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Su vida en el Instituto comienza el 14 de noviembre de 1936 con la entrada en el seminario de Montevecchia, cuando era director el P. Francesco Grosso, a quien ayudaban los profesores Luigi Bosio, Sisinio Visentin y Giuseppe Incicco. Los estudiantes eran 37. Ino, como comúnmente lo llamaban sus compañeros, era originario de Montepulciano (Siena), donde había nacido el 1 de enero de 1923, del matrimonio de Bruno y Eletta Galli. En 1929 muere su madre e Ino se traslada con su padre, carabinero jubilado, a Alba. Desde aquí, en 1936, entra en nuestro Instituto. “Da Casa Madre” de diciembre de ese año dice: “La Casa apostólica de Cernusco-Montevecchia, aunque por ahora sea más centro que fuente de vocaciones, porque acoge a los Apostolinos de otras casas más que dar los suyos... ha incorporado un nuevo piso, lo que la ha enriquecido con nuevas comodidades, y se la decorado la iglesia. El conjunto ha adquirido un aspecto elegante y despejado”. Hace estudios de bachillerato en Montevecchia y Varallo Sesia (1938-1941) y seguidamente los de liceo en Cereseto Monferrato (1941-1944), comienza el noviciado en Varallo el 2 de octubre y los termina ese mismo día del año siguiente, estudia teología en Certosa y en Rosignano de 1945 a 1949. Las relaciones sobre él de los formadores en aquellos años subrayan su amable personalidad: piedad constante y profunda aplicación, muy estimado por sus compañeros, carácter dócil, persona habilidosa, generosa y emprendedora, fácil de contentar. Pero también “tenaz en las discusiones”. Le gusta hablar de política. Y se le declara “no apto para la misión por falta de oído”. El 19 de junio de 19949 es ordenado sacerdote en Rosignano Monferrato por monseñor Bottino. “Después de llevar a casa los primeros frutos de mi sacerdocio –escribe e una relación personal- y tras un período de vacaciones en el seminario teológico de Certosa, fui a Turín para comenzar el trabajo que se me asignó en el Departamento de Administración General en ayuda del P. Livio Guerreschi. Durante un mes seguía clases de contabilidad en compañía del P. Giacomo Racca”. Mientras tanto, su gradual pérdida de oído empeora y le causa no pocos sufrimientos. Al no poder ser enviado a la misión, convierte su vocación en una “absoluta generosidad hacia sus compañeros”. Esto no impide que sea “bastante rígido consigo mismo y a veces también con los demás”. Su vida es muy normal, al ritmo de un trabajo con intervalos de oración, encuentros con la comunidad y con los misioneros de vuelta de la misión. El servicio prestado a los misioneros lo realiza en un período de intensa actividad en África, en América Latina y en Europa. El P. Silvano Cacciari, que le conoció y con quien compartió trabajo y sufrimientos, escribe sobre él: “Durante once años (1974-1984) trabajamos en despachos contiguos. Alegre, siempre disponible, nunca una queja, ni una recriminación, ni signo alguno de impaciencia cuando le molestaba fuera de horario de oficina. Generalmente trabajábamos con las puertas de los despachos abiertas, por lo que cuando le necesitaba, sin tener que levantarme, le gritaba “Pagliaiooo”, a lo que respondía “Aquí está”. Su sordera casi total, quizá congénita, no le creaba ningún problema, y sólo podía advertirse por los llamativos aparatos acústicos que llevaba, porque no daba la impresión de tener especiales problemas. Siempre estaba presente en los actos comunitarios. Guiaba con puntualidad los momentos de oración común. Para mí era un ejemplo de fidelidad, laboriosidad y serenidad, y quizá también de santidad. Verle siempre en casa, siempre en su sitio, siempre en el trabajo, era algo por lo que le admiraba...”. Con frecuencia la vida nos reserva sus cruces y el hombre se ve muchas veces clavado en ella. El P. Pagliai conoció su crucifixión. Y no fue fácil. Escribe el P. Giuseppe Mina, que le había conocido en la Casa Madre y algún tiempo después estuvo con él en Alpìgnano: “Qué diferente el Pagliai con el que compartí los días aquí en la Casa Giuseppe Allamano. Los sufrimiento y otras coyunturas le habían cerrado sobre sí mismo, vivía sus días en muda meditación. Traté de estar a su lado como haría un hermano, Le recuerdo con afecto como sacerdote de Dios y misionero de la Consolata. Vaya para él mi afectuoso saludo”. Murió en Alpignano el 3 de diciembre de 2002. Tenía 79 años de edad, 57 de profesión y 53 de sacerdocio. P. Giovanni Tebaldi
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