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| Protector para el año 2004 |
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| Escrito por P. Piero Trabucco, imc | |
| 19.02.2006 | |
SANTA CATALINA DREXEL1 de octubre de 2003 Queridos Misioneros: El primero de octubre del año santo del 2000, hace exactamente tres años, un domingo muy lluvioso, una muchedumbre de peregrinos inundaba con su presencia la plaza de San Pedro de Roma. Habían venido de todas las partes del mundo para estar presentes en la canonización de ciento noventa Mártires Chinos, de Bakita, de María Josefa del Corazón de Jesús y de Katharine Drexel. El Santo Padre trazaba en la homilía de manera incisiva el perfil de la vida y las características de la santidad de Katharine Drexel: “La madre Katharine Drexel nació en una familia acomodada de Filadelfia, en Estados Unidos. A pesar de ello, aprendió de sus padres que los bienes de su familia no eran solamente para ellos, sino que debían ser compartidos con los menos afortunados. Siendo joven, se sentía profundamente turbada por la pobreza y la situación desesperada de muchos nativos americanos y afro-americanos. Comenzó a dar sus bienes a la obra misionera y pedagógica entre los miembros más pobres de la sociedad. Luego comprendió que era necesario hacer algo más. Con resolución y confianza en la gracia de Dios, decidió dedicar no solamente sus bienes al Señor, sino su vida entera. A su comunidad religiosa, las Hermanas del Santísimo Sacramento, les enseñó una espiritualidad basada en la unión orante con el Señor Eucarístico y en el servicio devoto a los pobres y a las víctimas de la discriminación racial. Su apostolado contribuyó a que creciera la conciencia de la necesidad de combatir todas las formas de racismo a través de la educación y los servicios sociales. Katharine Drexel es un ejemplo preclaro de la caridad práctica y de la solidaridad generosa con los menos afortunados, un signo que desde hace mucho tiempo distingue a los católicos americanos. Que su ejemplo ayude especialmente a los jóvenes a comprender que en este mundo no existe tesoro tan grande como el seguimiento de Cristo con corazón indiviso y el uso generoso de los dones que hemos recibido para servir a los demás y para edificar un mundo más justo y fraterno”. Las Direcciones Generales de nuestros dos Institutos han elegido como Protectora para el año 2004 a Santa Katharine Drexel, porque a lo largo de su vida dio testimonio de un celo misionero profético y extraordinario en favor de todos los que sufren a causa de todo tipo de discriminación. Nos enseña también a todos los misioneros que sólo una espiritualidad sólida puede sostener el trabajo de la misión y hacer que sea transparente el testimonio que debemos dar de los valores del Evangelio que anunciamos. A continuación trazo algunas líneas biográficas de esta Santa[1], así como los elementos característicos de su espiritualidad que pueden ser de mayor inspiración para nosotros, Misioneros de la Consolata. 1. Santa Katharine Drexel, “amiga de los oprimidos” Esta definición, título de una reciente biografía de la Santa[2], encierra en tres palabras toda su vida: la santidad como ideal sumo de su vivir, la riqueza humana y apostólica en su acción misionera y la población afro-americana y los nativos de Estados Unidos, elegidos por ser los más marginados de la sociedad de su tiempo. Katharine nace en Filadelfia (USA) el 26 de noviembre de 1858 en la familia de un rico banquero. Su madre fallece cinco semanas después de haberla traído al mundo. Su padre, Francis, vuelve a casarse dos años más tarde con Emma Bouvier, que se convierte para Katharine en verdadera mamá. Francis y Emma, dotados de profunda religiosidad, consideran su matrimonio como una oportunidad para ayudarse mutuamente en su fe cristiana y para hacer crecer a la familia en esos mismos principios. Construyen en su casa una capillita que se convierte en lugar de encuentro diario para la oración y donde brota un intenso compromiso en favor de los pobres, que tanto abundaban en aquella época en la sociedad americana. El ejemplo de sus padres tuvo un efecto benéfico y profundo en las tres hijas y especialmente en Katharine, la segunda, que se sentía espontáneamente llevada a la solidaridad humana y al amor de Dios. Su compromiso religioso y social no le impidió, sin embargo, participar en las diversiones que la familia Drexel podía permitirse sin dificultades: viajes al extranjero, casa en el campo, amistades con gente de la clase alta. Cuando sus padres fallecen, las hijas heredan una fortuna colosal en dinero. Bajo la guía de su director espiritual, el padre James O’Connor, que llegará a ser obispo, Katharine madura un interés creciente por la causa de los pobres y la convicción de que Dios la llama a la vida religiosa. Mientras la joven se prepara para ingresar en el convento, monseñor O’Connor le hace una propuesta: “Cuanto más pienso en tu caso, más me convenzo de que Dios te ha llamado a fundar una congregación para los indios y los afro-americanos”. Katharine se resiste ante esta perspectiva. Se siente incapaz, no descubre en ella temple de fundadora, tiene miedo a las muchas oposiciones que encontrará... Al final, después de mucha oración, escribe al obispo: “La fiesta de San José me ha traído la gracia... de entrar plena y totalmente en vuestro modo de pensar”. Es el 19 de marzo de 1889. A partir de ahora, toda la vida de Katharine tendrá un único objetivo: realizar plenamente el plan que Dios le ha reservado en favor de los más pobres y fundar la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento. Por su Congregación y por los indios del West del Sur gasta todo lo que tiene, que es mucho, y a ello dedica todas sus energías, que parecen no agotarse nunca: funda casas, escuelas y misiones y lucha contra las continuas dificultades provenientes especialmente del ambiente social circundante, muy hostil a la población negra y a los indios. Pero esta incesante actividad apostólica no aparta a la Madre Katharine de lo que es más importante en su vida: su empeño de santidad y el bienestar espiritual de sus religiosas. Enseña, escribe, exhorta y anima, acompañada siempre con los consejos del arzobispo de Filadelfia, monseñor Patrick J. Ryan, que ha sustituido como director espiritual a monseñor O’Connor, fallecido improvisamente en 1890. En 1935, la robusta salud de la Madre cede al paso de los años y se retira a la Casa Madre para dedicarse especialmente a la oración y a la adoración del Santísimo Sacramento. Acompaña con su consejo a sus hijas, que crecen en número y en actividades apostólicas, y concluye su intensa vida terrena el 3 de marzo de 1955, a la edad de 97 años. 2. “¿Por qué no te haces tú misma misionera?” La pasión misionera fue la nota dominante a lo largo de toda la vida de la Madre Drexel. Muchacha todavía, Katharine no tenía otro interés ni otros sueños que socorrer a los que sufrían por falta de los medios indispensables para vivir una vida digna a la que toda persona tiene derecho. La disponibilidad de medios financieros provenientes de los bienes de la familia permite a Katharine dedicar todas sus energías juveniles a socorrer a los huérfanos, a sostener las misiones entre los indios con la construcción de escuelas y centros de salud, a ofrecer alimentos y vestidos a las familias pobres de la periferia de Filadelfia, su ciudad natal. Muy pronto siente que esto no es suficiente, pues perduran las leyes raciales a pesar de la abolición de la esclavitud, al mismo tiempo que importantes masas de la sociedad quedan al margen del desarrollo y del beneficio social. Estimulada por su director espiritual, el obispo James O’Connor, se dirige en peregrinación a Roma para pedir al Papa que envíe misioneros en ayuda de la población india y de los afro-americanos. Con gran sorpresa oye que el Papa le dice: “Hija, ¿por qué no te haces tú misma misionera?”. Y llegó así el cambio: no sólo ya sus bienes en favor de los pobres, sino toda su vida por ellos. La pasión por los pobres y los marginados avanza simultáneamente con su elección de vida. Siente de manera cada vez más clara que la obra humanitaria en la que se había comprometido hasta aquel momento le pide un paso nuevo y decisivo. Escribe a su director espiritual: “Hay un vacío en mi corazón que sólo Dios puede llenar”. Y Jesús es quien la invita con su “ven y sígueme”. Paulatinamente consigue disipar las numerosas dudas y vencer las múltiples perplejidades, hasta que llega el momento de entregarse totalmente a Dios y a la obra a la que Él la llama. Los noventa y siete años de la vida de la Madre Drexel fueron dedicados enteramente a la causa misionera en América del Norte y a los más pobres de la sociedad. Recorrió su inmenso país muchas veces, elevó con energía su voz contra las discriminaciones raciales, construyó escuelas e incluso una universidad en favor de la instrucción de la población afro e hizo llegar a sus religiosas a los lugares más recónditos y olvidados de América. En conformidad con el clásico modo de desarrollarse la misión, no le faltaron contrariedades ni persecuciones, y hasta su misma vida fue amenazada. Fue así como tuvo ocasión de testimoniar que sólo la cruz da credibilidad y solidez a la vida apostólica. 3. La acción misionera debe tener un alma Para Katharine Drexel el alma de la misión es la santidad de vida. Si los pobres estuvieron en el centro de su corazón, fue porque en ellos estaba Dios. Sólo en Dios podemos realmente amar a los pobres, anunciar el Evangelio de Cristo, entregarnos por los demás sin reservas. Katharine, como todos los santos, contaba con un secreto para alcanzar la santidad. Sus numerosos escritos, y especialmente la formación que ella misma impartía a sus religiosas, lo demuestran. Lo detallamos brevemente a continuación: - La santidad de vida es un valor que debemos desear, amar y querer con todas nuestras fuerzas. Katharine se impone desde niña sacrificios voluntarios para vencer su índole no muy sumisa. Durante los largos meses de la enfermedad de su madre aprende el arte de la oración y del abandono en Dios, experimenta pronto que únicamente la caridad hace que la fe sea verdadera y acoge como voluntad de Dios el seguimiento de Cristo en la vida consagrada y la fundación de una nueva familia religiosa. - Seguir a Cristo e imitarle es para Katharine el camino que conduce a la santidad. Pero también en esto cuenta con un pequeño secreto: “A mí me gusta imaginar lo pequeño que debía ser el pie de Jesús el día de su nacimiento. Un pie pequeño sólo puede recorrer largos caminos pasito a pasito. Imitando al Niño divino, pongamos nuestros pies en sus huellas. De este modo, con su gracia, poco a poco, aprenderemos a dar pasos mayores y recorrer caminos más largos. Si somos fieles en lo pequeño, conseguiremos la gracia de hacer las cosas grandes”. - Vida apostólica y contemplación son un binomio inseparable. Los dos se relacionan con la Eucaristía como fuente inagotable de vida. Qué fácil debe resultarnos a nosotros acercar las intuiciones de esta santa a las de nuestro Padre Fundador y, de este modo, sentir que los santos, aunque tan diferentes entre sí, coinciden todos en las cosas fundamentales. - Los mil matices de la santidad se armonizan entre sí solamente en el amor y encuentran expresiones nuevas cuando brotan del compromiso de buscar y hacer siempre la voluntad de Dios. Las sorpresas que Dios nos reserva son infinitas y por eso Katharine pide con frecuencia al Señor el don de la valentía. 4. Sentada en el borde de la silla Así suelen describir a la Madre Drexel los que se acercaban a ella: siempre atenta a acoger, a escuchar, a darse toda a todos, pero especialmente a los que estaban necesitados. Porque la característica de su vida fue ser siempre y para todos un don de amor. Hija de un rico banquero, aprende pronto de sus padres que los bienes de la tierra no le pertenecen, sino que se los confía la Providencia para ayudar a los más necesitados. Descubre a los pobres y a partir de entonces todos los instantes del día serán para ellos, para aliviar sus sufrimientos, intuir sus necesidades y luchar por sus derechos. Cuando comprende que se la llama a la vida religiosa, deja que Dios ocupe el centro de su corazón. Y en él, que entonces ha llegado a latir solamente para Él, toma forma la vida de una familia religiosa. Esta maternidad espiritual sublimará así el proyecto de Dios sobre su existencia, ya que el amor le exigirá a partir de entonces no sólo sus cosas, su tiempo y sus intereses, sino a ella misma. Los escritos de la Madre Drexel insisten a menudo en el tema de la caridad. Siente que debe ser la caridad algo así como la respiración de su vida y de la vida de sus hijas. La vive y da testimonio de ella, la describe y habla de ella con frecuencia, la propone como ideal de la persona consagrada, intuye que debe constituir el verdadero estímulo de la misión y el motor que impulsa la acción de toda persona que se dedica a los pobres. El amor cristiano, además, para ser verdadero debe poseer algunas características indispensables y un estilo peculiar: - nace de Dios y en Él debe encontrar una referencia constante; - debe abrirse constantemente al otro, evitando distancias y anulando prioridades; los privilegios sólo se conceden a los pobres; - la humildad es su compañera constante; sin ella puede correr el peligro de contaminarse y de corromperse; - la sonrisa y la alegría del corazón son su marco auténtico; - no teme al enemigo: las persecuciones, las calumnias y el odio sólo pueden purificarlo y acrecentarlo. 5. Orientada hacia el oeste y el sur La caridad de los santos tiene una “geografía” propia. La de la Madre Katharine se fija especialmente en las llanuras soleadas del oeste, donde los indios nativos de América han fijado su residencia. Expulsados de sus tierras por la invasión de la población blanca proveniente de Europa, se han visto obligados a vivir al margen de la sociedad, en peligro de perder su cultura y sus valores y siendo presa fácil del alcohol y de las epidemias. La Madre Drexel está firmemente convencida de que no son los extraños, sino los propios indios el verdadero recurso y la garantía de su futuro. Por eso trata por todos los medios de elevar su condición formándolos humanamente, socialmente y religiosamente. Un destino casi igual al de los indios es el que acompaña a la numerosa población negra de Estados Unidos, que habita por motivos de trabajo en las inmensas plantaciones agrícolas del sur. Apenas salidos de una esclavitud interminable, llevan marcado todavía en su vida el estigma de la humillación humana y social, que anula o ahoga toda aspiración de recuperación y desarrollo social. También la Madre compromete a sus hijas en su ayuda, especialmente con la enseñanza, lo que las lleva a fundar una universidad para ellos. Katharine tiene la valentía de elevar la enseña de los derechos humanos, como ayuda a los nativos americanos y a la población negra, quienes han sido durante demasiado tiempo pisoteados o completamente ignorados. No tiene miedo, como religiosa y fundadora, de “mancharse las manos” en el debate de las cuestiones sociales y en erigirse en defensora de las clases más humildes, aun a costa de perder las simpatías de las personas acomodadas y “moderadas”. Por otra parte, se afana de modo diverso para concienciar a la Iglesia sobre las cuestiones sociales, incluso cuando sabe que nada contra corriente. Es muy amplia la problemática que tiene que ver con la justicia y los derechos humanos en las varios países donde también nosotros, Misioneros de la Consolata, estamos presentes con nuestra obra. Katharine Drexel es una invitación y un estímulo para no dejarnos asustar ante la complejidad de los problemas ni ante la sensibilidades contrarias que podemos encontrar en las personas que nos rodean. La suerte de los pobres y de los oprimidos debe prevalecer sobre cualquier otro motivo. Como Misioneros, debemos también fomentar una actitud que nos permita proyectarnos hacia la solidaridad humana y cotidiana con los pobres y combatir contra el mal social, la injusticia “legal” y los sistemas inhumanos. No podemos desoír la llamada de nuestro último Capítulo General: “En el mundo de hoy se manifiesta una convergencias de los pueblos en el rechazo de la violencia y de la guerra, en el respeto a la persona, a su dignidad y a sus derechos, el logro de los ideales de libertad, justicia y fraternidad, la superación de los racismos y los nacionalismos, la sensibilidad por la conservación de la creación (Cf. RM 86). Estas dimensiones son parte constitutiva de la evangelización ‘ad gentes’ y de nuestro ministerio de consolación que comporta opciones y gestos concretos de solidaridad con los pobres y el compromiso por la reconciliación” (p. 46). 6. “Doy gracias a Dios por ser hija de la Iglesia” Abriendo el corazón a sus religiosas con ocasión del jubileo de su consagración religiosa, la Madre Katharine confiesa: “Doy gracias a Dios por ser hija de la Iglesia. Doy gracias a Dios por haber tenido el privilegio de encontrarme con muchos y grandes misioneros de la Iglesia y por haber recibido de ellos el don de muchas oraciones [...]. Doy gracias a Dios por haberme dado la gracia de ser testimonio de su vida. Soy una parte de la Iglesia de Dios y yo le doy gracias como la grande Santa Teresa, porque también yo soy hija de la Iglesia”” (C. M. Duffy, Katharine Drexel: A Biography, 358). El amor y la pasión por la Iglesia caracterizaron la vida de Katharine, y no podía ser de otro modo porque esas virtudes son siempre el signo de la autenticidad del apóstol y del misionero. Puso también a disposición de la Iglesia todas sus energías humanas, morales y espirituales. Y cuando su cuerpo estaba frágil y débil, y las fuerzas comenzaron a faltarle, su oración de intercesión a favor de la Iglesia aumentó en calidad y en intensidad. La Madre Katharine soñaba la Iglesia como una gran familia, libre de todos los prejuicios raciales y sociales que humillan a las personas, reunida alrededor de la mesa eucarística y en marcha por los caminos del mundo, para dar testimonio a todos de los valores del Evangelio. Como hijos del Beato Allamano, también nosotros debemos ser especialmente receptivos con este tema que el documento Vita Consecrata ilustra magistralmente en el capítulo Sentire cum Ecclesia. Cito algunos pasos: “Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como ‘testigos y artífices de aquel proyecto de comunión que constituye la cima de la historia del hombre según Dios’. El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión será así ‘un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo [...]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión’. Más aún, ‘la comunión genera comunión y se configura especialmente como comunión misionera’” (46). Conclusión Todas las dimensiones de la vida de Santa Katharine Drexel, su intensa actividad apostólica y misionera y sus valientes y proféticas opciones tienen su última convergencia y su fuente en el misterio de la Eucaristía. Jesús eucarístico es su verdadero y gran tesoro. La colecta de la misa de esta santa, cuya fiesta litúrgica se celebra el 2 de marzo, expresa este concepto eficazmente: Dios de todo amor, que llamaste a Santa Catalina Drexel a enseñar el mensaje del evangelio y a llevar la vida de la Eucaristía a la población negra y a los indios de América, haznos capaces de trabajar, ayudados con sus oraciones y su ejemplo, por la justicia entre los pobres y los oprimidos. Atrae a todos a la comunidad eucarística de tu Iglesia para que podamos ser una sola cosa en ti. Amén. Que la santidad de vida y el celo apostólico de Santa Catalina, unidos a la paterna intercesión de nuestro Padre Fundador, estimulen nuestro empeño en vivir plenamente lo que afirmamos en el texto de las Constituciones: “Seguimos de modo especial a Cristo, imitando la vida de obediencia, casta y pobre escogida por él y propuesta a sus discípulos. Nos ponemos totalmente disponibles a Dios, a la Iglesia y a los hermanos, para ir a anunciar el Evangelio a cualquier parte del mundo y testimoniar con la vida la infinita potencia del Espíritu” (Cf. Hch 2,4). Que María Consolata y el Beato Allamano nos bendigan en el momento de saludaros cordial y fraternalmente. P. Piero Trabucco, imc (Superior General) [1] Cf. en Missioni Consolata, junio 2003, un perfil de Kataharine Drexel firmado por B. Bellesi [2] Ellen Tarry, Saint Kataharine Drexel, Friend of the Oppressed, Boston 2000. |
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