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Acogerse mutuamente PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Piero Trabucco, IMC   
20.02.2006

ACOGERSE MUTUAMENTE

20 de junio de 2003

Queridos Misioneros:

Os saludo con las palabras que el apóstol Pablo dirigió a los cristianos de Roma: “Acogeos unos a otros, como también Cristo nos acogió para gloria de Dios” (Rom 15,7).

Y es que deseo tratar el tema de la acogida mutua. Nuestro Instituto, que se caracteriza por un acentuado pluralismo de personas, mentalidades y culturas, necesita reflexionar sobre esta invitación atribulada de San Pablo para encontrar en ella inspiración ideal y orientaciones concretas de vida.

La Palabra de Dios nos ayuda a hacer esta reflexión partiendo de una óptica de fe. Me detendré a continuación sobre algunos aspectos que pueden tener una referencia inmediata con las situaciones que el Instituto y nuestras comunidades están viviendo. Pero voy a limitar mi consideración a la acogida mutua que debemos brindarnos unos a otros como miembros de la misma familia. Sin embargo, no voy a tratar ahora de la más amplia y típicamente misionera, la que debemos brindar a toda persona que se acerca a nosotros.

“Si nos os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios” (Mt 18,3).

Mateo usa estas sorprendentes palabras como introducción del cuarto discurso de Jesús. Los discípulos viven el Reino cuando se convierten en comunidad. Y se convierten en comunidad cuando realizan en su vida el ideal del “niño evangélico”.

La figura del niño se presenta como modelo para los que desean convertirse en parte de la comunidad cristiana, justamente porque al niño, conforme a la antigua mentalidad semítica, se le consideraba una “nulidad”. El único derecho que tenía, el de la vida, se le reconocía porque “pertenecía” a alguien. Jesús toma al niño que no tiene nada, que no puede hacer nada y lo necesita todo, y lo pone en el centro de su comunidad. Y con él pone a todos los que son débiles, pobres, indigentes, necesitados, frágiles, vulnerables. Es candidato a la comunidad cristiana quien se siente y es pecador, necesitado de salvación, el que está disponible para dejarse ayudar. Como con el niño, así es para cada miembro de la comunidad de Jesús: su única fuerza es su propia debilidad, que le hace necesitado de los demás y por eso “hijo” del Padre y “hermano” de toda persona.

De este modo, queda desterrada de la comunidad cristiana toda autosuficiencia, porque niega la posibilidad de hacernos hijos del Padre y hermanos de los propios hermanos. La persona autosuficiente, en efecto, no tiene necesidad de Dios, quien se define solamente como Padre, y no puede pertenecer a la gran familia en la que todos son hermanos por la gracia de Aquel que se convirtió en nuestro primer Hermano, Jesús.

Este texto de Mateo nos ofrece también a nosotros algunas indicaciones interesantes para comprender correctamente el espíritu de acogida:

- La comunidad que Jesús quiere se encuentra en las antípodas de la elitista. No se compone de personas santas y perfectas, no son los sabios y los doctos los preferidos por el Maestro, como tampoco son las personas eficientes aquellas a las que Jesús considera los mejores candidatos. Sólo quien consigue a sentirse “niño” tiene las condiciones para pertenecer a esta comunidad-familia de Jesús.

- La acogida del otro es posible si hemos madurado una óptica de fe suficiente y correcta, según la cual en el centro de la comunidad no estamos nosotros, no están nuestros “derechos” sacrosantos, nuestros programas de vida y de trabajo. En el centro de esta comunidad está Jesús y los que él ha elegido: los hermanos necesitados, los más débiles, los más frágiles. ¡Qué distante está esta óptica de nuestras pretensiones eficientistas!

- No sólo aceptando al otro, sino sintiéndonos “niños” nosotros mismos podemos formar parte de esta comunidad. Todos nosotros, en efecto, tenemos debilidades y fragilidades, todos y constantemente necesitamos una mano que nos levante y nos acompañe. Sin embargo, ¡cuánta dificultad para admitir esta verdad! La tendencia arraigada en nosotros nos lleva más bien a esconder, disimular o pretender. Y de este modo terminamos perdiendo muchas oportunidades para crecer en comunión, para obtener perdón y perdonar, para sentir el gozo de ser hermanos por tener un mismo Padre...

“El que acoge en mi nombre a un niño como éste. A mí me acoge” (Mt 18,5).

Hay momentos, y actualmente se repiten con frecuencia, en que un Consejo Regional o una comunidad local son llamados a discernir si acoger o no a un hermano “herido”, a uno de esos a los que el Evangelio cede el paso de manera preferencial en el camino del Reino. Se trata de momentos cruciales que comportan a veces buenas dosis de sufrimiento. Es el “niño” del Evangelio quien llama a nuestra puerta, quien pide que le admitamos no sólo en la estructura de nuestra comunidad, sino en el corazón fraternal de cada uno de sus miembros. Se trata de momentos de gracia que, por encima del resultado práctico del discernimiento, nos permiten comprobar la madurez de nuestra comunidad y hacer una verificación, sin trampas, sobre la consistencia de nuestra fraternidad. La oración al Espíritu en estas circunstancias deberá ser prolongada e insistente para que podamos recibir la luz suficiente que nos permita decidir lo verdadero y justo para nosotros y para el otro.

La comunidad puede llegar a decir “no” a la acogida de un hermano teniendo en cuenta motivos serios con los que se confronta. Si cierra la puerta, debe ser únicamente para poder prepararse mejor, para poner en orden todas las cosas, con el fin de que el Huésped que llegue y llame a su puerta la próxima vez pueda encontrar su casa entre nosotros.

En cambio, no puede ser motivo suficiente para negar a un hermano la posibilidad de formar parte de una Región o de una comunidad el pensamiento de que podría convertirse en una carga, carga que podría ser su carácter nada feliz, la dificultad que supone para la convivencia, un pasado caracterizado por el fracaso. Y menos aún pueden ser excusa para el rechazo el deseo de ser más eficientes en el trabajo, la necesidad de multiplicar las actividades, la rémora que aquella presencia podría constituir para los demás. Si así fuera, se prescindiría de la primera y fundamental condición para realizar el Reino a cuyo servicio hemos consagrado toda nuestra vida.

Como Misioneros, se nos envía a anunciar y demostrar que el Reino de Dios está ya presente entre nosotros. Esta actitud bajo el signo de la caridad y del amor es una fuerza profética que podemos llevar a formar parte de nuestra evangelización, es un signo de credibilidad que podemos manifestar al mundo, es un esfuerzo que puede dar más eficacia a nuestra acción. El Evangelio nos pone en guardia para que no seamos nosotros los que eligen a las personas que debemos amar y servir, sino más bien a estar siempre preparados a acoger a las que el Señor quiera enviarnos.

No debemos olvidar, por otra parte, que toda persona que llega a la comunidad o a la Región trae consigo cualidades, dones y defectos que contribuirán en cualquier caso a que se realice un cambio. Y es que todo cambio produce un mecanismo que, si bien guiado y dirigido, supone un crecimiento y un enriquecimiento para todos. De ahí que podamos afirmar que todo hermano que llega a la Región o a la comunidad local deberá ser siempre considerado un “don” de la Providencia. Incluso cuando la carga de sus límites resulte muy pesada...

“Fui emigrante y me acogisteis” (Mt 25,35).

Comunidad del Reino no lo es la perfecta y eficiente, reunida por los superiores con el mayor esmero, en la que toda arista ha sido debidamente limada, todo obstáculo removido, todo promontorio allanado. El “test” de examen debe ser el que figura en Mt 25,31-46, y lo superarán las comunidades y los individuos que han sido capaces de practicar en todo momento las obras de misericordia, de amor, de acogida, de magnanimidad, de paciencia y de perdón.

Volviendo a la realidad de nuestra Familia misionera, nos vemos hoy confrontados por esos nuevos retos que con frecuencia tienen sus raíces justamente en la internacionalidad y en la pluriculturalidad, que es algo que ha acabado por distinguirnos. Nuestra capacidad de expresar acogida y hospitalidad se mide no sólo teniendo en cuenta nuestra habilidad para responder al pobre y al lejano con los que nos encontramos a lo largo de nuestra actividad misionera, sino al hermano que está a nuestro lado, que forma parte de mi comunidad y que puede ser muy diferente a mí por raza, cultura, mentalidad y formación. Él se convierte para mí en huésped a quien debo acoger, a quien debo dejar sitio no sólo en casa, sino especialmente en mi corazón y en mi vida.

Una hospitalidad correcta significa también resistir a la tentación de querer hacer al otro a mi imagen, obligándole a adoptar mi estilo de vida y encontrar así la plataforma común en las relaciones mutuas. Debo más bien tener la valentía de reconocer al hermano su derecho a una plena “ciudadanía”, permitiéndole que sea él mismo y recorra su propio camino, lento y laborioso, de inculturación en nuevas realidades.

Cómo hacer eficaz la acogida del otro

Aunque el tema se preste a consideraciones mucho más amplias, quiero tratar de recoger, resumiéndolos, algunos principios y normas que ayuden a hacer más viva y eficaz nuestra mutua acogida, dentro de nuestra comunidades locales y en todo el Instituto. Aprovecho la ayuda de un libro ya clásico de J. Vanier: La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta.

1. Lo que distingue a una familia religiosa de cualquiera otra agregación social es que en ella la pertenencia que crea identidad y el espíritu que hermana no han sido creados por nosotros, sino por Dios, que fue quien nos los ofreció como don. Él nos eligió y nos trajo a esta Familia, Él nos hizo a todos hermanos. Y puesto que ahora nos pertenecemos unos a otros, no se me permitirá ya decir al otro: ¡Tú no eres mi hermano!

2. Yo no amo a la comunidad, sino a las personas que forman parte de la comunidad. En ella, en efecto, cuentan las personas concretas a las que yo debo acoger como son, de tal modo que puedan crecer según el plan que Dios tiene sobre ellos. Quizá no todos hayamos entrado en el Instituto porque soñáramos la misión, pero poco a poco hemos comprendido que no podía ser ella el primer objetivo. Primero es Dios y luego la Familia-Iglesia, en la que viven muchas personas a las que Dios ama y a las que también yo debo amar. Sólo así, a través de una vida de familia, puedo realizar el sueño de la misión.

3. Nosotros seremos capaces de acoger al otro si hemos hecho personalmente la experiencia de haber sido acogidos por Dios y por los hermanos, tal como somos, con nuestra fragilidad y debilidad. Es fácil acoger a otro cuando no tenemos necesidad de él, cuando sus talentos pueden resultarnos oportunos para realizar nuestros programas, o cuando necesitamos cubrir un puesto vacante. En cambio, es muy difícil ser acogedores con otro “cuando no le necesitamos”, cuando su entrada en la comunidad sólo aumenta nuestro trabajo, acrecienta nuestros problemas o se convierte en un nuevo fastidio. Pero es justamente en estas circunstancias cuando percibimos la acogida como obra del Espíritu.

4. Por consiguiente, para ser oblativos y acogedores, para transformar nuestras comunidades en lugares donde el amor mutuo se percibe al vuelo y cualquier persona que se acerca se siente contagiada, necesitamos alimentarnos. Y para nosotros será alimento el maná que Dios nos ofrece cada día en la Palabra y en la Eucaristía. La capacidad de vivir lo mejor posible lo cotidiano es otro alimento indispensable, del mismo modo que lo son la atención, el saludo, una delicadeza para decir al otro que cuenta para nosotros, la casa que tratamos de hacer más acogedora para que cada uno se sienta a gusto, el diálogo interpersonal y comunitario favorecido con una atenta planificación de nuestras jornadas.

5. Aprendamos, en fin, a perdonarnos y a empezar de nuevo, pues ésta, además de ser una regla de oro para cualquier comunidad, lo es especialmente para las comunidades donde la acogida mutua, por diversos motivos, es el pan duro que debemos masticar cada día. El perdón es el corazón de una comunidad cristiana donde todos, desde el responsable hasta el último en llegar, deben ejercitarlo en la medida evangélica del setenta veces siete. Cerrarse al perdón significaría quitar oxígeno a los pulmones de la propia comunidad y mortificar toda recuperación y esperanza de futuro.

6. ¡Cuántas situaciones misioneras nos llevan a vivir al límite de nuestras fuerzas! ¡Qué fácilmente nos dejamos llevar por una actividad que exprime nuestras energías hasta el punto de secarnos en nuestra afectividad profunda! Existen, no obstante, anticuerpos para esta enfermedad, como la capacidad de descansar y relajarse en el cuerpo y la de recuperarse en el silencio y en la oración. Si a veces los individuos no son capaces de cuidarse a sí mismos, corresponde a la comunidad hacerlo por ellos. Porque es una verdadera enfermedad que un individuo se convierta en superactivo, que huya de los compromisos de comunidad a causa del “trabajo” y no se conceda nada porque está totalmente absorbido en el servicio al prójimo.

La otra cara de la medalla

Hemos hablado hasta ahora de la necesidad de la acogida fraterna, de comunidades abiertas, de perdón. No quiero terminar sin aludir brevemente a la realidad del hermano herido que necesita que se le acoja. No podemos ignorar que ese “hermano herido” puedo ser yo, porque en cada uno de nosotros hay siempre abierta una llaga que nada ni nadie puede restañar. Es la consecuencia de nuestros fracasos, es la realidad de nuestras debilidades y la conciencia de nuestras contradicciones. Esa llaga será siempre nuestra fiel compañera de viaje, a la que ni las más hermosas realizaciones o las más insospechadas comunidades conseguirán curar del todo jamás. No solamente porque nuestro corazón, sediento de infinito, no se sacia con las cosas que pasan y que nunca dejan de estar condicionadas por el signo de la muerte..., sino especialmente porque a cada uno le acompañan sus límites y sus fracasos cotidianos, además de las fragilidades de todo tipo y de los ideales frustrados. ¿Cómo cargar entonces con este fardo de debilidades y de incoherencias que tanto dolor y tanto mal pueden suponer para nosotros y para los demás? Os brindo algunas sugerencias:

- Debemos en primer lugar tratar de eliminar todas las máscaras, especialmente las que inconscientemente nos podemos para disimular nuestra pobreza, la vulnerabilidad, las heridas, que son las que nos llevan a aislarnos y a refugiarnos en el trabajo y los libros. La verdad sobre nosotros mismos, aceptada con realismo y fe, es el primer paso necesario hacia la curación.

- El segundo paso consiste en encontrar la clave para una posible superación de nuestros límites, fracasos y errores. Son ellos, en efecto, una puerta siempre abierta que nos abre el acceso al Padre que acoge, perdona y sana. En este recorrido nos acompaña Aquel que experimentó nuestra misma debilidad, hasta el punto de dejar escapar este grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Recordemos asimismo la enseñanza del Padre Fundador cuando nos invitaba a considerar el crucifijo como “un amigo que consuela y ayuda, apoya en las dificultades y en el cansancio, libera de los peligros, sostiene cuando estamos cansados, hace que sintamos la dulzura de sufrir por amor de Dios” (Pietre vive, 56).

- Otro paso consiste en creer, a pesar de todo, en la capacidad que la comunidad y los hermanos tienen para curarnos. De ahí que nunca debamos cortar los puentes con nadie, aislándonos o cerrándonos en nosotros mismos. Sería una rendición y un fracaso. Y debemos llegar a aceptar, con realismo, los posibles condicionamientos que la comunidad puede suponer cuando es imposible encontrar soluciones óptimas.

- Finalmente, quien sabe que se encuentra necesitado y lo acepta, se abre a quien le puede ayudar y no rechaza nunca la mano tendida. Un campo todavía poco explorado es la sicología. Son muy grandes los beneficios que nos pueden ofrecer las personas especializadas en el campo del acompañamiento de las personas necesitadas.

Consciente de que sólo he dado una rápida ojeada a muchas situaciones que pueden habitar en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, y que exigirían más atención, discernimiento y atenciones, concluyo con el deseo de que estas líneas sean una ocasión para un profundizar más a nivel de Circunscripción, en el caso de que situaciones particulares lo requirieran.

Que nuestra Consolata, “Madre del amor” y “experta en sufrimiento”, acompañe y consuele a todos.

Os saludo fraternalmente.

P. Piero Trabucco, IMC

Superior General