 53 de profesión y 49 de sacerdocio.

P. Giovanni Tebaldi