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| Hermano MARIO CHIALVO |
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| Escrito por P. Giovanni Genta | |
| 19.02.2006 | |
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H. MARIO CHIALVO 1916-2003 Sus padres se llamaban Giuseppe Chialvo y Teresa Paschetta, y nació en Envie, Cúneo, el 25 de octubre de 1916. En 1955 ingresó en el Instituto y al año siguiente hizo la profesión religiosa temporal en Certosa di Pesio. En 1959 se consagró definitivamente al Señor con la profesión perpetua emitida en Alpignano, donde permanecerá a lo largo de 46 años, hasta el momento de su muerte. Una vida dedicada totalmente a las tareas relacionadas con las “verduras de la casa”, con los jardines y plantaciones, dando a todo una belleza encantadora. Y a este trabajo supo unir horas y horas de oración. Su larguísima enfermedad, siempre soportada serenamente, estaba acompañada siempre por la oración a lo largo del día y por el rezo del rosario. Vivió silencioso y laborioso en la casa de San Giuseppe, y san José, el hombre del silencio y de la laboriosidad, lo acogió al comienzo de sus noventa años. En la eucaristía de despedida, el superior regional saludaba al hermano con estas palabras: “Gracias, hermano, porque, como el Fundador, supiste vivir tu misión durante más de cuarenta años en el silencio de la comunidad de Alpignano. Gracias, hermano, porque viviste con fidelidad, siempre atento a los más pequeños servicios de la casa, haciendo todo y siempre bien y sin hacer ruido. Gracias, hermano, porque fuiste siempre fiel a tus prácticas de piedad y constante en la recitación del rosario”. El P. Mina y el P. Mondin redundaron en el mismo testimonio por el H. Mario. El párroco agradeció la vocación de este feligrés. Sus restos mortales fueron acompañados al cementerio de Alpignano y enterrados allí. P. Giuseppe Villa TESTIMONIOS El servicio como misión A las 12.45 del 12 de marzo de 20003 moría, después de tres días de agonía, el H. Mario Chiavo. Había nacido en Envie el 25 de octubre de 1916, vivió en su pueblecito los primeros años, un pueblecito famoso por las muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Se decidió por los Misioneros de la Consolata ya un poco crecidito. Admitido en el Instituto, hizo el noviciado en Certosa y profesó allí por vez primera el 2 de octubre de 1956, como hermano coadjutor. Enviado a la entonces Casa San Giuseppe de Alpignano, sede de los Hermanos coadjutores, no la abandonó nunca. Un verdadero “record”. Será testigo de los diversos momentos de transformación de la casa, desde cuando tenía más de 150 alumnos de los cursos profesionales y de carácter misionero, hasta el momento de su declive vocacional, que afectó a todos, a lo que siguió la casa residencia y clínica para padres y hermanos de vuelta de la misión. De carácter reservado, incluso hasta el exceso, manifestó desde el principio una piedad viva y un apasionado interés por la casa. Ésta se convirtió para él en su campo de misión. Nunca dijo una palabra que manifestara deseo de ir a otro sitio, aunque no quiera decir esto que fuera indiferente para él cualquier casa. Convirtió en misión su servicio a la casa, ofreciéndose para los trabajos que exigieran atención con todas las cosas: los marcos, las puertas, los grifos, los canalones que no funcionaban, las flores, las rosas, gloria de la casa y el huerto. Aquí el hermano Mario dio prueba de una solicitud capaz de proveer de verdura en todas las estaciones. Mantenía los lugares que cuidaba esmeradamente ordenados, hasta el punto de que parecían obras de arte: nunca aceptaba ayudas a la ligera. Siempre sonriente y tímido, no se ahorraba sudor en sus trabajos, pero parecía pedir perdón por todo lo que hacía. Tenía en orden la casa. Cogía la escoba antes de que la comunidad fuera a la iglesia y la barría. Siempre llegaba a tiempo, nunca parecía cansado, con su hábito bien ordenado y limpio. Muchas veces pudo vérsele orar ante el Santísimo hasta muy tarde. A veces limpiaba los pasillos después de cenar. Le gustaba estar al corriente de todo, se informaba de esto y de aquello, pero sin molestar a nadie a destiempo, hasta el punto de que los que llegaban a casa no se dieran cuenta de su presencia. El tiempo fue pasando y él, aunque parecía de hierro, sintió el desgaste del paso de los años. Primero fue una leve enfermedad, luego otra, hasta que entró en la enfermería para no volver a salir de ella. Sus últimos años fueron parcialmente una pasión. Siempre con el rosario en la mano, feliz de encontrarse con los que le visitaban, no se cansaba de dar gracias por la visita. Aunque estuviera cansado, no dejaba la oración y era puntual en recitar el rosario, que era para él como para el sacerdote el breviario... Decir que el H. Chiavo era el tipo “que gustaba al Fundador” es una expresión corriente. Lo dijo claramente el P. Gioda, superior regional, que vino a presidir la celebración de despedida al hermano. “Muchas veces pecamos de activismo, pero el hermano que nos deja nos dice, por el contrario, que la oración, el sacrificio y la contemplación hecha vida hacen al misionero según el corazón de Dios...”. Cuando le visité tres días antes de su fallecimiento, ya no me sonrió, no respondió a mis palabras y recibió silenciosamente la bendición. Dije para mí que comenzaba su subida al Calvario, y así fue. Adiós, hermano de las fáciles gracias. ¡Hasta la vista! P. Giuseppe Mina Siempre fiel Le conocí cuando, por razones de trabajo, iba todas las semanas a Alpignano a visitar a los religiosos ancianos y enfermos. Le gustaba que fuera a visitarle aunque no tuviera problemas que solucionar. Gozaba de buena salud y le veía siempre ocupado: bodega, huerto, refectorio, patio, pasillos, etc. En sus manos, una escoba, un rastrillo, unas tijeras, una azadilla, etc. Toda la casa y sus alrededores debían estar en orden. Su ojo llegaba a todos los rincones, aunque parecía tener la mirada en el suelo. Su forma de hablar parecía de queja, casi llorona, y escasas eran sus palabras. Amaba la vida solitaria, e incluso sus comidas eran solitarias. Cuando se rompió el fémur y no se le operó para colocarle una prótesis, tuvo que guardar cama y estar sin moverse durante más de cinco años. Un largo calvario que vivió con dolor físico y moral. Una característica de su vida cotidiana fue la fidelidad a las prácticas de piedad: comunión y muchos rosarios. Cuando sus funciones cerebrales declinaron manifestaba pena interior hasta las lágrimas: “Ya no soy capaz de recitar el rosario ni recuerdo las oraciones”. Le sugería que el verdadero deseo de recitar el rosario, unido a la humilde y sincera confesión de no ser capaz de recitarlo, era la más hermosa y evangélica oración que la Consolata aceptaba, con lo que se sentía conmovido. Pero él quería más. Había recitado el rosario entero todos los días y quería seguir siendo fiel a ello. La mente fue desvaneciéndose paulatinamente y el H. Mario se presentó en el cielo dejándonos herederos de su rosario y la recomendación de que fuéramos fieles a esta devoción. P. Giovanni Genta |
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