Narrow screen resolution Wide screen resolution
Padre DOMENICO FEYLES PDF Imprimir E-mail
Escrito por P. Giuseppe Mina   
19.02.2006

PADRE DOMENICO FEYLES

1910-2003

Fueron sus padres Federico Feyles y Francesca Vergnano, y nació en Riva de Chieti (Turín) el 2 de noviembre de 1910. Entró en el Instituto en 1923 y fue acogido por el Padre Fundador. En 1929 emitió la profesión religiosa y en 1933 fue ordenado sacerdote. De 1934 a 1949 realiza sus primeros trabajos como profesor, ayudante director, capellán y prefecto en Rovereto, Varallo, Vittorio Veneto, Fiuggi, Parabita y Turín. En 1940, a lo largo de un año, trabaja como capellán militar. En 1949 parte rumbo a Argentina y trabaja allí durante once años entregado especialmente a una actividad de animación misionera, así como a servicios pastorales en Rosario. En una carta al superior general, P. Fiorina, el 8 de septiembre de 1952, se define como “vagus supplente, a disposición de todos los párrocos para la predicación y ayudas extraordinarias”. Son años duros y con pocas satisfacciones: “La misión de sembrador vacía continuamente el cesto, a pesar del esfuerzo en llenarlo de confianza y de misericordia de Dios”, escribe al Padre General en 1956. La experiencia que está viviendo le ayuda, no obstante, a crecer espiritualmente, como él mismo afirma: “En estos años de adaptación he crecido en la oración, en la humildad y especialmente en la fe y en la confianza en Dios. Será porque en contacto con las almas que debemos santificar, y debido a los males de la época moderna, uno se siente pequeño pero al mismo tiempo confiado cuando pide al Señor tantas cosas para gloria suya”.

Vuelto a Italia, en 1960 se encuentra en Bevera como padre espiritual del seminario menor: “Estoy contento no por mi idoneidad, sino por una cierta inclinación y deseo que alimentaba de dedicarme más libremente a la oración. Este deseo ha sido satisfecho y trataré de no desilusionar al Señor que le ha inspirado y dispuesto las cosas para realizarlo” (carta al P. Fiorina el 13-3-1961).

De 1961 a 1969 trabaja en España, en Ribadeo y Madrid, entregado aquí también a la animación misionera y vocacional. Luchando contra las grandes dificultades económicas y de personal de la Delegación, visita seminarios y escuelas. El problema vocacional, que se agudizará en los años siguientes, se deja ya sentir, pero consigue animar a los jóvenes con la perspectiva de la vida misionera.

Vuelve a Italia y trabaja en las casas de Turín, Rovereto, Biadene y Bedizzole como colaborador y confesor. De 1975 a 1978 vuelve a estar en España, en Madrid, donde se encarga de la exposición misionera. De nuevo en Italia, realiza diversos trabajos en las casas de Olbia y Génova, siendo enviado a continuación como capellán a la residencia del Cottolengo “Mary Zegna”, en Trivero, labor que desempeña hasta 1995, cuando se retira definitivamente a Alpignano.

El 6 de marzo de 2003, asistido por el P. Genta, fallece serenamente. Los funerales tienen lugar al día siguiente y los preside monseñor Aldo Mongiano, que pone de relieve la sencillez, la generosidad y la fraterna y gozosa capacidad de convivencia del P. Domenico. Con él desaparece uno de los pioneros de las casas de Italia, Argentina y España. Después de despedir sus restos mortales, se les deposita en el cementerio de Alpignano.

P. Giuseppe Villa

y la Redacción del Da Casa Madre 

TESTIMONIO

Le vi por vez primera en la Casa Beato Giuseppe Allamano y compartí con él muchos años puerta con puerta. Era la imagen de un hombre sereno; sabía adaptarse al cambio del tiempo y a los achaques con los que los años van debilitándonos. Había sido aceptado por el Fundador el 4 de octubre de 1923, cuando tenía trece años. Fue un encuentro que le marcó profundamente. Recordaba complacido los momentos en que el Padre Fundador iba a visitar la Casa Madre para encontrarse con los jóvenes del Pequeño Seminario San Paolo. Les hablaba familiarmente y en actitud paterna, siempre amable y sonriente, y con breves rasgos iba señalando el modo de ser misioneros según su corazón.

Ordenado sacerdote el 29 de junio de 1933, fue enviado a las casas como asistente y como profesor de italiano y de latín. Llegó a dominar esta lengua de manera admirable..., hasta el punto de que el día del funeral una sobrinita le agradecía que su tío “la hubiera ayudado a aprender aquella materia”. Su característica era el entusiasmo. Muchas veces tomaba la palabra en las celebraciones para manifestar su agradecimiento a Dios, al Fundador y a todos los demás, y siempre en do mayor. Si luego, presidiendo la misa, pronunciaba la homilía, había que esperarse los carismas de un gozo entusiasta y para alguno incluso desmedido.

Enviado a Argentina en los tiempos en que se ponía en marcha el IMC en aquella nación, sufrió los consiguientes sinsabores, pero supo superar todos los obstáculos. Si con más de 85 años seguía siendo fuego y llamas, ¿qué no habrá sido en sus años juveniles? Más tarde fue enviado a España, y también aquí se estaban dando los primeros pasos. Encargado de buscar “un sitio”, era admirable en contar los avatares de su empeño. Nunca dejaba entrever los sacrificios que debía soportar y sólo manifestaba el gozo de lo bueno que encontraba y su el amor a la Consolata y al Padre Fundador.

Seguidamente fue enviado como capellán a la residencia del Cottolengo “Mary Zegna”, en Trivero. Vivió allí varios años y su presencia fue significativa. En la Casa Allamano era solicitado por los postulantes de la calle Arnò para conferencias, retiros y encuentros. Con los jóvenes sabía hacer bien las cosas, además de que su entusiasmo por la misión y su conocimiento del Fundador le hacían ser especialmente grato.

En los últimos años, todos los días, en el momento del desayuno, decía que se encontraba muy próximo a la muerte. Esto nos acostumbró a considerar sus palabras como las del muchacho que gritaba siempre que venía el lobo, por lo que en el momento en que realmente cayó enfermo no nos lo creíamos. Decía al P. Genta que estaba medio muerto, e incluso más muerto que vivo, a lo que éste respondía que se disponía a prepararle la caja mortuoria, a lo que correspondía el P. Domenico con una sonrisa.

Cuando se le hablaba de tú a tú manifestaba un gran sentido de magnánima interpretación de la vida en sus aspectos más íntimos. Sus días se convirtieron en una oración continua, aunque él lamentara que no sabía orar. También tenía el don de las lágrimas, y sabía mezclar un fervor notable con una sonrisa que desarmaba, inocente, casi infantil. Pero su serenidad constante era índice de las bienaventuranzas a las que pocos suelen llegar.

Se sentía orgulloso de ser el decano de los ancianos IMC. Sabía que era un primado difícil de mantener. Vivió los tiempos del atardecer a la espera de una mañana de resurrección. Encarnó el gozo de ser misionero, hijo de la Consolata y del Padre Allamano. Llegó a tiempo todavía de encontrarse con el P. Antonio Bellagamba, vicesuperior general, de visita canónica en la casa.

Murió a las 4.15 del 6 de marzo de 2003, cuando comenzaba la Cuaresma. Nosotros recibimos las cenizas del peregrino mientras él entraba en la casa del Padre para recibir la gloria reservada a los que han seguido de cerca al Señor Jesús.

Sus restos mortales descansan en el cementerio de Alpignano, al lado de tantos otros muchos que le precedieron.

P. Giuseppe Mina